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viernes, 9 de enero de 2026

La ciudad andalusí de Asṭa y su alfoz (Mesas de Asta, Jerez)

1. Introducción

El yacimiento de Mesas de Asta, solar de la antigua ciudad romana de Hasta Regia, aparece citado en las fuentes árabes medievales bajo distintas formas —Asṭa, Iṣṭabba, Astibar o Isṭibūna— que no responden a realidades distintas, sino a corrupciones o lecturas defectuosas de un mismo topónimo. La forma Asṭa, transmitida con claridad por Ibn Ḥayyān e Ibn al-Faraḍī, es la que mejor se ajusta tanto a la documentación escrita como a la identificación arqueológica del enclave en época andalusí. Hasta fechas relativamente recientes, los únicos restos arqueológicos de importancia fechados entre los siglos X y XI en el término municipal de Jerez de la Frontera procedían de este yacimiento, situado a unos once kilómetros al noroeste de la ciudad, un lugar de suaves elevaciones rodeadas de antiguas marismas. En la colina principal —hoy ocupada por el olivar del cortijo "El Rosario"— la historiografía local sitúa tradicionalmente el núcleo de la mencionada Hasta Regia.

Fig. 1. Ataifor procedente del yacimiento de Mesas de Asta

Las excavaciones dirigidas por Manuel Esteve Guerrero en las décadas de 1940 y 1950 sacaron a la luz un abundante conjunto de materiales que confirmaban el esplendor del enclave en época turdetana y romana. Sin embargo, el hallazgo más inesperado fue la identificación de un importante asentamiento andalusí superpuesto a las ruinas antiguas, algo totalmente desconocido hasta entonces. Entre los restos descubiertos destacaban los de un edificio del siglo X, interpretado por Esteve como la posible residencia del señor del lugar, a juzgar por la calidad de sus estructuras —muros estucados, solerías de sillares— y por la riqueza de la cerámica asociada. Aunque en un primer momento se pensó en una almunia o alquería aislada, los hallazgos posteriores, en puntos distintos del yacimiento y de la misma cronología, llevaron a Esteve a una conclusión mucho más ambiciosa: Mesas de Asta había sido una auténtica ciudad andalusí.

Entre las piezas más significativas destaca una limeta con la inscripción al-mulk, (“el poder”) realizada en cerámica verde y manganeso, técnica característica del reinado de al-Ḥakam II y estrechamente vinculada a Madīnat al-Zahrāʾ (fig. 2). Esta vajilla de lujo, cargada de simbolismo político y religioso, no era un objeto cualquiera, sino un emblema del poder califal, lo que indica la presencia en Asta de personajes de alto rango. A ello se suman ataifores de época taifa y una pieza excepcional de cuerda seca con la inscripción ʿāfiya (“salud”), de claro carácter propiciatorio, que sitúa al yacimiento entre los conjuntos cerámicos más relevantes del occidente andalusí (fig. 1). La calidad técnica y el estado de conservación de estas piezas permiten afirmar que Mesas de Asta estuvo habitada al menos hasta el siglo XII.


 Fig. 2. Limeta procedente del yacimiento de Mesas de Asta

Estos descubrimientos parecían confirmar la vieja tradición historiográfica jerezana —seguida, entre otros, por Leopoldo Torres Balbás— que defendía la destrucción de Asṭa durante la crisis final del Califato y el traslado de su población a una nueva ciudad, Šarīš (Jerez). Sin embargo, el propio Esteve se mostró siempre escéptico ante esta identificación, insistiendo en que Asṭa Šarīš fueron núcleos distintos e independientes. Las investigaciones arqueológicas más recientes desarrolladas en Jerez y, sobre todo, un pasaje decisivo del Muqtabis de Ibn Ḥayyān, referido a las defensas del suroeste de al-Andalus frente a los ataques normandos de 844-845, han permitido corregir definitivamente ese error secular. En dicho texto se mencionan conjuntamente Šarīš y Asṭa, lo que demuestra que ambas ciudades eran ya coetáneas a mediados del siglo IX, dentro del sistema defensivo de la cora de Sidonia.

