miércoles, 15 de octubre de 2025

Ibn Ḥaŷŷāŷ al-Šarīšī y su almona de jabón

Abū l-Ḥasan ʿAlī b. Hišām [b. ʿUmar]b. Ḥaŷŷāŷ b. al-Ṣaʿb al-Lajmī al-Išbīlī al-Šarīšī (Jerez, ¿? - Jerez, 19 o 20 de rabīʿ II de 616=3-4 u 11-12 de julio de 1219), fue un maestro, almocrí, jatib e imam de la mezquita aljama de Šarīš (Jerez de la Frontera).


Aunque Ibn al-Abbār e Ibn ʿAbd al-Malik señalan que sus antepasados procedían de Sevilla —motivo por el que ambos añaden a su genealogía la nisba al-Išbīlī—, Ibn Hišām y su familia eran naturales de Jerez (Šarīš). De sus maestros en al-Andalus, probablemente en su ciudad natal, destacan Abū l-ʿAbbās Aḥmad Ibn al-Yatīm (Ibn) al-Balansī (m. 581=1185-6), Abū Bakr Ibn Fahlūn al-Saksakī (m. 591=1195), a quien frecuentó de continuo, Abū Bakr Muḥammad b. Mālik b. Yūsuf al-Zuhrī (m. 592 o 593=1195-6 o 1196-7) y Abū ʿAbd Allāh Ibn Ḥabāsa al-Šarīšī (m. finales del XII), célebre alfaquí jerezano del siglo XII que enseñaba en su propia mezquita, y con quien se encontró también en Alejandría.

Siendo muy joven, en el año 568 (=1172-73) emprendió un largo viaje a Oriente para realizar la peregrinación (ḥaŷŷ) y adquirir conocimiento. De este modo, en La Meca escuchó a algunos de sus mejores maestros, entre ellos a Ḍiyāʾ al-Dīn Ibn Sukayna, al predicador Abū ʿAlī ʿUmar b. Ibrāhīm y al sufí Abū Muḥammad ʿAbd al-Raḥmān b. Ismāʿīl al-Nīsābūrī. Tras la peregrinación se estableció un tiempo en Egipto, donde tuvo como maestro al andalusí Abū Yaḥyà al-Yasaʿ al-Ŷayyānī (m. 575=1179), no sabemos si en El Cairo o en Alejandría. Con él, según al-Ruʿaynī, estudió el Kitāb al-Taysīr fī l-qirāʾāt al-sabʿ (El libro de la facilitación en las siete lecturas), obra fundamental sobre las lecturas coránicas compuesta por el también andalusí Abū ʿAmr ʿUṯmān b. Saʿīd al-Dānī (m. 444=1053). A través de al-Yasaʿ recibió además una cadena de recitación que se remontaba, por vía de sucesivos maestros, hasta Abū ʿAmr b. al-ʿAlāʾ al-Baṣrī (m. 154=770), uno de los siete grandes lectores canónicos, lo que situaba su formación dentro de la más prestigiosa tradición andalusí en materia de qirāʾāt. En Alejandría tuvo como maestros a su paisano el mencionado alfaquí jerezano Abū ʿAbd Allāh Ibn Ḥabāsa, a Abū ʿAlī Ḥasan b. Muḥammad b. al-Ḥasan b. al-Rasal, a Abū Ṭāhir Ibn ʿAwf y al célebre Abū Ṭāhir al-Salafī, a quien frecuentó entre 570 (=1174-5) y el año de la muerte de este último (576=1180), llegando a asistir a su funeral. También allí estudió durante cinco años con Abū Muḥammad ʿAbd al-Muŷīd b. Abī l-Ḥasan Šaddād al-Tamīmī, con quien leyó, entre otros, el Kitāb al-Waŷīz fī l-qirāʾāt al-ṯamān (Compendio de las ocho lecturas) de Abū ʿAlī al-Ḥasan b. ʿAlī al-Ahwāzī (m. 446=1054–5), y con quien aprendió las siete lecturas canónicas (al-sabʿ) y otras. De este maestro recibió una cadena de transmisión que remontaba al jerife mequí Abū l-Futūḥ Nāṣir b. al-Ḥasan b. Ismāʿīl, descendiente del cuarto califa rāšidūn ʿAlī b. Abī Ṭālib (m. 40=661)), lo que le vinculaba con una genealogía espiritual y docente de enorme prestigio.

Con estos años de estudio, afirma al-Ruʿaynī que Abū l-Ḥasan Ibn Hišām aprendió a recitar el Corán según las siete lecturas canónicas (al-qirāʾāt al-sabʿ), y también según las tres complementarias de Yaʿqūb al-Ḥaḍramī, Abū Ŷaʿfar Yazīd b. al-Qaʿqāʿ y Jalaf b. Hišām al-Bazzār. Además, llegó a dominar otras variantes como las de Abū ʿAbd Allāh Muḥammad b. ʿAbd al-Raḥmān b. Muḥṣin y Abū Muḥammad Sulaymān b. Mihrān al-Aʿmaš al-Kūfī. Todas estas modalidades las aprendió tanto de manera individual (ifrādan) como combinada (jamʿan), llegando a reunir las diez lecturas completas (al-qirāʾāt al-ʿašr) en una sola recitación (jatma wāḥida).

En su camino de regreso a al-Andalus se detuvo en Biŷāya (Bugía, Argelia), donde estudió con Abū Muḥammad ʿAbd al-Ḥaqq b. ʿAbd al-Raḥmān al-Azdī Ibn al-Jarrāṭ durante aproximadamente cinco meses; y del renombrado gramático y calígrafo sevillano Abū Bakr Muḥammad b. Aḥmad b. Ṭāhir al-Anṣārī (m. 580=1184-5), conocido como al-Jidabb (“el hombretón”), quien le otorgó licencia de transmisión de sus obras y lecturas. En Sabta (Ceuta) tomó las lecciones de Abū Muḥammad b. ʿUbayd Allāh, de quien transmitió con abundancia.

Tuvo una extensa nómina de discípulos, entre los que destacan el jerezano Abū Isḥāq al-Būnasī (m. 651=1235), su discípulo más cercano y recopilador y redactor de su Barnāmaŷ, a quien concedió iŷāza, y el sevillano Abū l-Ḥasan al-Ruʿaynī (m. 666=1268), que también recibió de él iŷāza. 

Las fuentes lo describen como almocrí eminente, íntegro (ʿadl), fiable (ṯiqa), imām en taŷwīd y gran conocedor de las discrepancias de los qurraʾ. Afirma al-Ru῾aynī que el propio ʿAlī b. Hišām le escribió: “Las lecturas coránicas son mi especialidad; creo que nadie me aventaja en ellas.” Uno de sus discípulos jerezanos, nos relata también al-Ru῾aynī aunque sin precisar su nombre, lo recordaba también con veneración: “Nuestro maestro Abū l-Ḥasan era un gran ḥāfiẓ, un conocedor profundo y de gran memoria.” Su reputación se debía a su extraordinario dominio del Corán, del que memorizaba con precisión las letras, las variantes gráficas y los códices. Dominaba las variantes de lectura (ḥurūf al-ḫilāf), campo en el que sobresalió como autoridad indiscutible, y en el que nadie —dicen al-Ruʿaynī e Ibn ʿAbd al-Malik— podía igualarlo ni acercarse a su nivel. De hecho, tras su vuelta de Oriente se convirtió en la máxima autoridad de Šarīš en lecturas y ḥadīṯ, disciplinas de las que se beneficiaron sus discípulos, tanto sus paisanos como los llegados de fuera, y fue nombrado imán y jatib de la mezquita aljama de Jerez.

Según Ibn Abd al-Malik, la fecha exacta de su óbito tuvo lugar “cuando quedaban diez días de rabīʿ II de 616”, es decir, el 19 o 20 de ese mes, equivalentes al 3-4 u 11-12 de julio de 1219, según los diferentes cómputos (tabular u observacional). Ibn al Abbār coincide en señalar mes y año, no así el día, e Ibn al-Zubayr es el único que difiere al situar la muerte de Ibn Hisham en el año 617 (=1220-21), declarando haber recibido noticia de nuestro biografiado a través del médico jerezano Abū Zayd ʿAbd al-Raḥmān al-Fihrī Ibn al-῾Aššāb al-Ṭabīb (m. 650=1252-3).

