viernes, 10 de enero de 2025

La ciudad andalusi de Jerez (Šarīš Šiḏuna) y sus ulemas en la historiografía

1. Introducción

Hasta los años cincuenta de la pasada centuria, lo que se conocía sobre la ciudad de Jerez en época andalusí ocupaba poco más de un par de líneas. Así, por ejemplo, en la obra de referencia sobre al-Andalus hasta mediados del siglo XX, el arabista francés Evariste Lévi-Provençal escribía que “pasado Jerez de la Frontera (Šarīš) y dejando al Oeste la península de Cadiz (Qādis), con su célebre templo…”[1]. Efectivamente, nuestra urbe citada “de pasada”, “un parvo alimento para el conocimiento de al-Andalus, apenas su mera existencia, el topónimo enigmático y poco más”[2].

Gracias, no obstante, a los trabajos recientes de diversos investigadores, sabemos que Jerez y su amplia comarca, circunscritas ambas a la cora y posterior territorio de Sidonia, tuvieron un pasado andalusí que había que rescatar del olvido, dar a conocer y, en la medida de lo posible, preservar. Las murallas y el alcázar, claros vestigios de una historia aún por desentrañar, competían con quienes se empeñaban, y siguen empeñándose, en hallar los restos de una gran urbe de origen romano o, incluso, anterior, en nuestro suelo. Esta cerrazón histórica de negar lo evidente, provocó que a los anales musulmanes de Jerez no se les diera la menor importancia en los foros de discusión erudita de la ciudad.


2. Siglos XV-XVII

De este modo, la historiografía secular jerezana, basada en el perdido manuscrito de la Crónica de Diego Gómez Salido (siglo XIV)[3], apenas se detiene en el período andalusí de nuestra urbe. En efecto, las obras escritas entre los siglos XV y XVI, como El Libro del Alcázar[4], el Cronicón de Benito de Cárdenas[5] o la Historia de Gonzalo de Padilla[6], se limitan a repetir, en relación al período que nos interesa, y casi al pie de la letra, los mitos en torno a “las conquistas” de Jerez por los cristianos a partir de la Crónica de Alfonso X, y las posteriores leyendas que protagonizaron los caballeros jerezanos en sus razias y batallas contra los meriníes y nazaríes entre 1284 y 1462, año de la toma de Gibraltar, con el trasfondo de las luchas banderizas entre los Ponce y los Guzmán por hacerse con el control del poder local en la Andalucía occidental.

En el siglo XVII, los autores que se ocupan de la historia de la ciudad lo harán siguiendo el rigor metodológico que se impone en las obras de su tiempo. De este modo, movidos por la conciencia de pertenencia al todopoderoso imperio español, se afanarán por recalcar la grandeza y orígenes legendarios de la patria y, por ende, de todas sus poblaciones y ciudades más importantes. Un claro ejemplo de esto lo vemos en Martín de Roa[7] y, sobre todo, en Juan de Espínola y Torres, quien en su Libro de las cosas memorables de Xerez y sus hijos, que no llegó a imprimirse, pero cuyo manuscrito, conservado en parte en la biblioteca de la Real Academia de la Historia[8], circuló entre los intelectuales jerezanos hasta, al menos, la centuria siguiente, dedica el capítulo séptimo a la conquista de Hispania por los árabes. En él, y sin fundamento alguno, sitúa el escenario de la famosa batalla del Guadalete en topónimos conocidos del entorno de la ciudad vinculados, curiosamente, con las posesiones de su familia, los Espínola. Así, llega a afirmar que el ejército de Musà y Julián estaba “según las señas que nos dan los antiguos escritores, en las mesas que oy llamamos de las dehesas de la Matanza”; mientras que el rey don Rodrigo salió de Jerez, pasó el río Guadalete, “y en los espaciosos llanos que oy llamamos de la Gradera y los antiguos de Sangovela”, dispuso sus escuadrones “como sabio y valiente capitán”. Tras describir con todo lujo de detalles la confrontación entre cristianos y musulmanes, que fecha en cinco de abril del año 714, como otras fuentes contemporáneas en las que se basa, y como si hubiera sido testigo de la misma, expone también que Rodrigo, desconsolado por la traición de parte de sus huestes y el daño que su ejército estaba sufriendo a manos de las tropas musulmanas, se retiró a comprobar qué hacía la gente del obispo don Oppas “y vio que había apartado los peones de su cargo el río arriba hacia la que llamamos torre Espínola”. Añade, además, que, tras el desconcierto y la inminente derrota, el rey huyó a pie de la batalla “por los pantanosos zéspedes que oy llamamos de las Quinientas, llorando amargamente y, dejándose en ellos los zapatos guarnecidos de perlas y diamantes, se subió al empinado, aunque pequeño cerro donde vemos la torre y casa llamada hasta oy el Amarguillo […]”, desde donde se quedó observando el “último parosismo del reyno” antes de marcharse por el “vado vecino al sitio que ocupaba y pasándolo. Aunque ha habido quien diga se ahogó en él llevado [por] que en los referidos zéspedes se hallaron sus zapatos, y en el arroyo que llamamos de Buitrago las ruedas del carro de marfil, hay tradición, papeles y historias llegó al grandioso santuario de Nuestra Señora de Regla, casa sobre el mar de Chipiona o torre de Capión, tres leguas de Xerez. Allí descansó afligido y, con los monjes que asistían a la virgen, lloró sus culpas y pérdidas […].”[9] En este punto el manuscrito de Espínola se interrumpe y el relato da un salto cronológico hasta el momento de la conquista de Jerez por Alfonso X, para continuar, siguiendo la crónica de Diego Gómez Salido, con las hazañas de los caballeros jerezanos en las luchas de frontera con el reino de Granada.

Pocas novedades en relación con la Jerez andalusí aportan las fuentes posteriores. En el mismo siglo que Espínola, Fray Esteban Rallón es el primero que introduce, en un texto histórico sobre la ciudad, una monografía de la España musulmana. Sin embargo, el texto aborda el tema a grandes rasgos, sin datos concretos sobre Jerez, más allá de algunas apreciaciones sobre la batalla del Guadalete y la conquista de la población por Alfonso X, que no es sino una traslación de la conocida Crónica de este rey. Con todo, Rallón nos deja valiosas descripciones de algunos de los restos de edificaciones de origen andalusí que aún quedaban en pie en la ciudad, como el alcázar, del que en diferentes pasajes habla de sus palacios, baños y mezquita, cuyo patio de abluciones compara con el de la Iglesia Mayor, hoy desaparecida, pero de la que en su tiempo se conservaba “la fábrica antigua de los moros de quien fue mezquita […] y está cerca del mismo Alcázar, en quien se conserva otro claustro semejante hecho para el mismo efecto[10].” Parte de este patio de la aljama jerezana, adosado junto a la torre tardogótica exenta de la antigua Iglesia Mayor que se alza frente a la catedral actual, sigue todavía en pie y, hace unos años, José María Gutiérrez López, Gonzalo Castro Moreno y quien esto suscribe descubrimos algunos de sus elementos, junto a otros del probable aljibe, usado como bodega por los cristianos, y del alminar[11].

Por otro lado, es también Rallón quien, refiriéndose de nuevo a esos vestigios de la ciudad andalusí de Jerez que él conoció en su tiempo, menciona en varias ocasiones “la mesquita que está en forma de fortaleça con sus almenas” de la que, según él, se valieron los dominicos para erigir su primitiva iglesia allá por el siglo XIII. Esa hipotética mezquita se corresponde, en realidad, con los muros de tapial, almenas y el monumental arco de herradura apuntado que vemos hoy en día en las paredes del claustro de procesiones del convento de Santo Domingo que, sin embargo, también podrían responder a una obra mudéjar anterior a la reforma tardogótica que los frailes añadieron a sus edificaciones entre mediados del XV y principios del XVI[12].


3. Del siglo XVIII a la actualidad

Tras el caso omiso que las obras históricas jerezanas del XVIII hacen al período andalusí de la ciudad, llegamos a la centuria siguiente, donde el Discurso sobre las Historias y los Historiadores de Jerez de Manuel de Bertemati se convierte, sin duda, en la primera obra que dedica una monografía más o menos extensa a la Jerez islámica, tras la más breve que escribió, apenas unos años antes, en 1878, Diego Ignacio Parada y Barreto en su Hombres ilustres de la ciudad de Jerez de la Frontera, precedidos de un resumen histórico de la misma población[13]. El libro de Bertemati, publicado en 1883, es un compendio histórico sobre nuestra ciudad, basado en lo ya escrito anteriormente por los autores clásicos jerezanos, caso de Rallón, Espínola, Mesa Xinete o el propio Parada y Barreto, con el añadido para la parte andalusí, aunque sin citarlas, de crónicas castellanas como la de Alfonso X, y las obras y traducciones de Conde o Huici Miranda[14]. Aunque de escaso rigor histórico desde un punto de vista actual, los amplios capítulos que se refieren a la Jerez musulmana y su conquista por los cristianos han sido la referencia hasta hace apenas unas décadas para todo aquel que se ha acercado a ese período de nuestros anales. El caso de la obra de José Luis Repetto es un claro ejemplo de lo que venimos diciendo, pues basa buena parte de sus argumentos en la obra de Bertemati, de ahí que no aporte nada nuevo a la de aquél una centuria más tarde[15]. Incluso el listado de jerezanos ilustres del período andalusí que introduce este autor en su monografía es una traslación de lo que en el siglo XVIII había hecho ya Virués de Segovia[16] basándose en la obra de Miguel Casiri[17], mencionando, con algún error de transcripción, a una decena de jerezanos de época andalusí que en el siglo XIX volvía a citar Parada y Barreto[18] y, dos décadas antes que Repetto, en 1968, Fedriani y Fuentes[19]. Este escueto listado de personajes volverá a aparecer, con las mismas deficiencias, en un libro posterior de José Ruiz Mata[20]. No será hasta varias décadas más tarde cuando se redacten los trabajos más completos sobre la ciudad islámica de Jerez. Así, tras las referencias que aparecían en las respectivas obras sobre la provincia de Cádiz en época andalusí de Juan Abellán[21] y José Manuel Toledo Jordán[22], en 1999 aparecía la monografía de Laureano Aguilar Moya, que basaba buena parte de sus argumentos en los resultados arqueológicos que se tenían hasta ese momento, un trabajo complementado años más tarde por Rosalía González[23]. A partir de entonces, el interés sobre esa etapa histórica de Jerez se ha visto reflejado en diferentes estudios que han abierto una nueva perspectiva sobre la misma.

