miércoles, 26 de agosto de 2026

Ulemas y hombres de letras entre Ceuta y la Jerez andalusí

Escribo estas líneas en unos días especialmente dolorosos para Ceuta, una ciudad que siento cercana y a la que me unen el afecto, la admiración y esa familiaridad propia de quienes hemos crecido en la provincia de Cádiz mirando hacia el Estrecho. No puedo ocultar, además, mi indignación ante una respuesta de los poderes públicos que, a mi juicio, no guarda proporción con la gravedad de cuanto están soportando los ceutíes, mientras los profesionales sanitarios, las fuerzas de seguridad y el conjunto de los vecinos afrontan una carga difícilmente sostenible. Una ciudad española no debería ser recordada únicamente cuando una crisis la lleva a los titulares, ni verse obligada a afrontar en soledad una emergencia que supera ampliamente sus medios.

Recreación digital del maŷlis de un ulema en la Sabta de época almohade, entre los siglos XII y XIII

Esa defensa de Ceuta quedaría incompleta si no incluyera una palabra de solidaridad hacia las personas llegadas desde Marruecos, muchas de ellas empujadas por la necesidad, el miedo o la esperanza de una vida mejor. Sería injusto convertirlas colectivamente en una amenaza. Los delitos, cuando los haya, tienen responsables concretos y deben perseguirse como tales, sin extender la culpa al conjunto. Los ceutíes han vuelto a responder con la generosidad de una sociedad abierta y plural, en cuya vida cotidiana conviven desde hace mucho tiempo las comunidades cristiana, musulmana, judía e hindú. Con todo, la voluntad de acogida, por amplia que sea, no vuelve inagotables las plazas disponibles, los recursos sanitarios ni los medios materiales de una ciudad de dimensiones reducidas. Se puede reconocer que sus servicios han quedado desbordados y, al mismo tiempo, preservar la dignidad de quienes llegan: exigir al Estado y a las instituciones competentes que asuman sus responsabilidades no tiene nada de xenófobo. Si en el origen de esta situación intervienen cálculos políticos o geopolíticos, habrá que esclarecerlos mediante hechos y datos, sin convertir a las personas más vulnerables en culpables de decisiones ajenas.

El Estrecho como camino del saber

Quisiera, por ello, rendirle homenaje desde el terreno que mejor conozco, el de la historia intelectual del Jerez andalusí. Durante la Edad Media, la Sabta de las fuentes árabes formó parte del horizonte político, económico y cultural compartido por al-Andalus y el Magreb occidental. A través del Estrecho transitaban comerciantes y peregrinos, mientras libros, lecturas, licencias docentes, dictámenes jurídicos y cadenas de transmisión circulaban de una ciudad a otra. Las biografías de los ulemas vinculados a Šarīš, la actual Jerez, muestran hasta qué punto Ceuta fue lugar de estudio, ejercicio profesional, residencia y refugio.

El sistema docente del islam medieval no se articulaba en torno a universidades semejantes a las actuales, con planes de estudios uniformes y titulaciones expedidas por una institución. El alumno buscaba a los maestros que gozaban de mayor autoridad, leía con ellos determinadas obras, asistía a sus maŷālis o sesiones de enseñanza, copiaba sus dictados y obtenía, llegado el caso, una iŷāza, es decir, la autorización para transmitir lo aprendido. De ahí que la riḥla fī ṭalab al-ʿilm, el viaje en busca del saber, constituyera una parte esencial de la formación de muchos ulemas.

En aquel mapa intelectual, el Estrecho era más camino que frontera. Sevilla, Jerez, Algeciras, Ceuta, Fez, Marrakech o Bugía eran etapas posibles de un mismo itinerario, aunque cada ciudad contaba con sus propios círculos, especialidades y maestros. Ceuta no era una sencilla escala de paso hacia otra parte. Era una escuela. La ciudad que había dado figuras de la talla del cadí ʿIyāḍ mantuvo durante los siglos XII y XIII una vida intelectual capaz de atraer a estudiantes andalusíes y de proporcionar juristas y funcionarios a ciudades de la otra orilla.