La almona de jabón de Ibn Ḥaŷŷāŷ y la mezquita aljama

Afirma el mismo Ibn Abd al-Malik que la forma de vida de Ibn Ḥaŷŷāŷ provenía “de un comercio de jabón que él mismo administraba” (wa-kānat maʿīšatuhu min tiŷāra fī l-ṣābūn). Este detalle lo presenta como gestor de una jabonería o almona de jabón. Aunque se formula como actividad personal, es probable que estuviera vinculada a los habices (awqāf) de la mezquita aljama, pues era práctica habitual que los bienes adscritos a las grandes mezquitas —baños, tiendas, almonas— sirvieran para sufragar los estipendios de imames y juṭabāʾEl verbo yudīruhā (“la hacía circular, la administraba”) indica una actividad económica regulada y lícita, no especulativa, vinculada a los bienes habices (awqāf) destinados al mantenimiento del templo. En al-Ándalus, las mezquitas mayores (ŷawāmiʿ) poseían bienes inmuebles —casas, huertos, molinos, talleres— cuyas ganancias sostenían el culto y a su personal religioso (imām, ḫaṭīb, muʾaḏḏin). Entre esos bienes figuraban a menudo las almonas (del árabe al-ṣābūn, jabón), fábricas o talleres de jabón que constituían una fuente estable de ingresos. 


La industria jabonera, basada en el aceite de oliva y la sosa vegetal (qilī), fue una de las más rentables del occidente andalusí, especialmente en Sevilla, Niebla, Murcia, Almería y Jerez, donde se documentan almonas junto a los baños públicos y aceñas fluviales. El caso de Šarīš encaja plenamente en ese modelo: la referencia de Ibn ʿAbd al-Malik permite suponer que el waqf del ŷāmiʿ jerezano poseía una almona cuyos beneficios se destinaban a la manutención del imán y a la conservación del edificio. No sería, pues, una actividad privada, sino una forma de explotación pía del patrimonio religioso, gestionada directamente por el propio Ibn Ḥaŷŷāŷ en su calidad de mutawallī (administrador del waqf)La mención del jabón revela, además, la vitalidad económica y artesanal de Šarīš en época almohade, donde la producción jabonera —estrechamente ligada al aceite local y al comercio con el litoral de Sidonia (Šiḏūna)— constituía un elemento esencial de la economía urbana.

Un recuerdo de estas almonas lo refleja el Libro del Repartimiento de Jere(ed. González Jiménez y González Gómez, 1980: 211), redactado tras la conquista cristiana de 1267. En la partida n.º 1582 se cita expresamente:

“[E] tor[namos] a [vna] casa que fue de Xabón que a por linderos, dela vna parte tiendas. Et dela otra parte casas de Gonçalo Pérez, alamín. Et delas dos partes las calles. [E]ntregámoslas a Pedro Johán, escriuano.” 

La mención, localizada en la collación de San Marcos, confirma la existencia de, al menos, una casa destinada a la fabricación de jabón en época islámica.

La tradición urbana jerezana conservó otro recuerdo: hasta el siglo XVII, un tramo de la actual calle Liebre se conocía como “la Jabonería”, precisamente por la almona que allí estuvo instalada (Muñoz y Gómez 1903: 145). Este testimonio toponímico muestra la pervivencia del oficio jabonero más allá de la Edad Media y refuerza la idea de que la producción de jabón en Jerez no fue un episodio aislado, sino un rasgo duradero de su economía urbana.

Fuentes: AL-ḎAHABĪ, Ta’rīj, 611-620, 309-10 (nº 395); IBN AL-ABBĀR, Takmila, ed. F. Codera (BAH, 6), 678 (nº 1891); IBN ʿABD AL-MALIK, Ḏayl, V, 416-19 (nº 708); IBN AL-ZUBAYR, Ṣila, IV, 133 (nº 274); AL-BŪNASĪ, Kanz, 81, 103; AL-RUʿAYNĪ, Barnāmaŷ, 24-6 (nº 9).

domingo, 12 de octubre de 2025

La mezquita de Ibn Ḥabāsa de Šarīš (Jerez de la Frontera)

La historia de las mezquitas jerezanas, como casi todo lo referente al entramado urbano de la Šarīš andalusí, debe partir de los datos que aporta el Libro del Repartimiento, redactado a partir de 1267 tras la conquista cristiana, y en el que se menciona la existencia de, al menos, veintiséis mezquitas, entre la aljama, la del alcázar, las principales posteriormente consagradas a San Dionisio, San Lucas, San Mateo, San Juan y San Marcos, y los oratorios menores o de barrio. De la mayoría no se conservan apenas testimonios arquitectónicos o arqueológicos, salvo de la del alcázar, totalmente en pie, y de la mezquita mayor, cuyos escasos restos afloran en la Casa del Abad de la jerezana plaza de la Encarnación (Borrego, Gutiérrez y López Barba, 2025; y López, 2024).


Aparte del mencionado Libro del Repartimiento, tan sólo un documento castellano, fechado el 23 de noviembre de 1267 (Borrego, 2015) alude expresamente a una mezquita jerezana, concretamente a la aljama: se trata de la copia certificada de una carta abierta de Alfonso X al abad y los canónigos de la ya iglesia mayor de San Salvador, en la que se señala:

       “[…] tomamos de los moros esta nuestra uilla de Xerez Sidonia, e de su mezquita fezimos donación a Sant Salvador […].”

Este breve registro marcaba el tránsito simbólico entre dos mundos, el islámico y el cristiano, y dejaba definitivamente sin voz a las otras muchas mezquitas (masāŷid) que tejían la vida espiritual e intelectual de la medina.

Se podrá argüir que también la Cantiga de Santa María n.º 345 de Alfonso X, titulada «Como Sancta Maria mostrou en uison como auia gran pesar porque entraron mouros a su capela de Xerex», alude de forma indirecta a otro oratorio: el del alcázar jerezano. En efecto, el texto evoca el asalto a la fortaleza por parte de los musulmanes de la ciudad, auxiliados por nazaríes y meriníes, en octubre de 1264, durante la revuelta mudéjar, cuando incendiaron el antiguo templo islámico y la imagen de la Virgen. Desde 1261, la ciudad y su alcázar habían pasado a manos cristianas y, según se desprende de los versos de la cantiga, el oratorio del castillo había sido convertido entonces en capilla de Santa María. Los versos dicen lo siguiente:

et britaron a capela
da que e noss amparança
et fillaron a omagen
feita a ssa semellança
et foron pola quemaren
mais sol nunca pod’arder.

Frente a ese silencio casi absoluto, las fuentes árabes nos ofrecen dos preciosos destellos acerca de las mezquitas de barrio de nuestra ciudad. Uno de ellos aparece en la biografía del sabio jerezano Abū Bakr Ibn al-Fajjār en la Iḥāṭa (III, 91-5) de Ibn al Jaṭīb. En ella se relata cómo nuestro autor, siendo apenas un adolescente, salía un día de la lección de su maestro en Jerez acompañado de un grupo de estudiantes, cuando, desde la puerta de la mezquita, vieron a un hermoso muchacho que trabajaba el cuero en un taller de talabartero. Sus compañeros, burlones, le retaron a improvisar unos versos inspirados en el joven, y él respondió con esta breve qaṣīda de refinado erotismo:

A menudo el que invoca al amor es disculpado
si la belleza de su radiante figura agrada.
La belleza ha tejido en sus mejillas sutiles ornamentos,
como los que sus hábiles manos graban en el cuero de las monturas.

El episodio —delicado, luminoso, profundamente andalusí— nos devuelve la imagen de una Jerez viva, donde la enseñanza, la poesía y la belleza convivían a las puertas mismas de aquella mezquita, una de las tantas que hubo en Jerez, y de la que salía esa ḥalqa de estudiantes después de recibir su lección. Tal vez ese oratorio fuera uno de los se levantaba en alguna calle próxima al centro espiritual de la medina, entre el Alcázar y la posterior collación de San Salvador, precisamente el barrio junto al que se instalaban las tenerías de la ciudad y los oficios relacionados con ellas.

