martes, 4 de octubre de 2022

Ibn Abī Jālid, reyezuelo de Jerez (1232-1261)

Tras la caída de Sevilla, sólo quedaban en al-Andalus los reinos de Niebla y de Granada como poderes políticos reconocibles, aunque ambos eran vasallos del rey Fernando III, igual que en Menorca, su gobernador Abū Saʽīd ʽUṯmān b. Ḥakam lo era de Jaime I de Aragón. Es cierto que en las comarcas cercanas a Jerez subsistían otras entidades políticas que a la muerte de Fernando III también estaban sometidas a algún tipo de régimen tributario que, a partir de la década de 1250, se rompería ya bajo el reinado de Alfonso X.

Leemos en la Primera Crónica General y la Crónica de Veinte Reyes, que después de la toma de Sevilla en 1248, el rey Fernando III ganó también Jerez y todo el valle del Guadalete, incluyendo a Medina [Sidonia], Alcalá [de los Gazules], Vejer, El Puerto de Santa María, Cádiz, Sanlúcar, Arcos, Lebrija, Rota y Trebujena. Aunque esta afirmación la desmiente la Crónica de Alfonso X, reconociendo que esto non fue asy, sabemos, no obstante, que la ciudad de Jerez y su amplio alfoz habían sido sometidos al vasallaje de la corona de Castilla poco después de que se hubiera configurado como un pequeño reino de taifa tras la derrota de Ibn Hūd en la cabalgada de 1231.

Cora de Sidonia en el siglo X cuyos límites fueron similares a los del reino taifa de Ibn Abī Jālid
Mapa publicado en Gutiérrez López y Martínez Enamorado, A los pies de Matrera, p. 625 

En efecto, este episodio trajo consigo que Sevilla y otras poblaciones de su área de influencia se independizaran del dominio del caudillo murciano, Jerez entre ellas, donde se enseñoreó el wazīr Abū ʽAmr Ibn Abī Jālid, el Aben Abit de las fuentes castellanas, a quien el conocido poeta sevillano Ibn Sahl (m. 643=1245-1246) dedicó dos poemas, escritos cuando se detuvo un tiempo en Jerez en su viaje a Ceuta el año 634 (=1236-1237). Si tenemos en cuenta que estos versos se dirigen al wazīr Šarīš Abū ʽAmr Ibn Jālid, debemos entender que, al menos desde esa fecha, Jerez era la sede de un reino cuyos dominios abarcaban prácticamente los límites de la antigua cora de Sidonia, es decir, toda la campiña actual, la zona costera desde Sanlúcar y Rota hasta la bahía de Cádiz, Arcos y Bornos al este, y Medina [Sidonia], Alcalá [de los Gazules] y Vejer hacia el sur.

La denominación del señor de Jerez como wazīr debemos buscarla en la administración almohade. Es probable que Ibn Abī Jālid, gobernador de la ciudad durante los últimos años de dominio de la dinastía norteafricana en al-Andalus, desempeñara ese cargo y, tras apropiarse de Jerez, quisiera mantener el título para referirse a sí mismo exhibiendo, de ese modo, su legitimidad en el ejercicio del mulk ante otros poderes musulmanes y los castellanos. No sabemos con certeza si para ello llegó, incluso, a acuñar moneda propia, pues tenemos constancia de la existencia de dirhams de plata anónimos con ceca Šarīš, similares a las acuñaciones almohades, aunque difíciles de clasificar dentro de ese período. Poco sabemos de la vida de Ibn Abī Jālid, aunque tal vez fuera pariente del sevillano Abū ʽAmr Yazīd b. ‛Abd Allāh b. Abī Jālid, poeta y también wazīr de época almohade, fallecido en 612 (=1215-6), y del que apenas han llegado datos biográficos.

Moneda con ceca Šarīš. Colección Tonegawa

Fernando III se había propuesto la ocupación de toda esta estratégica zona del valle del Guadalete, cuyo epicentro era la ciudad de Jerez, y transformarla en un señorío destinado a su hijo Enrique, quien en 1249 recibió en señal Morón y Cote hasta que aquélla no fuera conquistada. Estas últimas poblaciones y otras villas, aldeas y fortalezas cercanas a Matrera, en los límites de la taifa jerezana, habían sido ya sometidas en 1240, gracias también a la labor de la Orden de Calatrava, mediante pactos por escrito en los que se respetaban las costumbres, administración y religión de la población mudéjar, a cambio de una importante presión fiscal. Una vez dominada la región y entregada al infante Enrique, sería más sencillo llevar la guerra al otro lado del Estrecho desde la bahía de Cádiz, futura base naval para la que se construía una flota en Sevilla, y asegurarse el control de las dos orillas. El objetivo no llegó a cumplirse, aunque antes de 1245, Jerez y su comarca vivían también bajo una especie de protectorado dependiente del monarca castellano que requería el correspondiente pago de parias. 

Un interesante testimonio extraído de las crónicas anónimas de Sahagún, fechado ese mismo año de 1245, relata cómo el abad del monasterio homónimo, don García de Cea, en una visita a Fernando III en Sevilla, coincide con los moros que estauan allí de Jerez e de otros castillos, que avían traído al rrei muchos dones por el tributo acostumbrado. La afirmación viene corroborada por Ibn ʽIḏārī cuando, al narrar el pacto de Jaén de 1246 entre Muḥammad I y Fernando III, asevera que Sevilla y Jerez no habían entrado en ese acuerdo de paz, pues sus señores tenían estipuladas otras condiciones que incluían una suma fijada al año. Aunque desconocemos la cantidad acordada y la fecha exacta en la que se inició el acuerdo, éste debió de producirse poco antes de 1240, según se deduce de unos versos del alfaquí, médico y hombre de letras jerezano Abū Bakr Ibn Rifāʽa, escritos antes de su muerte en 637 (=1239), y en los que, jugando con las letras de las palabrasشريش /Šarīš/ (Jerez) y شرّ /širr/ (desgracia), pretende reflejar la humillación que este sometimiento supuso para los habitantes de su ciudad natal [metro basīṭ, rima -ayyan]:

Jerez (Šarīš) no es sino "desgracia" (širr) mal escrita.
Partiría a rescatarte de ella si fueras persona piadosa,
pero allí no volverá a distinguirse ni el que es libre ni el que es noble.

La entrada de Jerez en el vasallaje de Castilla y la inminente conquista de Sevilla aumentaron la presión castellana en los límites del alfoz jerezano y el cercano Guadalquivir. En toda la zona de costa flanqueada por las desembocaduras de este río y el Guadalete, se destacó el caíd Abū ʽAbd Allāh al-Randāŷī, probablemente al servicio del señor de Jerez, Abū ʽAmr Ibn Abī Jālid, quien, sin embargo, no logró impedir la conquista de Cádiz en 642 (=1244-1245). La ciudad fue saqueada y arrasada, y quedó vacía hasta que en 647 (=1249-1250), el propio al-Randāŷī logró recuperarla aniquilando a la guarnición cristiana que permanecía allí. Este tipo de acciones, contrarias a los acuerdos firmados apenas una década antes, unido al hecho de que al año siguiente los castellanos se apoderaran de varios enclaves cercanos a Jerez, entre ellos Rota o Galyāna, hicieron que en 648 (=1250-1251), Ibn Abī Jālid entregara a Fernando III, como pacto y garantía de paz, la ciudad de Arcos y varias fortalezas (ḥuṣūn) de su entorno, entre ellas al-Aqwās (Alocaz) y otras de difícil identificación. Parte de la población de este enclave se trasladó a otros puntos cercanos como Jerez, todavía en manos musulmanas, aunque sometida a Castilla, y en la que, por ejemplo, la actividad intelectual, auspiciada por su reyezuelo Ibn Abī Jālid, continuaba. Ibn al-Jaṭīb relata, por ejemplo, cómo el conocido sabio Abū Bakr Ibn al-Fajjār al-Arkušī huyó de Arcos a Jerez con su familia siendo aún niño, y cómo aprendió allí de sus maestros e, incluso, ejerció el magisterio. Sin embargo, en 1261, igual que había sucedido en Arcos, las tropas castellanas ocuparon el alcázar jerezano, e Ibn al-Fajjār decidió abandonar la ciudad y partir hacia Algeciras y, posteriormente, a Ceuta.


