viernes, 3 de octubre de 2025

De Gaza a Šarīš: al-Šāfiʿī y los sabios jerezanos

En estos días en que el nombre de Gaza aparece asociado a la guerra y la devastación, conviene recordar que esta ciudad palestina fue también cuna de sabiduría y faro espiritual del islam. Allí nació en el año 767 Muḥammad b. Idrīs b. al-ʿAbbās b. ʿUthmān b. al-Šāfiʿī al-Muṭṭalibī al-Qurashī, conocido para la posteridad como al-Šāfiʿī, fundador de una de las cuatro grandes escuelas jurídicas del islam sunní.

Su vida fue la de un viajero incansable en busca de conocimiento: creció en La Meca, aprendió en Medina de los discípulos de Mālik, debatió en Irak con los seguidores de Abū Ḥanīfa y acabó sus días en Egipto. Allí compuso su obra magna, el Kitāb al-Umm, que estableció la jerarquía de las fuentes del derecho islámico: Corán, sunna, consenso e analogía. Con él, el fiqh se convirtió en un auténtico sistema científico.

Pero la voz de al-Šāfiʿī no quedó confinada en Oriente. Cruzó el Mediterráneo y llegó a al-Andalus, donde juristas y alfaquíes leyeron y transmitieron sus textos junto con otras obras esenciales, como el Muwaṭṭaʾ de Mālik o el Tafsīr de al-Ṭabarī. Entre quienes hicieron ese viaje de ida y vuelta entre Occidente y Oriente se cuentan también sabios jerezanos y šiduníes.

Así, a mediados del siglo X, personajes como Abū Ayyūb Sulaymān al-Šiḏūnī y su hermano Abū ʿUmar Yūsuf emprendieron una larga travesía por Egipto, Yedda y La Meca. En su equipaje intelectual trajeron a Šarīš la enseñanza del Kitāb al-Umm de al-Šāfiʿī, que dieron a conocer en al-Andalus junto a la tradición malikí que habían estudiado con maestros locales como Abū Razīn.

Otros nombres jalonan este proceso de transmisión: Abū l-Manāzil Firās b. Aḥmad al-Majzūmī, activo hacia el 935, o Abū Muḥammad Ibn Abī ʿAwsaŷa, fallecido hacia el 987, testigos de un ambiente en el que las ciencias religiosas y el derecho islámico se cultivaban con intensidad en la Jerez andalusí. En los barrios de la ciudad, en torno a su mezquita aljama, se estudiaban las páginas de los grandes imames del islam, desde Mālik hasta al-Šāfiʿī.

De este modo, la voz que había nacido en Gaza encontró eco siglos después en Šarīš. No se trataba de un simple eco, sino de un diálogo fecundo: los juristas jerezanos integraron la herencia šāfiʿí en su propio marco, dominado por la escuela malikí, enriqueciendo así la vida intelectual y jurídica de la ciudad.

Hoy, cuando Gaza nos llega envuelta en dolor y ruina, recordar a al-Šāfiʿī es rescatar otra memoria: la de una tierra de sabios cuya huella alcanzó hasta las orillas del Guadalete. Y al evocar a los ulemas jerezanos que estudiaron su obra, reafirmamos que Šarīš fue parte de esa red mediterránea donde Oriente y Occidente compartieron textos, maestros y conocimiento.



lunes, 15 de septiembre de 2025

La belleza de la poesía andalusí... de Cádiz

En este 👉enlace podéis leer y descargar la versión digital de esta joya de Paco Fernández, aunque en baja resolución. Así que, aunque os hagáis con ella, no seáis tacaños y comprad el libro en papel para disfrutar por completo de la belleza de la poesía andalusí de Cádiz y de esta hermosísima edición (para los malpensados, no nos llevamos comisión ni nada por el estilo, sólo miramos por vuestra felicidad estética).

Cádiz tiene algo especial. La poesía está en la tierra. Y fluye hacia sus habitantes. Siempre fluyó. El pasado árabe de la región se queda corto comparado con todos los influjos anteriores que le llegaron. Y la poesía fluye, al igual que fluye ahora el cante, único, flamenco, puro. Algo que no se da en ninguna otra parte del mundo.

Mi abuelo nació en Cádiz, y éste es también un homenaje a él, a quien tanto recuerdo y echo de menos. Mezcló su sangre en Granada y luego en Almería, y aquí estoy yo, con una herencia que invita ser recordada, al rescate de poesías olvidadas, andalusíes en este caso. Nuestras, aunque pretendamos olvidarlo.

Cuna de creadores, Cádiz nos ha dado tanto arte a través de sus hijos e hijas que resultaría retórico e impropio llenar este texto sólo con nombres célebres. Porque lo que cuentan son los hechos, y el arte que se respira en toda la provincia es el alimento, tanto de quien lo regala, como de quien lo recibe. El arte es una necesidad, algo que se escapa de las manos de quien lleva esa chispa dentro, y ha de ser expresado del modo que sea. Y la poesía es un arte.

Referirse a Cádiz puede suponer caer en tópicos, los cuales prefiero evitar. Pero se sabe que sus gentes tienen facilidad para la rima, para la improvisación, para contar una y mil historias, y de eso trata la poesía. Y aquí, en este libro, se muestran versos de poetas olvidados que volverán a la vida a través de tu lectura. 

Paco Fernández


PRÓLOGO

En los márgenes del tiempo sobreviven voces que parecían condenadas al silencio. Ecos que, como el de una antigua oración, algún día resonaron cerca de las orillas de la Bahía, en los patios de los pueblos de la sierra o en las tierras de la Campiña de Jerez o el Campo de Gibraltar. Porque Sidonia y Algeciras, dos de las coras de al-Andalus que conforman hoy la actual provincia de Cádiz, no fueron ajenas a esa poderosa corriente cultural que, entre los siglos VIII y XV, hizo del árabe la lengua del conocimiento, del poder y de la poesía.

Esta obra que el lector tiene entre manos pone en valor una geografía poética más amplia, más compleja, más rica que la que suele reducirse a Sevilla, Córdoba o Granada. Porque también desde Šarīš Šiḏūna (Jerez de la Frontera), Al-Ŷazīra al-Jaḍrāʾ (Algeciras) y, en menor medida, otras poblaciones de aquellos viejos territorios, se alzaron voces que cantaron a la belleza, al saber, al amor, a la muerte, la embriaguez o la nostalgia del exilio.

Este volumen, cuidadosamente editado por Paco Fernández, forma parte de una labor mayor: la de devolver al presente la poesía árabe de al-Andalus. No desde el monumento literario inerte, sino desde la emoción recuperada, desde la palabra viva que vuelve a respirar cuando se pronuncia. En esta ocasión, el foco se posa sobre Cádiz, esa tierra donde confluyen el mar y la montaña, el Oriente y el Occidente, lo antiguo y lo aún por descubrir.

Aquí aparecen nombres que en su mayoría fueron arrancados de la memoria colectiva. 'Abbās ibn Nāṣiḥ al-Ŷazīrī, Abū l-Ḥakam al-Šiḏūnī, Ibn Lubbāl, Ibn Giyāṯ o Ibn Zarqūn son sólo algunos de los autores que componen esta antología. Algunos de ellos fueron eruditos de renombre, otros apenas nos dejaron unos pocos versos sueltos, pero todos ellos forman parte de ese inmenso tapiz poético que fue al-Andalus, y que hoy, más que nunca, necesita ser devuelto a quienes lo ignoraban como parte de su propia herencia.

No debe verse en esta obra un mero ejercicio de erudición o arqueología literaria. La poesía andalusí no es un objeto muerto. Es, por el contrario, una forma de mirar el mundo, una visión profundamente estética, sí, pero también ética. Porque en sus versos se filtra la búsqueda de la belleza, la afirmación del amor como impulso vital, la conciencia de la fugacidad del tiempo, la sabiduría que no se separa del gozo, la palabra que se pronuncia con la conciencia de estar creando algo imperecedero.