La otra referencia la encontramos en la biografía del alfaquí jerezano Muḥammad b. ʿAbd Allāh b. Ḥabāsa al-Azdī al-Šarīšī, quien, según Ibn al-Abbār, enseñaba y transmitía ḥadices en su propia mezquita. A través de este detalle, aparentemente menor, vislumbramos la existencia en la ciudad de una de sus mezquitas privadas o de barrio, conocida sin duda por el nombre de su regente: Masŷid Ibn Ḥabāsa. En ella se reunían los discípulos para escuchar sus lecciones y participar de un ambiente erudito que unía el rigor de la ciencia religiosa con la vida cotidiana de la ciudad.

Ninguna de las semblanzas de Ibn Ḥabāsa aporta datos precisos sobre las fechas de su nacimiento y muerte, y únicamente se consigna que era natural de Šarīš (Jerez de la Frontera). Sin embargo, por los nombres de alguno de sus maestros orientales y su relación con el almocrí, tradicionista, literato, gramático y lingüista fasí Abū Bakr Ibn Jayr (m. 575=1179), célebre por su repertorio bibliográfico (Fahraša), cabe deducir que debió de nacer en la primera mitad del XII y fallecer a finales de esa misma centuria. El nombre completo de nuestro biografiado nos lo proporciona Ibn ʿAbd al-Malik, quien afirma haber visto su genealogía escrita del puño y letra del propio Ibn Ḥabāsa, y que su kunya más común era la de Abū ʿAbd Allāh.

Es también Ibn ῾Abd al-Malik quien nos da el nombre de dos de los maestros de Ibn Ḥabāsa en Jerez: un tal Abū ʿAbd Allāh Ibn Jalīl, a quien no hemos identificado, y su padre, el también jerezano Abū Muḥammad ‛Abd Allāh b. Muḥammad b. Ḥabāsa al-Azdī, muftí y almocrí, quien también fue maestro, entre otros, del gramático Abū l-‛Abbās al-Šarīšī (m. 619=1223), autor del más afamado comentario de las Maqāmāt de al-Ḥarīrī.

Gracias a sus biógrafos sabemos que Ibn Ḥabāsa viajó a Oriente y cumplió con la peregrinación. Sólo tenemos constancia de su aprendizaje en Alejandría donde tuvo como maestros a Abū l-Ḥusayn Yaḥyā b. Abī ʿAbd Allāh al-Rāzī, a Abū Ṭālib al-Tanūjī, al famoso tradicionista Abū l-Ṭāhir al-Silafī (m. 576=1180), a Abū l-Ṭāhir Ibn ʿAwf, a Abū ʿAbd Allāh al-Jaḍramī, al almocrí Abū ʿAbd Allāh Ibn ʿAlī al-Raḥabī, a Abū l-Qāsim ʿAbd al-Raḥmān b. Jalaf b. Muḥammad b. ʿAṭiyya al-Tamīmī Ibn Naṣrūn, el almúedano, y a Abū Muḥammad al-Dībāŷī.


De regreso a su ciudad natal, enseñó y transmitió en su propia mezquita, principalmente, los Arbaʿīn (los Cuarenta [hadices]) de su maestro en Alejandría Abū l-Ṭāhir al-Silafī, obra que, según Ibn Abd al-Malik, cotejó con Abū Bakr b. Jayr, no sabemos si en Sevilla o en la propia Jerez. Entre los discípulos de Ibn Ḥabāsa conocemos a Abū l-Ḥasan Ibn Hišām al-Šarīšī (m. 616=1219-20), quien fuera jatib de la aljama jerezana y a quien encontró en Alejandría, a Abū Muḥammad Ibn Yūnus al-Gāfiqī, a ῾Alī b. Muḥammad al-Murādī, a Muḥammad b. ʿUṯmān y a Abū l-Jaṭṭāb Ibn al-Ŷumayl.

De su fallecimiento sólo sabemos que murió mártir, tal vez en alguna batalla conocida, como la de Alarcos (591=1195), las Navas de Tolosa (609=1212), o en alguna otra campaña contra los cristianos.

Fuentes

- IBN AL-ABBĀR, Takmila, II, 55-6 n.º 153.
- IBN 'ABD AL-MALIK, Ḏayl, VI, 310, n.º 802.
- IBN AL JAṬĪB, Iḥāṭa, III, 91-5.

Bibliografía

- BORREGO SOTO, Miguel Ángel. 2025. "Mezquita de Ibn Ḥabāsa (Masŷid Ibn Ḥabāsa)", en DIGUMAH. Diccionario geográfico, urbanístico y monumental de al-Andalus/Hispania [en línea]. Proyecto Al-Andalus Hispania, dir. Jorge Lirola Delgado. Disponible en: https://alandalushispania.es/monumento/1608.

- BORREGO SOTO, Miguel Ángel. 2015. “Nuevas ideas sobre la fecha de la conquista cristiana de Jerez y la redacción de El Libro del Repartimiento.” Revista de Historia de Jerez, n.º 18: 13–40. Disponible en: https://www.cehj.es/revista-de-historia-de-jerez/n%C3%BAmeros-anteriores-pdf/n%C3%BAmero-18-2015/.

- BORREGO SOTO, Miguel Ángel; GUTIÉRREZ LÓPEZ, José María; y LÓPEZ BARBA, Miguel Ángel. 2025. "La mezquita aljama de Šarīš (Jerez de la Frontera). La Casa del Abad", en CAH. Crónica de al-Andalus/Hispania [en línea]. Proyecto Al-Andalus Hispania, dir. Jorge Lirola Delgado. Disponible en: https://alandalushispania.es/articulo/119.

- LÓPEZ VARGAS-MACHUCA, Fernando. 2024. "La mezquita aljama de Sharis (Jerez de la Frontera): estado de la cuestión y reflexiones". Trocadero. Revista Del Departamento De Historia Moderna, Contemporánea, De América Y Del Arte, (36), 7–34. Universidad de Cádiz. Disponible en: https://revistas.uca.es/index.php/trocadero/article/view/10634.

viernes, 3 de octubre de 2025

De Gaza a Šarīš: al-Šāfiʿī y los sabios jerezanos

En estos días en que el nombre de Gaza aparece asociado a la guerra y la devastación, conviene recordar que esta ciudad palestina fue también cuna de sabiduría y faro espiritual del islam. Allí nació en el año 767 Muḥammad b. Idrīs b. al-ʿAbbās b. ʿUthmān b. al-Šāfiʿī al-Muṭṭalibī al-Qurashī, conocido para la posteridad como al-Šāfiʿī, fundador de una de las cuatro grandes escuelas jurídicas del islam sunní.

Su vida fue la de un viajero incansable en busca de conocimiento: creció en La Meca, aprendió en Medina de los discípulos de Mālik, debatió en Irak con los seguidores de Abū Ḥanīfa y acabó sus días en Egipto. Allí compuso su obra magna, el Kitāb al-Umm, que estableció la jerarquía de las fuentes del derecho islámico: Corán, sunna, consenso e analogía. Con él, el fiqh se convirtió en un auténtico sistema científico.

Pero la voz de al-Šāfiʿī no quedó confinada en Oriente. Cruzó el Mediterráneo y llegó a al-Andalus, donde juristas y alfaquíes leyeron y transmitieron sus textos junto con otras obras esenciales, como el Muwaṭṭaʾ de Mālik o el Tafsīr de al-Ṭabarī. Entre quienes hicieron ese viaje de ida y vuelta entre Occidente y Oriente se cuentan también sabios jerezanos y šiduníes.

Así, a mediados del siglo X, personajes como Abū Ayyūb Sulaymān al-Šiḏūnī y su hermano Abū ʿUmar Yūsuf emprendieron una larga travesía por Egipto, Yedda y La Meca. En su equipaje intelectual trajeron a Šarīš la enseñanza del Kitāb al-Umm de al-Šāfiʿī, que dieron a conocer en al-Andalus junto a la tradición malikí que habían estudiado con maestros locales como Abū Razīn.

Otros nombres jalonan este proceso de transmisión: Abū l-Manāzil Firās b. Aḥmad al-Majzūmī, activo hacia el 935, o Abū Muḥammad Ibn Abī ʿAwsaŷa, fallecido hacia el 987, testigos de un ambiente en el que las ciencias religiosas y el derecho islámico se cultivaban con intensidad en la Jerez andalusí. En los barrios de la ciudad, en torno a su mezquita aljama, se estudiaban las páginas de los grandes imames del islam, desde Mālik hasta al-Šāfiʿī.