Así, por ejemplo, en 2003, y coordinado por Ramón Clavijo, entonces director de la Biblioteca Municipal de Jerez, se publicaba la Historia general del libro y la cultura en Jerez de la Frontera, en la que se abordaba una visión de la cultura en nuestra ciudad desde la aparición de la escritura a la invención de la imprenta, la historia del libro impreso y el panorama general de la cultura local hasta el siglo XX. Su tercer capítulo, escrito por Antonio Vega Alonso[24], aborda en cincuenta páginas, una síntesis histórica de la ciudad bajo el dominio musulmán que nos acerca, también, y por primera vez en la historiografía jerezana, a la producción intelectual y el esplendor cultural de la ciudad, a partir de la biografía y traducción de algunos versos de los poetas Ibn Lubl, Ibn Giyāṯ, Ibn Šakīl y Abu Ya῾afar. Este trabajo se completaría ampliamente un año más tarde con un artículo del autor de estas líneas sobre más de un centenar de ulemas que nacieron, vivieron o ejercieron sus oficios en la ciudad andalusí de Jerez entre los siglos X y XIII, más un libro sobre el mismo asunto aparecido en 2011[25].

4. Trabajos arqueológicos

Los trabajos arqueológicos en la cercana Mesas de Asta dirigidos por Manuel Esteve Guerrero entre las décadas cuarenta y sesenta de la pasada centuria, habían dado ya con las huellas andalusíes del entorno jerezano, sobre los restos de la famosa Asta Regia (de la que sólo una mínima parte fue excavada), y activaron el interés por ese período olvidado de nuestra historia. A raíz de los hallazgos de aquel sorprendente enclave, que ofrecía piezas singulares y de valor único, algunas de las hipótesis acerca de los orígenes de la ciudad de Jerez que venían planteándose ya desde el siglo XVI empezaron a darse por ciertas. Según ellas, Jerez fue “fundada” en el siglo XII por los antiguos habitantes de Asta, que habían abandonado el lugar tras la época de los taifas. El error histórico tardaría varias décadas en subsanarse, ya que la arqueología, una ciencia casi desconocida por estos lares en aquellos días, se centraba casi exclusivamente en el riquísimo yacimiento astense, donde en un principio se pensó, además, que podría estar la perdida y mítica Tartesos. Mientras, Jerez permanecía silenciosa, sin nadie que buscara en su suelo algún rastro que refutara todas estas teorías.

Las actuaciones arqueológicas en el casco histórico de la ciudad se iniciaron en 1971, con una serie de proyectos de restauración en las distintas dependencias de su alcázar por parte de la Subdirección General de Bellas Artes, dirigidos por José Menéndez Pidal. En el transcurso de estos trabajos, fue localizado y recogido abundante material andalusí, entre otro de época moderna y contemporánea, del que no se hizo, sin embargo, catalogación alguna[26]. Habría que afirmar, por tanto, al igual que hace la Carta Arqueológica de Jerez, que las primeras actuaciones comenzaron realmente en 1983, también en el Alcázar y la cercana plaza de la Encarnación[27]. Las excavaciones en el primero, que continuaron un año más tarde, permitieron observar la gran potencia estratigráfica del recinto, intensa y continuamente ocupado desde, al menos, el siglo X[28]. La intervención en la Encarnación, por su parte, aportó el primer conjunto material cerrado almohade en la ciudad y generó, además, la primera tipología de cerámica de ese periodo en el sudoeste andaluz[29]. Antes de estas fechas, los únicos datos arqueológicos que se tenían del conjunto histórico jerezano pertenecían a los restos que, junto a un tesorillo de más de doscientos dírhams almohades, recuperó Manuel Esteve Guerrero en 1961 durante las obras de construcción del ambulatorio de la calle José Luis Díez[30].

Desde 1986 se han venido realizando, sobre todo por el procedimiento de urgencia, continuas intervenciones que han permitido un acercamiento, siempre contrastado con las fuentes escritas, a los orígenes y posterior evolución de la ciudad andalusí de Jerez. Con todo, la relevancia que la urbe adquirió entre los siglos XII y XIII hizo que Jerez siguiera considerándose un asentamiento de época almohade. De hecho, el registro arqueológico no recogió las primeras pruebas de niveles anteriores a dichas centurias en Jerez hasta comienzos de los años noventa, con materiales procedentes de pozos de vertido de la calle Justicia y el Alcázar que aportaron conjuntos cerámicos cerrados y fechados entre finales del Califato y comienzos del siglo XII[31]. Las dudas sobre la coexistencia de Asta y Jerez durante aquellos años quedaban resueltas.

5. Conclusión

El origen del poblamiento de Jerez debe buscarse en el entorno de las elevaciones de los barrios de San Mateo, San Lucas, El Carmen y el cerro del Alcázar, que delimitan, a modo de semicírculo, un valle en el que se situaba parte de la collación de San Salvador, por la que discurría un cauce de agua que usaban las tenerías y curtidurías allí instaladas, probablemente desde época andalusí[32]. El recorrido que este arroyo tenía no está muy claro; sin embargo, Laureano Aguilar afirma que nacía cerca del convento de El Carmen y bajaba por las actuales calles Carpintería Baja, Plaza de Peones, Curtidores y Barranco hacia la plaza del Arroyo, para salir de la ciudad por la puerta y calzada del mismo nombre hasta desembocar en el arroyo de Guadajabaque[33]. Según otros autores, el curso de esta corriente debió diferir, no obstante, del que acabamos de señalar y bajar por la manzana de la actual calle San Fernando, que separaba a ésta de la de Curtidores[34].

En pleno siglo XVII, el fraile Esteban Rallón comparaba este escenario con un hermoso anfiteatro adornado de edificios y casas principales asomados a la plaza del Arroyo[35], un emplazamiento que presenta las características propias de los establecimientos humanos desde la Antigüedad, es decir, una colina amesetada cercana a corrientes de agua y a zonas con recursos agropecuarios en posiciones estratégicas desde el punto de vista de control del espacio y las comunicaciones. En diversos lugares de esta parte de la ciudad de Jerez se han localizado testimonios de ocupación fechables entre el Neolítico final y el Bronce, sobre los que se radicaron los asentamientos históricos posteriores[36]. Esta zona poseyó la mayor actividad comercial y poblacional durante la Alta y la Baja Edad Media, como demuestran los resultados de las intervenciones arqueológicas en toda el área, y los datos extraídos del Libro del Repartimiento sobre la riqueza inmobiliaria y la alta densidad de habitantes de las collaciones de San Salvador y San Mateo a mediados del siglo XIII. En ellas, recibieron casas y propiedades miembros de la familia real y un buen número de nobles y servidores de Alfonso X[37].

No obstante, la historiografía jerezana viene manteniendo que este amplio espacio se corresponde, en realidad, con la periferia del primitivo núcleo andalusí de Jerez que, para algunos autores, debió de articularse en torno a una hipotética mezquita mayor localizada en la actual iglesia de San Dionisio. Según esta misma teoría, a mediados del siglo XII, la aljama sería trasladada a un nuevo edificio edificado junto al Arroyo que, tras la conquista cristiana, se reutilizaría como Iglesia Mayor de San Salvador[38]. Sin embargo, en distintos puntos del extenso perímetro que abarca esa supuesta zona periférica, sobre todo en Plaza Belén, es donde ha aparecido la mayor parte del material califal y taifa hallado en la ciudad, perteneciente, en algunos casos, a cerámica de lujo con epigrafía asociada a restos de viviendas y áreas de almacenamiento de la Šarīš de aquellas centurias y sobre la que existen diversos estudios y monografías[39].

Efectivamente, los textos árabes que hablan de Jerez remontan su devenir a las últimas décadas del siglo IX, años de constantes revueltas contra el estado Omeya. Es en el siglo X cuando empiezan a aparecer en las fuentes bio-bibliográficas los nombres de los primeros ulemas que poblaron Jerez, una urbe que contará con muralla y mezquita aljama a finales de esa centuria. El hallazgo de las cerámicas a las que hemos hecho alusión, confirma la prosperidad que durante el Califato y los reinos de taifas alcanzó Jerez, ciudad que pronto se convertirá en centro productor de piezas que imitan el estilo de la vajilla palatina de Madīnat al-Zahrāʼ[40].

Con todo, es a partir del siglo XII cuando comienza la etapa más próspera para la ciudad andalusí de Jerez, tanto desde el punto de vista político y económico, como cultural e intelectual[41]. No sólo las fuentes escritas se hacen eco de este auge, también la arqueología corrobora este hecho. Los resultados de las excavaciones en la plaza de la Encarnación a mediados de los años ochenta son, sin duda, los que mejor ilustran este momento. Se trata de piezas de una enorme riqueza y variedad de formas, técnicas y decoración, entre las que la epigrafía juega un papel sobresaliente, y que evidencian, junto a la abundante cerámica procedente de otras intervenciones, una fuerte demanda de la misma, lo que obliga a reconocer una constante especialización alfarera de talleres ubicados en la propia urbe[42].