En este sentido, los poemas aquí recogidos tienen mucho que transmitir al lector contemporáneo. No sólo por su forma —tan depurada y delicada—, sino por su trasfondo humano. ¿Hay algo más actual que el dolor del amor no correspondido, que la alegría de una copa compartida o que la nostalgia de la juventud pasada? A través del árabe clásico, estos poetas nos siguen hablando con una voz clara, sin ruido, sin límites temporales.

La labor de traducción y contextualización realizada por los colaboradores de esta edición, así como la apuesta estética y editorial de Paco Fernández, merecen todo el reconocimiento. Porque no se trata únicamente de rescatar textos: se trata de ofrecerlos con el respeto y el cuidado que exige la verdadera belleza. De ahí la presencia de la caligrafía árabe en ilustraciones de un virtuosismo y una tipografía y maquetación pensadas como si cada página fuera un jardín literario.

Quienes amamos el legado de al-Andalus sabemos que no basta con estudiar su historia, sino que hay que devolverle su aliento. Y eso es lo que logra esta colección: insuflar vida a lo que fue, para que siga siendo.

Que este libro sirva, pues, no sólo para el deleite del lector curioso, sino también como humilde ofrenda a quienes, hace siglos, cantaron en árabe sobre esta misma tierra. Cádiz también fue patria de poetas árabes, y lo seguirá siendo cada vez que sus versos se lean, se reciten o se sueñen de nuevo.

Miguel Ángel Borrego Soto



miércoles, 10 de septiembre de 2025

Gādir y Assidōn: ¿una réplica de Tiro y Sidón en Occidente?

Ayer por la mañana estuve visitando el yacimiento de Doña Blanca, situado frente al Guadalete, a los pies de la sierra de San Cristóbal, entre Jerez y El Puerto de Santa María, con Fran Giles como anfitrión y la grata compañía de Juan José López Amador, amigos ambos que forman parte del proyecto y equipo de investigación que está excavando de nuevo allí. 

Aproveché para pasear detenidamente por todo el enclave y reafirmarme en la hipótesis que vengo defendiendo desde hace varios años: los restos de aquella ciudad deben de ser los de la Assidōn fenicia y, a la espera de una confirmación arqueológica completa, los de la posterior Šiḏūna andalusí. Los datos históricos y la toponimia apuntan en esa dirección: todo ese entorno se denomina, como sabemos, y además de modo secular, valle de Sidueña, nombre que recibe de la antigua población que allí se alzaba y que tuvo continuidad en la antigua alquería medieval y en el asentamiento rural actual. 

Para los que aún dudan, habría que aclarar en este punto que Medina Sidonia, ciudad a unos 40 km al sureste del yacimiento de Doña Blanca, y a la que siempre se ha relacionado con estos topónimos, Assidōn y Šiḏūna, tiene un nombre de cuño castellano, original del siglo XIII. Entre los andalusíes se la conocía como Madīnat Ibn al-Sālim, o incluso Madīna, a secas (así aparece en alguna de las versiones del mapa de al-Idrīsī). De esta población procede un sabio del siglo XII citado precisamente como al-Madīnī (“de Medina”), del que hablaré en otra entrada de este blog, una "Medina" a la que en la documentación castellana del siglo XIII se le añade el apellido Sidonia, pues pertenecía al territorio de ese nombre, para diferenciarla de otras poblaciones también llamadas de ese modo de otros puntos de la geografía andalusí y luego castellana. 

La nisba al-Šiḏūnī (“de Šiḏūna, de Sidonia”), por su parte, es propia de los pobladores y sabios de Šiḏūna de los siglos VIII al X que dejan de aparecer en los textos árabes a partir del XI, cuando esta población perdió su importancia, por causas y razones diversas, a favor de la cercana y emergente Šarīš. De hecho, en el siglo XII al-Zuhrī afirmaba que Šiḏūna era una población yerma y deshabitada, tal vez una pequeña alquería, que difícilmente podría corresponderse con la activa Madīnat Ibn al-Salīm que, en la misma centuria, menciona al-Idrīsī en la ruta por tierra entre Algeciras y Sevilla.

En cuanto al poblamiento fenicio de aquel lugar, ¿cabría plantearse la pregunta de si estamos ante los restos de una gran ciudad con identidad y nombre propio, Assidōn, frente a la insular Gadir, localizada enfrente, en el mar, siguiendo el modelo oriental entre Tiro y Sidón?  

En el Levante fenicio, Ṣūr (Tiro) Ṣīdōn (Sidón), efectivamente, funcionaban como una dupla de ciudades hermanas, con perfiles complementarios: Tiro, marcadamente insular y marítima; Sidón, artesanal, marítima también, pero con mayor anclaje continental. 

En la bahía gaditana parece replicarse ese patrón dual:

  • Gādir (en la isla: la actual Cádiz), emporio marítimo y religioso, con el célebre santuario de Melqart en la tradición clásica.
  • Assidōn (Doña Blanca y su entorno inmediato, al pie de la Sierra de San Cristóbal), ciudad continental, fortificada, con control del hinterland de la campiña y las rutas del Guadalete, sobre cuyo estuario poseía un puerto, articulando la conexión con las tierras tartésicas del interior.

El paralelismo llega hasta la onomástica: Ṣīdōn→ Assidōn Šiḏūna→ Sidueña, como si se hubiera querido trasplantar a Occidente la pareja oriental Tiro–Sidón.

El trazado de la muralla y las terrazas escalonadas de Doña Blanca, junto a su posición dominante sobre la bahía, no cuadran con un asentamiento menor. Todas estas evidencias, junto a la de la extensa necrópolis en la ladera de la sierra de San Cristóbal, hablan de una esmerada planificación urbana que parece demostrar que Assidōn no era un mero satélite de Gādir o, como afirman las últimas hipótesis, la propia Gādir que, como la vieja Tiro, distribuía su población entre la isla y el continente fronteroLa arqueología en curso —y la que está por venir, esperemos— tendrá la última palabra.

***

miércoles, 20 de agosto de 2025

Lápida funeraria meriní de Jerez

Durante las obras de restauración de la iglesia de San Dionisio de Jerez en 1965, apareció una lápida funeraria de mármol, que actualmente se conserva y expone en el Museo Arqueológico Municipal de Jerez (nº de inventario: IG 0837). Las características del arco de herradura que enmarca la inscripción, así como el estilo epigráfico, en letra cursiva, apuntan a un contexto cronológico en torno a la presencia meriní en la zona, entre 1264 y 1267, cuando Jerez (Šarīš) estuvo en manos de Abū Ṯābit ʽĀmir b. Idrīs b. ʽAbd al-Ḥaqq, caudillo y señor de la ciudad.

Lápida meriní hallada en la iglesia de San Dionisio de Jerez
y que se expone en el Museo Arqueológico Municipal de la ciudad
(n.º inventario: IG. 0837)

Estructura habitual de las lápidas meriníes

Las lápidas funerarias meriníes, especialmente las destinadas a notables, cadíes o miembros de la élite militar, suelen seguir una estructura relativamente fija que consiste en:

  1. Invocación inicial (basmala): “En el nombre de Dios, el Clemente, el Misericordioso”.

  2. Identificación del difunto: fórmulas de humildad (al-ʽabd al-faqīr ilà Llāh) seguidas del nombre completo y, a menudo, de su genealogía o adscripción dinástica.

  3. Elogios y títulos: en el caso de dignatarios, se incluyen epítetos como al-muŷāhid fī sabīl Allāh (“combatiente en el camino de Dios”) o nāṣir al-dīn (“defensor de la religión”).