Jerezanos que estudiaron y ejercieron en Ceuta

Uno de los testimonios más expresivos es el de Abū l-Ḥasan ʿAlī b. Hišām, conocido también como Ibn Ḥaŷŷāŷ al-Šarīšī, fallecido en Jerez en 616/1219. Siendo todavía joven, emprendió en 568/1172-1173 un largo viaje que lo llevó a La Meca y Egipto, donde se especializó en las lecturas coránicas. Durante el regreso pasó por Bugía y se detuvo en Ceuta, ciudad en la que recibió las enseñanzas de Abū Muḥammad b. ʿUbayd Allāh, de quien transmitió abundantes conocimientos. A su vuelta se convirtió en una de las grandes autoridades jerezanas en las lecturas del Corán y el ḥadīṯ, y ejerció como imán y jatib de la mezquita aljama de Šarīš. Su trayectoria permite seguir el recorrido completo del saber: Oriente, el Magreb, Ceuta y, finalmente, Jerez, donde todo lo aprendido volvió a ponerse en circulación entre sus discípulos.

En Ceuta estudió asimismo Abū Bakr Ibn Rifāʿa al-Šarīšī, nacido en Jerez en 548/1153 y fallecido en la misma ciudad en 637/1239. Fue alfaquí, tradicionista, médico y hombre de letras, una combinación de saberes que hoy puede parecernos insólita, pero que encaja bien en la cultura erudita de su tiempo. Las fuentes señalan que tuvo como maestro en Ceuta al mismo Abū Muḥammad Ibn ʿUbayd Allāh. No indican qué materia concreta aprendió de él, por lo que no cabe atribuirle allí, sin más, su formación médica; lo importante es que la estancia ceutí formó parte de un aprendizaje mucho más amplio, iniciado en Jerez y enriquecido después mediante el contacto con otros centros y maestros.

El vínculo más sólido y fecundo es el de Abū l-ʿAbbās Aḥmad Ibn ʿAbd al-Muʾmin al-Šarīšī, autor del célebre comentario de las Maqāmāt de al-Ḥarīrī y el ulema jerezano de mayor proyección en el mundo árabe. Tras su primera formación en Jerez, completó sus estudios en Sevilla, Ceuta, Algeciras y Fez. Las fuentes conservan los nombres de seis maestros con los que aprendió en la ciudad del norte de África: Abū l-Ḥasan Ibn Jarūf; ʿAlī b. Muḥammad al-Ḥaḍramī, conocido como Ibn Ḫabbāza, ceutí y más tarde cadí de Jaén; el famoso viajero Ibn Ŷubayr, del que recibió en Ceuta la cadena de transmisión de las Maqāmāt; Abū l-Ṣabr Ayyūb; Abū l-ʿAbbās al-ʿAzafī, miembro de una de las familias más destacadas de la Ceuta medieval; y Abū l-ʿAbbās Ibn Ŷawhar al-Ḥaṣṣār.

La relación con este último fue especialmente estrecha. Al-Šarīšī escribió de su dictado mientras Ibn Ŷawhar ejercía como cadí de Ceuta, lo frecuentó durante largo tiempo y recibió de él el nombramiento para desempeñar la ḫiṭṭat al-manākiḥ, el oficio judicial encargado de los matrimonios. Merece la pena afinar aquí la terminología: las fuentes no permiten llamarlo, sin más, cadí de Ceuta, puesto que el cadí era Ibn Ŷawhar; al-Šarīšī ocupó una magistratura especializada dentro de la administración de justicia de la ciudad. Su paso por Sabta no consistió, por tanto, en una visita breve. Allí estudió, escribió al dictado de un maestro y asumió una responsabilidad pública antes de regresar a al-Andalus, donde ejercería su magisterio en su Jerez natal, Murcia y Valencia.