[1] Cf. LÉVI-PROVENÇAL (1957): 205. 

[2] Cf. MARTÍNEZ, en el prólogo a BORREGO (2014a): 9.

[3] MORENO (2018).

[4] El Libro del Alcázar. De la toma de Jerez a la conquista de Gibraltar. Siglos XIII-XV, introducción, edición e índices de Juan Abellán Pérez, EH Editores, 2012.

[5] Cronicón de Benito de Cárdenas. Jerez y la frontera castellano-granadina (1471-1483), introducción, edición e índices de Juan Abellán Pérez, Peripecias Libros, 2014, Jerez.

[6] G. de Padilla, Historia de Xerez de la Frontera (Siglos XIII-XVI), introducción, edición e índices de Juan Abellán Pérez, Agrija Ediciones, 2008, Sevilla.

[7] Martín de Roa, Santos Honorios, Eutiquio, Estéban, patronos de Jerez de la Frontera; nombre, sitio, antigüedad de la ciudad, valor de sus ciudadanos. Sevilla, 1617.

[8] Real Academia de la Historia (en adelante, RAH), Fragmentos de los escritos del Padre Espínola en las apuntaciones que hizo para su historia de Xerez (en adelante, Fragmentos).

[9] Cf. RAH, Fragmentos, fols. 92r-99v.

[10] Cf. Rallón Historia de la ciudad de Xerez de la Frontera y de los reyes que la dominaron desde su primera fundación (en adelante, Historia), I, p. 250; y IV, p. 12.

[11] Los resultados de los trabajos arqueológicos en el solar, realizados a partir del proyecto de intervención de los investigadores BORREGO, CASTRO, GUTIÉRREZ y MARTÍNEZ (2014), que se encuentra depositado en el Obispado de la Diócesis de Asidonia-Jerez, los recoge Gonzalo Castro en su memoria preliminar (Cf. CASTRO, 2019).

[12] Cf. Rallón, Historia, IV, pp. 143-147. Vid. tb. LÓPEZ (1996 y 2021: 73), quien en sus trabajos plantea que esos restos pertenecen a unos antiguos ribat y qubba almohades, teoría que aceptan JIMÉNEZ y ROMERO (2013): 31-35; GUERRERO y ROMERO (2013); y GUERRERO (2019), entre otros investigadores.

[13] PARADA Y BARRETO (1878).

[14] DE BERTEMATI, M. (1883).

[15] REPETTO (1987): 339-357.

[16] F. Virués de Segovia, Epítome de algunas antigüedades sucesos memorables, magistrados, privilegios, estudios, bibliotecas, varones ilustres en letras y armas, servicios, etc. de la M. N. y M. L. ciudad de Xerez de la Frontera, 1796 (ed. 1889), pp. 38-41.

[17] Miguel Casiri (Trípoli, 1710–Madrid, 1791), traductor, lexicógrafo y bibliotecario, autor de la Biblioteca Arabico-Hispana Escurialensis (1760-1770), un completo catálogo en dos volúmenes, clasificado por temas y autores de 1851 manuscritos árabes de la biblioteca del Monasterio de San Lorenzo de El Escorial (vid. JUSTEL, 1999).

[18] PARADA Y BARRETO (1878): 1-2, 322, 466-474, 483-484, y 495-499.

[19] FEDRIANI (1967): 3.

[20] RUIZ (2001).

[21] ABELLÁN (1996, reed. 2005).

[22] TOLEDO (1998).

[23] AGUILAR (1999); GONZÁLEZ (2006).

[24] VEGA (2003).

[25] BORREGO (2004 y 2011).

[26] FERNÁNDEZ (1987a y 1987b).

[27] GONZÁLEZ et alii (2008): 61.

[28] VALLEJO (1985-1987); MENÉNDEZ y REYES (1986 y 1987); GONZÁLEZ (2006); GONZÁLEZ y AGUILAR (2011): 111-112.

[29] FERNÁNDEZ (1987c). Esta cuestión ha sido ampliada con nuevas sistematizaciones como la de LAFUENTE (1994) y el estudio de otros marcos geográficos próximos a Jerez, por ejemplo, Sevilla, también por LAFUENTE (1999), o Cádiz, en la que destaca el trabajo de CAVILLA (2005), por citar sólo unos ejemplos que han puesto de manifiesto las peculiaridades de la producción cerámica almohade del sudoeste en relación con otras áreas de al-Andalus.

[30] ESTEVE (1961); CHICARRO-FERNÁNDEZ (1962): 68-69; GÁLVEZ, OLIVA y VALENCIA (1983).

[31] AGUILAR (1999): 204-210; AGUILAR (1998); AGUILAR, GONZÁLEZ y BARRIONUEVO (1998 y 2004).

[32] AGUILAR (1999): 201; GONZÁLEZ y AGUILAR (2011): 11-12.

[33] AGUILAR (1999): 201.

[34] ÁLVAREZ LUNA et alii (2007): 25-26.

[35] E. Rallón, Historia, IV, p. 128.

[36] GONZÁLEZ et alii (2008): 92; PÉREZ (2009): 443-444.

[37] GONZÁLEZ y GONZÁLEZ (1981): XXIX-XXXV.

[38] AGUILAR (1999): 206-207; GONZÁLEZ et alii (2008): 98.

[39] AGUILAR (1992); AGUILAR (1998); AGUILAR (1999): 204-210; AGUILAR y BARRIONUEVO (1998); AGUILAR, GONZÁLEZ y BARRIONUEVO (1998); GONZÁLEZ (2005); GONZÁLEZ et alii (2008): 78-82 y 97-9; CÓRDOBA (2004); MARTÍN (2009).

[40] No obstante, serán las analíticas arqueométricas de sus pastas cerámicas las que confirmen o desmientan nuestra hipótesis.

[41] BORREGO (2011).

[42] BARRIONUEVO y AGUILAR (1996); BARRIONUEVO y AGUILAR (2001); FERNÁNDEZ (1986 y 1987c); MENÉNDEZ y REYES (1986): 940; MONTES (1987-1988); MONTES y GONZÁLEZ (1986 y 1987); REIMÓNDEZ (2003); REIMÓNDEZ y MENA-BERNAL (2003); BORREGO (2014a); GONZÁLEZ, AGUILAR Y BARRIONUEVO (2015).

viernes, 3 de enero de 2025

“Y habiendo llegado al río que se llama ‘Vedelac’…” Lakka y Wādī Lakka: nueva hipótesis de ubicación

Este artículo plantea una nueva hipótesis de ubicación de la ciudad de Lakka y el río wādī Lakka, y refuta la teoría que, desde el siglo XIX hasta la actualidad, sitúa la batalla de 711 entre las tropas de Rodrigo y Tāriq b. Ziyād en la laguna de La Janda y las cercanías de Algeciras. Basado en un análisis detallado de fuentes árabes y toponimia medieval, se argumenta que la confrontación histórica tuvo lugar a orillas del río Guadalete, en la cora de Sidonia. El estudio también revisa las contribuciones de varios historiadores que, a lo largo del tiempo, han sostenido ubicaciones alternativas para la batalla, y subraya la necesidad de una interpretación más precisa de las fuentes documentales y geográficas.

El trabajo amplía el contenido expuesto en la conferencia impartida el 27 de febrero de 2024 en el Aula Magna de la facultad de Filología de la Universidad de Salamanca con el título “En torno a la batalla del Guadalete: nueva propuesta de localización”, cuyo resumen fue publicado en el artículo de divulgación “La ciudad de Lakka y la batalla de wādī Lakka: nueva propuesta de localización”, Al-Andalus y la Historia (13 septiembre, 2024) [https://www.alandalusylahistoria.com/?p=4931].

El enlace para acceder al trabajo completo es el siguiente:


BORREGO SOTO, Miguel Ángel (2024): "“Y habiendo llegado al río que se llama ‘Vedelac’…”. Lakka y Wādī Lakka: nueva hipótesis de ubicación", Revista de Historia de Jerez, n.º 27, Centro de Estudios Históricos Jerezanos, Jerez, pp. 9-45.

Restos de un edificio de época romana en el yacimiento de Gibalbín
Fotografía: Agustín García Lázaro


lunes, 30 de septiembre de 2024

Una nueva propuesta de localización de Lakka y el wādī Lakka


Publicado en la revista digital Al-Andalus y la Historia (13 septiembre, 2024) con el título "La ciudad de Lakka y la batalla de wādī Lakka: nueva propuesta de localización", por Miguel Ángel Borrego Soto.


El rey Don Rodrigo arengando a sus tropas en la batalla de Guadalete
 (Bernardo Blanco, 1871) Museo del Prado, Madrid

Los lugares de la batalla del Guadalete en las fuentes árabes y latinas

Las hipótesis más recientes acerca de la exacta ubicación de la batalla entre los ejércitos de Tāriq y Rodrigo se fundamentan, sobre todo, en el pasaje de la anónima Crónica mozárabe de 754 que afirma cómo el rey Rodrigo, “tras reunir un gran ejército contra los árabes y los moros enviados por Muza […] fue a los Transductinis Promonturiis para luchar contra ellos […]”. Si bien esta referencia indica que las huestes de Rodrigo partieron en dirección a los montes que rodean Algeciras, la Iulia Transducta de época visigoda, o a los promontorios cercanos a ésta, uno de ellos el peñón de Gibraltar, nada en el texto resulta lo suficientemente categórico como para asegurar que la refriega tuviera lugar en algún punto concreto de esa comarca.