La repoblación de la recién conquistada Sevilla, entre otros asuntos, y la mala salud, que provocó su fallecimiento en 1252, impidieron a Fernando III llevar a cabo su propósito de ocupar plenamente el valle del Guadalete y comenzar, desde la bahía gaditana, la conquista del norte de África. En su lecho de muerte, el rey se dirigía a su hijo Alfonso X, a quien dejaba una Corona que se extendía ahora por la tierra de la mar acá, que los moros del rey Rodrigo de Espanna ganado ouieron […], la vna conquerida, la otra tributada, encomendándole que la mantuviera así y fuera tan buen rey como él, o mejorara su legado ganando de los moros más de lo que él lo había hecho, es decir, que concluyera la plena conquista de al-Andalus que él no vio finalizada.

Con estas palabras Fernando III incitaba a su heredero a desmantelar el régimen que había configurado durante su reinado entre Castilla y las comunidades andalusíes, para que fuera más allá e hiciera efectiva la conquista del mayor territorio posible a los musulmanes. A partir de 1252, Alfonso X no dudó en emplear cualquier fórmula que facilitara la última recomendación de su padre, bien desde la conquista militar, bien con el quebrantamiento de las cláusulas recogidas en las pleitesías que Fernando III había firmado con los andalusíes.

Como ya se ha señalado, el primer y principal objetivo era la ocupación definitiva del valle del Guadalete, territorio fundamental para retomar el proyecto de conquista del norte de África que apunta la Primera Crónica General, afirmando cómo el rey santo, allen mar teníe oio para pasar et conquerir lo dallá desa parte que la morysma ley teníe, ca los de aca por en su poder los teníe, que así era. Galeas et baxeles mandaua fazer et labrar a grant priesa et guisar naues, auiendo grant fiuza et grant esperança en la grant merced quel Dios aca fazíe; teniendo que sy allá pasase, que podría conquerir muy grandes tierras si la uida le durase algunos días.

En los primeros años de su reinado, Alfonso X comenzó a preparar la campaña, continuando la construcción de las atarazanas de Sevilla, que se habían iniciado en 1252, y nombrando, un año después, a Ruy López de Mendoza almirage de la mar. Del mismo modo, el nuevo rey negociaba con el Papa Inocencio IV la predicación de la Cruzada en Castilla para obtener con ella los beneficios espirituales y, sobre todo, económicos, necesarios para llevar a cabo el proyecto. Entre otros privilegios, Alfonso X consiguió de Roma autorización para erigir nuevas sedes episcopales en el territorio que arrebataría a los musulmanes y percibir, así, parte del diezmo eclesiástico que ayudaría a costear la campaña.

En el año 653 (=1255-1256), y en relación con los preparativos de la Cruzada, el caíd Abū ʽAbd Allāh al-Randāŷī era derrotado y muerto en el río Guadalquivir. Las naves que se construían en Sevilla tenían por fin el camino expedito hacia la bahía gaditana, adonde llegaban en 1257 a la espera de partir hacia el norte de África. Con las galeras y bajeles frente a Cádiz y las fortalezas de Arcos y su entorno en poder de los castellanos, Alfonso X preparaba el asalto a la plaza de Jerez, principal obstáculo para sus pretensiones sobre el valle del Guadalete. Entre 1253 y 1258, la presión castellana aumentó de forma notable en toda la franja que cruzaba de este a oeste el norte de la cada vez más débil taifa jerezana.

Todas las posesiones que Ibn Abī Jālid había entregado tiempo atrás a Fernando III se poblaban paulatinamente de cristianos, merced a diferentes cartas y diplomas concedidos por Alfonso X a órdenes militares y particulares. De esta manera, en mayo de 1253, la Orden de Calatrava recibía Chist, entre Espera y Alocaz; en diciembre de 1254, Juan García Villamayor, amigo del rey y futuro almirante de la mar, se hacía con Crisnet, del término de Arcos; en mayo de 1255, la Orden de Calatrava recibía la alquería de Xillibar (Jeliber), que había pertenecido a la antigua cora de Sidonia y a la circunscripción de Jerez; en octubre de ese mismo año, la Orden percibía Mathet, Madafil y Caniellas, también del territorio arcense; en junio de 1256, Alfonso X les concedía Matrera; y en julio de 1258, Bornos a Per del Castel, con todos sus términos y ganancias saluo ende el terçio del alguazil de Xerez, Ibn Abī Jālid. El alfoz de Arcos, ciudad que el 13 de julio de 1256 había recibido el fuero y privilegios de Sevilla, quedaba así bajo absoluto dominio castellano. No obstante, la población musulmana de estos lugares permaneció allí con todos sus derechos y posesiones, algo que Alfonso X lamentaría unos años más tarde.

Por aquellos años, y con el objetivo de desarrollar y ampliar la base naval proyectada en Cádiz, Alfonso X eligió al-Qanāṭir, en la jurisdicción de Jerez y a poca distancia de la misma, para asentar al contingente humano que debía abastecer y apoyar a la flota castellana. Este enclave poseía un pequeño puerto abierto al mar, en la orilla derecha del río Guadalete, y se situaba justo enfrente de Cádiz, donde las naves cristianas fondeaban desde 1257. A este respecto, Ibn ʽIḏārī nos relata cómo en el mes de ḏū l-qaʽda de 658 (=8 de octubre-6 de noviembre de 1260), cien jinetes cristianos llegaron a las inmediaciones de Jerez con la orden de expulsar a los musulmanes de al-Qanāṭir. Según leemos en la cantiga 328, Alfonso X debió de ocupar la plaza sin contar con la aprobación del señor de Jerez, a quien pertenecía el lugar. Sin embargo, a pesar de las protestas de Ibn Abī Jālid, que poseía grandes propiedades allí, y que temía sufrir un castigo severo por parte de las tropas alfonsinas, se resignó a perder al-Qanāṭir, llamada Santa María del Puerto por los castellanos (actual El Puerto de Santa María), en contra de su voluntad. Mientras esto sucedía, las naves de Alfonso X regresaban de Salé, en la costa atlántica de Marruecos, adonde habían partido desde la bahía gaditana a principios de septiembre de 1260, al mando de Juan García de Villamayor y Pedro Martínez de Fe. Según Ibn ʽIḏārī, en 658 (=1259-1260), Yaʽqūb, sobrino del emir meriní Abū Yūsuf, había solicitado ayuda a Castilla para lograr independizarse de su tío, quien acababa de conquistar Rabat a los almohades. Alfonso X debió de considerar que ésta era la oportunidad esperada para extender sus dominios al norte de África y, lejos de ayudar a sus pobladores, arrasó la ciudad con la idea de conquistarla. Yaʽqūb, sorprendido por la traición cristiana, pidió finalmente socorro a Abū Yūsuf para recuperar Salé. La flota castellana volvía derrotada a Cádiz y Santa María del Puerto a principios de octubre, pero traía consigo un cuantioso botín y numerosos cautivos, muchos de los cuales fueron liberados por musulmanes de Jerez y otras poblaciones cercanas. La expedición había fracasado, pero la maniobra demostró a Alfonso X su capacidad para llevar a cabo una rápida acción naval a cierta distancia de sus costas, lo que le animó a continuar con la campaña africana.


Sin embargo, aunque las Cortes de Sevilla de finales de 1260 y comienzos de 1261 se convocaron para tratar el fecho de África que aviemos començado, la aportación económica conseguida en las mismas se invirtió en objetivos más concretos y cercanos. La Crónica de Alfonso X afirma, de este modo, que el rey, faziendo mal e danno a los moros, pensó que era bien de conquerir la tierra que tenían, sennaladamente lo que era çerca de aquella çibdat de Seuilla. Et porque esta çibdat tenía muy çercanos al rey de Niebla e del Algarbe que dezían Aben Mafot e otro moro que era sennor de Xerez, que dezían Aben Abit, ouo su consejo a quál destas conquistas yría, [et falló que era mejor de yr] primeramente a conquerir la villa de Xerez. Et sacó sus huestes e fuéla çercar et tóuola çercada vn mes. Es probable que el rey y sus propios consejeros llegaran a la conclusión de que el control de Jerez era fundamental para asegurar el desarrollo de Santa María del Puerto y Cádiz, y que una vez conseguido este objetivo, podría atacarse Niebla.