Junto a estas grandes figuras aparece otra biografía mucho más escueta, aunque igualmente reveladora: la del médico jerezano Abū Zayd ʿAbd al-Raḥmān al-ʿAššāb, que había aprendido en Jerez con Ibn Hišām y residió después en Ceuta. Murió en algún momento comprendido entre 640 y 650/1242-1253. Su presencia recuerda que esta circulación no se limitaba al derecho, el Corán o las bellas letras, pues alcanzaba también a la medicina y a otros saberes científicos.


De Ceuta a Jerez: jueces formados entre ambas orillas

La corriente se movía igualmente en sentido contrario. ʿAbd Allāh b. Muḥammad al-Nābulusī al-Tanŷī al-Magribī, natural de Tánger y experto en teología, estudió en Ceuta y Fez antes de ejercer como cadí de Jerez; sabemos que todavía vivía en 647/1249-1250. Su biografía, condensada en unas pocas líneas, coloca a Ceuta dentro del recorrido formativo de un jurista magrebí que acabó administrando justicia en Šarīš.

Algo semejante ocurrió con Abū l-Ḥasan ʿAlī b. ʿAbd Allāh al-Matīṭī —así debe leerse su nombre, derivado de Matīta, en el alfoz de Algeciras—. Se formó en Fez, se instaló después en Ceuta, donde frecuentó al cadí Abū Muḥammad y trabajó como secretario de otro juez, y pasó más tarde a Sevilla. El último destino de su carrera fue Jerez: allí ejerció como cadí y allí murió en 570/1175. Ceuta aparece en este caso como el lugar en el que un futuro juez jerezano amplió su formación y adquirió experiencia dentro de la propia administración judicial.

Todavía más itinerante fue ʿAlī Ibn Qaṭrāl, uno de esos ulemas cuya biografía desborda cualquier frontera política moderna. Nacido en 563/1167-1168, oyó en Ceuta a Abū Muḥammad Ibn ʿUbayd Allāh —el maestro que reaparece en varias de estas vidas— y ejerció como cadí en Úbeda, Játiva, Jerez, Córdoba, de nuevo Játiva, Ceuta y Fez. Murió en Marrakech en 651/1253. Que una misma persona administrara justicia en ciudades andalusíes y magrebíes muestra hasta qué punto ambas orillas compartían una cultura jurídica y unos procedimientos de selección de sus élites letradas.

Hay un detalle que resume mejor que cualquier formulación general la importancia docente de Sabta: las fuentes colocan a Ibn Ḥaŷŷāŷ, Ibn Rifāʿa e Ibn Qaṭrāl bajo la enseñanza, en Ceuta, de Abū Muḥammad Ibn ʿUbayd Allāh. La reiteración del mismo maestro en tres itinerarios diferentes permite entrever un círculo estable y prestigioso, capaz de atraer a lectores del Corán, juristas y hombres de ciencia procedentes de la otra orilla.

Residencia, refugio y memoria literaria

Ceuta fue también lugar de residencia para sabios cuya vida había comenzado en el entorno jerezano. Muḥammad b. Ibrāhīm Ibn Yarbūʿ al-Kalbī al-Šarīšī al-Sabtī, historiador y nieto materno de Ibn Rifāʿa, aprendió de su propio abuelo, de Ibn al-Fajjār y de Abū Isḥāq al-Būnasī. Se estableció en Ceuta y allí murió en 694/1294-1295. Su biografía es muy valiosa porque prolonga en la ciudad una cadena de maestros nacida en Jerez. No demuestra que al-Būnasī viajara personalmente a Sabta, dato que ninguna fuente de las revisadas permite afirmar; sí acredita que su enseñanza llegó hasta un discípulo asentado en Ceuta y se integró en aquel ambiente intelectual.

El avance de las conquistas castellanas convirtió además a las ciudades del Estrecho y del Magreb en espacios de acogida para muchos andalusíes. El gramático sevillano Abū l-Ḥusayn Ibn Abī l-Rabīʿ, nacido en 599/1203, se refugió durante un tiempo en Jerez tras la conquista de Sevilla y pasó luego a Ceuta, donde enseñó hasta su muerte en 688/1289. En esta trayectoria, la ciudad dejó de ser únicamente una etapa del viaje de estudios: se convirtió en hogar, lugar de trabajo y refugio ante la desaparición de buena parte de al-Andalus.