A partir del siglo X, la mayoría de autores árabes, desde Ibn al-Qūṭiyya hasta Aḥmad al-Rāzī, coincidirán en localizar la batalla a orillas del wādī (o nahr) Lakka, en el distrito de Šiḏūna. Si bien la excepción la marcan los Ajbār maŷmū‘a (s. XI), que afirman que fue en al-Buḥayra, en el territorio de Algeciras, e Ibn Ḥayyān (apud. Al-Maqqarī, Nafh, I), que dice que el wādī Lakka también pertenecía a aquél, la anónima Fatḥ al-Andalus, redactada entre los siglos XI y XII, detalla cómo “el rey Luḏrīq (Rodrigo) […], tras movilizar a la gente de su reino, salió hacia la zona de Algeciras […] y de este modo llegó a acampar ante el wādī Lakka, en la cora de Sidonia […]”. Otras obras de los siglos XII-XIII, como las del oriental Ibn al-Atīr, Ibn al-Abbār o al-Zuhrī afirmarán, igualmente que el choque entre los ejércitos de Rodrigo y Tāriq sucedió en el río Lakka de Šiḏūna.

Rodrigo Jiménez de Rada (1170-1247), arzobispo de Toledo, recogerá la tradición cronística árabe para señalar en su obra que el rey Rodrigo, después de reunir a todos los godos, salió al paso de los árabes y se apresuró con valentía a detenerlos. Y habiendo llegado al río que se llama Vedelac (o Vadalac, dependiendo del manuscrito), cerca de Asidona, que ahora es Jerez, el ejército africano acampó en la otra orilla”. Este texto será utilizado por la Primera Crónica General de Alfonso X, en la que leemos también que el rey Rodrigo “ayuntó todos los godos que con ell eran; et fue mucho atreuudamientre contra ellos, et fallólos en el río que dizen Guadalet, que es acerca de la cibdad de Assidonna, la que agora dizen Xerez. E los cristianos estauan aquend el río et los moros allende […].



Miniatura de la Estoria de España de Alfonso X

Las fuentes árabes redactadas durante el siglo XIV continuarán ubicando la refriega junto al wādī Lakka, en la jurisdicción de Šiḏūna, desde Al-Nuwayrī hasta Ibn Jaldūn, quien la sitúa concretamente en el alfoz de Šarīš (Jerez de la Frontera), algo que el historiador norteafricano al-Maqqarī (XVI-XVII) dejará bien claro en su Nafḥ al-ṭīb cuando dice que “algunos autores que han descrito extensamente este famoso encuentro afirman que Tāriq acampó cerca de Rodrigo, hacia la mitad del mes de ramadán del año 92 [22 de junio de 711 – 21 de julio de 711], y aunque haya algunas discrepancias con las fechas, todos están de acuerdo en que la batalla fue a orillas del wādī Lakka, en el distrito de Šiḏūna”.

En efecto, también las obras geográficas diferencian perfectamente los topónimos del relato de la conquista. Así, por ejemplo, leemos en al-‛Uḏrī (s. XI) que la ciudad “de al-Buḥayra es un territorio agrícola y ganadero, de palmeras y de cría animal. El río Barbāṭ (actual Barbate) es el río que está en Šiḏūna. Los habitantes de Al-Ándalus se refugiaron en él durante algunos años de escasez, conocidos como los años del Barbāṭ, pues la gente se trasladó allí y se benefició de su fertilidad. El origen de este río proviene de la montaña conocida como Munt Šīt. Cuando el río Barbāṭ fluye con fuerza hacia al-Buḥayra, se hace difícil […]”. Esta descripción, interrumpida en ese punto en el manuscrito original, aparece de un modo similar en al-Rāzī, quien señala que, en el término de Algeciras, se halla “al-Buḥayra […], tierra de buena simentera e de buena crianza”, que “yaze sobre” el río Barbate. Otras obras redundan en lo mismo y, de este modo, el Ḏikr afirma que en las cercanías de Algeciras se halla “al-Buḥayra, tierra agrícola, ganadera y muy apropiada para la cría de abejas y animales”, análoga a la que hace Ibn Gālib. El enclave es mencionado también por Ibn al-Faraḍī en la biografía de Abū Isḥāq Ibrāhīm b. Qays (m. 360=971-2), alfaquí de la gente de Sidonia del que nuestro autor dice que era habitante de al-Buḥayra, probablemente la ciudad que describe al-‛Uḏrī en la región del mismo nombre. Por su parte, tanto la Nuzha como el Uns del ceutí al-Idrīsī (s. XII) recogen en el camino de la costa entre Algeciras y Sevilla los nombres de los ríos Barbāṭ y Bakka, este último a continuación del primero y fácilmente identificable con el Salado de Conil, entre esta población y la de Bakka (Becca, ruinas próximas a los actuales Caños de Meca). Además, en la vía terrestre que unía aquellas dos mismas ciudades al-Idrīsī cita, asimismo, Bakkat Qamarāt y, más al norte, el wādī Lakka, río a tan sólo cuatro millas de Šarīš (Jerez de la Frontera).

El Rawḍ al-Miʽtār de al-Ḥimyarī (s. XIV) habla concretamente de la ciudad de Lakka (Lakko en la edición de Lévi-Provençal), “ciudad en Al-Ándalus, de la cora de Šiḏūna, antigua, construida por el césar Uktabyān (César Augusto, 63 a. C.-14 d. C.), y cuyos restos aún subsisten, con una de las mejores fuentes termales de Al-Ándalus. Junto al río de esta Lakka, se enfrentaron Rodrigo, rey de Al-Ándalus, con su ejército de no árabes, y Tāriq b. Ziyād, con el suyo de musulmanes, el domingo 28 de ramadán del año 92 de la hégira. La batalla entre ellos se prolongó hasta el domingo siguiente, cinco de šawwāl […]”.

Otras alusiones al wādī Lakka, independientemente de las que leemos en las fuentes sobre la conquista musulmana, son también muy precisas en su localización. Es el caso de al-Zuhrī (s. XII), que señala que este río se halla al oriente de Cádiz, tuvo un puente de treinta arcos “según cuentan los cristianos en sus crónicas”, y bajaba “de los montes de Tākurūna”, para desembocar en el Océano después de recorrer cuarenta parasangas por una boca llamada Šant Bāṭar (Sancti Petri). Según Ibn Saʽīd (s. XIII), el wādī Lakk (sic) era un hermoso río que, a su paso por Šarīš (Jerez), se hallaba lleno de huertas y paisajes deliciosos, y venía a ser un compendio del río de Sevilla.

De Gayangos a Soto Chica. Teorías acerca del lugar de la batalla entre Tariq y Rodrigo

A pesar de todas estas evidencias, la historiografía del siglo XIX introdujo la teoría de que los hechos sucedieron en las inmediaciones de la laguna de La Janda (al-Buḥayra) y de los ríos Barbate (Barbāṭ) o del Salado de Conil (wādī Bakka), confundiendo a estos últimos con el wādī Lakka, al creer que el nombre derivaba del latino lacus = “lago, laguna” y aparecía en los textos traducido en el topónimo al-Buḥayra (“lago, laguna”, de ahí lo de “río del lago”) de la cora de Algeciras.

Pascual de Gayangos fue quien inició la polémica en 1840 al basarse en los datos de los Ajbār maŷmū‘a y de Ibn al-Qūṭiyya, que trasladaban el escenario de la batalla a al-Buḥayra y el wādī Bakka, error de lectura este último por parte del editor del texto en lugar del wādī Lakka del manuscrito original de Ibn al-Qūṭiyya, lugares que Gayangos identificó respectivamente con La Janda y el Barbate. Estas hipótesis calaron hondo en Eduardo Saavedra (1892), quien afianzó la teoría de identificar el wādī Lakka con el Barbate y situar el campo de batalla en La Janda (fig. 1). Reinhart Dozy (1881) redundó en lo mismo, aunque identificando el wādī Bakka con el Salado de Conil, a partir de las referencias de al-Idrīsī, y el arabista francés Edmond Fagnan, en la traducción que publicó de la obra de Ibn al-Aṯīr (Annales, 1898, p. 44, n. 1) y de al-Bayān al-Mugrib de Ibn Iḏārī (1898, II, p. 12, n. 3), corregía la expresión wādī Lakka del original por wādī Bakka, para no contradecir las tesis de Reinhart Dozy. Resulta curioso cómo una centuria más tarde, y por la misma razón, Hussain Monés haría lo mismo en su edición de la Ḥulla (19852, II, p. 333, n. 3), modificando nahr Lakka por nahr Lakko.



Fig. 1: Situación de la comarca de La Janda y el río Barbate

No obstante, Francisco Javier Simonet (1897-1903) rechazó las influyentes hipótesis de Eduardo Saavedra y la historiografía francesa, para afirmar que la batalla tuvo lugar en el río Guadalete, retomando la tesis tradicional. Poco éxito tuvieron en su momento las ideas de Simonet, pues Francisco Codera (1917), Evariste Lévi-Provençal (1932) y Claudio Sánchez Albornoz (1934) siguieron aseverando que la batalla aconteció en La Janda y a orillas del río Barbate. Sin embargo, Sánchez Albornoz (1944), tras revisar a fondo los textos y comprobar cómo la mayoría no dudaba en situar la batalla a orillas del wādī Lakka, terminó corrigiéndose a sí mismo y a toda la erudición decimonónica. Basándose, además, en al-Ḥimyarī y en las inscripciones con el nombre Lacca que habían aparecido en ánforas tipo Dressel 20 procedentes de la Bética, localizó la ciudad de Lakka junto a las ruinas de Qalsāna, antigua capital de la cora de Šiḏūna, donde el Guadalete y el Majaceite confluyen, no lejos de unos manantiales de aguas sulfurosas (fig. 2). Leopoldo Torres Balbás (1957) no dudó en apoyar los argumentos del madrileño, pero identificó la ciudad de Lakka con el castillo y baños de Gigonza, al norte de Medina Sidonia. También el profesor Genaro Chic (1979-1980) defendió las hipótesis de Claudio Sánchez Albornoz, con argumentos de tipo arqueológico relacionados con la producción de aquellas Dressel 20 en el Guadalete y la posibilidad de que la romana Lacca estuviera en la ubicación propuesta por Sánchez Albornoz, pues en ese entorno se documenta un buen número de alfares a orillas del río.