Efectivamente, el 12 de octubre de 1261 sus tropas tomaron el alcázar jerezano, incumpliendo las capitulaciones que su padre y él mismo habían acordado tiempo atrás con los musulmanes, y privando a la ciudad de la escasa soberanía que le quedaba. La crónica del rey Sabio detalla cómo los habitantes de Jerez, por desuiar que los de la hueste del rey don Alfonso non les talasen los oliuares nin las huertas, cuydando de fyncar en la villa en sus heredades […] et otrosy porque eran despagados del sennor que tenían, ante quel rey don Alfonso mandase armar las gentes nin les fiziesen danno en las heredades nin en las otras cosas, enbiáronle decir que toviese por bien de los dexar en sus casas e con todas sus heredades, et que le entregarían la villa et le darían de cada año el tributo que daban a su señor. E el Rey, veyendo que la conquista desta villa podría durar luengo tiempo, e demás que era la villa tan grande que non podría aver cristianos que gela poblasen luego, ca la cibdad de Sevilla non era aún bien poblada, tóvolo por bien e otorgógelo.
Después de que los moros de la villa vieron este otorgamiento, dijeron al moro señor de la villa, que estaba en el alcázar, que se aviniese con el rey don Alfonso o que se pusiese en salvo e que le dejase el alcázar. E por esta razón aquel Aben Abit [Ibn Abī Jālid] moro ovo avenencia con el rey don Alfonso que le dejase salir a salvo con todo lo suyo, e entrególe el alcázar. E el Rey, después que ovo el alcázar en su poder, basteciólo de viandas e de armas, e entrególo a don Nuño de Lara que lo toviese por él, e él dejólo a un caballero que decían Garci Gómez Carrillo, e el Rey dejó todos los moros en la villa en sus casas e en todas sus heredades, cumpliéndose de este modo, como señala Ibn ʽIḏārī, el decreto de Dios con los jerezanos, al entrar los cristianos en su alcazaba, por acuerdo con ellos, de modo que se estableciesen e instalasen en ella.


Era el fin de la taifa de Jerez, cuyo reyezuelo, Abū ʽAmr Ibn Abī Jālid, abandonaba sus posesiones para trasladarse con los suyos a Marraquech, información que conocemos gracias a Ibn Marzūq y su relación de los hechos memorables del sultán meriní Abū l-Ḥasan (1331-1351), en la que se recoge una anécdota protagonizada por Abū ʽAbd Allāh Ibn Abī Jālid, apodado al-Sulayṭān ("el sultancito"), persona de buena posición, pues su abuelo había sido señor (ṣāḥib) de Jerez, de donde emigró cuando la ocuparon los cristianos, afincándose con sus descendientes en Marrākuš. No fue el único habitante de la ciudad que salió de Jerez. Valga como ejemplo el citado ulema Abū Bakr Ibn al-Fajjār al-Arkušī, quien se había establecido en la ciudad hacia 1250-1251, y que partió también hacia el otro lado del Estrecho en este año de 1261, cuando los castellanos se instalaron en su alcazaba.

Para saber más, Borrego Soto, M. Á. (2016). La revuelta mudéjar y la conquista cristiana de Jerez, PeripeciasLibros.

sábado, 24 de septiembre de 2022

Las almojábanas de Šarīš

Dice al-Hiŷārī (s. XII): "La ciudad de Jerez es hija de Sevilla, y su río hijo del de ésta. ¡Cómo se parece a Sa‛dà en Arabia! Es una ciudad importante, con muchos zocos para su gente emprendedora, que es elegante en el vestir, lo que manifiesta lujo y evidencia buenas maneras, no siendo raro ver en ella a amantes y enamorados. Entre sus dulces se encuentran los más populares, que son excelentes, y se le atribuye una de las mejores producciones de almojábanas (al-muŷabbanāt), en las que destaca la calidad de su queso. De ahí que la gente de al-Andalus diga: “Desgraciado aquel que entre en Jerez y no pruebe la almojábana”. (La almojábana es un tipo de pastel al que se añade queso en su masa y se fríe con buen aceite)." AL-MAQQARĪ: Nafh al-Tīb, I, p. 184.


No hay referencias anteriores a este pasaje de al-Hiŷārī sobre la elaboración o comercialización de almojábanas en Jerez, pero una centuria más tarde, 
encontramos la siguiente referencia en un texto del siglo XIII : 

Sepas que la almojábana no se compone de un queso solo, sino de dos, es a saber, de vaca y de oveja, porque si lo haces con queso de oveja solo, se deshace y se sale de ella el queso y se corre, y si se hace con queso de vaca, se liga y deja correr el agua y se hace una trama sola y no se separan sus partes. La base para hacerlo es que se liguen los dos quesos y que haya un cuarto de leche de vaca y tres cuartos de oveja; se machaca todo hasta que se liguen unas partes con otras y se igualen con esto y se mantengan sin correrse en el freidor y sin que, tampoco, se endurezcan y se peguen; si se necesita ablandarlo, se ablandan con leche fresca, recién ordeñada y que no sea el queso muy blando, sino fuerte sin [...] y que se le haya ido el agua. Así lo hace la gente de nuestra tierra en el Oeste de al-Andalus, como en Córdoba y Sevilla, Jerez y otras del país de Occidente. (La cocina hispano-magrebí durante la época almohade según un manuscrito anónimo del siglo XIII traducido por Ambrosio Huici Miranda. Estudio preliminar de Manuela Marín. Ediciones Trea, 2005, pp. 245-6).

Tras la conquista de la ciudad por las tropas castellanas, esta tradición culinaria debió de marcharse con los musulmanes expulsados de la ciudad. Con todo, sabemos que actualmente este plato es típico de algunas poblaciones del levante español, donde se consume en fechas señaladas. Rupert de Nola, cocinero del rey Fernando I de Nápoles (1458-1494), menciona la receta de este buñuelo de queso en su Llibre de Coch, aparecido en la segunda mitad del siglo XV en catalán, pero cuya versión más conocida es la castellana Libro de guisados, manjares y potajes, editada en Toledo el año 1525:

"Torta de lesques de formatge frechs: Lo formatge frech pendras e tallaras lo alesques tant grosses com lo dit e hages pasta que sia ben leuada e de bella farina e sia clara pastada: e apres pren vns quants rouells de ous e mesclaras los ab pasta e les lesques del formatge dejus e de sobre: e apres metlos a fregir en vna paella ab mantega que sia bona e giraras ho molt: perque nos crem: empero si ho fas bullir ab greix: axicom a bunyols ja valdran molt mes: e quant sia cuyt met hi damunt sucre e menjau ho ecalt que en altra manera no val res tot lo potatge."

Afortunadamente, y gracias a la iniciativa de la pastelería jerezana La Rosa de Oro, volvemos a disfrutar en Jerez de este delicioso pastel mil años después.



Šarīš Šiḏūna. El origen de una ciudad andalusí

La creación de la cora de Sidonia debe remontarse al año 743, momento en que las tropas o aŷnād del sirio Balŷ b. Bišr fueron repartidas en ocho circunscripciones diferentes (kuwar muŷannada), entre ellas Sidonia, correspondiente al ŷund de Palestina (Filisṭīn). Los miembros de estos contingentes militares ocuparon antiguas villae y poblaciones de origen romano o visigodo creando una red de alquerías sobre las que el Estado cordobés ejercería una fuerte fiscalidad. La capitalidad de la cora de Sidonia no recayó de modo permanente en una misma ciudad, sino que según lo extraído de las fuentes, cambió varias veces de ubicación entre los siglos VIII y X. Las razones de esa itinerancia las hemos buscado en los repartos territoriales de los nuevos contingentes militares de mediados del VIII, en la inseguridad de una costa sometida al constante peligro normando, y también, en las sucesivas revueltas de los clanes beréberes y árabes contra el poder político y fiscal impuesto desde Córdoba.


La ciudad principal de Sidonia hasta mediados del siglo IX fue Šiḏūna, heredera de la hispanorromana Assidona, enclave que a finales del VI se había convertido en el centro administrativo y espiritual de la comarca. Esta ciudad debemos localizarla en la Sierra de San Cristóbal, en el entorno del Castillo de Doña Blanca y el Pago de Sidueña, solar de la fenicia Asido, y no donde actualmente se halla Medina Sidonia. La ubicación de esta última, separada del mar y del río Guadalete unos treinta kilómetros al oeste y al norte, respectivamente, no concuerda con las noticias que aportan los autores grecolatinos y árabes. Medina Sidonia se alza sobre un cerro en el que, obviamente, no se levanta monte alguno con las características que describen las fuentes medievales y, como se ha señalado, no es el lugar habitual de asentamiento de una colonia fenicia. El topónimo Medina Sidonia proviene de Madīnat Ibn al-Salīm, también llamada Madīna (“Medina”), una fortaleza que había sido construida sobre los restos de alguna de las importantes urbes romanas que citan Plinio, Ptolomeo o el Ravenate, pero cuyo nombre desconocemos.