La literatura ofrece, por último, una imagen especialmente hermosa de esa ruta. Hacia 634/1236-1237, el poeta sevillano Ibn Sahl se habría detenido en Jerez cuando marchaba hacia Ceuta y habría compuesto allí dos panegíricos dedicados al señor local Abū ʿAmr Ibn Abī Jālid. Aunque Ibn Sahl no era jerezano ni puede incluirse estrictamente entre los ulemas de la ciudad, su paso enlaza de forma casi física ambos espacios: Jerez aparece como una parada en el camino hacia una Ceuta cuya corte reunía entonces a sabios, secretarios, poetas y hombres de letras.

Ceuta no está sola

Estas biografías no forman una relación anecdótica de viajeros. Leídas en conjunto, revelan una estructura intelectual compartida. Ceuta formó a quienes luego ocuparon la judicatura de Jerez; acogió a médicos y gramáticos procedentes de Šarīš; dio maestros al autor jerezano más universal de época andalusí; permitió que este ejerciera una función judicial; y recibió, a través de discípulos y familias, libros y cadenas de transmisión nacidas al otro lado del Estrecho. Jerez, por su parte, aportó a ese circuito lectores del Corán, juristas, médicos, historiadores y literatos.

Por eso, cuando recordamos hoy a Ceuta, no estamos expresando una solidaridad dirigida hacia un territorio extraño o distante. Estamos reconociendo a una ciudad que forma parte de nuestra propia historia, aunque demasiadas veces una mirada excesivamente peninsular y la actuación de los gobiernos la hayan relegado a los márgenes. Ceuta necesita recursos, protección institucional y una respuesta humana y eficaz a los problemas que soporta; necesita ser atendida cada día y no únicamente cuando la actualidad obliga a mirar hacia ella. Sirvan estas líneas como homenaje de un jerezano a una ciudad hermana, hermosa y resistente, que durante siglos comunicó mundos sin pertenecer a la periferia de ninguno. 

Para saber más

viernes, 7 de agosto de 2026

Anatomía de un esperpento

El pasado 4 de agosto, la Hermandad de Jesús Nazareno de Jerez de la Frontera acogió una conferencia de Fernando López Vargas-Machuca dedicada a los orígenes medievales del convento de Santo Domingo de nuestra ciudad. Buena parte de quienes llenaban la sala habían acudido, sencillamente, a escuchar una disertación sobre historia. No conocían necesariamente las discrepancias historiográficas que existen desde hace algunos años en torno a determinadas interpretaciones sobre el antiguo convento, sus construcciones anteriores, la posible qubba islámica, la fortificación de los claustros o la hipotética existencia de una rábita o ribat en aquel lugar.


Conviene comenzar dejando algo muy claro: la Hermandad no tiene responsabilidad alguna en lo que terminó sucediendo. Organizó una actividad cultural, cedió su espacio y ofreció al conferenciante un foro para desarrollar un tema de indudable interés histórico. Nada permite pensar que quienes promovieron el acto pudieran prever que una parte tan considerable de la intervención acabaría derivando hacia una controversia personal y profesional completamente ajena al propósito con el que buena parte del público había acudido allí.

Porque eso fue precisamente lo que sucedió. Durante un largo tramo, Santo Domingo dejó de ser el verdadero centro de la conferencia. Su lugar lo ocupó una extensa descalificación de mis trabajos y, progresivamente, de otros investigadores, publicaciones e instituciones vinculados de una u otra forma con posiciones que Fernando López Vargas-Machuca considera equivocadas. No se trató simplemente de una refutación académica severa. Eso habría sido absolutamente legítimo. Las hipótesis históricas están para ser discutidas, revisadas y, cuando los argumentos lo permiten, desmontadas. Lo que presenciamos fue algo muy diferente.