Fig. 2: El río Guadalete y los llanos de Caulina entre Gibalbín y Jédula junto a la Junta de los Ríos
Al sur, los Llanos de la Ina, en la zona de La Barca de la Florida

En 1973, José Miranda Calvo escribía que, por razones de estrategia y mera lógica castrense, había que descartar el avance de las tropas árabes hacia la comarca costera de La Janda, por su escaso interés táctico, y situar la batalla en el Guadalete, en algún punto entre Jerez y Arcos de la Frontera, al final de la ruta central que, desde Algeciras a Medina Sidonia, desembocaba en el cruce de caminos que conducía directamente a Sevilla, a través de Espera, y a Córdoba, por Morón y Écija. Para Pedro Chalmeta (2003), sin embargo, la refriega debió de darse en el entorno de La Janda pues, en su opinión, de la mayoría de fuentes árabes se extrae la impresión de que es el ejército árabe el que espera la llegada del visigodo, lo que debió de ser “cerca de las bases del norteafricano o en posición escogida por él mismo y, por tanto, ventajosa”. Más concluyente con esta idea se muestra el profesor Luis García Moreno quien, en sus trabajos, descarta vehementemente al Guadalete. Para este investigador, la única fuente fiable es la Crónica del 754 por su referencia a los Transductinis promonturiis, es decir, las sierras que rodean Algeciras, insistiendo en la hipótesis de que el topónimo Lakko (sic) de al-Ḥimyarī hace referencia a la laguna de La Janda y en que la confrontación tuvo lugar a orillas de uno de los ríos que desembocan en aquélla, por ejemplo, el Almodóvar. Estos argumentos los seguirá a pies juntillas José Soto Chica (2023), que añade, para sustentarlos, información sobre la manera de combatir de los ejércitos visigodo y árabe en el siglo VIII que, por cierto, en nada contradice lo expuesto por Miranda Calvo, autor al que, no obstante, omite en sus trabajos.

Una nueva propuesta de localización de Lakka y el wādī Lakka

A unos veinte kilómetros al norte de la actual Jerez de la Frontera, y dentro de su término municipal, se alza la sierra de Gibalbín, una estribación montañosa de algo más de cuatrocientos metros sobre el nivel del mar que alberga un yacimiento arqueológico, aún por excavar, con importantes vestigios, entre otros, de una urbe romana de época imperial de gran envergadura y nombre desconocido. Desde antiguo, el sitio llamó la atención de propios y extraños, y pronto los eruditos jerezanos de los siglos XVII y XVIII lo incluyeron en sus descripciones, destacando sus “muros, baños y anfiteatros”. En los años setenta del pasado siglo XX, una excursión arqueológica tomó nota de todo lo que, por entonces, aún seguía viéndose de aquellas ruinas, documentando restos de unas termas, parte del graderío de un teatro, un posible arco conmemorativo, estructuras de un posible templo, una gran cisterna o alberca de recreo, muros de edificios defensivos e, incluso, una necrópolis con ajuares de época hispano-visigoda (s. VII). De Gibalbín nacen también arroyos y otros caudales de agua, siendo el más importante de ellos el Salado de Caulina, también denominado arroyo Badalejo o Albadalejo (fig. 3), el mayor afluente del Guadalete tras el Majaceite.



Fig. 3: Cauce del Arroyo del Salado de Caulina (Badalac, Badalejo) (T.M. de Jerez de la Fra.) desde su nacimiento (Gibalbín) hasta su desembocadura en el Guadalete con los yacimientos arqueológicos principales (Prehistoria – Medieval), en Raquel Martínez Romero (2021)

Hace apenas unos años, el investigador Alberto Cuadrado Román (2007) aportaba un interesante plano del entorno de la ciudad de Jerez elaborado en el siglo XVIII por el erudito local Bartolomé Gutiérrez, en el que este arroyo Badalejo aparece con el nombre de “río Badalac”. Según Cuadrado Román, “Badalac tiene su origen en el árabe wādī y el vocablo “lac”, de la raíz latina lacus (lago)”, y debe identificarse con el wādī Lakka, que traduce como “el río del lago”, pero no el de La Janda, sino un antiguo estero que supuestamente unía el paleoestuario del Guadalete con un golfo marino que ocupaba en la antigüedad toda la zona de los llanos de Caulina. Aunque estamos de acuerdo con Alberto Cuadrado en la identificación del Badalac con el wādī Lakka, pensamos, sin embargo, que el hidrónimo no se refiere directamente a ningún lago, sino a Lakka, ciudad cuyas ruinas podrían ser las del yacimiento de la sierra de Gibalbín, en la que, además, son famosas sus aguas termales, en torno a las cuales aún se ven los restos del balneario que frecuentaban los lugareños a finales del siglo XIX y principios del XX.

La descripción que hace al-Ḥimyarī de Lakka se ajusta perfectamente a lo que existe en Gibalbín, sin embargo, varios estudios se inclinan desde hace tiempo por vincular esos restos arqueológicos con la ignota Cerit, de la que sólo conocemos, por ahora, un buen número de monedas de entre los siglos I a. C. y I d. C. con esa leyenda. Del mismo modo, el hallazgo de un fragmento de bronce con la inscripción MVN. V […] llevó también a sostener que aquella urbe se correspondía con una de las Vgia mencionadas en los itinerarios romanos en el tramo de la vía Augusta entre Gades (Cádiz) e Hispalis (Sevilla). Nada, como venimos apuntando, es concluyente, y todo apunta a que las ruinas de Gibalbín deben identificarse con la Lakka de al-Ḥimyarī. Ésta es la única referencia que existe sobre esta ciudad en la documentación escrita, junto a la de los tituli picti de las citadas ánforas Dressel 20 que, a pesar de todo, siguen generando muchas dudas. Curiosamente, la sierra de Gibalbín se conectaba mediante un antiguo estero, en el que también se atestigua la presencia de alfares romanos, al río Guadalquivir. Es posible que estos hornos cerámicos produjeran los citados recipientes oleicos, pero a falta a falta de una prueba definitiva, lo seguro es que nos encontramos con un topónimo cuyo origen debe rastrearse en la raíz indoeuropea *lak-: gr. λάκκος “cisterna”, lat. lacus, cuyo significado se vincula al de “agua remansada, estanque, lago, mar”, que, según Francisco Villar (2000), ha dejado los nombres de Lacilbula y Lacipo (Málaga), Lacimurga (Badajoz) y Lacca (Cádiz) en la onomástica meridional-ibero-pirenaica. De hecho, las ruinas de Gibalbín se alzan sobre los viejos marjales de las amplias desembocaduras del Guadalete y del Guadalquivir, cuya apariencia, en la Antigüedad, debió de ser la de grandes lagos (Lacus Ligustinus llama Avieno en su Ora marítima a la enorme entrada en el mar del río Betis) (fig. 4).



Fig. 4. Ubicación de la sierra de Gibalbín entre las desembocaduras del Guadalquivir y el Guadalete en la Antigüedad

Asimismo, ya nos hemos referido a la enorme cantidad de torrentes, arroyos y a las enormes construcciones relacionadas con termas, albercas o cisternas que en ella se levantan. El topónimo Gibalbín parece derivar del árabe ŷabal al-bi’r, el “monte del pozo/cisterna”, por la posible alusión a esas construcciones o, tal vez, por ser traducción directa del nombre de la preeminente y antigua ciudad aún por desentrañar.

Para ampliar:

- CHALMETA GENDRÓN, Pedro (2003): Invasión e islamización, Publicaciones de la Universidad de Jaén, Jaén.

- CHIC GARCÍA, Genaro (1979-1980): “Lacca”, en Habis, nº. 10-11, Universidad de Sevilla, Sevilla, pp. 255-278.

- CUADRADO ROMÁN, Alberto (2007): “Los canales de Jerez”, en Revista de Historia de Jerez, nº. 14-15, Centro de Estudios Históricos Jerezanos (CEHJ), Jerez, pp. 67-90.

- GARCÍA MORENO, Luis (2014): España 702-719. La conquista musulmana, Universidad de Sevilla, Secretariado de Publicaciones, Sevilla.

- MARTÍNEZ ROMERO, Raquel (2021): “La importancia del agua: el Arroyo del Salado de Caulina en el término municipal de Jerez de la Frontera y el río Iro en el término municipal de Chiclana de la Frontera”, en RAMPAS, nº 23, Universidad de Cádiz, Cádiz, pp. 43-71.

- SÁNCHEZ ALBORNOZ, Claudio (1944): “Otra vez Guadalete y Covadonga”, en Cuadernos de Historia de España, I y II, Buenos Aires, pp. 11-114.

- SOTO CHICA, José (2023): Imperios y bárbaros. La guerra en la Edad Oscura, Desperta Ferro Ediciones, Madrid.

domingo, 10 de marzo de 2024

Breve reflexión sobre la Batalla del Guadalete

El pasado 27 de febrero tuve la oportunidad de ofrecer a los profesores y alumnos del Área de Estudios Árabes e islámicos de la Facultad de Filología de la Universidad de Salamanca, una charla sobre las diversas hipótesis de ubicación de la batalla del Guadalete, y en la que se incluía mi propia propuesta.