  4. Oración fúnebre: peticiones de perdón, misericordia y acceso al Paraíso.

  5. Fecha de defunción: con la mención del día, mes y año de la Hégira.

  6. Bendición final sobre el Profeta y su familia.

El marco epigráfico suele estar acompañado de un arco de herradura o lobulado que subraya el carácter sagrado del texto y lo integra en una estética oficial meriní, visible en otras piezas conservadas en Fez, Rabat, Salé, Ceuta y Algeciras.

La lápida jerezana, por tanto, encajaría plenamente en esta tradición oficial, lo que refuerza la hipótesis de que se trate de la sepultura de un personaje de relevancia en la etapa meriní de la ciudad. Desgraciadamente, el estado de conservación de la inscripción es bastante deficiente y sólo se adivinan algunas letras y palabras de lectura casi imposible en la parte baja de la pieza. Con todo, es posible hacer una hipotética reconstrucción del texto jerezano a partir de otras estelas meriníes, aunque por ahora es imposible dar con el nombre del personaje ni con la fecha exacta de su óbito. En mi libro de epigrafía jerezana (p. 64) publiqué una posible lectura de la penúltima línea de la inscripción, donde parece leerse un ṣallà Allāh ʽala sayyidi-nā Muḥammad. Asimismo, quise ver el mes de rabīʽ en la última. Sin embargo, un análisis más detenido de la pieza y la comparación con paralelos meriníes invitan a pensar que, en realidad, debe leerse raŷab (رجب), lo que encajaría mejor con la secuencia visible que ahora nos atrevemos a ampliar:

Texto árabe hipotético (reconstrucción)


Transcripción

Bismi Llāhi l-Raḥmāni l-Raḥīm
Hāḏā ḍarīḥu l-ʽabdi l-faqīri ilà Llāhi taʽālā
[Fulān b. Fulān min aʽyāni l-Marinīyīn]
al-muŷāhidu fī sabīli Llāh, nāṣiru l-dīn
Ḡafara Llāhu lahu wa raḥimahu wa askanahu fasīḥa ǧannātihi
wa tuwuffiya fī yawmi … min šahri raŷab sanat 663
Ṣallà Llāhu ʽalà sayyidinā Muḥammad ḫātami l-nabiyyīn
wa ʽalà ālihi l-ṭayyibīn al-ṭāhirīn wa sallama taslīman kaṯīrā

Traducción

En el nombre de Dios, el Clemente, el Misericordioso.
Este es el sepulcro del siervo necesitado de Dios,
[Fulano b. Fulano, de los notables meriníes],
combatiente en el camino de Dios, defensor de la religión.
Dios le perdone, le muestre misericordia y le haga habitar en sus dilatados jardines.
Falleció el día … del mes de raŷab del año 663 H. (1265-1266).
La bendición de Dios sea sobre nuestro señor Muḥammad, sello de los profetas,
y sobre su familia pura y noble, con abundantes saludos de paz.


Conclusión

La lápida funeraria meriní de Jerez es un testimonio directo de un momento crucial en la historia de la ciudad: los años en que Šarīš pasó fugazmente a formar parte del dominio meriní bajo Abū Ṯābit. Su inscripción nos revela tanto la solemnidad de los epitafios oficiales como la proyección simbólica de una dinastía que quiso dejar huella de su poder en al-Andalus. Aunque deteriorada y en gran parte ilegible, su reconstrucción nos permite vislumbrar el mensaje central: la afirmación de una identidad religiosa y política a través de fórmulas que ligan al difunto con la yihad, la defensa del islam y la esperanza en la misericordia divina.

Conviene subrayar, sin embargo, que la lectura que aquí se ofrece es hipotética y basada en conjeturas razonadas, dado el estado de desgaste de la pieza. Su verdadero texto solo podrá esclarecerse mediante un estudio más detallado con apoyo de técnicas de documentación avanzadas: fotografía de alta resolución, análisis multiespectral, luz rasante y otras herramientas habituales en la epigrafía islámica, que permitan recuperar trazos invisibles a simple vista.

En definitiva, esta lápida no solo habla de un individuo, sino también de la memoria colectiva de un tiempo de transición, cuando Jerez fue escenario de las pugnas entre castellanos, nazaríes y meriníes. Su epigrafía, encuadrada en la tradición artística de la dinastía de Fez, nos recuerda que incluso en la piedra permanece grabada la huella de la historia.

martes, 8 de julio de 2025

Abū Ṯābit ʽĀmir b. Idrīs b. ‘Abd al-Ḥaqq, señor de Jerez (1264-1267)


La revuelta mudéjar y los voluntarios de la fe meriníes

Anticipándose a un previsible desastre que acabara con el reino nazarí de Granada y lo que restaba de al-Andalus, el sultán Muhammad I comenzó a urdir un plan consistente en la rebelión de la numerosa población mudéjar que habitaba las ciudades y fortalezas que habían quedado bajo soberanía cristiana. 

Para ello y, como medida urgente, solicitó la ayuda del sultán meriní Abū Yūsuf Ya‘qūb b. ‘Abd al-Ḥaqq, a espaldas de Alfonso X, a través de su secretario Abū l-Qāsim ʽAbd al-Raḥmān b. Yaḥyà Ibn Rabīʽ al-Ašʽarī. Este personaje fue el encargado de convocar a los meriníes y de poner en marcha a sus tribus para que fuesen a al-Andalus a combatir, escribiéndoles en más de una ocasión para estimular con ello su constancia, según nos relata el historiador al-Bunnāhī (m. dp. 1389)[1]


La petición de socorro llegó incluso a la mezquita Qarawiyīn de Fez, donde un viernes del año 662 (=4 noviembre 1263-23 octubre 1264), después de la oración, el poeta malagueño Mālik Ibn al-Muraḥḥal (604-699=1208-1300), por entonces secretario de Abū Mālik, hijo del sultán Abū Yūsuf, leyó una arenga en verso exhortando a los benimerines y a todo el islam a ayudar a los musulmanes de al-Andalus (Continente Ferrer 1973: 44-55):

La religión os ha elegido como sus defensores legítimos,
¡adelante! Si vosotros la defendéis se salvará.
No traicionéis el islam, hermanos, ensillad
y embridad vuestros caballos para ir en su auxilio.
Andalus se ha puesto bajo vuestra protección invocando
los vínculos de la religión y ¡qué excelentes son esos lazos!
Ha implorado vuestra piedad, ¡apiadaos! Pues el Misericordioso
no se apiadará de quien no se muestra misericordioso.
Andalus es un trozo de vuestra tierra, sus gentes
son tan vuestras como vosotros de ellas.
Mas ahora se encuentra cercada por infieles:
el mar y los pueblos que no son árabes son sus fronteras.
¡Ay qué desgracia, Andalus, paraíso convertido
en infierno por los enemigos!
Los infieles se han apoderado de sus ciudades,
acto de contrición deben hacer todos los creyentes
[…]

La llamada de auxilio tuvo el efecto deseado y, según la Ḏajīra al-sanīya (ed. Rabat, p. 98) e Ibn ʽIḏārī (Bayān, pp. 430 y 432, trad. II, pp. 285 y 288), las tropas benimerines, a la cabeza de las cuales estaban los hermanos Banū Idrīs, ʽĀmir y Muḥammad b. Idrīs b. ‘Abd al-Ḥaqq, entraban en al-Andalus ese mismo año 662 (=1263-1264). No obstante, Ibn Abī Zarʽ (Qirṭās, p. 303, trad. p. 575) fecha esta llegada en 661 (=1262-1263), e Ibn Marzūq (Musnad p. 101) la retrasa equivocadamente al año 664 (=1265-1266). Ibn Jaldūn (Berbères, IV, p. 48, ʽIbar, VII, p. 236), por su parte, sitúa el hecho algo antes, en 660 (=1261-1262), confundiendo la fecha con la del alzamiento de los Banū Idrīs de ese mismo año.