Hubo una deformación sistemática de posiciones ajenas, reducidas en varios momentos a versiones que no se corresponden con lo publicado y que, una vez simplificadas o exageradas, resultaban mucho más fáciles de ridiculizar ante el auditorio. Hubo afirmaciones acerca de lo que sostengo que no se corresponden con lo publicado en mis trabajos; insinuaciones sobre cómo habría llegado a determinadas conclusiones; y hasta representaciones gráficas presentadas como propias de mi hipótesis que no aparecen en ninguno de mis artículos. Quien desee comprobarlo no necesita aceptar mi palabra. Ahí están las dos grabaciones de la conferencia y ahí está mi artículo publicado en la revista Ceretanum que edita la Real Academia de San Dionisio de Jerez. Basta comparar unas cosas con otras.

El problema, además, no fue únicamente de contenido. La exposición estuvo acompañada durante ese tramo por expresiones burlescas, reiteradas elevaciones del volumen de voz, forzados gestos de incredulidad, risas, comentarios despectivos y comparaciones cuyo efecto retórico era presentar determinadas propuestas como intelectualmente disparatadas. La discusión sobre textos de los siglos XVII y XVIII, edificios desaparecidos, topónimos históricos y restos arqueológicos de cronología debatida llegó a compararse con defender que la Tierra es plana. Eso no es contundencia académica. Eso es ridiculización.

Un investigador puede afirmar que otro se equivoca. Puede demostrar que ha interpretado mal una fuente. Puede incluso concluir que una determinada hipótesis carece por completo de fundamento. Lo que no debería hacer es construir ante un público la imagen de que quien discrepa se encuentra intelectualmente en el terreno del terraplanismo. La situación se volvió todavía más grave cuando se dejó abierta ante los asistentes la posibilidad de que uno de los supuestos errores cometidos en mi trabajo pudiera ser voluntario. En ese punto se había abandonado ya la crítica de una interpretación histórica. Se estaba introduciendo una sospecha sobre la propia conducta intelectual de quien había publicado esa interpretación.

Tampoco quedó al margen la revista Ceretanum. El hecho de que mi artículo hubiese sido publicado allí fue presentado con un grado de sorpresa y desaprobación que alcanzaba inevitablemente a quienes consideraron legítimo aceptarlo en su momento. Y tampoco fui yo el único incorporado a aquella extraña relación de agravios. Apareció Diego Bejarano, no simplemente como arqueólogo relacionado con determinada documentación, sino asociado a antiguas discrepancias personales con el conferenciante. Apareció David Caramazana, sobre quien se formularon consideraciones acerca de una supuesta voluntad de descalificar a López Vargas-Machuca y se especuló acerca de conversaciones, coincidencias y afinidades entre investigadores. Apareció el Centro de Estudios Históricos Jerezanos y volvió a recordarse que no había contado con él para unas jornadas celebradas en 2022, dejando incluso abierta la posibilidad de que cada cual imaginara las razones de aquella decisión.

De este modo, lo que había comenzado como una conferencia sobre Santo Domingo terminó dibujando un sorprendente panorama en el que alrededor del conferenciante parecían acumularse investigadores que lo cuestionan, revistas que publican trabajos discrepantes e instituciones que, en determinadas ocasiones, no han contado con él. Nada de eso sirve para fechar un muro. Nada de eso identifica una qubbaNada de eso demuestra la existencia de un ribat. Nada de eso pertenece al problema histórico que había convocado al público aquella noche.

Pero quizá el momento que mejor resume la deriva de la conferencia llegó al final de la misma. Después de dedicar una cantidad extraordinaria de tiempo a desacreditar mis investigaciones, López Vargas-Machuca decidió anticipar ante el auditorio cuál sería mi reacción posterior, afirmando que vivo de la polémica e imaginando públicamente los insultos, acusaciones e incluso posibles acciones legales con los que supuestamente yo respondería. 