De este modo, la voz que había nacido en Gaza encontró eco siglos después en Šarīš. No se trataba de un simple eco, sino de un diálogo fecundo: los juristas jerezanos integraron la herencia šāfiʿí en su propio marco, dominado por la escuela malikí, enriqueciendo así la vida intelectual y jurídica de la ciudad.

Hoy, cuando Gaza nos llega envuelta en dolor y ruina, recordar a al-Šāfiʿī es rescatar otra memoria: la de una tierra de sabios cuya huella alcanzó hasta las orillas del Guadalete. Y al evocar a los ulemas jerezanos que estudiaron su obra, reafirmamos que Šarīš fue parte de esa red mediterránea donde Oriente y Occidente compartieron textos, maestros y conocimiento.



lunes, 15 de septiembre de 2025

La belleza de la poesía andalusí... de Cádiz

En este 👉enlace podéis leer y descargar la versión digital de esta joya de Paco Fernández, aunque en baja resolución. Así que, aunque os hagáis con ella, no seáis tacaños y comprad el libro en papel para disfrutar por completo de la belleza de la poesía andalusí de Cádiz y de esta hermosísima edición (para los malpensados, no nos llevamos comisión ni nada por el estilo, sólo miramos por vuestra felicidad estética).

Cádiz tiene algo especial. La poesía está en la tierra. Y fluye hacia sus habitantes. Siempre fluyó. El pasado árabe de la región se queda corto comparado con todos los influjos anteriores que le llegaron. Y la poesía fluye, al igual que fluye ahora el cante, único, flamenco, puro. Algo que no se da en ninguna otra parte del mundo.

Mi abuelo nació en Cádiz, y éste es también un homenaje a él, a quien tanto recuerdo y echo de menos. Mezcló su sangre en Granada y luego en Almería, y aquí estoy yo, con una herencia que invita ser recordada, al rescate de poesías olvidadas, andalusíes en este caso. Nuestras, aunque pretendamos olvidarlo.

Cuna de creadores, Cádiz nos ha dado tanto arte a través de sus hijos e hijas que resultaría retórico e impropio llenar este texto sólo con nombres célebres. Porque lo que cuentan son los hechos, y el arte que se respira en toda la provincia es el alimento, tanto de quien lo regala, como de quien lo recibe. El arte es una necesidad, algo que se escapa de las manos de quien lleva esa chispa dentro, y ha de ser expresado del modo que sea. Y la poesía es un arte.

Referirse a Cádiz puede suponer caer en tópicos, los cuales prefiero evitar. Pero se sabe que sus gentes tienen facilidad para la rima, para la improvisación, para contar una y mil historias, y de eso trata la poesía. Y aquí, en este libro, se muestran versos de poetas olvidados que volverán a la vida a través de tu lectura. 

Paco Fernández


PRÓLOGO

En los márgenes del tiempo sobreviven voces que parecían condenadas al silencio. Ecos que, como el de una antigua oración, algún día resonaron cerca de las orillas de la Bahía, en los patios de los pueblos de la sierra o en las tierras de la Campiña de Jerez o el Campo de Gibraltar. Porque Sidonia y Algeciras, dos de las coras de al-Andalus que conforman hoy la actual provincia de Cádiz, no fueron ajenas a esa poderosa corriente cultural que, entre los siglos VIII y XV, hizo del árabe la lengua del conocimiento, del poder y de la poesía.

Esta obra que el lector tiene entre manos pone en valor una geografía poética más amplia, más compleja, más rica que la que suele reducirse a Sevilla, Córdoba o Granada. Porque también desde Šarīš Šiḏūna (Jerez de la Frontera), Al-Ŷazīra al-Jaḍrāʾ (Algeciras) y, en menor medida, otras poblaciones de aquellos viejos territorios, se alzaron voces que cantaron a la belleza, al saber, al amor, a la muerte, la embriaguez o la nostalgia del exilio.

Este volumen, cuidadosamente editado por Paco Fernández, forma parte de una labor mayor: la de devolver al presente la poesía árabe de al-Andalus. No desde el monumento literario inerte, sino desde la emoción recuperada, desde la palabra viva que vuelve a respirar cuando se pronuncia. En esta ocasión, el foco se posa sobre Cádiz, esa tierra donde confluyen el mar y la montaña, el Oriente y el Occidente, lo antiguo y lo aún por descubrir.

Aquí aparecen nombres que en su mayoría fueron arrancados de la memoria colectiva. 'Abbās ibn Nāṣiḥ al-Ŷazīrī, Abū l-Ḥakam al-Šiḏūnī, Ibn Lubbāl, Ibn Giyāṯ o Ibn Zarqūn son sólo algunos de los autores que componen esta antología. Algunos de ellos fueron eruditos de renombre, otros apenas nos dejaron unos pocos versos sueltos, pero todos ellos forman parte de ese inmenso tapiz poético que fue al-Andalus, y que hoy, más que nunca, necesita ser devuelto a quienes lo ignoraban como parte de su propia herencia.

No debe verse en esta obra un mero ejercicio de erudición o arqueología literaria. La poesía andalusí no es un objeto muerto. Es, por el contrario, una forma de mirar el mundo, una visión profundamente estética, sí, pero también ética. Porque en sus versos se filtra la búsqueda de la belleza, la afirmación del amor como impulso vital, la conciencia de la fugacidad del tiempo, la sabiduría que no se separa del gozo, la palabra que se pronuncia con la conciencia de estar creando algo imperecedero.

En este sentido, los poemas aquí recogidos tienen mucho que transmitir al lector contemporáneo. No sólo por su forma —tan depurada y delicada—, sino por su trasfondo humano. ¿Hay algo más actual que el dolor del amor no correspondido, que la alegría de una copa compartida o que la nostalgia de la juventud pasada? A través del árabe clásico, estos poetas nos siguen hablando con una voz clara, sin ruido, sin límites temporales.

La labor de traducción y contextualización realizada por los colaboradores de esta edición, así como la apuesta estética y editorial de Paco Fernández, merecen todo el reconocimiento. Porque no se trata únicamente de rescatar textos: se trata de ofrecerlos con el respeto y el cuidado que exige la verdadera belleza. De ahí la presencia de la caligrafía árabe en ilustraciones de un virtuosismo y una tipografía y maquetación pensadas como si cada página fuera un jardín literario.

Quienes amamos el legado de al-Andalus sabemos que no basta con estudiar su historia, sino que hay que devolverle su aliento. Y eso es lo que logra esta colección: insuflar vida a lo que fue, para que siga siendo.

Que este libro sirva, pues, no sólo para el deleite del lector curioso, sino también como humilde ofrenda a quienes, hace siglos, cantaron en árabe sobre esta misma tierra. Cádiz también fue patria de poetas árabes, y lo seguirá siendo cada vez que sus versos se lean, se reciten o se sueñen de nuevo.

Miguel Ángel Borrego Soto



miércoles, 10 de septiembre de 2025

Gādir y Assidōn: ¿una réplica de Tiro y Sidón en Occidente?

Ayer por la mañana estuve visitando el yacimiento de Doña Blanca, situado frente al Guadalete, a los pies de la sierra de San Cristóbal, entre Jerez y El Puerto de Santa María, con Fran Giles como anfitrión y la grata compañía de Juan José López Amador, amigos ambos que forman parte del proyecto y equipo de investigación que está excavando de nuevo allí. 

Aproveché para pasear detenidamente por todo el enclave y reafirmarme en la hipótesis que vengo defendiendo desde hace varios años: los restos de aquella ciudad deben de ser los de la Assidōn fenicia y, a la espera de una confirmación arqueológica completa, los de la posterior Šiḏūna andalusí. Los datos históricos y la toponimia apuntan en esa dirección: todo ese entorno se denomina, como sabemos, y además de modo secular, valle de Sidueña, nombre que recibe de la antigua población que allí se alzaba y que tuvo continuidad en la antigua alquería medieval y en el asentamiento rural actual. 