Efectivamente, en 660 (=1261-1262), los hermanos ʽĀmir y Muḥammad b. Idrīs b. ‘Abd al-Ḥaqq se habían sublevado en Alcazarquivir contra el sultán meriní Abū Yūsuf Ya‘qūb b. ‘Abd al-Ḥaqq, para apoyar a su primo, Yaʽqūb b. ʽAbd Allāh, sobrino a su vez de Abū Yūsuf, quien había provocado la toma de Salé por Alfonso X, razón por la que el sultán benimerín se había dirigido contra él. 

Abū Yūsuf redujo a los insurgentes en las montañas de Gumāra y, después de sofocar la rebelión, envió a al-Andalus a los sediciosos Banū Idrīs al frente de un importante contingente de poderosos jinetes voluntarios de la fe (guzāt) que engrosarían las filas del ejército del sultán nazarí de Granada Muḥammad I en su guerra contra Castilla. La decisión meriní no se correspondía sólo con un mero compromiso moral hacia sus correligionarios nazaríes; como afirma Miguel Ángel Manzano, al tiempo que los granadinos reforzaban sus tropas, el sultán Abū Yūsuf ponía en práctica un mecanismo de trasvase de elementos disidentes, es decir, desviaba a al-Andalus a una facción conflictiva de su familia que estaba causando problemas en su reinado (Manzano Rodríguez 1992: 5-8 y 324-325).

Las fuentes castellanas también se hacen eco del hecho, relatando la Crónica de Alfonso X cómo Muḥammad I:

"mandó rogar a Abén Yuçaf que le enviase alguna gente en su ayuda, y le envió a mil caballeros y vino por cabdillo dellos vn moro que era tuerto del vn ojo e dezían que era de los más poderosos que avía y allén la mar. Et según lo que se falló en escripto, dizen que éstos fueron los primeros caballeros ginetes que pasaron aquén la mar después quel rey Miramamolín fue vençido (CAX, cap. XII, p. 37)."[2]

Del mismo modo, el Libro de los hechos de Jaime I (cap. 378, pp. 414-415) confirma que "las desavenencias entre el rey de Castilla y el de Granada habían provocado que el nazarí se procurara la ayuda de los moros de ultramar, quienes infiltraban jinetes en su tierra; también se decía que, con el tiempo, podrían recuperar toda la tierra del rey de Castilla y todo lo que habían perdido, ante Nos u otros, en toda Andalucía."

Los textos árabes coinciden en que unos tres mil soldados cruzaron el Estrecho, salvo Ibn ʽIḏārī que afirma que pasaron trescientos, cifra mucho menos descabellada. Los contingentes fueron recibidos en Tarifa con toda clase de honores por Muḥammad I, quien los acuarteló en Málaga hasta nueva orden, aunque sabemos por la Ḏajīra al-sanīya (ed. Rabat, p. 100) que al poco de su llegada a al-Andalus, el mismo año 662 (=1263-1264), el capitán de estos voluntarios de la fe (guzāt), Abū Ṯābit ʽĀmir b. Idrīs b. ‘Abd al-Ḥaqq, había lanzado ya alguna algarada contra Jerez, llegando a entrar por la fuerza en su arrabal, acompañado de los fieles de las tribus del Magreb.

Alfonso X, que por entonces estaba en Sevilla, había sido informado de los movimientos del nazarí y, según el Libro de los hechos de Jaime I, desafió al rey de Granada por haber pasado un gran número de jinetes a escondidas (cap. 378, p. 415). En algún momento de ese año 662 (1263-1264), como señala Ibn ʽIḏārī, citó a Muḥammad I en la capital hispalense con la excusa de negociar las cláusulas del pacto de Jaén de 1246, al que le restaba poco más de un año para expirar. En realidad, Alfonso X le preparaba una emboscada para acabar con él. 

El episodio supuso la ruptura definitiva de las relaciones entre Castilla y Granada, y aceleró los planes de Muḥammad I. Tras escapar de Sevilla, donde a punto estuvo de caer prisionero y, probablemente, morir ejecutado, llegó a Madīnat Ibn al-Salīm (la actual Medina Sidonia). Una vez allí, "con el corazón dilatado y el pecho sano y salvo, al ver que había estado al borde de la muerte y Dios lo había salvado, ordenó a los habitantes de dicha localidad y de aquellas zonas, que se encastillasen y amurallasen, y se marchó recorriéndolas a Granada. Supieron los musulmanes que había partido del rey Alfonso sin firmar treguas ni acuerdos, por lo que empezaron a encastillarse por sí mismos y a amurallarse."[4]

La guerra debió de iniciarse, como afirma Ballesteros Beretta (1963: 369-370), entre abril y junio de 1264. Los mudéjares, con el apoyo de tropas nazaríes y meriníes, iban a ser el detonante de la misma, desde Jerez hasta Murcia, focos principales del levantamiento. La Crónica de Alfonso X (cap. X, p. 30) confirma que:

"los moros del regno de Murçia e de todos los otros lugares que el rey avía ganado ouieron fabla de consuno e enbiaron sus mandaderos a Abén Alhamar e pusieron postura que en vn día se alçasen todos al rey don Alfonso et en aquel día començase el rey de Granada la más fuerte guerra que pudiese fazer, e cada vnos de los otros eso mesmo."

El Libro de los hechos (cap. 378, p. 415) coincide también en que el rey de Granada había convenido con todos los castillos y las villas que tenía el rey de Castilla donde hubiera moros -incluido Sevilla, donde había un gran número- que en un día determinado se levantasen todos y atacasen a los cristianos, que el rey de Castilla y su mujer fueran hechos prisioneros y se recobrasen de golpe todas las villas y castillos. En la capital hispalense, sin embargo, el plan de apresar y asesinar al rey Alfonso X y su familia fue descubierto y abortado. Por el contrario, en Jerez y las poblaciones de su entorno, el levantamiento se saldó con un rotundo éxito. Es de nuevo el Libro de los hechos (cap. 378, p. 415) el que confirma este extremo, afirmando que:

"si no le hubiesen descubierto al rey de Castilla el complot de Sevilla, habrían podido perder la vida él, la mujer y los hijos. Pero, aunque se salvó Sevilla -es decir, no se levantaron ahí los sarracenos, aun habiendo una gran multitud dentro-, en tres semanas perdió el rey de Castilla trescientos lugares, entre ciudades, villas grandes y castillos." 

Con todo, la guarnición castellana que defendía el alcázar de Jerez resistió más de lo esperado. Según la cantiga 345 de Alfonso X, "los mouros habían levantado un muro entre el alcázar y la villa, muit' ancho e fort' e duro", desde el que comenzaron a combatir a los cristianos, dato que coincide con la Crónica del rey Sabio, que narra cómo, efectivamente, los mudéjares "çercaron el alcáçar sin dejar de hostigarlo, de día y de noche, ni dar tregua a los de dentro.". Mientras esto sucedía, y como afirma Ibn ʽIḏārī, las tropas nazaríes y meriníes que Muḥammad I enviaba como refuerzo, se desplazaban de Málaga a Jerez para conseguir en su campaña sus anhelos y su propósito (Bayān, II, trad. 275 y 288).


Si bien la Crónica del rey Sabio, que sitúa erróneamente este acontecimiento en 1262, da una versión casi legendaria y heroica de la defensa y pérdida de la fortaleza jerezana por parte de los cristianos, los hechos debieron de parecerse más a lo narrado por la cantiga 345. Según este texto, don Nuño González de Lara, tenente del alcázar jerezano desde 1261, incapaz de soportar el asedio que sufría, pidió ayuda al rey, que no dudó en enviársela desde Sevilla. Una vez llegada la caballería de socorro, don Nuño les advirtió de que, a pesar del auxilio recibido, la defensa del alcázar jerezano era imposible y no quería morir allí, por lo que huyó de la ciudad cediéndoles la plaza. Los de la hueste, atemorizados, decidieron asimismo marcharse y dejar en el castillo "poucos omes; e leixaron / maos e tan mal aguisados, e assi o aguisaron / que ante de meyo día / s'ouv' o castel a perder.".