Es difícil imaginar una construcción retórica más conveniente. Primero se presenta al discrepante de manera despectiva ante un auditorio. Después se anuncia, antes de que pueda decir una sola palabra, que cualquier respuesta que formule demostrará precisamente su carácter conflictivo. Si responde, queda confirmada la acusación. Si calla, permanecen sin contestación las falsedades y caricaturizaciones pronunciadas sobre él. Eso no es una discusión científica. Es una forma de desacreditar preventivamente al interlocutor.

Y mientras todo esto ocurría, estaba el público. Personas que habían ido a escuchar una conferencia sobre historia de Jerez terminaron asistiendo durante demasiado tiempo a una controversia personal que probablemente muchos ni conocían ni tenían el menor interés en conocer. El resultado fue visible en la propia sala: sorpresa, incomodidad, decepción, enfado en algunos asistentes y un progresivo abandono de la sala antes de que terminara el acto.

Naturalmente, nadie puede atribuir una misma opinión a todas las personas presentes ni asegurar las razones particulares por las que cada una decidió marcharse. Pero tampoco tiene sentido fingir que nada ocurrió. El ambiente se volvió incómodo y el desconcierto fue perceptible. Varios asistentes manifestaron después su indignación por la manera en que había transcurrido aquel larguísimo tramo, y esto resulta especialmente injusto con la propia Hermandad, que había organizado una actividad cultural y terminó ofreciendo involuntariamente el escenario para algo que difícilmente podía imaginar cuando cursó la invitación.

Hasta tal punto se prolongó ese tramo que parte del contenido previsto tuvo que grabarse posteriormente. Ese dato, por sí solo, resulta bastante elocuente. No se agotó el tiempo porque Santo Domingo exigiera una explicación histórica especialmente extensa. Se consumió una parte considerable de la sesión en una refutación personal que terminó desplazando el contenido que supuestamente constituía el objeto de la charla.

Por eso esta respuesta no pretende reproducir aquí la polémica científica. Quien esté interesado en saber quién dijo qué, quién interpretó correctamente a Rallón, qué significa el Llano de San Sebastián, dónde estaba el antiguo molino, qué cronología puede tener el arco de herradura o si la gran fortificación pudo funcionar como rábita o ribat dispone de todos los materiales necesarios. Puede ver las grabaciones. Puede leer mi artículo de CeretanumPuede consultar las publicaciones de López Vargas-Machuca. Y puede sacar sus propias conclusiones.

Lo que aquí se denuncia es otra cosa. Se denuncia una forma de utilizar una conferencia pública para desacreditar a quienes discrepan. Se denuncia la deformación de posiciones ajenas para hacerlas más fáciles de ridiculizar. Se denuncian las medias verdades y las afirmaciones falsas atribuidas a otros autores. Se denuncia la utilización de la burla, la exageración, las elevaciones de voz y las comparaciones descalificadoras como recursos de una supuesta refutación científica. Se denuncia que se introduzcan sospechas sobre la intencionalidad de los errores de un investigador sin aportar prueba alguna. Se denuncia que antiguas desavenencias personales con colegas e instituciones sean trasladadas a una conferencia histórica que nada tenía que ver con ellas. Y se denuncia que, después de todo eso, se desacredite preventivamente cualquier posible respuesta del aludido presentándolo ante el público como alguien que vive de la polémica.

No todo vale. La discrepancia científica no autoriza la humillación pública. La seguridad con la que alguien defienda una hipótesis no convierte las demás en ridículas. El hecho de que otros investigadores cuestionen una propuesta no los convierte en enemigos. Que una revista publique una interpretación distinta no constituye ninguna anomalía. Que una institución invite o deje de invitar a un investigador tampoco forma parte del método histórico. Y convertir una conferencia en el escenario donde confluyen todos esos agravios no engrandece la hipótesis que se pretendía defender. La empequeñece.

Aquella noche podría haberse celebrado una magnífica conferencia sobre uno de los problemas más interesantes de la historia medieval de Jerez. No fue eso lo que ocurrió durante una parte demasiado extensa del acto. Lo que ocurrió fue bochornoso. Fue esperpéntico por momentos. Y fue, sobre todo, profundamente impropio de la serenidad, el respeto y el rigor que deben presidir cualquier discusión académica.