Estudios recientes afirman, no obstante, que tras la Segunda Guerra Púnica y la destrucción del Castillo de Doña Blanca, la población de Asido, allí asentada, debió de desplazarse hacia la actual Medina Sidonia, que fue la romana y visigoda Assidona. Sin embargo, tras la invasión musulmana, y debido al interés de la nueva autoridad por contar con un enclave portuario en la desembocadura del río Guadalete, la Sierra de San Cristóbal volvería a ocuparse en detrimento de Medina Sidonia. Esta hipótesis explicaría la errónea identificación que hace al-Ḥimyarī de las ciudades de Šiḏūna y Madīnat Ibn al-Salīm como una misma entidad, pero no aclara la nula o escasa presencia de restos materiales en Medina Sidonia pertenecientes al momento de la conquista. Es por ello por lo que seguimos pensando que en aquellos años Šiḏūna se localizaba en la Sierra de San Cristóbal, tal vez porque se erigía en un enclave ya preexistente que poco tendría que ver con la posterior madīna de los Banū l-Salīm, es decir, Medina Sidonia. Los restos de épocas romana y visigoda localizados en la cumbre y faldas de la sierra de San Cristóbal, nos animan a pensar que la Asidon o Assidona de las fuentes grecolatinas se ubicaba en el solar que luego ocupó la andalusí ŠiḏūnaSí es cierto que, como se ha venido señalando, a partir de las incursiones normandas del año 844-5, esta ciudad comenzó a perder su preponderancia a favor de otras urbes de la cora, en concreto Qalsāna y Šarīš (Jerez), que alternaron la capitalidad de la región al tiempo que se transformaban en centros intelectuales de relevancia, coincidiendo con el período de prosperidad económica que la cora tenía en tiempos de al-Ḥakam II.  

Tras el declive de Šiḏūna y de Qalsāna, en la segunda mitad del siglo X Šarīš se convirtió en la ciudad principal, o capital, de la cora de Sidonia, heredando el territorio y zona de influencia de la cercana Šiḏūna. Resulta significativa, en este punto, la identificación que hace Aḥmad al-Rāzī de ambas poblaciones en un pasaje que reproduce el historiador norteafricano al-Maqqarī (m. 1041=1632) sobre la asignación del ŷund de Palestina a Šiḏūna, y en el que se aclara وهي شريش, es decir, que aquélla es Šarīš, Jerez.

En 1239, el arzobispo de Toledo e historiador Jiménez de Rada, se basó en este mismo fragmento de al-Rāzī para afirmar que la ciudad árabe de Madīnat Ibn al-Salīm (la actual Medina Sidonia) se situaba entre el mar y aquella que ahora es Xarez (Jerez), y que en latín se llamó Assidona, aseveración que años más tarde repetirán la Primera Crónica General y, unos siglos después, Antonio de Nebrija.

Recientemente, el profesor Fernando López Vargas-Machuca nos ha dado a conocer un interesante y, para muchos (un servidor entre ellos), desconocido opúsculo del polígrafo portorrealeño Juan Moreno de Guerra, titulado "Fundación de Xerez. Notas históricas sobre Jerez de la Frontera", Mauritania, XII, 1939, pp. 396-7. En sus dos páginas, y a partir de la lectura de la traducción al inglés del citado pasaje de al-Maqqarī por Pascual de Gayangos (The History of the Mohammedan Dinasties in al-Andalus, II, p. 46, que no 43), Moreno de Guerra coincide con los citados eruditos jerezanos del siglo XVIII, incluyendo en esta lista a Tomás Andrés de Guseme (1712-1774) y sus ideas sobre la inexistente Turdeto al hablar de Calsena, cuando afirma que Sidonia era la capital de la provincia visigótica de su nombre y como los árabes modificaron el emplazamiento de las ciudades antiguas, destruidas por la invasión, nuestra capital se trasladó algunos kilómetros más al Norte, a lugar más seguro, como alejado de la costa, más elevado y propio para cercarlo con fuertes muros, pero sobre todo más sano y lejos de las marismas [...] La nueva ciudad de Jerez no fué siempre capital de la cora, amelia o provincia; estuvo algún tiempo en Calcena, quizás la antigua Turdeto y hoy despoblado de Casinas, en la confluencia del Guadalete con el Majaceite, antiguo Guadalcacín, bajo el imperio de algún reyezuelo; estuvo en Arcos; a veces en Lebrija [...]; otra vez en Medina, donde se alzaban también en rebeldía los Beni Salim, que dieron nombre a la nueva población, conocida luego, por Medina Sidonia; y otra vez en Kadis [...]. Sin duda, el texto merece su inclusión en la bibliografía sobre el asunto, debido a las agudas conjeturas del ilustre portorrealeño.

Todos estos datos, y el que otras fuentes denominen a la ciudad Šarīš Šiḏūna revelan que Jerez terminó identificándose con su vecina Šiḏūna, de la que fue consecuencia y continuación tras su decadencia y la de Qalsāna. Así, leemos de nuevo en el propio al-Rāzī que […] Xerez Sadunia es nombrada entre todas las cibdades de Espanya, et en ella ha todas las bondades de la tierra et de la mar; que si vos yo quissiese contar todas las bondades della et de su termino, non podria. Et las aguas non se dannan como otras, et la su fruta dura mucho. Et Xerez es tan buena que le non puede escusar en lo mas de Espanya […]. También Ibn Ḥayyān llama a Jerez de la misma forma -Šarīš Šiḏūna- en el fragmento dedicado al ataque normando a la zona del año 844-5, en tiempos del emir ‛Abd al-Raḥmān II (m. 852); y aún en el siglo XIII, Ibn Diḥya sigue haciendo lo propio cuando menciona el lugar al que pertenecía la alquería de Jarana y la ciudad de residencia del poeta y cadí jerezano Ibn Lubbāl (m. 1187-8): Šarīš Šiḏūna, la Xerez Sidonis, de Sedueña o Sidonia de las crónicas castellanas medievales.

lunes, 19 de septiembre de 2022

De Asidon a Šiḏūna. La ciudad del tell de Doña Blanca (Sierra de San Cristóbal, El Puerto de Santa María, Cádiz)


BORREGO SOTO, Miguel Ángel (2013). La capital itinerante. Sidonia entre los siglos VIII y X. Colección A de al-Andalus, nº 1. La Presea de Papel. Jerez de la Frontera.

Aunque este trabajo aborda, básicamente, como ya hice en dos artículos anteriores (uno de 2007, otro de 2009, y un tercero posterior, de 2015), la cuestión de la itinerancia de la capitalidad de la cora de Sidonia que ostentaron las medinas de  ŠiḏūnaQalsāna Šarīš entre los siglos VIII y X, uno de sus puntos más interesantes radica, no obstante, en el intento de localizar el emplazamiento real de la primera de ellas.

La cuestión, como se apunta en el libro, no es nueva ni original, pues comienza a plantearse en el siglo XVIII. Señala Jesús Salas Álvarez en su magnífica tesis doctoral, publicada en 2010 bajo el título La arqueología en Andalucía durante la Ilustración (1736-1808), que la aparición en aquella centuria de la España Sagrada de Enrique Flórez supuso un punto de inflexión para las investigaciones de geografía histórica peninsular que se desarrollaban por entonces. La obra, que estudiaba los anales de las distintas sedes episcopales españolas, se convirtió en referencia obligada para toda la erudición local andaluza de la segunda mitad de aquella centuria y sirvió, además, de acicate para la publicación de nuevos trabajos en los que se intentaba rebatir o corroborar las apreciaciones del propio Flórez. Ello llevó, en algunos de los casos, a agrios debates de carácter histórico y geográfico, entre los que sobresale el relacionado con la exacta ubicación de Asidon, la Asido Caesarina romana y Šiḏūna árabe posteriores. 