Para los que aún dudan, habría que aclarar en este punto que Medina Sidonia, ciudad a unos 40 km al sureste del yacimiento de Doña Blanca, y a la que siempre se ha relacionado con estos topónimos, Assidōn y Šiḏūna, tiene un nombre de cuño castellano, original del siglo XIII. Entre los andalusíes se la conocía como Madīnat Ibn al-Sālim, o incluso Madīna, a secas (así aparece en alguna de las versiones del mapa de al-Idrīsī). De esta población procede un sabio del siglo XII citado precisamente como al-Madīnī (“de Medina”), del que hablaré en otra entrada de este blog, una "Medina" a la que en la documentación castellana del siglo XIII se le añade el apellido Sidonia, pues pertenecía al territorio de ese nombre, para diferenciarla de otras poblaciones también llamadas de ese modo de otros puntos de la geografía andalusí y luego castellana. 

La nisba al-Šiḏūnī (“de Šiḏūna, de Sidonia”), por su parte, es propia de los pobladores y sabios de Šiḏūna de los siglos VIII al X que dejan de aparecer en los textos árabes a partir del XI, cuando esta población perdió su importancia, por causas y razones diversas, a favor de la cercana y emergente Šarīš. De hecho, en el siglo XII al-Zuhrī afirmaba que Šiḏūna era una población yerma y deshabitada, tal vez una pequeña alquería, que difícilmente podría corresponderse con la activa Madīnat Ibn al-Salīm que, en la misma centuria, menciona al-Idrīsī en la ruta por tierra entre Algeciras y Sevilla.

En cuanto al poblamiento fenicio de aquel lugar, ¿cabría plantearse la pregunta de si estamos ante los restos de una gran ciudad con identidad y nombre propio, Assidōn, frente a la insular Gadir, localizada enfrente, en el mar, siguiendo el modelo oriental entre Tiro y Sidón?  

En el Levante fenicio, Ṣūr (Tiro) Ṣīdōn (Sidón), efectivamente, funcionaban como una dupla de ciudades hermanas, con perfiles complementarios: Tiro, marcadamente insular y marítima; Sidón, artesanal, marítima también, pero con mayor anclaje continental. 

En la bahía gaditana parece replicarse ese patrón dual:

  • Gādir (en la isla: la actual Cádiz), emporio marítimo y religioso, con el célebre santuario de Melqart en la tradición clásica.
  • Assidōn (Doña Blanca y su entorno inmediato, al pie de la Sierra de San Cristóbal), ciudad continental, fortificada, con control del hinterland de la campiña y las rutas del Guadalete, sobre cuyo estuario poseía un puerto, articulando la conexión con las tierras tartésicas del interior.

El paralelismo llega hasta la onomástica: Ṣīdōn→ Assidōn Šiḏūna→ Sidueña, como si se hubiera querido trasplantar a Occidente la pareja oriental Tiro–Sidón.

El trazado de la muralla y las terrazas escalonadas de Doña Blanca, junto a su posición dominante sobre la bahía, no cuadran con un asentamiento menor. Todas estas evidencias, junto a la de la extensa necrópolis en la ladera de la sierra de San Cristóbal, hablan de una esmerada planificación urbana que parece demostrar que Assidōn no era un mero satélite de Gādir o, como afirman las últimas hipótesis, la propia Gādir que, como la vieja Tiro, distribuía su población entre la isla y el continente fronteroLa arqueología en curso —y la que está por venir, esperemos— tendrá la última palabra.

***

miércoles, 20 de agosto de 2025

Lápida funeraria meriní de Jerez

Durante las obras de restauración de la iglesia de San Dionisio de Jerez en 1965, apareció una lápida funeraria de mármol, que actualmente se conserva y expone en el Museo Arqueológico Municipal de Jerez (nº de inventario: IG 0837). Las características del arco de herradura que enmarca la inscripción, así como el estilo epigráfico, en letra cursiva, apuntan a un contexto cronológico en torno a la presencia meriní en la zona, entre 1264 y 1267, cuando Jerez (Šarīš) estuvo en manos de Abū Ṯābit ʽĀmir b. Idrīs b. ʽAbd al-Ḥaqq, caudillo y señor de la ciudad.

Lápida meriní hallada en la iglesia de San Dionisio de Jerez
y que se expone en el Museo Arqueológico Municipal de la ciudad
(n.º inventario: IG. 0837)

Estructura habitual de las lápidas meriníes

Las lápidas funerarias meriníes, especialmente las destinadas a notables, cadíes o miembros de la élite militar, suelen seguir una estructura relativamente fija que consiste en:

  1. Invocación inicial (basmala): “En el nombre de Dios, el Clemente, el Misericordioso”.

  2. Identificación del difunto: fórmulas de humildad (al-ʽabd al-faqīr ilà Llāh) seguidas del nombre completo y, a menudo, de su genealogía o adscripción dinástica.

  3. Elogios y títulos: en el caso de dignatarios, se incluyen epítetos como al-muŷāhid fī sabīl Allāh (“combatiente en el camino de Dios”) o nāṣir al-dīn (“defensor de la religión”).

  4. Oración fúnebre: peticiones de perdón, misericordia y acceso al Paraíso.

  5. Fecha de defunción: con la mención del día, mes y año de la Hégira.

  6. Bendición final sobre el Profeta y su familia.

El marco epigráfico suele estar acompañado de un arco de herradura o lobulado que subraya el carácter sagrado del texto y lo integra en una estética oficial meriní, visible en otras piezas conservadas en Fez, Rabat, Salé, Ceuta y Algeciras.

La lápida jerezana, por tanto, encajaría plenamente en esta tradición oficial, lo que refuerza la hipótesis de que se trate de la sepultura de un personaje de relevancia en la etapa meriní de la ciudad. Desgraciadamente, el estado de conservación de la inscripción es bastante deficiente y sólo se adivinan algunas letras y palabras de lectura casi imposible en la parte baja de la pieza. Con todo, es posible hacer una hipotética reconstrucción del texto jerezano a partir de otras estelas meriníes, aunque por ahora es imposible dar con el nombre del personaje ni con la fecha exacta de su óbito. En mi libro de epigrafía jerezana (p. 64) publiqué una posible lectura de la penúltima línea de la inscripción, donde parece leerse un ṣallà Allāh ʽala sayyidi-nā Muḥammad. Asimismo, quise ver el mes de rabīʽ en la última. Sin embargo, un análisis más detenido de la pieza y la comparación con paralelos meriníes invitan a pensar que, en realidad, debe leerse raŷab (رجب), lo que encajaría mejor con la secuencia visible que ahora nos atrevemos a ampliar:

Texto árabe hipotético (reconstrucción)


Transcripción

Bismi Llāhi l-Raḥmāni l-Raḥīm
Hāḏā ḍarīḥu l-ʽabdi l-faqīri ilà Llāhi taʽālā
[Fulān b. Fulān min aʽyāni l-Marinīyīn]
al-muŷāhidu fī sabīli Llāh, nāṣiru l-dīn
Ḡafara Llāhu lahu wa raḥimahu wa askanahu fasīḥa ǧannātihi
wa tuwuffiya fī yawmi … min šahri raŷab sanat 663
Ṣallà Llāhu ʽalà sayyidinā Muḥammad ḫātami l-nabiyyīn
wa ʽalà ālihi l-ṭayyibīn al-ṭāhirīn wa sallama taslīman kaṯīrā

Traducción

En el nombre de Dios, el Clemente, el Misericordioso.
Este es el sepulcro del siervo necesitado de Dios,
[Fulano b. Fulano, de los notables meriníes],
combatiente en el camino de Dios, defensor de la religión.
Dios le perdone, le muestre misericordia y le haga habitar en sus dilatados jardines.
Falleció el día … del mes de raŷab del año 663 H. (1265-1266).
La bendición de Dios sea sobre nuestro señor Muḥammad, sello de los profetas,
y sobre su familia pura y noble, con abundantes saludos de paz.