En efecto, con la llegada del ejército nazarí, comandado por el poderoso arráez Abū Isḥāq Ibrāhīm b. Išqaylūla, y la ayuda de los voluntarios magrebíes, capitaneados en el caso de Jerez por ʽĀmir b. Idrīs b. ʽAbd al-Ḥaqq, de los Banū Marīn, la fortaleza de Jerez era finalmente recuperada para el islam tras casi tres años en manos cristianas y varias semanas de incesante asedio que, según Gonzalo de la Hinojosa y otras fuentes de la historiografía jerezana, incluyeron la construcción de túneles para acceder a ella y conquistarla. Según la Ḏajīra al-sanīya (ed. Rabat, p. 101), el viernes 13 de sawwal de 662 (= 8 de agosto de 1264) ʽĀmir b. Idrīs b. ‘Abd al-Ḥaqq, sacó a los cristianos de la alcazaba de Jerez y se enseñoreó en ella durante "tres años menos veintidós días.", es decir, hasta mediados de julio de 1267.[5]

Lápida meriní hallada en la iglesia de San Dionisio de Jerez
y que se expone en el Museo Arqueológico Municipal de la ciudad
(n.º inventario: IG. 0837)

Banu Išqaylūla versus Banū Idrīs: celos, traiciones y firmas de paz

La participación de los contingentes norteafricanos en la revuelta mudéjar, según García Fitz (2002: 224-225), requirió una modificación de la estructura y los recursos financieros del ejército granadino. Estos cambios dieron un giro ostensible a la influencia de los Išqaylūla en un área de poder que siempre había estado en sus manos y sobre la que se asentaba el equilibrio del estado nazarí desde sus orígenes. Así, es probable que los Banū Idrīs meriníes terminaran por hacerse con el control de las operaciones y, también, de las zonas que habían conquistado, por ejemplo, y como hemos visto, la importante y estratégica ciudad de Jerez y toda su comarca, y que los Išqaylūla permanecieran al margen de este reparto.

Del mismo modo, Abū Muḥammad ʽAbd Allāh b. Išqaylūla, que se encontraba en Murcia, adonde lo había encomendado Muḥammad I, habría perdido su autoridad sobre Málaga a favor también de los Banū Idrīs. Por ello, tras su humillante salida de la alcazaba murciana, pactada a sus espaldas por Jaime I y los moros de la ciudad (Crónica de Jaime I, caps. 434-442, pp. 458-463), que habían decidido conjuntamente expulsar al sarraceno que el rey de Granada había dejado como alcaide en Murcia, Abū Muḥammad regresó a Málaga con la intención de recuperarla y, junto a su hermano Abū Isḥāq Ibrāhīm, jefe del ejército meriní, y sus sobrinos, los arráeces de Guadix, ʽAlī y ʽAbd Allāh, hijos de Abū Isḥāq, se declaró en rebeldía contra la autoridad granadina.

El rey de Castilla no dejaría pasar la ocasión de aprovechar los efectivos y bases territoriales que le ofrecían los sediciosos hacia el nazarí, y de debilitar a Muḥammad I en su propio reino apoyando a sus enemigos, así que atendió la petición de socorro de los Banū Išqaylūla, poniendo en marcha la maquinaria diplomática, que incluyó también varios encuentros entre Abū Isḥāq y la soldadera María Pérez, tal vez dirigidos, como señala Menéndez Pidal (1969: 123-124), a allanar cualquier diferencia con el arráez moro. Este personaje, apodado "la Balteira", aparece por vez primera en la corte de Fernando III, aunque su fama le llegó durante el reinado de Alfonso X. Independientemente de su vida licenciosa, que consistía básicamente en hacer más llevaderas las largas jornadas del frente de guerra a las tropas cristianas, sabemos que también tuvo tratos con los moros de la frontera y que actuó como agente del rey Sabio durante la rebelión de los Banū Išqaylūla. Según una tensó galaico-portuguesa contemporánea a los hechos, en la que dialogan los poetas Pedro Amigo y Vaasco Pérez, la Balteira, tras una vida repleta de escarceos amorosos, foi pois um patriarca buscar, / fi'de'Escalhola […], quien en Jaen / e em Eixarês […] se fez muito mal (Rodrigues Lapa 1970: 620-621; vid tb. Ballesteros Beretta 1963: 380-381; y Rubiera Mata 1983: 91). Las últimas alusiones al mucho mal que hizo este Išqaylūla, probablemente Abū Isḥāq, se refieren sin duda a sus exitosas actuaciones al frente del ejército nazarí durante la revuelta mudéjar, tanto en la campaña de Jerez de 1264, como en la batalla de Alcalá de Benzaide, cerca de Jaén, del verano de 1265, en la que las tropas musulmanas masacraron a las castellanas de Alfonso X.


El efecto de la alianza entre Alfonso X y los Banū Išqaylūla desequilibró la posición militar y política de Muḥammad I, que terminaría perdiendo el apoyo de su propio ejército, comandado por Abū Isḥāq, ahora enfrentado a él. Contento por esta señal de división entre los nazaríes, el monarca castellano envió a don Nuño González de Lara al frente de mil caballeros para garantizar a los arráeces su protección y resistencia ante la esperada respuesta del nazarí quien, según la Ḏajīra al-sanīya (ed. Bencheneb, p. 127, ed. Rabat, p. 112) estuvo tres meses del año 665 (=1266-1267), asediando sin éxito Málaga para arrebatársela a los Išqaylūla. Tras este fracaso, y temiendo un ataque conjunto y definitivo de las fuerzas castellanas y las de los Banū Išqaylūla contra Granada, Muḥammad I concertó con Alfonso X un encuentro para acordar la paz.

Las vistas se celebraron entre la segunda mitad del mes de mayo y junio de 1267. Gracias a diversos privilegios y cartas emitidos desde Jaén, sabemos que el rey Alfonso X ya se encontraba en esa ciudad a principios de mayo, desde la que debió de desplazarse poco después a la cercana población de Alcalá de Benzaide, donde permaneció hasta finales de junio negociando las treguas con Muḥammad I y el hijo de éste (Cf. González Jiménez y Carmona Ruiz 2012: 383-384). 

Tanto Ibn ʼIḏārī (Bayān, II, trad. p. 337) como la Ḏajīra al-sanīya (ed. Rabat, p. 112) coinciden en señalar que la guerra se prolongó tres años (662-665=1264-1267), y que finalizó con la firma del Tratado de Benzaide en 665 (2 octubre 1266-21 septiembre 1267), que supuso para el rey de Granada, Muḥammad I, la pérdida de unas cuarenta localidades amuralladas del país musulmán. Según estos mismos textos, la mayor parte de estos enclaves se encontraban al oeste de al-Andalus, y en ellas se incluían Jerez, la ciudad y la fortaleza, Medina Sidonia [Madīnat Ibn al-Salīm], Alcalá, Vejer y otras. La Ḏajīra al-sanīya va más allá incluso afirmando que la suma de lo que entregó Muḥammad I a Alfonso X del país de los musulmanes, entre esas ciudades mencionadas y otras muchas fortalezas, fue de cien lugares amurallados, y otros cinco en el este de al-Andalus. Aunque el número de plazas rendidas por el nazarí nos parezca exagerado, conviene recordar lo dicho por el Libro de los hechos de Jaime I, acerca de la pérdida de trescientos lugares, entre ciudades, villas grandes y castillos, por parte de los castellanos en las tres primeras semanas de la revuelta mudéjar (cap. 378, p. 415).