Rodrigo Caro había sostenido el posible origen fenicio de Medina Sidonia, sobre la que posteriormente se fundaría, en tiempos de Julio César, la colonia romana de Asido Caesarina. El hecho lo corroborarían, según este autor, los hallazgos de las inscripciones CIL II 1313 [M(arco) Antonio M(arci) f(ilio) / Gal(eria) Syriaco IIvir(o) / mun(icipii) Aug(usti) Gad(itani) / d(ecreto) d(ecurionum)], II 1318 [M(arco) Cassio M(arci) f(ilio) Gal(eria) Sabino / Fabius Capito frater], II 1320 [Clodia (G)lucera] y II 1324 [L(ucio) Fabio L(uci) f(ilio) Gal(eria) / Capitoni / amico optumo(!) / L(ucius) Aelius / Rocianus] que vendrían a confirmar, a su vez, los textos de Plinio y Ptolomeo, ya que para el propio Caro el nombre Medina es árabe, y según los que entienden esta lengua, significa ciudad; el renombre Sidonia es derivado de Asido o Asidonia, que fue su antiguo apellido. Asimismo, Caro defendía la pronta cristianización del lugar, que albergó un obispado cuya figura relevante, en el siglo VII d.C., fue Pimenio, promotor de una importante política de fundación de edificios religiosos, como demostraban los epígrafes encontrados en Utrera, la propia Medina Sidonia y Vejer de la Frontera.

Ante estos argumentos, la iglesia jerezana reaccionó reivindicando la identificación de Jerez de la Frontera con la antigua Asido, en un intento de hacerse con la silla episcopal anterior a la llegada de los musulmanes, y que tras la conquista cristiana de la zona había pasado a la ciudad de Cádiz. Los encargados de realizar esta labor fueron Francisco de Mesa Xinete, canónigo de la Colegiata de Jerez, y Jerónimo de Estrada, rector en el Colegio de la Compañía de Jesús de Arcos de la Frontera. Ambos consiguieron, en mayo de 1753, que el Cabildo Municipal ordenase la recogida de todas las estatuas e inscripciones existentes en la ciudad y fueran depositadas en el edificio renacentista del Cabildo Viejo. Toda esta documentación arqueológica, junto a la información de la Crónica de Alfonso X el Sabio, o la del Moro Rasis, entre otras, se remitieron a Enrique Flórez, quien las incluyó en el Tomo X de su España Sagrada, donde desechó la común idea de la localización de Asido Caesarina en Medina Sidonia que había defendido en otros trabajos, para situarla, por el contrario, en el solar de Jerez de la Frontera. Debido a la autoridad que en cuestiones de historia de las sedes episcopales tenía la obra de Flórez, sus tesis supusieron un respaldo casi oficial a la pretensión de la jerarquía eclesiástica jerezana.

Sin embargo, cuando el jerezano Bartolomé Gutiérrez termina el volumen primero de su Historia de Jerez allá por 1757, llega a la conclusión de que Jerez no pudo ser nunca la sede de la silla asidonense, puesto que la antigua Asido se encontraría en el cercano pago de Sidueña, del lado de allá del puente de Guadajabaque, lugar donde apareció una necrópolis durante los trabajos para la Real obra del arrecife o nuevo camino hacia El Puerto de Santa María, en mayo de 1756, que Gutiérrez creyó de origen romano o incluso anterior.  

Arroyo del Carrillo desde la Sierra de San Cristóbal con Jerez al fondo
Fotografía: blog Entorno a Jerez (hnos. García Lazaro)

Según se extrae de la descripción y los dibujos que el propio Bartolomé Gutiérrez hace de los hallazgos, los restos no sólo pertenecen a cadáveres de origen romano y visogodo, sino también a los del probable cementerio musulmán de la ciudad de Šiḏūna, que reutilizaba una zona de enterramientos anterior. Los cuerpos fueron descubiertos cerca del arroyo de Mata Rocines (hoy del Carrillo), muy próximo a la población de la antigua Asido que, poco más allá en la falda de Sidueña (de donde tomó el nombre de Pago), estuvo fundada. En el lugar se encontraron cenizas y huesos de unas personas humanas (sic) […] con dos piedras, a la cabecera una y otra a los pies, pero sin rótulos, y entre las cenizas […] una moneda muy carcomida y corroída, confusa en la una parte más que la otra. Según Bartolomé Gutiérrez, la moneda estaba debajo de una teja y el cuerpo se apoyaba sobre el lado izquierdo, los pies al oriente y la cara al norte. Unas semanas más tarde, concretamente el sábado 5 de junio de ese mismo año de 1756, se halló otro enterramiento con la misma fábrica y un cuerpo convertido ya hasta los huesos en polvo, que se deshacía conforme lo tomaban, y todos estos sepulcros –concluye Gutiérrez- están de oriente a poniente y los pies al nacer del sol. Todo esto se ha hallado en un propio sitio y poco distantes los unos de los otros, pues en el espacio de media aranzada de tierra se han visto éstos, indicando sería aquel sitio enterramiento común de aquella cercana población.


Dibujo de uno de los enterramientos hallados en la Sierra de San Cristóbal
Bartolomé Gutiérrez

Es también Bartolomé Gutiérrez quien nos describe la Sierra de San Cristóbal y Sidueña hablando primero del castillo de Doña Blanca, del que se veían todavía sus circuitos de muros, sus pedazos de elevada torre, repartimiento de habitaciones, entradas y salidas. Está situado entre el Puerto de Santa María y Jerez; mas pertenece hoy al termino del Puerto dicho; llámase aquel pago de Sidueña, en cuya cercanía, más a la falda del castillo, estuvo la antiquísima y famosa ciudad de Asido, de cuyo nombre se derivó el de Sidueña […].

Pero lo realmente curioso de este pasaje es la localización, en la cima de esta dicha sierra, que hoy se llama de San Cristóbal, de las ruinas de otro antiguo castillo, y junto a él una antigua capilla derribada que era de la advocacion del dicho santo que le dio últimamente el nombre a dicha sierra. Esta fortaleza y capilla conservan las memorias de aljibes y subterráneos que son indicios de su vejez y fuerte habitación y por estar en lo más encumbrado descuellan tanto sus ruinas que se registran en toda la costa y tierra adentro como fábrica muy precisa para la vela y guarda de este país. La mencionada capilla de San Cristóbal aparece dibujada en la vista de Jerez de Anton Van de Wyngaerde de mediados del siglo XVI. Ésta y otras ermitas que hubo en esa sierra, como la de Santa María de Sidueña o la de La Piedad, junto a los restos de túmulos y otros edificios religiosos o de culto de la Edad del Bronce y de época fenicia y visigoda, revelan el carácter sagrado y espiritual que este enclave ha mantenido a lo largo de los siglos.

Vista parcial de Jerez por Anton Van de Wyngaerde
Al fondo, sobre la Sierra de San Cristóbal, y marcada con el nº 6,
la capilla del mismo nombre, hoy desaparecida

La cuestión tomaba una nueva deriva y el sevillano José del Hierro (1767), en un interesante documento rescatado por Jesús Salas Álvarez, se unía a las tesis de Bartolomé Gutiérrez afirmando que la asonancia de nombre ha arrastrado a muchos a situar este pueblo en Medina Sidonia, pero allí no ocurren las señas que de él dan los autores. Medina no cae en los Turdetanos en cuyo cantón situó Ptolomeo a Asidonia que él llama Asindum. No puede ser Medina el último pueblo del convento jurídico hispalense después de Obona y Asta, como sitúa Plinio a Asido, pues Medina estuvo en los Túrdulos-Bástulos y tocó al convento jurídico gaditano. Medina no estuvo mediterránea, respecto de los esteros del Betis, que es otra señal de Asido en Plinio. El sitio en que todas ellas se verifican es en aquella cumbre de Buena Vista [se refiere al cortijo del mismo nombre, en la Sierra de San Cristóbal], que está entre el Puerto de Santa María y Jerez. Allí junto a la venta se ve todavía el diente de un torreón de Asido, que aún hoy llaman Sidueña las Huertas, que están de allí al Guadalete; y en la ermita de la Piedad se conservan aún algunas piedras de romanos. Con que aquí fue Asido, y por consiguiente fue silla obispal en tiempo de Godos. Ni prueba lo contrario la lápida de Pimenio obispo asidonense, que se conserva en la ermita de Santiago de Medina; como ni prueba otra que se halla del mismo obispo, en una ermita de San Ambrosio cerca del mar. Lo más que prueban que uno y otro sitio tocaba a la jurisdicción del obispado asidonense, cuyo término era muy dilatado, y estaban en él Arcos y Medina, y todo él se llamaba término de Sidonia como consta de los privilegios de don Al[f]onso el Sabio.