Conclusión

La lápida funeraria meriní de Jerez es un testimonio directo de un momento crucial en la historia de la ciudad: los años en que Šarīš pasó fugazmente a formar parte del dominio meriní bajo Abū Ṯābit. Su inscripción nos revela tanto la solemnidad de los epitafios oficiales como la proyección simbólica de una dinastía que quiso dejar huella de su poder en al-Andalus. Aunque deteriorada y en gran parte ilegible, su reconstrucción nos permite vislumbrar el mensaje central: la afirmación de una identidad religiosa y política a través de fórmulas que ligan al difunto con la yihad, la defensa del islam y la esperanza en la misericordia divina.

Conviene subrayar, sin embargo, que la lectura que aquí se ofrece es hipotética y basada en conjeturas razonadas, dado el estado de desgaste de la pieza. Su verdadero texto solo podrá esclarecerse mediante un estudio más detallado con apoyo de técnicas de documentación avanzadas: fotografía de alta resolución, análisis multiespectral, luz rasante y otras herramientas habituales en la epigrafía islámica, que permitan recuperar trazos invisibles a simple vista.

En definitiva, esta lápida no solo habla de un individuo, sino también de la memoria colectiva de un tiempo de transición, cuando Jerez fue escenario de las pugnas entre castellanos, nazaríes y meriníes. Su epigrafía, encuadrada en la tradición artística de la dinastía de Fez, nos recuerda que incluso en la piedra permanece grabada la huella de la historia.

martes, 8 de julio de 2025

Abū Ṯābit ʽĀmir b. Idrīs b. ‘Abd al-Ḥaqq, señor de Jerez (1264-1267)


La revuelta mudéjar y los voluntarios de la fe meriníes

Anticipándose a un previsible desastre que acabara con el reino nazarí de Granada y lo que restaba de al-Andalus, el sultán Muhammad I comenzó a urdir un plan consistente en la rebelión de la numerosa población mudéjar que habitaba las ciudades y fortalezas que habían quedado bajo soberanía cristiana. 

Para ello y, como medida urgente, solicitó la ayuda del sultán meriní Abū Yūsuf Ya‘qūb b. ‘Abd al-Ḥaqq, a espaldas de Alfonso X, a través de su secretario Abū l-Qāsim ʽAbd al-Raḥmān b. Yaḥyà Ibn Rabīʽ al-Ašʽarī. Este personaje fue el encargado de convocar a los meriníes y de poner en marcha a sus tribus para que fuesen a al-Andalus a combatir, escribiéndoles en más de una ocasión para estimular con ello su constancia, según nos relata el historiador al-Bunnāhī (m. dp. 1389)[1]


La petición de socorro llegó incluso a la mezquita Qarawiyīn de Fez, donde un viernes del año 662 (=4 noviembre 1263-23 octubre 1264), después de la oración, el poeta malagueño Mālik Ibn al-Muraḥḥal (604-699=1208-1300), por entonces secretario de Abū Mālik, hijo del sultán Abū Yūsuf, leyó una arenga en verso exhortando a los benimerines y a todo el islam a ayudar a los musulmanes de al-Andalus (Continente Ferrer 1973: 44-55):

La religión os ha elegido como sus defensores legítimos,
¡adelante! Si vosotros la defendéis se salvará.
No traicionéis el islam, hermanos, ensillad
y embridad vuestros caballos para ir en su auxilio.
Andalus se ha puesto bajo vuestra protección invocando
los vínculos de la religión y ¡qué excelentes son esos lazos!
Ha implorado vuestra piedad, ¡apiadaos! Pues el Misericordioso
no se apiadará de quien no se muestra misericordioso.
Andalus es un trozo de vuestra tierra, sus gentes
son tan vuestras como vosotros de ellas.
Mas ahora se encuentra cercada por infieles:
el mar y los pueblos que no son árabes son sus fronteras.
¡Ay qué desgracia, Andalus, paraíso convertido
en infierno por los enemigos!
Los infieles se han apoderado de sus ciudades,
acto de contrición deben hacer todos los creyentes
[…]

La llamada de auxilio tuvo el efecto deseado y, según la Ḏajīra al-sanīya (ed. Rabat, p. 98) e Ibn ʽIḏārī (Bayān, pp. 430 y 432, trad. II, pp. 285 y 288), las tropas benimerines, a la cabeza de las cuales estaban los hermanos Banū Idrīs, ʽĀmir y Muḥammad b. Idrīs b. ‘Abd al-Ḥaqq, entraban en al-Andalus ese mismo año 662 (=1263-1264). No obstante, Ibn Abī Zarʽ (Qirṭās, p. 303, trad. p. 575) fecha esta llegada en 661 (=1262-1263), e Ibn Marzūq (Musnad p. 101) la retrasa equivocadamente al año 664 (=1265-1266). Ibn Jaldūn (Berbères, IV, p. 48, ʽIbar, VII, p. 236), por su parte, sitúa el hecho algo antes, en 660 (=1261-1262), confundiendo la fecha con la del alzamiento de los Banū Idrīs de ese mismo año.

Efectivamente, en 660 (=1261-1262), los hermanos ʽĀmir y Muḥammad b. Idrīs b. ‘Abd al-Ḥaqq se habían sublevado en Alcazarquivir contra el sultán meriní Abū Yūsuf Ya‘qūb b. ‘Abd al-Ḥaqq, para apoyar a su primo, Yaʽqūb b. ʽAbd Allāh, sobrino a su vez de Abū Yūsuf, quien había provocado la toma de Salé por Alfonso X, razón por la que el sultán benimerín se había dirigido contra él. 

Abū Yūsuf redujo a los insurgentes en las montañas de Gumāra y, después de sofocar la rebelión, envió a al-Andalus a los sediciosos Banū Idrīs al frente de un importante contingente de poderosos jinetes voluntarios de la fe (guzāt) que engrosarían las filas del ejército del sultán nazarí de Granada Muḥammad I en su guerra contra Castilla. La decisión meriní no se correspondía sólo con un mero compromiso moral hacia sus correligionarios nazaríes; como afirma Miguel Ángel Manzano, al tiempo que los granadinos reforzaban sus tropas, el sultán Abū Yūsuf ponía en práctica un mecanismo de trasvase de elementos disidentes, es decir, desviaba a al-Andalus a una facción conflictiva de su familia que estaba causando problemas en su reinado (Manzano Rodríguez 1992: 5-8 y 324-325).

Las fuentes castellanas también se hacen eco del hecho, relatando la Crónica de Alfonso X cómo Muḥammad I:

"mandó rogar a Abén Yuçaf que le enviase alguna gente en su ayuda, y le envió a mil caballeros y vino por cabdillo dellos vn moro que era tuerto del vn ojo e dezían que era de los más poderosos que avía y allén la mar. Et según lo que se falló en escripto, dizen que éstos fueron los primeros caballeros ginetes que pasaron aquén la mar después quel rey Miramamolín fue vençido (CAX, cap. XII, p. 37)."[2]

Del mismo modo, el Libro de los hechos de Jaime I (cap. 378, pp. 414-415) confirma que "las desavenencias entre el rey de Castilla y el de Granada habían provocado que el nazarí se procurara la ayuda de los moros de ultramar, quienes infiltraban jinetes en su tierra; también se decía que, con el tiempo, podrían recuperar toda la tierra del rey de Castilla y todo lo que habían perdido, ante Nos u otros, en toda Andalucía."

Los textos árabes coinciden en que unos tres mil soldados cruzaron el Estrecho, salvo Ibn ʽIḏārī que afirma que pasaron trescientos, cifra mucho menos descabellada. Los contingentes fueron recibidos en Tarifa con toda clase de honores por Muḥammad I, quien los acuarteló en Málaga hasta nueva orden, aunque sabemos por la Ḏajīra al-sanīya (ed. Rabat, p. 100) que al poco de su llegada a al-Andalus, el mismo año 662 (=1263-1264), el capitán de estos voluntarios de la fe (guzāt), Abū Ṯābit ʽĀmir b. Idrīs b. ‘Abd al-Ḥaqq, había lanzado ya alguna algarada contra Jerez, llegando a entrar por la fuerza en su arrabal, acompañado de los fieles de las tribus del Magreb.

Alfonso X, que por entonces estaba en Sevilla, había sido informado de los movimientos del nazarí y, según el Libro de los hechos de Jaime I, desafió al rey de Granada por haber pasado un gran número de jinetes a escondidas (cap. 378, p. 415). En algún momento de ese año 662 (1263-1264), como señala Ibn ʽIḏārī, citó a Muḥammad I en la capital hispalense con la excusa de negociar las cláusulas del pacto de Jaén de 1246, al que le restaba poco más de un año para expirar. En realidad, Alfonso X le preparaba una emboscada para acabar con él. 