No fue vergonzoso el hecho de que Fernando López Vargas-Machuca discrepara de otros investigadores. Fue vergonzosa la manera en que decidió hacerlo. Porque también de esto trata el trabajo académico: de aceptar que las propias hipótesis puedan ser cuestionadas, discutidas e incluso refutadas. Nadie que publique una interpretación histórica adquiere sobre ella un derecho de propiedad ni puede esperar que los demás investigadores se limiten a confirmarla. Una propuesta se somete a discusión desde el mismo instante en que se hace pública.

Y cuando otro investigador la cuestiona, la respuesta no puede ser el enfado, el agravio personal ni el intento de ridiculizar a quien discrepa. La respuesta debe estar en las fuentes, en los documentos, en la arqueología, en la bibliografía y en la fuerza de los argumentos. Si una hipótesis resiste, se mantiene; si los datos obligan a corregirla, se corrige. Eso es debatir. Lo contrario —convertir al discrepante en adversario personal, atribuirle intenciones, deformar sus planteamientos, ridiculizarlos ante un público o presentar como una afrenta el hecho mismo de que otros investigadores no compartan nuestras conclusiones— no fortalece ninguna hipótesis. Solo revela una manera profundamente equivocada de entender la discusión científica.

A todos nos pueden discutir un trabajo y a todos nos pueden demostrar que estábamos equivocados. Forma parte del oficio. Precisamente por eso resulta tan grave reaccionar ante la discrepancia intentando desacreditar al colega que la formula. La discrepancia no es una provocación y la refutación no es una afrenta personal. Por eso señalar públicamente lo sucedido aquella noche no es alimentar ninguna polémica. Es reclamar que las controversias académicas vuelvan al lugar del que nunca deberían haber salido: las fuentes, las pruebas y los argumentos.

Quien no acepta que sus propias hipótesis puedan ser discutidas difícilmente puede reclamar para sí las reglas del debate científico. Porque debatir no es humillar. Refutar no es ridiculizar. Y discrepar de un colega no convierte a ese colega en un enemigo al que haya que desacreditar ante un auditorio. Eso fue lo verdaderamente bochornoso y esperpéntico de aquella conferencia. Y eso es, precisamente, lo que no debería normalizarse jamás como debate científico.

Miguel Ángel Borrego Soto
Centro de Estudios Históricos Jerezanos

lunes, 3 de agosto de 2026

¿Ceri o Šarīš?

La Jerez romana que sigue sin aparecer

Crónicas, monedas, columnas y arqueología 
en torno a los orígenes de la ciudad

Miguel Ángel Borrego Soto
Centro de Estudios Históricos Jerezanos

Reverso de una moneda de Ceri o Cerit conservada en el Museo Arqueológico Municipal de Jerez Alcázar de Jerez de la Frontera

Dos piezas del problema: a la izquierda, moneda con la leyenda conservada CER, de procedencia desconocida; a la derecha, el alcázar de la Šarīš andalusí. Fotografías: Museo Arqueológico Municipal de Jerez y Luis M. Portillo, Wikimedia Commons, CC BY-SA 4.0.

Durante cuatro siglos se ha buscado bajo Jerez una ciudad romana. Los nombres propuestos han sido numerosos —Xera, Ceret, Cerit, Seritium— y tampoco han faltado monedas, columnas, inscripciones perdidas o materiales romanos utilizados para completar el relato. La dificultad continúa siendo la misma: la arqueología urbana todavía no ha descubierto calles, edificios, viviendas o espacios públicos pertenecientes a aquella ciudad.

La campiña jerezana estuvo intensamente romanizada. Mesas de Asta y Gibalbín albergaron importantes núcleos antiguos, y por todo el término se conocen villae, alfares, necrópolis y explotaciones agrícolas. El problema comienza cuando esa realidad territorial se convierte, sin pruebas suficientes, en una ciudad romana situada bajo el casco histórico. Allí, la primera trama urbana que aparece con claridad continúa siendo la de Šarīš.