Coincidentes con esta idea se mostraron los portuenses Anselmo Ruiz de Cortázar, también en el siglo XVIII, y Pedro A. de Castro (1868). En la obra del primero, leemos que al recopilarse algún día la historia de todas las dominaciones debe entenderse una misma poblacion Thartesio, Sidonia, Asido Cesariana, Sidona o Asidona, Saduña o Xeduna y hoy Sidonia o Sidueña, y de ninguna manera Jerez, ni Medina Sidonia […].

En las primeras excavaciones arqueológicas del tell de Doña Blanca, dirigidas por el catedrático de la Universidad de Cádiz Diego Ruiz Mata a mediados de los años 80 del pasado siglo XX, se hallaron los restos de una importante ciudad fenicia, probablemente la Asidon de las fuentes, junto a otros de origen romano, visigodo y andalusí. El material más arcaico de esta última época se descubrió en silos de almacenaje de los períodos emiral y califal que contenían cerámicas y piezas propias del ajuar doméstico, con alguna moneda fechable en el siglo VIII. Junto a ellos, también se pusieron al descubierto viviendas e, incluso, una callejuela. El nombre de la extensa zona donde se localiza este importante yacimiento es, desde la Edad Media, Sidueña, de ahí que la posibilidad de relacionar estos indicios con la mencionada Asidon y la Šiḏūna andalusí sea demasiado sugestiva como para desecharla. 

En cuanto a la alusión a este enclave y topónimo en las fuentes árabes, la traducción de Šiḏūna o madīnat Šiḏūna al castellano ha sido, secularmente, la de “Medina Sidonia”, interpretación que, aunque obvia, ha resultado más confusa e imprecisa que las apropiadas “Sidonia”, “(cora de) Sidonia”, “ciudad de Sidonia” o “Sidueña”, esta última denominación existente hoy día. Es cierto que la primera no impide la relación entre ambos topónimos, pero las descripciones que los historiadores y geógrafos andalusiés hacen del lugar donde se situaba la Šiḏūna islámica nos obligaban, como venimos haciendo, a revisar y reinterpretar los textos, ya que aquéllas poco o nada tienen que ver con Medina Sidonia, y bastante con la Sidueña localizada a los pies de la Sierra de San Cristóbal, sobre el extenso valle de Sidueña por el que discurre el río Guadalete, junto a la antigua línea de una costa rica en ámbar rosa, y –según al-Mas‛ūdī (m. 956)– frente a la “isla de Cádiz”.

En efecto, nos cuenta al-Rāzī que Šiḏūna fue una ciudad muy grande a maravilla, con un monte sobre ella de muchas fuentes que dan muchas aguas, semejante al hermoso promontorio vestido de diversos frutales y fecundado con copiosos nacimientos de agua, a quien hoy llamamos la Sierra de San Cristóbal, por su ermita, castillo y atalaya […] que nos refiere Fray Esteban Rallón en pleno siglo XVII. Sea como fuere, el emplazamiento coincide con el mismo donde, al sur del alfoz jerezano, se ubicaba el pago, dehesa o lugar de Sidonia o Sidueña que encontramos en documentos castellanos desde el siglo XIII, según leemos en Mesa Xinete: […] habiendo el rey don Alfonso X, en Sevilla, a 8 de abril, era 1307, que es año 1269, concedido a Jerez, un barrio franco, como en Sevilla, y su término, demás de las aldeas de adentro, con los castillos del Puerto, Rota, Chipiona, Solucar, Evora, Montagut, Trebujena, o de Gibalvin a la mar, dice se comenzó el repartimiento de tierras, cuya primera partida dice: miércoles 10 días de julio, era 1307 (que es año 1269) fueron hacia las aldeas de Jerez e partieron los términos dellas, e midieron cuantas yungadas había en ellas: Primeramente comenzamos de facer la aldea de Barruayana, que comienza su término en la carrera que va de Jerez a Casareya, aldea de Sidonia la cual alinda con Torroz y Sidonia […].

Este pago de Sidueña era una zona de viñedos, olivares y huertas en la que estarían situadas, en el siglo XII y sobre el Guadalete, las ruinas de la yerma y deshabitada ciudad de Šiḏūna, como parece señalar la versión medieval de al-Zuhrī. Es probable que la población de este enclave se distribuyera asimismo sobre la falda de la sierra de San Cristóbal, entre el antiguo yacimiento fenicio y el supuesto castillo situado en la cima, de cuyas ruinas nos dejó cumplida mención Bartolomé Gutiérrez. Tampoco debe descartarse la utilización como hábitat medieval de las galerías o canteras abiertas en el lado sur de San Cristóbal, a modo de cuevas artificiales, tal y como ha sido tradicional hasta fechas recientes. Al hilo de esta hipótesis, conviene recordar que, sin embargo, y como señala acertadamente Encarnación Cano Montoro, la cueva es para el musulmán, antes que nada, un lugar para protegerse de alguna amenaza exterior, de las inclemencias meteorológicas o para encontrar el ambiente de meditación necesario a modo de recinto sacralizado. Tal vez cobren aquí un sentido mayor las palabras del Dikr bilād al-Andalus que, al referirse a la ciudad de Šiḏūna como una de las capitales del país, dicen que los habitantes de al-Andalus se vieron obligados en el año 137 (=754-5) a refugiarse allí por la sequía y carestía reinantes.

Una visita al lugar nos hace pensar, también, si no fue éste el lugar fácilmente practicable por mar para los ataques normandos de los años 844-5 sobre Cádiz y Šiḏūna en su paso hacia Sevilla, o el susceptible y tan debatido escenario de la famosa batalla que, en el 711, enfrentó a las tropas del rey don Rodrigo con las musulmanas de Ṭāriq. Efectivamente, la mayoría de fuentes que relatan este último hecho coinciden en señalar que, tras la victoria del Guadalete, las huestes musulmanas se dirigieron a la ciudad de Šiḏūna, al norte del río, para someterla. Por otro lado, dice al-ʽUḏrī (m. 1085) que el año 230 (=844) llegaron los maŷūs (vikingos) a Sevilla, pasando antes por Lisboa (al-Ušbūna) y atacando Qādis (Cádiz) y Šiḏūna, donde tuvo lugar un enfrentamiento entre normandos y musulmanes. Dada su lejanía con la orilla del mar, se antoja complicado que estos maŷūs atacaran Medina Sidonia desde sus barcos, o que desembarcaran en algún punto de la costa gaditana para dirigirse a pie hasta allí arriesgando su flota y la propia vida. Por ello, lo razonable es considerar que la Šiḏūna que mencionan al-ʽUḏrī o al-Rāzī en su relato del episodio, no puede ser otra que Sidueña, la antigua Asidon, desde la que fácilmente se alcanzaría el río Guadalquivir y, subiendo por él, Coria y Sevilla.

En cuanto a los caminos que cruzaban la cora de Šiḏūna, los textos árabes no confirman la vía entre Urgia y Asidon de las fuentes latinas. La cuestión no está clara, a pesar de los estudios que existen sobre el tema. En el Ravenate leemos, por ejemplo, que los topónimos Cappa, Saudone, Burdoga y Saguntia se situaban, supuestamente, entre las poblaciones de Urgia y Asido, en una imaginaria línea o vía recta. Sin embargo, la relación de enclaves que facilita el geógrafo almeriense al-ʽUḏrī, en la ruta desde Qalsāna hacia Algeciras (al-Ŷazīra), la ciudad de Šiḏūna no se menciona en ningún momento, ni siquiera tras la alusión a Šaguntsa (=Saguntia, castillo de Gigonza?, al norte de la actual Medina Sidonia), donde muchos autores la localizan.

En definitiva, la etimología y las fuentes escritas parecen darnos la razón, al tiempo que descartan, de un modo casi concluyente, la secular identificación de Šiḏūna con la actual Medina Sidonia.

sábado, 10 de septiembre de 2022

La revuelta mudéjar, O'Callaghan y la conquista cristiana de Jerez (1261-1267)



BORREGO SOTO, Miguel Ángel (2016). La Revuelta Mudéjar y la conquista cristiana de Jerez (1261-1267). Colección A de al-Andalus, nº 3. PeripeciasLibros. Jerez de la Frontera.