El episodio supuso la ruptura definitiva de las relaciones entre Castilla y Granada, y aceleró los planes de Muḥammad I. Tras escapar de Sevilla, donde a punto estuvo de caer prisionero y, probablemente, morir ejecutado, llegó a Madīnat Ibn al-Salīm (la actual Medina Sidonia). Una vez allí, "con el corazón dilatado y el pecho sano y salvo, al ver que había estado al borde de la muerte y Dios lo había salvado, ordenó a los habitantes de dicha localidad y de aquellas zonas, que se encastillasen y amurallasen, y se marchó recorriéndolas a Granada. Supieron los musulmanes que había partido del rey Alfonso sin firmar treguas ni acuerdos, por lo que empezaron a encastillarse por sí mismos y a amurallarse."[4]

La guerra debió de iniciarse, como afirma Ballesteros Beretta (1963: 369-370), entre abril y junio de 1264. Los mudéjares, con el apoyo de tropas nazaríes y meriníes, iban a ser el detonante de la misma, desde Jerez hasta Murcia, focos principales del levantamiento. La Crónica de Alfonso X (cap. X, p. 30) confirma que:

"los moros del regno de Murçia e de todos los otros lugares que el rey avía ganado ouieron fabla de consuno e enbiaron sus mandaderos a Abén Alhamar e pusieron postura que en vn día se alçasen todos al rey don Alfonso et en aquel día començase el rey de Granada la más fuerte guerra que pudiese fazer, e cada vnos de los otros eso mesmo."

El Libro de los hechos (cap. 378, p. 415) coincide también en que el rey de Granada había convenido con todos los castillos y las villas que tenía el rey de Castilla donde hubiera moros -incluido Sevilla, donde había un gran número- que en un día determinado se levantasen todos y atacasen a los cristianos, que el rey de Castilla y su mujer fueran hechos prisioneros y se recobrasen de golpe todas las villas y castillos. En la capital hispalense, sin embargo, el plan de apresar y asesinar al rey Alfonso X y su familia fue descubierto y abortado. Por el contrario, en Jerez y las poblaciones de su entorno, el levantamiento se saldó con un rotundo éxito. Es de nuevo el Libro de los hechos (cap. 378, p. 415) el que confirma este extremo, afirmando que:

"si no le hubiesen descubierto al rey de Castilla el complot de Sevilla, habrían podido perder la vida él, la mujer y los hijos. Pero, aunque se salvó Sevilla -es decir, no se levantaron ahí los sarracenos, aun habiendo una gran multitud dentro-, en tres semanas perdió el rey de Castilla trescientos lugares, entre ciudades, villas grandes y castillos." 

Con todo, la guarnición castellana que defendía el alcázar de Jerez resistió más de lo esperado. Según la cantiga 345 de Alfonso X, "los mouros habían levantado un muro entre el alcázar y la villa, muit' ancho e fort' e duro", desde el que comenzaron a combatir a los cristianos, dato que coincide con la Crónica del rey Sabio, que narra cómo, efectivamente, los mudéjares "çercaron el alcáçar sin dejar de hostigarlo, de día y de noche, ni dar tregua a los de dentro.". Mientras esto sucedía, y como afirma Ibn ʽIḏārī, las tropas nazaríes y meriníes que Muḥammad I enviaba como refuerzo, se desplazaban de Málaga a Jerez para conseguir en su campaña sus anhelos y su propósito (Bayān, II, trad. 275 y 288).


Si bien la Crónica del rey Sabio, que sitúa erróneamente este acontecimiento en 1262, da una versión casi legendaria y heroica de la defensa y pérdida de la fortaleza jerezana por parte de los cristianos, los hechos debieron de parecerse más a lo narrado por la cantiga 345. Según este texto, don Nuño González de Lara, tenente del alcázar jerezano desde 1261, incapaz de soportar el asedio que sufría, pidió ayuda al rey, que no dudó en enviársela desde Sevilla. Una vez llegada la caballería de socorro, don Nuño les advirtió de que, a pesar del auxilio recibido, la defensa del alcázar jerezano era imposible y no quería morir allí, por lo que huyó de la ciudad cediéndoles la plaza. Los de la hueste, atemorizados, decidieron asimismo marcharse y dejar en el castillo "poucos omes; e leixaron / maos e tan mal aguisados, e assi o aguisaron / que ante de meyo día / s'ouv' o castel a perder.".

En efecto, con la llegada del ejército nazarí, comandado por el poderoso arráez Abū Isḥāq Ibrāhīm b. Išqaylūla, y la ayuda de los voluntarios magrebíes, capitaneados en el caso de Jerez por ʽĀmir b. Idrīs b. ʽAbd al-Ḥaqq, de los Banū Marīn, la fortaleza de Jerez era finalmente recuperada para el islam tras casi tres años en manos cristianas y varias semanas de incesante asedio que, según Gonzalo de la Hinojosa y otras fuentes de la historiografía jerezana, incluyeron la construcción de túneles para acceder a ella y conquistarla. Según la Ḏajīra al-sanīya (ed. Rabat, p. 101), el viernes 13 de sawwal de 662 (= 8 de agosto de 1264) ʽĀmir b. Idrīs b. ‘Abd al-Ḥaqq, sacó a los cristianos de la alcazaba de Jerez y se enseñoreó en ella durante "tres años menos veintidós días.", es decir, hasta mediados de julio de 1267.[5]

Lápida meriní hallada en la iglesia de San Dionisio de Jerez
y que se expone en el Museo Arqueológico Municipal de la ciudad
(n.º inventario: IG. 0837)

Banu Išqaylūla versus Banū Idrīs: celos, traiciones y firmas de paz

La participación de los contingentes norteafricanos en la revuelta mudéjar, según García Fitz (2002: 224-225), requirió una modificación de la estructura y los recursos financieros del ejército granadino. Estos cambios dieron un giro ostensible a la influencia de los Išqaylūla en un área de poder que siempre había estado en sus manos y sobre la que se asentaba el equilibrio del estado nazarí desde sus orígenes. Así, es probable que los Banū Idrīs meriníes terminaran por hacerse con el control de las operaciones y, también, de las zonas que habían conquistado, por ejemplo, y como hemos visto, la importante y estratégica ciudad de Jerez y toda su comarca, y que los Išqaylūla permanecieran al margen de este reparto.

Del mismo modo, Abū Muḥammad ʽAbd Allāh b. Išqaylūla, que se encontraba en Murcia, adonde lo había encomendado Muḥammad I, habría perdido su autoridad sobre Málaga a favor también de los Banū Idrīs. Por ello, tras su humillante salida de la alcazaba murciana, pactada a sus espaldas por Jaime I y los moros de la ciudad (Crónica de Jaime I, caps. 434-442, pp. 458-463), que habían decidido conjuntamente expulsar al sarraceno que el rey de Granada había dejado como alcaide en Murcia, Abū Muḥammad regresó a Málaga con la intención de recuperarla y, junto a su hermano Abū Isḥāq Ibrāhīm, jefe del ejército meriní, y sus sobrinos, los arráeces de Guadix, ʽAlī y ʽAbd Allāh, hijos de Abū Isḥāq, se declaró en rebeldía contra la autoridad granadina.