Los puntos en los que consistió exactamente el pacto de Benzaide no aparecen en estas obras que, como vemos, se limitan a destacar la cantidad y los nombres de algunas de las poblaciones a las que Muḥammad I debió renunciar a cambio de la paz con los cristianos. Con todo, la información se puede ampliar gracias a la Crónica de Alfonso X (Cap. XV, pp. 40-43), que menciona otro de los requisitos que el cristiano reclamó al monarca granadino para acceder a sus demandas: el pago de doscientos cincuenta mil maravedíes al año en parias a Castilla. El rey de Granada había solicitado a Alfonso X que desamparase a los Banū Išqaylūla, "que tanto danno le fazían en la tierra", y aquél se comprometió a hacerlo, con la condición de que Muḥammad I les diese un año de plazo para entrar de nuevo en su obediencia y aceptara las contraprestaciones que se le exigían, esto es, el citado pago de un tributo anual y, como leemos en Ibn ʽIḏārī y la Ḏajīra al-sanīya, la renuncia a todas las fortalezas y ciudades aludidas del occidente de al-Andalus que aún permanecían bajo control de los nazaríes o de los Banū Idrīs meriníes.


Al mes siguiente de la firma de estos acuerdos, Abū Ṯābit ʽĀmir b. Idrīs b. ‘Abd al-Ḥaqqdejaría a su suerte a la ciudad de Jerez, y Alfonso X procedería a su conquista y la de su amplia comarca. A pesar de que no contó con el apoyo de las tropas de Muḥammad I para su defensa, la población resistió varios meses, probablemente gracias al apoyo de la guarnición meriní que custodiaba su alcázar y protegía su extensa zona de influencia desde hacía tres años. La Crónica de Alfonso X que, sin embargo, asevera erróneamente que los hechos se produjeron en 1264, describe con detalle cómo aconteció la toma definitiva de Jerez por los cristianos. Así, sin especificar día y mes, narra cómo el rey Sabio salió de Sevilla con su hueste "e fue cercar la villa de Xerez. E desque y llegó, mandó poner muchos engenios derredor de la villa, que tiraban a las torres e al muro e facían grand daño, e duró la cerca desta villa cinco meses (CAX, cap. XIV, pp. 38-40). No obstante, el asedio debió de prolongarse menos tiempo, pues se iniciaría poco después de los acuerdos de Benzaide, es decir, en julio de ese mismo año, y terminó con éxito a principios de octubre. Efectivamente, sabemos gracias a un par de documentos enviados desde allí a los frailes del monasterio de Aguilar de Campóo (AHN, Clero, carp. 1658, nos. 19 y 20), que el día 2 de octubre de 1267, Alfonso X se encontraba ya en su campamento a las afueras de Jerez, dirigiendo el final de las operaciones.


[1] Su biografía aparece en la Marqaba de al-Bunnāhī, p. 115, donde se dice que fue secretario del sultán Muḥammad I en el tiempo en que éste convocó a los meriníes para que viniesen al reino nazarí a luchar por la fe, escribiéndoles en más de una ocasión para estimular con ello su constancia. Las primeras tropas meriníes llegaron a al-Andalus hacia el año 662 (=1263-64), fecha en la que Muḥammad I recibió a los contingentes de combatienes de la fe enviados por el sultán Abū Yūsuf, según afirma Ibn ʽIḏārī (Bayān, almohades, Beirut, 1985, 430, 432-2). Vid. tb. Bárbara Boloix Gallardo 2006: 437-8, nº 976.

[2] Esta fuente sitúa erróneamente el llamamiento de Muḥammad I al ejército meriní cuando la revuelta mudéjar ya se había iniciado.

[3] Trad. Huici Miranda

[4] Ibn ʽIḏārī, Bayān, II, trad. Huici Miranda: 285.

[5] Ḏajīra: 100-101; Ibn ʽIḏārī, Bayān, II, trad. Huici Miranda: 275 y 288. La cantiga 345 de Alfonso X también cuenta entre los versos 16 y 19, que el rey Sabio dous anos avia, ou ben tres, que gaannara / Xerez e que o castelo de chrischâos ben pobrara ; / pero a vila dos mouros como y estava leixara, / e avêo que por esto a ouvera pois a perder. Cf. Montoya Martínez, J. 1983. “Las Cantigas de Santa María fuente para la historia gaditana”. En Cádiz en el siglo XIII. Cádiz. Universidad de Cádiz: 173-205.

Para saber más: 

sábado, 28 de junio de 2025

Unos versos inéditos de Abū Isḥāq al-Fihrī al-Būnasī/al-Būnisī al-Šarīšī


Ilustración de las Maqāmāt de al-arīrīBNF, ms. 6094, f. 75v.

Ibrāhīm b. ‛Alī b. Aḥmad b. ‛Alī, Abū Isḥāq al-Fihrī al-Būnasī/al-Būnisī al-Šarīšī fue un hombre de letras originario de la alquería jerezana de Būnas o Būnis, que se ha querido identificar con Bornos o con el barrio de pescadores de Bonanza, en Sanlúcar de Barrameda. De todas formas, es también posible que el topónimo tenga algo que ver con el actual cortijo de Pruna o San José de Prunas, al noroeste de Jerez. Fue discípulo de Ibn ‛Abd al-Mu’min al-Šarīšī, ‛Alī b. Hišām b. ‛Umar b. Ḥaŷŷāŷ -del que elaboró su repertorio de maestros o Barnāmaŷ- y de Ibn Giyāṯ. De los que aprendieron con él conocemos a Ibn Yarbū‛, de origen jerezano. Escribió varias obras, entre ellas su destacado Kanz al-kuttāb wa-muntajab al-ādāb (Tesoro de los secretarios y selección literaria). Al-Būnasī nació el año 573 (=1178-9) y murió el 651 (=1253-4), y de él nos han llegado estos versos sobre la galantería [metro al-basīṭ, rima -ru]:

"¡Cuántas noches pasé sediento, afligido,
rehén de la tristeza, al tiempo de la tenebrosa oscuridad de la noche!
Entre dos contrarios: un fuego llameante
y las lágrimas de mis ojos derramándose con el agua del deseo.
Entre dos mejillas que, ¡por Dios!, no se unieron,
sino por asuntos importantes que no se pueden despreciar.
Hasta que vi huyendo al oscuro corcel de la noche
y al gris de la aurora llegar con el amanecer."

(Traducción de Miguel Ángel Borrego Soto)


Más datos sobre ese autor y obra en:

FÓRNEAS Y RODRÍGUEZ (2002), “Al-Burnūsī”, DAOA, I, 138-9 (n.º 68); y (2004), BA, I, pp. 288-292 (n.º 87); BORREGO SOTO (2005), “Al-Pūnasī. Kanz al-kuttāb wa-muntakhab al-ādāb”, Al-Qantara, 26/2, 513–5; y BORREGO SOTO (2016), “Bunasi Abu Ishaq Ibrahim, The Encyclopaedia of Islam, third edition, part. 2016-2, pp. 51-52.

viernes, 27 de junio de 2025

La ciudad de Lakka (Gibalbín) en al-Rāzī y al-Idrīsī

En su obra geográfica titulada Rawḍ al-Miʽtār (p. 511), el polígrafo de origen andalusí Al-Ḥimyarī (s. XIV) aporta un dato muy interesante: el de la existencia de una ciudad en la cora de Šiḏūna llamada Lakka (nombre mal transcrito como Lakko en las ediciones de esta obra), que se describe de la siguiente manera:

Lakka es una ciudad en Al-Ándalus, de la cora de Šiḏūna, antigua, construida por el césar Uktabyān (César Augusto, 63 a. C.-14 d. C.), y cuyos restos aún subsisten, con una de las mejores fuentes termales de Al-Ándalus. Junto al río de esta Lakka, se enfrentaron Rodrigo, rey de Al-Ándalus, con su ejército de no árabes, y Tāriq b. Ziyād, con el suyo de musulmanes, el domingo 28 de ramadán del año 92 de la hégira. La batalla entre ellos se prolongó hasta el domingo siguiente, cinco de šawwāl. Dios derrotó entonces a los paganos, de los que muchísimos fueron muertos, permaneciendo sus huesos en aquella tierra durante mucho tiempo. Los musulmanes se apoderaron de lo más valioso de su ejército, y reconocían a los nobles y reyes extranjeros por los anillos de oro que encontraban en sus dedos, a los de rango inferior por los de plata, y a sus siervos por los de bronce.”