Con la publicación de este libro se rompía un sostenido tópico y se corregía lo que la historiografía local, y no tan local, mantenía y sigue aún manteniendo de que la recuperación de Jerez y el valle del Guadalete aconteció en octubre de 1264, apenas unos meses después de iniciado el levantamiento conocido como "revuelta mudéjar". Esta última y errónea datación, establecida hace varias centurias a partir de los anacronismos de la Crónica de Alfonso X, y de una equivocada adscripción de la celebración del día de San Dionisio Areopagita, patrón de la ciudad, presenta importantes lagunas y dificultades para su corroboración documental, pues se basa, en la mayoría de los casos, en relatos populares que los textos se han encargado de presentar, sin rigor científico alguno, como verdaderos. Del mismo modo, los primeros textos relacionados con la conquista y repoblación de Jerez y su comarca de los que conocemos su original o reproducción son de noviembre de 1267. Todos ellos contradicen las pruebas que se han venido esgrimiendo a lo largo de los siglos para justificar la toma de Jerez por los cristianos en octubre del año 1264. Aquéllas continúan hoy fundándose en una supuesta serie de documentos emitidos y dirigidos por Alfonso X a la ciudad, tres de los cuales se habrían redactado, casualmente, en Jerez, el mismo día de su hipotética conquista, es decir, el 9 de octubre de 1264. Habría que recordar en este punto que todos los diplomas de ese mes y año fueron escritos en Sevilla, incluido uno del mismo día 9, en el que Alfonso X concede a los pobladores cristianos de Almansa, el fuero y franquezas del concejo de Cuenca. A pesar de esta circunstancia, y de que estos textos nunca han sido transcritos, pues jamás se redactaron ni, por ende, han existido, la historiografía jerezana los ha citado secularmente como prueba de la conquista de Jerez en ese momento concreto.
Nadie hasta el momento había tratado de demostrar la existencia de estos documentos, a partir de lo cual y tras descubrir su falsedad, coincidí con la intuición que el profesor Joseph O'Callaghan había plasmado en su libro El Reinado de Alfonso X de Castilla (1996, p. 232). Por ello, en mis primeros trabajos sobre el tema afirmé que, efectivamente, el proceso histórico conocido como "revuelta mudéjar" no fue, como se había creído hasta entonces, una mera y efímera sedición de musulmanes descontentos con la situación socio-política a la que Alfonso X los había arrastrado tras romper las diferentes treguas que su padre, Fernando III, acordara tiempo atrás con los reyezuelos de taifas surgidos en al-Andalus tras la caída de la legitimidad almohade, a principios del siglo XIII. Esta premisa había llevado a O'Callaghan a plantear que la rendición de Jerez tuvo lugar entre el 4 y el 9 de octubre de 1266, y no de 1264. Tras contrastar esta idea con la información aportada por las fuentes árabes, convine con O'Callaghan en ese año de 1266 como el de la conquista de la ciudad, pero no en el día, que yo adelantaba al 3 de ese mismo mes.

Por supuesto, en mis artículos sobre el tema, anteriores a la publicación del libro, la referida página 232 y otras del mencionado trabajo del investigador norteamericano se citan puntualmente, por mucho que el profesor e historiador del arte Fernando López Vargas-Machuca insista, incomprensiblemente, en probar lo contrario.


Es más, en mi conferencia del 3 de febrero de 2014, anterior incluso a cualquier publicación mía sobre la revuelta mudéjar, ya se hacía alusión a estas hipótesis del ilustre profesor O'Callaghan en varias ocasiones, como no podía ser de otra manera, y como se comprueba en el siguiente vídeo, a partir del minuto 4:00, y al final del mismo, desde el 52:00, por lo que las acusaciones de Vargas-Machuca se entienden aún menos:


Con todo, habría que aclarar que O'Callaghan jamás desarrolló o profundizó en aquella idea (intuición más bien) que reflejó en su mencionado libro de 1996. Al contrario, varios años después, en su obra The Gibraltar Crusade: Castile and the Battle for the Strait (2011, pp. 38 y 282-3, n. 17), se arrepentía, sorprendentemente, de la misma (tal vez porque había sido desechada y tachada de disparate por alguno de sus colegas a este lado del Atlántico), para recular y afirmar que la conquista cristiana de Jerez fue, como marca la tradición, el 9 de octubre de 1264:

... on the basis of these two sources (se refiere a Gonzalo de la Finojosa y al título del Libro del Repartimiento, que hablaban de la conquista de Jerez en octubre de 1266), I argued that the surrender ought to be dated on 9 October 1266. I am now convinced that 1264 is correct.

No obstante, de este paso atrás se lamentaba en un correo del 28 de febrero de 2014 que me envió en respuesta a uno mío, en el que le pedía que prologara mi futuro libro sobre la revuelta mudéjar, del que yo le adelantaba, un par de años antes de su publicación, parte de su contenido. Transcribo literalmente su mensaje, que me remitió íntegramente en castellano: 

Querido amigo mio,

Perdóneme el retraso de mi respuesta a su amable comunicación.
Me interesa mucho su intención de revisar la historia de la rebelión de los mudejares especialmente en Jerez. Cuando escribí mi libro sobre Alfonso X en 1993 entré, como un león, y declaré que los moros de Jerez no rindieron la ciudad después de un asedio de cinco meses en Octubre de 1264, la fecha aceptada hasta entonces por todos.
Al contrario, al base de las afirmaciones del Libro del repartimiento de Jerez y de Gonzalo de la Hinojosa, Obispo de Burgos, en su continuación de la Crónica del Arzobispo Don Rodrigo Jiménez de Rada, concluí que la capitulación de Jerez ocurrió en Octubre 1266. Cuando Ibn alAhmar firmó un tratado con Alfonso X en Alcalá de Benzaide en junio de 1267 la rebelión de los mudejares se terminó. Después de escribir todo esto, cuando escribí mi libro sobre The Gibraltar Crusade en 2011, en un momento de debilidad, como una oveja, acepté la fecha tradicional de la capitulación de Jerez.
Ahora, después de pensar sobre el tema una vez más, parece que la datación de la capitulación en 9 de octubre de 1264 depende de la citación por algunos historiadores de Jerez de algunas cartas reales que no existen. Por eso, afirmo mi posición original. Como historiadores sabemos que los juicios de ayer pueden y deben revisarse. Nuevos datos, nuevas consideraciones pueden llevarnos a nuevas conclusiones.
En cualquier caso debemos dar una bienvenida a su intención de estudiar la rebelión en Jerez otra vez. Me gustaría leer su libro y, si, a pesar de mi vacilación, todavía usted quiere que yo escriba un prólogo, me gustaría hacerlo.

Reciba mis saludos muy cordials

Joseph F. O'Callaghan

El prólogo, por razones que no vienen al caso, finalmente lo escribió mi apreciado Juan Abellán, pero aquellas palabras de O'Callaghan me animaron a profundizar todavía más, y ampliar mi consulta de nuevas fuentes árabes y castellanas para reconstruir, de un modo más preciso, la duración y las consecuencias de la "revuelta mudéjar" que, desde 1264, llevaron a Castilla y Granada a una guerra de tres años de duración, hasta 1267, y no 1264 ni 1266, como pude comprobar redactando el último capítulo de mi tesis doctoral, presentada en febrero de 2016, diez meses antes que el libro. 


En efecto, las hostilidades entre Granada y Castilla se iniciaron entre abril y junio de 1264, con Jerez y Murcia como ejes principales de un alzamiento que tuvo en vilo a Alfonso X tres largos años. Muḥammad I había concentrado el grueso de sus tropas, con el apoyo de las meriníes que habían acudido desde el otro lado del Estrecho, en aquellos distantes núcleos, lo que impidió a Alfonso X recobrarlos de inmediato. De este modo, la conquista de Murcia tuvo lugar a principios de 1266, y la de Jerez y el valle del Guadalete en octubre de 1267 y no, como ya he señalado, en 1264 ó 1266.
Debemos insistir en que aquellos supuestos documentos usados secularmente como prueba de la conquista de Jerez por las tropas cristianas a los musulmanes en 9 de octubre de 1264 jamás han existido. Los primeros textos relacionados con la toma y repoblación de Jerez y su comarca están fechados en noviembre de 1267, varios meses después de la firma del pacto de Alcalá de Benzaide entre Alfonso X y Muḥammad I, sellado entre la segunda mitad del mes de mayo y junio de 1267 para poner fin a la guerra iniciada en la primavera de 1264.
Tras la conquista de toda esta región y la expulsión de su población musulmana, los continuos intentos de nazaríes y meriníes por hacerse de nuevo con su control hicieron de Jerez un enclave hostil y difícil de repoblar. Lo más apremiante fue, en un principio, garantizar la seguridad de la zona y la de sus primeros habitantes, lo que explica la presencia de Alfonso X en Jerez entre octubre de 1267 y junio de 1268 organizando la repoblación y su defensa, para que la ciudad no volviera a manos del islam.

viernes, 2 de septiembre de 2022

Conferencia "Asta en las fuentes árabes"

Vídeo de la conferencia celebrada el 2 de marzo de 2021 en la Real Academia de San Dionisio de Ciencias, Artes y Letras, con la que se cerraba el ciclo 'Jerez siempre', en colaboración con el Centro de Estudios Históricos Jerezanos.