Mucho se ha debatido sobre este asunto desde que, allá por 1840, Pascual de Gayangos afirmara, a partir de su interpretación de la edición de la obra histórica de Ibn al-Qutiyya y los Ajbar Maymu'a, que este emblemático combate entre las fuerzas cristianas de Rodrigo y las musulmanas de Tariq b. Ziyad, acaeció en el entorno de la laguna de La Janda y el río Barbate, y no en el Guadalete, cerca de algún lugar entre las actuales Arcos y Jerez de la Frontera, de la antigua cora de Sidonia. 

La influencia de Reinhart Dozy y otros investigadores decimonónicos, como Emilio Lafuente Alcántara o Eduardo Saavedra, que adoptaron, a su vez, los postulados de Gayangos para elaborar sus propias hipótesis, sobre la historiografía que se ha venido ocupando del asunto, fue tan poderosa que, incluso hoy en día, autores como Luis García Moreno y José Soto Chica o Yeyo Balbás (que se basan en aquél), mantienen que la batalla tuvo lugar en las cercanías de la mencionada laguna y entre ésta y Algeciras, a orillas del río Almodóvar, rechazando de plano las tesis sobre el Guadalete, y menospreciando, además, el análisis filológico o toponímico.

Sin embargo, junto a los argumentos de índole estratégico-militar, en absoluto novedosos, que aportan estos investigadores, enormemente ideologizados también en su percepción histórica del hecho, debe desarrollarse el estudio contrastado de la toponimia que ofrecen las crónicas árabes, pues aunque éstas se redactasen bastante después del suceso, la mayoría se basan en textos contemporáneos al encuentro entre Rodrigo y Tariq. 

El valor que se da a la Crónica mozárabe de 754, fuente latina contemporánea a los hechos, pero que apenas ofrece información sobre aquellos, salvo que las tropas cristianas se dirigieron a los Transductinis Promonturiis, es decir, hacia la zona de Algericas y el Estrecho de Gibraltar, no es suficiente para infravalorar la riqueza de datos proporcionada por los textos árabes que, eso sí, deben interpretarse de un modo correcto.

De este modo, como afirmé en mi conferencia, y así aparecerá en mi próximo artículo, considero un grave error la confusión secular, a veces intencionada, de topónimos como el de la ciudad de Lakko (probable mala lectura de Lakka), mencionada en al-Himyari, con el de la al-Buhayra, citada en otras fuentes, o la de wadi Lakka con el wadi Bakka, ambos ríos diferentes, ya que todos aparecen perfectamente ubicados y descritos en las obras históricas y geográficas árabes medievales.

Las tesis basadas en la composición de los ejércitos, su manera de combatir y la estrategia de las tropas visigodas o musulmanas, no son incompatibles con una correcta interpretación de los textos, y ambos aspectos nos han llevado a localizar la batalla en las proximidades del río wadi Lakka, cuyo nombre se debe al de la ciudad de Lakka, como afirman las fuentes árabes, en un lugar entre Jerez y Arcos, aunque ninguno de los que proponían Claudio Sánchez Albornoz o Leopoldo Torres Balbás en sus publicaciones.

sábado, 21 de octubre de 2023

El vino y el cultivo de la vid en al-Andalus y Jerez

Este artículo se corresponde con el capítulo de Borrego Soto, M. Á. (2015): "El vino y el cultivo de la vid en al-Andalus y Jerez", del libro Jerez, Cultura y Vino. Ciclo de conferencias celebradas en el Consejo Regulador con motivo del nombramiento de Jerez como Ciudad europea del vino 2014. PeripeciasLibros, Jerez, pp. 177-193.


Jerez y su comarca en época andalusí

Las primeras alusiones que encontramos en los textos árabes sobre Jerez se remontan al siglo IX (Ibn Ḥayyān, Muqtabis, II-1: 316-8). A finales de esa centuria, los hijos de un tal ʽUmar b. Ayyūb, llamados Qurṭ, Mannān y ʽAbd al-Jayr, de la alquería de Jerez, encabezaron el enfrentamiento contra los rebeldes de la cora de Sidonia al poder de Córdoba. En prueba de gratitud, el emir ʽAbd Allāh les otorgó autorización para ejercer desde la propia Jerez el control de la zona en su nombre (Al-ʽUḏrī, Tarṣīʼ: 112). Es a partir de entonces cuando comienza a despuntar en la región un enclave que, a finales del siglo X, se había transformado ya en la capital del territorio (Borrego Soto, 2013).


La emergente Jerez, llamada en los textos árabes Šarīš Šiḏūna o, simplemente, Šarīš, se localizaba en el centro de una fértil comarca agrícola próxima al mar, cuya importancia secular ya se había reflejado, por ejemplo, en su estrecho vínculo con el abastecimiento de víveres a Roma, pues la generosidad de sus suelos favorecía una extensa producción de los clásicos elementos de la tríada mediterránea, es decir, del trigo, la vid y el olivo.

Desde los primeros momentos de la conquista musulmana en el siglo VIII, la región siguió beneficiándose de ese rico alfoz. La creación de la circunscripción de Sidonia se remonta al año 743, cuando las tropas del sirio Balŷ b. Bišr fueron repartidas en ocho demarcaciones diferentes o coras, una de ellas la de Sidonia. Estos contingentes se dispersaron por el territorio andalusí para dedicarse a labores agrícolas y al control militar y la recaudación de impuestos de sus respectivas jurisdicciones, creando una red de alquerías sobre las que el Estado cordobés ejerció una fiscalidad cuyo máximo desarrollo alcanzó el siglo X. Fue en esa centuria cuando la ciudad de Šarīš se había convertido ya en la capital de la cora de Sidonia, coincidiendo con el período de bonanza económica que la zona experimentaba por entonces. El número de aldeas en la cora de Sidonia era superior a setecientos, según el Ḏikr (64-5; 70-71 trad.), lo que da una idea de su importancia tributaria frente al resto de coras de al-Andalus entre los siglos VIII y X.

Según al-Ḥimyarī (Rawḍ: 339), sus impuestos anuales se elevaban por encima de los cincuenta millones de dinares en tiempos de al-Ḥakam II (961-976). Aḥmad al-Rāzī (m. 955) describe de esta forma a la Jerez de aquel entonces (Crónica: 57-8.):

Et Xerez Sadunia es nombrada entre todas las cibdades de Espanya, et en ella ha todas las bondades de la tierra et de la mar; que si vos yo quissiese contar todas las bondades della et de su termino, non podria. Et las aguas non se dannan como otras, et la su fruta dura mucho. Et Xerez es tan buena que le non puede escusar en lo mas de Espanya […]

La riqueza de la comarca jerezana se debía, sin duda, a su fecunda agricultura. Las fuentes coinciden en esta apreciación y gracias a ellas sabemos que la economía de la ciudad, en su período de mayor esplendor, que abarcó los siglos XII y XIII, se fundamentaba en el cultivo y beneficio del cereal junto al del olivo, la viña o la higuera. Así, el propio Al-Ḥimyarī (Rawḍ: 211-2), apoyándose en otros autores como al-Idrīsī, señala que Jerez forma parte del territorio de Sidonia, en al-Andalus. Se encuentra a veinticinco millas de Calsena, cerca del mar. Los cereales crecen bien en este territorio y dan excelentes rendimientos […] Jerez es una ciudad mediana; está fortificada; sus alrededores son agradables; está rodeada de numerosos viñedos, olivares e higueras. También se cultiva el trigo en abundancia.

Por su parte, Abū l-Fidā’(Taqwīn: 166) afirma que Jerez es una hermosa ciudad por fuera y por dentro que forma parte de la cora de Šiḏūna, localizada cerca del océano, al sur del río de Sevilla […], está rodeada de viñedos, jardines y un pequeño río […].               

Según Ibn Sa‛īd, era una población cargada de ornato, con parterres floridos, amenas reuniones y partidos belicosos […] una de las ciudades de al-Andalus más graciosas por fuera y por dentro que yo he visitado y, con frecuencia, paseado. Cuenta con edificaciones y medios de subsistencia copiosos, con gentes principales y con ricos y, en fin, con grandes comodidades (Abellán Pérez, 2005: 82), datos que habría que sumar a la opinión de al-Idrīsī (Nuzhat: 198-9) sobre el precio razonable de los productos que se vendían en los zocos jerezanos.

También al-Maqqarī (Nafḥ: I, 184) se hace eco, a través de un fragmento de al-Ḥiŷārī, de la prosperidad de la ciudad en pleno siglo XII diciendo que la ciudad de Jerez es hija de Sevilla, y su río hijo del de ésta. ¡Cómo se parece a Sa‛dà en Arabia! Es una ciudad importante, con muchos zocos para su gente emprendedora, que es elegante en el vestir, lo que demuestra lujo y buenas maneras, no siendo raro ver en ella a amantes y enamorados. Entre sus dulces se encuentran los más populares, que son excelentes, y se le atribuye una de las mejores producciones de almojábanas (al-muŷabbanāt), en las que destaca la calidad de su queso. De ahí que la gente de al-Andalus diga: “Desgraciado aquél que entre en Jerez y no pruebe las almojábanas”. (La almojábana es un tipo de pastel al que se añade queso en la masa y se fríe con buen aceite).

Algunas de las numerosas alquerías que conformaban el alfoz jerezano aparecen citadas en las fuentes, sobre todo en las bio-bibliográficas, donde encontramos referencias a poblaciones como Alcalá Jawlān, Bawnīna, Kirnāna, Ḏuŷŷa, Faysāna, Būnas o Pūnas, Rūṭa, Šallabar o Šarāna, que habían sido la cuna o el hogar de diferentes sabios o personajes de relevancia en la zona (Borrego Soto, 2011).