Restos de un edificio de época romana en el yacimiento de Gibalbín. Fotografía: Agustín García Lázaro


A unos veinte kilómetros al norte de la actual Jerez de la Frontera, y dentro de su término municipal, se alza la sierra de Gibalbín, una estribación montañosa de algo más de cuatrocientos metros sobre el nivel del mar, que alberga un yacimiento arqueológico, aún por excavar, con importantes restos de una urbe romana de época imperial de gran envergadura y nombre desconocido. Desde antiguo, el sitio, enclavado en una elevación de 341 m, llamó la atención de propios y extraños, y pronto los eruditos jerezanos lo incluyeron en las descripciones del territorio circundante de Jerez. Así, leemos en Juan de Espínola, poeta e historiador del siglo XVII, que

“quatro leguas de Xerez á la parte del Settentrión está un eminente sitio […] hoy Gibralbin […] cuyas grandiosas ruynas aun oy descubren en muros, baños y anfiteatros algo de lo mucho que fue […].”

En esa misma centuria, Esteban Rallón afirmaba también que,

“por los años de 1615 y los siguientes, hubo noticias participadas de África que en este sitio había un gran tesoro; y con su codicia se comenzó a cavar en él; y fueron tantas y tan extraordinarias las piedras, adobes, ladrillos y rejas antiguas que se sacaron, los cimientos, paredes y bóvedas que se descubrieron, que califican haber sido ruinas de edificios insignes y de población principalísima […]”


La Crónica del moro Rasis (s. X) ya nos habla de que en la demarcación de Xerez Sadunia había un monte

“que a nombre Montebur (Montebir en la versión de la Crónica de 1344); et yaze este monte sobre Saduña (o Saduna/Suduña, y Xudula en la Crónica de 1344) et sobre Terretarne (Tereçune en la Crónica de 1344); et este monte ha fuentes que echan muchas aguas et a y muchos buenos prados et mui buenos. Et dende nasce un rio que llaman Let (Les/Lea en alguna copia); et yazen en él mui buenos molinos […] e en la su majada [de Saduña] yaze una villa a que llaman Santa. E en Santa aportaron vnas gentes a que los cristianos llaman erejes, e estos fizieron en España grant daño, mas en cabo todos y murieron.”

Curiosamente, en la versión de la Crónica de 1344, a esa ciudad de Santa se la denomina Saca, lo que nos hace pensar que al-Rāzī se está refiriendo realmente a Lakka, y que el copista castellano del siglo XV reprodujo mal su nombre al confundir la -l inicial del manuscrito original portugués del XIV con la -s llamada de bastón, ya que ambas formas se asemejan mucho. Además, el episodio parece aludir a la conquista de Hispania por los musulmanes (vnas gentes a que los cristianos llaman erejes) y, probablemente, a la batalla contra las tropas de Rodrigo, que allí en Saca (=¿Lakka?) fueron derrotadas (mas en cabo todos y murieron). También al-Idrīsī en la Nuzha (pp. 26-27), sitúa a la población de Bakka entre Arcos y Jerez, algo que también nos lleva a suponer que, en ese pasaje, al-Idrīsī se está refiriendo, en realidad, a Lakka, y haya un error en la transcripción de la letra inicial (b-, bā᾽ por l-, lām), fácilmente confundible en un manuscrito árabe.

A partir de la descripción de al-Rāzī, en 1741, el también jerezano Gerónimo de Estrada reflexionaba sobre ellas afirmando que 

Montebur es Montevir, ó Gibelvir”, y “Montebur no es […] sino Gibelvín, que hoy decimos, y coincide mucho con Gibelbur, que es en Razis su monte señalado; a lo que conduce otra lección […] y es Montebir que es Gibervir en el idioma árabe […]. Tengo otra confirmación de este discurso o conjetura (y es digna de atención) en esta misma versión toledana, que vio nuestro Roa, y consta en el lugar citado. Se dice que este Montebir (que como diximos es la misma voz que Gibelvir) yace sobre Xudula. Hoy vemos a las vertientes de Gibelvir a la parte del camino de Xerez a Arcos el pago de los Cortijos de Xédula mayor y menor”.

Varios folios más adelante, este mismo autor repetirá lo dicho por sus paisanos años atrás, afirmando que

“la hermosa altura que llamamos hoy sierra de Givelbir, y Razis Gibelvir o Gibelbur […] según Gamaza es su situación aquí proporcionada para el dominio y señorío de este país turdetano y como su corazón: los vestigios y ruinas que aquí se registran de gran ciudad, de muros, de portadas, baños, sepulcros y catacumbas dice Rallón (y en él Spínola) que visitó el lugar, que no lo dejarán de duda a quien lo registrare y apeare. El año de mil seiscientos quince con noticia de gran tesoro, rebolvió la codicia allí los senos de la tierra; y quanto se encontró fueron sólo los dichos vestigios, que voceaban ser sepulcro de ciudad principalísima. Como ciento y veinte años después (tan vividora en esta hambre de oro), poco después de 1730, se renovó este conato por algunos genios deseosos de ser ricos, a costa de poco trabajo, sin respeto a justificadas contrarias leyes, de los que vimos resultar de grave daño y escándalo.”

En los años setenta del pasado siglo XX, una excursión arqueológica tomó nota de todo lo que, por entonces, aún seguía viéndose de aquellas ruinas. Se documentaron y plasmaron sobre plano restos de un edificio destinado a termas, parte del graderío de un teatro, un posible arco conmemorativo, estructuras que se corresponden con un templo, una gran cisterna o alberca de recreo, muros de edificios defensivos e, incluso, una necrópolis con ajuares de época hispano-visigoda (s. VII), y en lo alto de la sierra, una pequeña fortaleza con murallas y torres en tapial de origen andalusí. Como apuntan Rosalía González y Diego Ruiz Mata, a pesar de que se atestigua en el lugar la presencia de cerámica ibérica pintada y cerámica bruñida, “su momento de máximo esplendor debió de corresponder a época romana”. De ese período son las estructuras visibles descritas, así como las inscripciones de carácter funerario halladas a fines del siglo XIX, una cabeza en mármol blanco de mujer, o una escultura representando al dios Pan.

De Gibalbín nacen también arroyos y otros caudales de agua, siendo el más importante de ellos el Salado de Caulina, también denominado arroyo Badalejo o Albadalejo (fig. 4), el mayor afluente del Guadalete tras el Guadalcacín o Majaceite. Acerca de este arroyo, el mencionado Juan de Espínola afirma lo siguiente: “[…] dice el maestro [Pedro de] Medina que los moros llamaron á nuestro río Baladac, pero yo juzgo que no lo dieron sino al grande arroyo que entra en él cerca de Cartuja llebando las aguas de la famosa fuente del Baladejo”. Sobre este particular, también Gerónimo Estrada repetía, una centuria después, que “el río que aquí nace es Baladexo, y salado llamado Badalac en que duran hoy los molinos que dize Razis. El riachuelo que nace en Gibelvir se dice Baladexo, que es en dialecto árabe Guadalexo, ó Guadaleque, oy suma como si dixéramos en diminutivo Guadaletejo”; y más adelante hace hincapié en que de “Gibelvín nace el riachuelo, o salado, que cree un erudito que es Lec o Badalac de los árabes, y entra en Guadalete. El salado es Vadalejo o Guadalejo, es decir, chico Vadalec ó Guadalec”.