Enlace al vídeo de la conferencia

En ella amplié la varia "¿Astah, Istabba o Astibar? Nuevos datos sobre Mesas de Asta en época andalusí", publicada en la Revista de Historia de Jerez, nº 20-21 (2017-2018), pp. 239-242, y en el Diario de Jerez del 14 de enero de 2018, contenido plagiado literalmente, junto al del vídeo de la citada charla, por José Ruiz Mata en su libro Asta Regia, lo que denuncié hace algo más de un año en los medios de comunicación locales Diario de Jerez y La Voz del Sur.

Portada del libro Asta Regia
del plagiario José Ruiz Mata

Un alfaquí de Asṭah

Hasta hace unos años, los únicos vestigios de los siglos X y XI hallados en el municipio de Jerez de la Frontera pertenecían al yacimiento de Mesas de Asta, población constituida por una serie de elevaciones rodeadas de marismas y localizada a once kilómetros al noroeste de Jerez.

En la colina más alta, actualmente olivar del cortijo “El Rosario”, es donde la historiografía sitúa el núcleo principal de la ciudad de Asta Regia. Las diferentes campañas en el lugar, dirigidas por Manuel Esteve Guerrero durante las décadas cuarenta y cincuenta del siglo pasado, aportaron numerosas piezas cerámicas, marmóreas y de todo tipo que evidenciaban el esplendor de la urbe durante las épocas turdetana y romana. Con todo, la sorpresa de las labores arqueológicas fue el hallazgo de un importante asentamiento andalusí sobre los restos de aquélla, pues no se tenían noticias por aquel entonces de que las Mesas de Asta hubiesen albergado una población de ese periodo.


Del siglo X eran, efectivamente, las ruinas de un edificio descubierto en la primera de las campañas, que Manuel Esteve relacionó con la posible residencia del señor de la villa, atendiendo al lujo de la cerámica asociada al mismo, entre las que destacaban piezas decoradas con motivos diversos. Si bien en un principio se pensó que estos indicios se correspondían con una almunia o alquería aislada, el hallazgo de otros materiales de extraordinaria riqueza y de la misma época durante la segunda campaña, en un punto diferente y distante al primero, hizo pensar a Manuel Esteve que se encontraba ante las ruinas de una verdadera ciudad andalusí.


El descubrimiento parecía corroborar la tradición historiográfica jerezana, seguida por Torres Balbás, de que la destrucción de Asṭah durante las luchas que produjeron la caída del Califato y el alumbramiento de los reinos de Taifas provocaron su abandono y el traslado de sus habitantes hacia una población de nueva planta, Šarīš (Jerez). A pesar de todo, esta idea, enraizada en el acervo común sobre los anales jerezanos, no convencía a Manuel Esteve, quien ya señaló en alguno de sus escritos que Asta y Jerez eran lugares diferentes, y que la primera nada tuvo que ver con el surgimiento de la segunda. Efectivamente, los resultados de las últimas intervenciones arqueológicas en Jerez y un texto del volumen II-1 del Muqtabis de Ibn Ḥayyān (m. 1076) -en concreto el fragmento referido a las defensas del suroeste de al-Andalus frente al ataque normando del año 844-845 en tiempos del emir ‛Abd al-Raḥmān II (m. 238=852)- han ayudado a subsanar el error secular de la identificación entre Asṭah y Šarīš y han dejado claro que ambas ciudades ya eran coetáneas, al menos desde mediados del siglo IX. La riqueza de estos y otros muchos hallazgos procedentes del yacimiento de Mesas de Asta, hoy conservados y expuestos en nuestro Museo Arqueológico Municipal, contrastaba con el silencio de las fuentes documentales acerca de la Asṭah andalusí, sólo citada de paso en el citado Muqtabis de Ibn Ḥayyān.


Hasta el momento, no había referencias evidentes en las obras geográficas o en los diccionarios bio-bibliográficos a ningún lugar que aludiera a este enclave o a algún sabio o ulema procedente de allí, mientras que las menciones a sabios de Šiḏūna, Qalsāna, Šarīš u otras poblaciones menores de la cora de Sidonia entre los siglos IX y XI como al-Qanāṭīr o Qādis son frecuentes. Por esta razón, se podría pensar, contrariamente a la opinión de Manuel Esteve y a la evidencia arqueológica, que Asṭah careció de entidad urbana propia y no fue más que una importante alquería o una almunia dependiente de la cercana Šarīš. Sin embargo, nuevos datos hallados en varias fuentes árabes confirman las sospechas de Esteve de que nos hallamos ante los restos de una importante ciudad de la cora de Sidonia de época califal y taifa.


Es Ibn al-Faraḍī, en su historia de los ulemas de al-Andalus, quien nos habla de un sabio de Sidonia de linaje árabe llamado ʽUṯmān b. Saʽīd b. al-Bišr b. Gālib b. Fayḍ al-Lajmī, que dirigía la oración, en la mezquita aljama se entiende, de un lugar denominado Iṣṭabba, donde también ejercía como alfaquí, y donde murió entre los años 983 y 984. Todo podría llevarnos a creer que la citada Iṣṭabba se corresponde con la actual localidad sevillana de Estepa; sin embargo, en otra obra, esta vez geográfica, la conocida Rawḍ al-Miʽṭār fī jabar al-aqṭār de al-Ḥimyarī, aparece la entrada a esta ciudad de Iṣṭabba, diciéndonos que se encontraba a 25 millas (unos 36-40 km) de la capital de la cora de Sidonia, Qalšāna (Calsena, en la Junta de los Ríos, cerca de Arcos). Un topónimo parecido lo encontramos en la ʽUmda de Abu l-Jayr al-Išbīlī, quien en el siglo XI nos habla del faḥṣ, o campiña, de Astibar (Asta), a la que pertenecían las aldeas de Šārruh y de al-Aqwās.

El topónimo Šārruh habría que identificarlo con la romana Siarum. cuyos restos se localizan en el actual cortijo de Zarracatín, del término de Utrera (al sur de la provincia de Sevilla). En cuanto a al-Aqwās, su emplazamiento parece que estuvo en Torre de Alocaz, también en Utrera, aunque podría relacionarse con la Ugia romana que González Fernández (2014) sitúa en Gibalbín. Al-Aqwās es mencionado por el Ḏikr bilād al-Andalus (ed. Luis Molina, vol. I, pp. 64-65, trad., vol. II, pp. 70-71), como un castillo de la cora de Sidonia. Esta fortaleza y su caserío pertenecieron también a Ibn Abī Jālid, señor de Jerez, quien lo entregó a Fernando III en 648 (=1250-1251).

De este modo, podemos afirmar que ʽUṯmān b. Saʽīd (de quien sabemos, además, que tuvo un hijo, Abān b. ʽUṯmān b. Saʽīd, gramático y poeta afincado en Córdoba), vivía en una medina andalusí de la cora de Sidonia, que contaba con mezquita aljama y un amplio alfoz, que algunas fuentes llaman Iṣṭabba, Astibar o, incluso, Isṭibūna, como es el caso del geógrafo al-Idrīsī, quien confunde varios nombres de enclaves de la cora de Sidonia para, de este modo, afirmar, por ejemplo que, entre sus ciudades figuran Isṭibūna (por Asṭah, Asta), y entre sus castillos, Ronda (por Rūṭa, Rota) o Almonastir (por al-Qanāṭir, El Puerto de Santa María). Parece evidente que los topónimos Iṣṭabba, Astibar e Isṭibūna son corrupción o errónea transcripción del nombre Asṭah que leemos en el Muqtabis de Ibn Ḥayyān, y en la edición de la historia de los ulemas de al-Andalus de Ibn al-Faraḍī de Codera, y se corresponden con los restos que, allá por los años cuarenta y cincuenta del siglo pasado, descubrió Manuel Esteve Guerrero en las Mesas de Asta. Sin duda, un interesante valor añadido para este importante enclave arqueológico del entorno jerezano, que sigue pidiendo una urgente intervención por parte de las administraciones competentes.