Contamos también con el testimonio del nombre de un par de alamedas jerezanas junto al Guadalete: una es el marjal o pradera del Brocado (marŷ al-Sundusiyya) y la otra Aŷŷāna o al-Ŷāna, a la que los poetas Ibn Lubbāl e Ibn Giyāṯ dedicaron sendas casidas (Borrego Soto, 2011: 61-66). Del primero de ellos conservamos los siguientes versos, que reflejan que el paraje debió de ser abundante en higueras (Al-Šarīšī, Šarḥ: III, 306-7):

Oh cuán agradable es Iŷŷāna, en primavera o en otoño.
Los arroyos de agua parecen plata sobre guijarros, que se esparcen en el fondo como perlas relucientes.
Cuando su arena no está empapada de agua, nos gusta ir allí y prescindir del ámbar y los aromas.
Y hay unos higos que parecen pezones; pechos de vírgenes negras en sus pecheras.
Diríase que hay allí alcobas fulgurantes con novias reposando sobre estrados de sed.

 Abū ʽAbd Allāh Ibn Zarqūn aparece como interlocutor del sevillano Abū Bakr Ibn al-ʽArabī en un interesante diálogo de temática jerezana recogido en el famoso comentario a las Maqāmat de al-Ḥarīrī de al-Šarīšī (III: 444-445), y que corrobora lo dicho por los textos históricos y geográficos acerca de la proliferación en la región de viñedos u olivares, entre otros recursos económicos:

Pasaba yo por Jerez de vuelta de la tierra del Magreb en compañía del alfaquí Abū Bakr Muḥammad b. ʽAbd Allāh b. al-ʽArabī –Dios lo tenga en su gloria– y, cuando llegamos a su campiña, entre viñedos y huertos, el alfaquí Abū Bakr se puso a hablar maravillas de todo cuanto veía allí, diciendo:

"- En verdad, las cosas que aquí se reúnen difícilmente se dan en otro lugar, por el primor de la agricultura y la ganadería, el aceite, el vino, la sal y demás productos.

Y le dije: - Debes saber que yo nací aquí.
 
Y Abū Bakr me respondió: - Pues tal vez tendrías que recitar ahora el siguiente verso [metro ramal]:

- Mi patria chica es Jerez,

Y yo le dije, completando el verso: - donde yo vivía.

Y replicó Abū Bakr: - Es una ciudad en la que hay

Y añadí: - de todo, y se abastecen

Y dijo Abū Bakr: - sus manantiales del Salsabīl.

Y completé: - y están emparrados sus arenales."

En definitiva, antes de su conquista por los cristianos en el año 1266 (Borrego Soto, 2014: 44-47), Jerez era la medina más importante del bajo Guadalquivir y estaba rodeada, entre otras riquezas naturales, de viñedos que producían un vino del que sabemos muy poco acerca de su existencia, consumo y comercialización, al margen de las ideas generales que sobre este producto se conocen para el resto de al-Andalus.

Una "prohibida y embriagadora" sustancia

Las prescripciones coránicas acerca del vino están llenas de contradicciones. Así, aunque la sura de "Las Abejas" (XVI, 65-68) y de "Mahoma" (XLVII, 15) consideren a la "bebida embriagadora" extraída de los frutos de la vid y la palmera, uno de los beneficios de Dios junto al agua, la leche y la miel, las suras de "La vaca" (II, 219), de "Las Mujeres" (IV, 43) y de "La Mesa Servida" (V, 90-91), lo tachan en algún caso de manifestación satánica y reprueban su consumo, aunque esto no conlleve una prohibición explícita al mismo o a su producción (Martínez Sánchez y Bellón Aguilera, 2005).


La ausencia de una condena clara de esta bebida en el Corán llevó al cisma entre las diferentes escuelas jurídico-religiosas del islam, que no llegaron a ponerse de acuerdo, también por los diferentes tipos de nomenclaturas de las diferentes bebidas extraídas de la fermentación de la uva o el dátil, entre ellas el jamr, que sería el  vino propiamente dicho, el ʽaṣīr, tipo de mosto parecido al al-murabbà (arrope), y el nabīḏ, que procedía de la fermentación del dátil. En al-Andalus, la escuela imperante fue la mālikí que, aunque no autorizaba su ingesta, al mismo tiempo la toleraba siempre y cuando no se provocase graves desórdenes. Esta permisividad, que durante todo el período andalusí fue, de algún modo, la norma, encontró excepciones cuando la actitud de determinados personajes públicos en relación al consumo del vino, rayaba lo pecaminoso, especialmente durante la época de dominación almohade (Marín, 2003).

Como sabemos, el vino ha sido al mismo tiempo uno de los elementos de la dieta musulmana y símbolo de la diferenciación de esta cultura con el resto. Su consumo era extensible a todos los grupos sociales, hecho que preocupaba a los juristas, pues encontraban muchísimas dificultades para su prohibición tajante. Incluso cuando en el siglo X el califa al-Ḥakam II ordenó arrancar todas las vides de al-Andalus, sus propios consejeros le indicaron que era inútil, ya que se podían hacer bebidas embriagadoras a partir de otras plantas (Lévi-Provençal 1957: 159).

La mayor parte de los textos que tratan sobre el vino o su prohibición, incluyendo tratados de ḥisba como el del sevillano Ibn Abdūn, lo identifican con la inmoralidad, ya que sus efectos hacían imposible el control de las pasiones, el respeto por la ley, y atentaban contra la pureza y castidad, en definitiva. Por todo ello, la ingesta de vino se consideraba pecado, pues era contraria a una prohibición religiosa, y no estaba permitido porque llevaba a la ruina personal y de los gobernantes que gozaban con su degustación. Los castigos que recibían los miembros de la élite dirigente solían ser drásticos y ejemplares, pues ellos debían ser el espejo moral en que el resto de la población debía reflejarse; mientras, las clases populares recibían sanciones de otro tipo: así, en los primeros años de su gobierno, lo almohades dictaminaron derramar todas las bebidas alcohólicas, aporrear a los bebedores y devastar aquellos lugares donde se despachaba habitualmente vino (Escartín González, 2006).

Las medidas punitivas tan reiteradas en la diferente documentación son un claro indicio del abundante consumo y del escaso respeto de la población por las prohibiciones. Entre los factores relevantes que dificultaron la erradicación del vino en la sociedad andalusí podemos encontrar la presencia constante de cristianos que, en algunos momentos de la historia de al-Andalus, convivieron en las ciudades musulmanas y en la frontera; y del mismo modo, el consumo privado de vino en aldeas o alquerías alejadas de los centros de poder, que escaparía a las severas normas emitidas por los alfaquíes desde las grandes urbes (De Castro Martínez, 1995).

En cuanto al vinagre (en árabe, jall), sustancia que no se menciona en el Corán, pero directamente ligada al vino y usada frecuentemente en la cocina, como medicamento o bebida refrescante, provocó también que las escuelas jurídicas islámicas se tuviesen que pronunciar al respecto. El vinagre, por su nulo efecto embriagador, se consideró diferente del vino, elemento del que se origina y, por ende, lícito. Con todo, para las diferentes escuelas jurídicas, legalizar la transformación de un alimento prohibido en otro lícito suponía también un dilema: los ḥanafíes permitían fabricar arrope (al-murabbà, jarabe de zumo de uva), pues siempre que el vino perdiera su esencia o capacidad de embriagar se volvía puro, al igual que el vinagre; los mālikíes también estaban de acuerdo con esta idea y permitían la bebida de vinagre por los fieles; por su parte, los šāfiʽíes estimaban que el vinagre sólo era permisible cuando la conversión del vino en vinagre había sido espontánea; por último, los ḥanafíes eran los que menos reticencias mostraban en la producción y consumo del vinagre (De la Puente, 2005).

Los motivos económicos fueron sin duda otro de los condicionante para que tanto el vino como el vinagre circularan continuamente en los hogares y zocos andalusíes. Los grandes latifundios donde se cultivaba la vid y se producían uvas, vino y pasas, no eran escasos en territorio andalusí, sobre todo en zonas del actual litoral gaditano, malagueño y levantino, y algunos de estos productos, junto al higo, el aceite, la sal o el azúcar, tendrían excelentes mercados tanto en la propia al-Andalus como fuera de ella, especialmente el Mediterráneo. Sobre las probables rutas comerciales atlánticas y el contacto con los pueblos del norte de Europa, no existen apenas referencias (Lirola Delgado, 1993: 261-268). Según Miquel Barceló (2010: 119), la Europa feudal no parece haber mantenido mucho comercio con al-Andalus, cuyas relaciones sociales y comerciales fueron fundamentalmente interislámicas, ya fuera con el Magrib o con el Mašriq.

Algunos versos jerezanos sobre el vino

El consumo de vino entre la alta sociedad musulmana provocó la aparición del género lírico de las jamriyyāt, que engloba a todos aquellos poemas cuyo marco son las conocidas tertulias de bebida (maŷālis šarāb), reuniones privadas en las que participaban exclusivamente miembros de la aristocracia urbana rodeados de hombres de letras y hermosas mujeres y generosos coperos que impedían que las copas permanecieran vacías.

Son conocidos los numerosos ejemplos que sobre este tipo de poesía aporta Henri Pérès en su obra clásica sobre el esplendor literario de al-Andalus en el siglo XI (1990: 368-380), pero no lo son tanto los versos que algunos de los más destacados poetas jerezanos dedicaron a esta bebida.