El rey de Castilla no dejaría pasar la ocasión de aprovechar los efectivos y bases territoriales que le ofrecían los sediciosos hacia el nazarí, y de debilitar a Muḥammad I en su propio reino apoyando a sus enemigos, así que atendió la petición de socorro de los Banū Išqaylūla, poniendo en marcha la maquinaria diplomática, que incluyó también varios encuentros entre Abū Isḥāq y la soldadera María Pérez, tal vez dirigidos, como señala Menéndez Pidal (1969: 123-124), a allanar cualquier diferencia con el arráez moro. Este personaje, apodado "la Balteira", aparece por vez primera en la corte de Fernando III, aunque su fama le llegó durante el reinado de Alfonso X. Independientemente de su vida licenciosa, que consistía básicamente en hacer más llevaderas las largas jornadas del frente de guerra a las tropas cristianas, sabemos que también tuvo tratos con los moros de la frontera y que actuó como agente del rey Sabio durante la rebelión de los Banū Išqaylūla. Según una tensó galaico-portuguesa contemporánea a los hechos, en la que dialogan los poetas Pedro Amigo y Vaasco Pérez, la Balteira, tras una vida repleta de escarceos amorosos, foi pois um patriarca buscar, / fi'de'Escalhola […], quien en Jaen / e em Eixarês […] se fez muito mal (Rodrigues Lapa 1970: 620-621; vid tb. Ballesteros Beretta 1963: 380-381; y Rubiera Mata 1983: 91). Las últimas alusiones al mucho mal que hizo este Išqaylūla, probablemente Abū Isḥāq, se refieren sin duda a sus exitosas actuaciones al frente del ejército nazarí durante la revuelta mudéjar, tanto en la campaña de Jerez de 1264, como en la batalla de Alcalá de Benzaide, cerca de Jaén, del verano de 1265, en la que las tropas musulmanas masacraron a las castellanas de Alfonso X.


El efecto de la alianza entre Alfonso X y los Banū Išqaylūla desequilibró la posición militar y política de Muḥammad I, que terminaría perdiendo el apoyo de su propio ejército, comandado por Abū Isḥāq, ahora enfrentado a él. Contento por esta señal de división entre los nazaríes, el monarca castellano envió a don Nuño González de Lara al frente de mil caballeros para garantizar a los arráeces su protección y resistencia ante la esperada respuesta del nazarí quien, según la Ḏajīra al-sanīya (ed. Bencheneb, p. 127, ed. Rabat, p. 112) estuvo tres meses del año 665 (=1266-1267), asediando sin éxito Málaga para arrebatársela a los Išqaylūla. Tras este fracaso, y temiendo un ataque conjunto y definitivo de las fuerzas castellanas y las de los Banū Išqaylūla contra Granada, Muḥammad I concertó con Alfonso X un encuentro para acordar la paz.

Las vistas se celebraron entre la segunda mitad del mes de mayo y junio de 1267. Gracias a diversos privilegios y cartas emitidos desde Jaén, sabemos que el rey Alfonso X ya se encontraba en esa ciudad a principios de mayo, desde la que debió de desplazarse poco después a la cercana población de Alcalá de Benzaide, donde permaneció hasta finales de junio negociando las treguas con Muḥammad I y el hijo de éste (Cf. González Jiménez y Carmona Ruiz 2012: 383-384). 

Tanto Ibn ʼIḏārī (Bayān, II, trad. p. 337) como la Ḏajīra al-sanīya (ed. Rabat, p. 112) coinciden en señalar que la guerra se prolongó tres años (662-665=1264-1267), y que finalizó con la firma del Tratado de Benzaide en 665 (2 octubre 1266-21 septiembre 1267), que supuso para el rey de Granada, Muḥammad I, la pérdida de unas cuarenta localidades amuralladas del país musulmán. Según estos mismos textos, la mayor parte de estos enclaves se encontraban al oeste de al-Andalus, y en ellas se incluían Jerez, la ciudad y la fortaleza, Medina Sidonia [Madīnat Ibn al-Salīm], Alcalá, Vejer y otras. La Ḏajīra al-sanīya va más allá incluso afirmando que la suma de lo que entregó Muḥammad I a Alfonso X del país de los musulmanes, entre esas ciudades mencionadas y otras muchas fortalezas, fue de cien lugares amurallados, y otros cinco en el este de al-Andalus. Aunque el número de plazas rendidas por el nazarí nos parezca exagerado, conviene recordar lo dicho por el Libro de los hechos de Jaime I, acerca de la pérdida de trescientos lugares, entre ciudades, villas grandes y castillos, por parte de los castellanos en las tres primeras semanas de la revuelta mudéjar (cap. 378, p. 415).

Los puntos en los que consistió exactamente el pacto de Benzaide no aparecen en estas obras que, como vemos, se limitan a destacar la cantidad y los nombres de algunas de las poblaciones a las que Muḥammad I debió renunciar a cambio de la paz con los cristianos. Con todo, la información se puede ampliar gracias a la Crónica de Alfonso X (Cap. XV, pp. 40-43), que menciona otro de los requisitos que el cristiano reclamó al monarca granadino para acceder a sus demandas: el pago de doscientos cincuenta mil maravedíes al año en parias a Castilla. El rey de Granada había solicitado a Alfonso X que desamparase a los Banū Išqaylūla, "que tanto danno le fazían en la tierra", y aquél se comprometió a hacerlo, con la condición de que Muḥammad I les diese un año de plazo para entrar de nuevo en su obediencia y aceptara las contraprestaciones que se le exigían, esto es, el citado pago de un tributo anual y, como leemos en Ibn ʽIḏārī y la Ḏajīra al-sanīya, la renuncia a todas las fortalezas y ciudades aludidas del occidente de al-Andalus que aún permanecían bajo control de los nazaríes o de los Banū Idrīs meriníes.


Al mes siguiente de la firma de estos acuerdos, Abū Ṯābit ʽĀmir b. Idrīs b. ‘Abd al-Ḥaqqdejaría a su suerte a la ciudad de Jerez, y Alfonso X procedería a su conquista y la de su amplia comarca. A pesar de que no contó con el apoyo de las tropas de Muḥammad I para su defensa, la población resistió varios meses, probablemente gracias al apoyo de la guarnición meriní que custodiaba su alcázar y protegía su extensa zona de influencia desde hacía tres años. La Crónica de Alfonso X que, sin embargo, asevera erróneamente que los hechos se produjeron en 1264, describe con detalle cómo aconteció la toma definitiva de Jerez por los cristianos. Así, sin especificar día y mes, narra cómo el rey Sabio salió de Sevilla con su hueste "e fue cercar la villa de Xerez. E desque y llegó, mandó poner muchos engenios derredor de la villa, que tiraban a las torres e al muro e facían grand daño, e duró la cerca desta villa cinco meses (CAX, cap. XIV, pp. 38-40). No obstante, el asedio debió de prolongarse menos tiempo, pues se iniciaría poco después de los acuerdos de Benzaide, es decir, en julio de ese mismo año, y terminó con éxito a principios de octubre. Efectivamente, sabemos gracias a un par de documentos enviados desde allí a los frailes del monasterio de Aguilar de Campóo (AHN, Clero, carp. 1658, nos. 19 y 20), que el día 2 de octubre de 1267, Alfonso X se encontraba ya en su campamento a las afueras de Jerez, dirigiendo el final de las operaciones.


[1] Su biografía aparece en la Marqaba de al-Bunnāhī, p. 115, donde se dice que fue secretario del sultán Muḥammad I en el tiempo en que éste convocó a los meriníes para que viniesen al reino nazarí a luchar por la fe, escribiéndoles en más de una ocasión para estimular con ello su constancia. Las primeras tropas meriníes llegaron a al-Andalus hacia el año 662 (=1263-64), fecha en la que Muḥammad I recibió a los contingentes de combatienes de la fe enviados por el sultán Abū Yūsuf, según afirma Ibn ʽIḏārī (Bayān, almohades, Beirut, 1985, 430, 432-2). Vid. tb. Bárbara Boloix Gallardo 2006: 437-8, nº 976.

[2] Esta fuente sitúa erróneamente el llamamiento de Muḥammad I al ejército meriní cuando la revuelta mudéjar ya se había iniciado.

[3] Trad. Huici Miranda

[4] Ibn ʽIḏārī, Bayān, II, trad. Huici Miranda: 285.

[5] Ḏajīra: 100-101; Ibn ʽIḏārī, Bayān, II, trad. Huici Miranda: 275 y 288. La cantiga 345 de Alfonso X también cuenta entre los versos 16 y 19, que el rey Sabio dous anos avia, ou ben tres, que gaannara / Xerez e que o castelo de chrischâos ben pobrara ; / pero a vila dos mouros como y estava leixara, / e avêo que por esto a ouvera pois a perder. Cf. Montoya Martínez, J. 1983. “Las Cantigas de Santa María fuente para la historia gaditana”. En Cádiz en el siglo XIII. Cádiz. Universidad de Cádiz: 173-205.

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