Cauce del Arroyo del Salado de Caulina (Badalac, Badalejo) (T.M. de Jerez de la Fra.) desde su nacimiento (Gibalbín) hasta su desembocadura en el Guadalete con los yacimientos arqueológicos principales (Prehistoria Medieval), en Raquel Martínez Romero, 2021

Hace apenas unos años, el investigador Alberto Cuadrado Román, en un artículo titulado “Los canales de Jerez”, aportaba un interesante plano del entorno de la ciudad de Jerez elaborado en el siglo XVIII por el citado erudito local Bartolomé Gutiérrez, en el que este arroyo Badalejo aparece con la leyenda: “Río y puentes del Badalac”. Según Cuadrado Román, “existe una evolución del topónimo Badalac a Badalejo, en la que la palabra Badalac tiene su origen en el árabe wādī y el vocablo “lac”, de la raíz latina lacus (lago)”. Para este autor, por tanto, Badalac era el wādī Lakka de las fuentes árabes, “el río del lago” que, según el propio Cuadrado, no era sino un antiguo estero que supuestamente unía el paleoestuario del Guadalete con un golfo marino que ocupaba en la antigüedad toda la zona de los llanos de Caulina. Este pequeño golfo, afirma este mismo investigador, se fue colmatando con el paso de los siglos para convertirse en una zona lacustre y pantanosa ya en época árabe, el wādī Lakk (sic).


Fragmento y leyenda del mapa de Bartolomé Gutiérrez incluido en su Reflexión sobre la opinión admitida por el M. R. P. Mro. Fr. Enrique Flórez, que niega la identidad de Asta con Xerez de la Frontera, 1754


Creemos con Alberto Cuadrado que, en efecto, el nombre de este arroyo Badalac se corresponde con el wādī Lakka que mencionan los relatos de la conquista islámica de Hispania, pues conserva fosilizada su primitiva nomenclatura, o la del río principal en el que desemboca, el Guadalete. No obstante, y a diferencia de lo propuesto por Cuadrado Román, pensamos que este hidrónimo Badalac deriva directamente del nombre de la ciudad de Lakka, enclave que identificamos con los restos arqueológicos de la Sierra de Gibalbín, donde nace el Badalac del mapa de Bartolomé Gutiérrez, o Salado de Caulina, y en la que hasta hace apenas un siglo eran famosas sus aguas termales, como las que nombra al-Ḥimyarī, en torno a las cuales aún se aprecian las ruinas del balneario que frecuentaban los lugareños a finales del siglo XIX y principios del XX. Es cierto que, a pesar de que la descripción que este autor hace de Lakka se ajusta perfectamente a lo que vemos en Gibalbín, no existe aún una evidencia epigráfica o documental que nos permita afirmar, o rechazar, con rotundidad, la hipótesis de que esas ruinas se corresponden con aquélla.

La investigación de las últimas décadas se ha esforzado en darle nombre a la ciudad que se alzaba en aquel solar. Así, mientras Genaro Chic cree que fue Cappa, citada por Plinio entre las ciudades estipendiarias del Conventus Gaditanus, para Ramón Corzo, “la gran ciudad del cerro de Gibalbín pudo ser el enclave tartésico originario de Hasta, que cedería importancia en época romana al puerto comercial situado en los esteros”, y que cambiaría su nombre por el de Regina, también mencionada en la obra de Plinio dentro de la jurisdicción de Gades. Sin embargo, a raíz de los supuestos hallazgos en la zona de monedas del siglo I a. C. con la leyenda Ceri(t), algunos autores se inclinan por situar allí a la ciudad de ese nombre, topónimo del que podría derivarse el de la Šarīš andalusí y la posterior Xerez cristiana y actual Jerez. Del mismo modo, el descubrimiento de un fragmento de bronce con la inscripción MVN.\[...] llevó también a sostener que aquella urbe se corresponde con una de las dos Vrgia mencionadas por Plinio y otras fuentes griegas y latinas en el tramo de la vía Augusta entre Gades (Cádiz) e Hispalis (Sevilla).

Ninguna de estas hipótesis es concluyente, y todo apunta a que las ruinas de Gibalbín pertenecen a la antigua ciudad de Lakka descrita por al-Ḥimyarī. Ésta es la única referencia clara que existe sobre esta urbe en la documentación escrita, si es que, como hemos visto, la Bakka de uno de los pasajes de la Nuzha de al-Idrīsī o la Saca de al-Rāzī no lo son, además de los supuestos tituli picti de las ánforas Dressel 20 del monte Testaccio que, no obstante, y como hemos señalado, siguen generando muchas dudas. Al hilo de este particular, es preciso añadir que la sierra de Gibalbín se conectaba al río Guadalquivir mediante un antiguo estero en el que se atestigua la presencia de alfares romanos que, tal vez, fueran productores de los citados recipientes oleicos con la inscripción Lacca. Lo seguro es que nos encontramos con un topónimo cuyo origen debe rastrearse en la raíz indoeuropea *lak-: gr. λάκκος “cisterna”, lat. lacus, con el significado de “agua remansada, estanque, lago, mar” que, según Francisco Villar, en la onomástica meridional-ibero-pirenaica ha dejado los nombres de Lacilbula y Lacipo en Málaga, Lacimurga en Badajoz y Lacca (Cádiz), por ejemplo. Correa Rodríguez señala que Lacca es un topónimo latinizado que se continúa en el árabe Lakka, y que el hidrónimo Guadalete (<ár. Wādī Lakka) permite pensar que también el río así llamado se nombraba Lacca en la antigüedad.

El nombre se debe bien a que se alzaba sobre los esteros de las amplias desembocaduras del Guadalete y del Guadalquivir, cuya apariencia en la Antigüedad era la de grandes lagos (Avieno, por ejemplo, llama Lacus Ligustinus a la enorme entrada en el mar del río Betis en su poema Ora Maritima); o bien a su directa relación con el agua. Ya nos hemos referido a la enorme cantidad de torrentes y arroyos que nacen de su entorno, y a los restos de enormes construcciones relacionadas con termas, albercas y cisternas que en ella se levantan. Ese aspecto de lago o laguna lo seguiría teniendo toda esa región en el siglo VIII y, tal vez por ello, algún texto habla de que las tropas se encontraron en una al-buḥayra, “lago, laguna, albufera”, probablemente sin relación con el topónimo del mismo nombre que se localiza en la comarca de La Janda y con el que se confundieron.

El topónimo Gibalbín, con el que se conoce secularmente al monte en el que Lakka se alzaba, proviene del árabe ŷabal al-bi’r, el “monte del pozo”, posible alusión a esas construcciones, o traducción directa del antiguo nombre de la preeminente ciudad, similar al del río sobre el que se alzaba, el wādī Lakka de los árabes, denominación que ha quedado directamente fosilizada en uno de sus principales afluentes, el Badalejo, que atraviesa los Llanos de Caulina al nordeste de Jerez, y en cuyas orillas pudo darse la famosa batalla entre Rodrigo y Tāriq del verano de 711. Cobra entonces mayor sentido nuestra hipótesis de localizar la ciudad de Šiḏūna en el yacimiento de Doña Blanca en la Sierra de San Cristóbal, pues cuentan las crónicas que los musulmanes la tomaron tras la victoria ante los cristianos, o inmediatamente después de la de Istiŷa, la primera en conquistarse en al-Andalus, afirman, topónimo este último referido a Écija, pero que en algunos textos parece aludir, realmente, a Asṭa, la antigua Hasta Regia, al oeste de Gibalbín y los Llanos de Caulina.


Ubicación de la sierra de Gibalbín y el Albadalejo en la Antigüedad, según Gavala, 1992