De este modo, Abū Ŷaʽfar Aḥmad Ibn Abī Muḥammad al-Šarīšī (Borrego Soto 2011: 60), del que apenas tenemos información sobre su vida, decía [metro ṭawīl, rima -ūni]:

Con la belleza de la flor del haba,
sirve al enamorado dos copas
de vino tinto y de mosto blanco.
[Esas flores] me recuerdan
unas veces a las palomas blanquinegras,
y otras a las amadas de ojos negros.

Por su parte, Abū Mūsà ʽĪsà al-Ḏuŷŷī al-Šarīšī (Borrego Soto, 2011: 72), poeta y maestro jerezano natural de Ḏuŷŷa, que se corresponde con el actual Cortijo de Ducha, a unos cuatro kilómetros al norte de la ciudad, en las cercanías del aeropuerto, escribió lo siguiente [metro basīṭ, rima -ab]:

Me dijeron: ¿Bebes después que ya tienes canas?
–Es por una extraordinaria circunstancia
–respondí– [que se da] en el hijo de la uva (=vino).
–Pues los años me han movido los dientes
y yo me bebo el vino, como buen parroquiano,
para que [con él] se fortalezca el oro que ya se ha fundido.

Como se ha venido señalando, la producción de uvas, pasas e, incluso, vino en la comarca de Jerez durante los siglos XII y XIII debió de ser abundante junto a la del cereal, el olivo y la higuera. De su comercialización podemos intuir que se distribuía por los zocos locales y, tal vez, se exportara a otros mercados andalusíes y mediterráneos.

Con todo, es imposible afirmar que el vino jerezano fuera conocido en el norte de Europa durante aquellas centurias. El vino más afamado de al-Andalus era, sin duda, el de Málaga, al que se le dedican elogios en diferentes textos. Nada se dice del producido en Jerez, que encontraría salida al comercio exterior a partir de la segunda mitad del siglo XIV, momento en el que el alejamiento de la frontera con el  reino de Granada era ya un hecho y el alfoz jerezano dejó de sufrir las reiteradas razias y algazaras de nazaríes y meriníes, que solían incluir la tala y la quema del campo jerezano. No obstante, la presencia de mercaderes ingleses e irlandeses dedicados al comercio del vino y la pasa se documenta en nuestra ciudad desde finales del siglo XV, aunque es en la segunda década del XVI cuando su colonia y actividad comienzan a ser considerables (Mingorance, 2014: 155-169; Pitt, 2006: 85).

Sherris y Sherry, su verdadero origen

Hablar del vino en la historia de Jerez y, especialmente, durante la época andalusí, obliga a dedicar unas líneas a la palabra Sherry, por la que se conoce a nuestros caldos en el extranjero. El vocablo, acuñado por los ingleses, quienes secularmente han sido los principales clientes extranjeros de nuestras bodegas, aparece en los textos británicos más antiguos como Sherris, corrupción inglesa del nombre castellano de la ciudad de Jerez que, al parecer, se consideró plural y del que se formó erróneamente el singular Sherry (González Gordon, 1970: 75-86).

Sherry es un nombre geográfico y se refiere desde un principio al lugar de origen del vino así conocido, es decir, a la ciudad y comarca vitivinícola de Jerez. Sin embargo, y a pesar de esta evidencia, a principios del siglo XX comenzaron a aparecer en varios mercados internacionales imitaciones del Jerez cuya etiqueta, Sherry, pretendía mostrar que el producto no remitía a un lugar concreto y bien definido, sino simplemente a un tipo de bebida.

La polémica estaba servida y el Consejo Regulador de la Denominación de Origen Jerez-Xérès-Sherry logró iniciar el 9 de febrero de 1967, en la Chancery Division de la Audiencia de Londres, un pleito en el que estableció que la palabra Sherry sólo debía aparecer en aquellos vinos criados y producidos en la campiña jerezana (González Gordon, 1970: 87-97).

Ya hemos señalado que Sherry es el hipotético singular de Sherris, nombre con el que se conocía originalmente a nuestra ciudad y su vino en la Gran Bretaña del siglo XVI. Según trató de demostrar Manuel González Gordon (1970: 82-89), el nombre procedía directamente del nombre árabe de Jerez, argumento que se emplea en algunos foros actuales para hacer creer que el comercio de nuestro vino se inició con el norte de Europa en época andalusí. El error es evidente, ya que, si las exportaciones de los caldos jerezanos a las islas británicas se iniciaron en el siglo XIV, las denominaciones inglesas de Sherris o Sherry para nuestra ciudad y vino, debieron de basarse directamente en la pronunciación anglosajona del topónimo castellano Xerez de aquella centuria, y no en la del árabe Šarīš, desconocido probablemente por ambas partes.

Fue en algún lugar de esta rica región donde se localizaba también la hipotética Cerit (Chaves Tristán, 1998: 290-291; García Bellido, 2001: II, 105; Montero Vítores, 2000; Vega Geán y García Romero, 2000; Borrego Soto, 2005-6; y López Rosendo, 2007), apelativo de raíz turdetana que sólo aparece en monedas de los siglos II-I a. C. que delatan la presencia de un núcleo de población urbana con funciones administrativas, en el que se ha querido rastrear la etimología de la posterior ciudad andalusí de Šarīš y, por ende, la actual Jerez. La mención del poeta Marcial a unos vinos ceretanos, originarios sin duda del ager ceretanus citado por Columela en su De re rustica (III: 9, 6), supone para algunos autores la prueba irrefutable de la localización de ese entorno agrícola en la actual campiña jerezana.

Desde una perspectiva filológica, y dando por supuesta la existencia del lugar, la evolución del étimo no parece descabellada. La pronunciación de Cerit /kĕrīt/ a inicios del siglo VIII tuvo que ser [ĉęrịŝ] o [ŝęrịŝ]; la vocal /ĕ/ debió de dar paso a una /ę/ de timbre abierto y la /ī/ a una /ị/ cerrada que en árabe andalusí tuvo un alófono [ẹ] en entornos faringo-velares (Corriente, 1992: 39). Del mismo modo, durante la época imperial, las oclusivas /c/, /g/ situadas ante /e/, /i/ sufrieron un desplazamiento de su punto de articulación y así, la /c/ pasó a pronunciarse de un modo semejante a [ĉ] (nuestra ch), grado que ofrecía el romance de la España visigoda, y avanzando más aún, se hizo /ŝ/ (esto es, como ts) alveolar o dental (Lapesa, 1995: 80).

La solución árabe en estos casos era /š/, vocalizada en nuestro topónimo con fatḥa /a/ al ser éste el sonido más cercano a la /ę/ abierta de la primera sílaba de Cerit, realización que tal vez nunca perdió. La kasra larga /ī/ de la sílaba segunda tiene su origen en la /ị/ (cerrada), y para la -t final, que se perdió en esta posición como norma general en latín vulgar, debemos suponer una previa e hipotética realización /ŝ/ alveolar o dental, si queremos explicar la /š/ árabe implosiva de Šarīš. Dice el geógrafo Yāqūt (Muʽŷam, 3: 340) acerca de Jerez a principios del siglo XIII:

Šarīš: su primera letra es igual que la última, con fatḥa la primera y kasra la segunda, seguida de yā’ –con dos puntos diacríticos debajo–. Ciudad grande de la cora de Sidonia y capital de la misma. En la actualidad se le denomina Šereš ([šęrẹš]).

Este último eslabón nos hace suponer la cadena etimológica siguiente:

Cerit /kĕrīt/ (siglo I a. C.)
Cerit [ĉęrịŝ] o [ŝęrịŝ] (siglos III al VIII d. C.)
Šarīš [šęrịš] (siglo VIII)
Šereš [šęrẹš] (s. XIII)=Xerez de las crónicas castellanas
Jerez

Aunque es obvio que la denominación actual de nuestra ciudad debe su etimología al topónimo árabe y éste, tal vez, al turdetano, como también hizo notar González Gordon es su  clásico estudio sobre el Jerez, es poco probable que los mercaderes ingleses de entre los siglos XIV y XVI los conocieran. Es por esta razón por la que el verdadero origen de los vocablos Sherris y su supuesto singular Sherry, debe rastrearse en la pronunciación británica del nombre castellano Xerez de aquel entonces.

A modo de conclusión

Como ya hemos señalado, la Jerez musulmana, conocida en árabe como Šarīš Šiḏūna, se localizaba en el centro de una comarca agrícola próxima al mar que fundamentaba su riqueza en el cultivo y beneficio del cereal, el olivo, la viña o la higuera, entre otros productos. Poco sabemos del vino jerezano y su comercialización en aquellos años, aunque podemos afirmar que éste se distribuiría en los zocos locales y, tal vez, por el resto del mercado andalusí y mediterráneo. Como en el resto de al-Andalus, su consumo en nuestra ciudad debió de ser frecuente, algo que reflejan las reiteradas medidas punitivas contra el mismo y los versos a él dedicados.

Es imposible afirmar que el vino jerezano se conociera en el norte de Europa y, concretamente, en las islas británicas, durante aquella época. Nos hemos referido al vino más conocido de al-Andalus, el de Málaga, mencionado en diversas fuentes árabes. La fama de los caldos jerezanos llegaría a comienzos del siglo XV, cuando el alejamiento de la frontera con el  reino de Granada facilitó su proyección exterior.

El comercio con Gran Bretaña se había iniciado décadas antes, a finales del XIV, aunque el vino jerezano no comienza a tener importancia hasta el siglo XVI, momento en el que aparecen también las primeras alusiones literarias ensalzándolo. En estos textos, su nombre es el de Sherris, supuesto plural del nombre castellano de Xerez que se transformaría posteriormente en el hipotético singular, Sherry, vocablo que en la actualidad alude a los vinos de Jerez en el mercado anglosajón.

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