La riqueza del registro material de Mesas de Asta —hoy conservado en el Museo Arqueológico de Jerez— contrastaba, sin embargo, con el silencio casi absoluto de las fuentes escritas sobre la Asṭa andalusí. Durante mucho tiempo no se conocieron menciones claras en obras geográficas ni en diccionarios bio-bibliográficos, a diferencia de lo que ocurre con otras ciudades de la cora como ŠiḏūnaQalsāna o, sobre todo, la propia Šarīš. Aunque el topónimo se ha confundido con Estepa, al-Ḥimyarī sitúa ese lugar a unas veinticinco millas de Qalšāna, lo que la identifica plenamente en el entorno jerezano. A ello se suman otras formas del nombre —AstibarIsṭibūna— recogidas por distintos autores medievales que, como ya hemos indicado, no son sino corrupciones del topónimo Asṭa.  

2. La familia de los Banū Gālib

Las fuentes bio-bibliográficas permiten reconstruir también una notable continuidad de saber y autoridad religiosa en torno a Asṭa a través de la familia de los Banū Gālib, linaje con origen en Sidonia y estrechamente vinculado al territorio de la antigua Hasta Regia en época andalusí. Esta familia ofrece un ejemplo especialmente elocuente de cómo una medina hoy desaparecida funcionó como foco de irradiación intelectual dentro de la cora de Sidonia entre los siglos X y XII.

El primer miembro bien documentado del linaje es Abū l-Aṣbag ʿUṯmān b. Saʿīd Ibn Gālib, alfaquí y tradicionista natural de Sidonia, que ejerció como imán y jatib de la mezquita aljama de Asṭa y murió en esta ciudad hacia los años 983-984. Su figura confirma de manera inequívoca la existencia en Asṭa de una aljama activa y de una comunidad urbana con entidad suficiente para sostener un cargo religioso de primer orden. Su hijo, Abū l-Walīd Abān Ibn Gālib, gramático, lexicólogo y poeta, representa el salto generacional hacia los grandes centros culturales de al-Andalus. Formado en Córdoba y vinculado a ambientes intelectuales próximos al masarrismo, Abū l-Walīd mantuvo, no obstante, el vínculo familiar con Sidonia y Asṭa, donde su padre ejercía la autoridad religiosa. Falleció en Córdoba en 987, en un contexto de persecución de los círculos doctrinales relacionados con Ibn Masarra.

Los hijos de Abū l-Walīd, conocidos como Ibn al-Sarrāŷ, prolongan esta trayectoria intelectual. Muḥammad b. Abān Ibn al-Sarrāŷ, teólogo racionalista natural de Sidonia, se formó inicialmente en su entorno familiar —probablemente entre Sidonia y Asṭa— antes de trasladarse a Córdoba, donde destacó por su dedicación a la teología dialéctica y falleció hacia 1048-1049. Su hermano ʿAbd al-Raḥmān b. Abān Ibn al-Sarrāŷ, tradicionista nacido en Calsena, desarrolló también su actividad en Córdoba, donde transmitió enseñanzas a figuras de primer nivel y murió en el segundo cuarto del siglo XI. La proyección del linaje alcanza incluso el siglo XII con Muḥammad b. ʿAbd al-Raḥmān Ibn al-Sarrāŷ, alfaquí y cadí de Jerez, natural de esa ciudad y descendiente directo de esta misma familia. Su figura testimonia la continuidad del prestigio de los Banū Gālib tras el declive de Asṭa, así como el desplazamiento progresivo del eje urbano y administrativo hacia Šarīš.

En conjunto, estas biografías dibujan una secuencia coherente que vincula Sidonia, Asṭa, Calsena, Córdoba y, finalmente, Jerez, y confirman que Asṭa no fue un asentamiento menor, sino un centro religioso y cultural plenamente integrado en las redes intelectuales de al-Andalus. La presencia continuada de alfaquíes, imanes, gramáticos y teólogos pertenecientes a un mismo linaje refuerza la imagen de Asṭa como medina dotada de mezquita aljama, alfoz propio y élites locales, plenamente funcional dentro de la cora de Sidonia.

3. El alfoz de Asṭa en época andalusí. Lascut Lascuta: alcance y límites de una identificación numismática

Todo apunta, por tanto, a la existencia en Mesas de Asta de una medina andalusí integrada en la red urbana de la cora de Sidonia, con mezquita aljama, una élite culta bien documentada y un amplio alfoz, del que las fuentes árabes permiten esbozar, aunque sea de forma fragmentaria, su extensión y articulación territorial. Diversos testimonios mencionan un espacio rural dependiente de esta ciudad que integraba antiguos núcleos de origen romano y fortificaciones de control del territorio. Entre ellos destaca Šārruh, identificado habitualmente con la romana Siarum, cuyos restos se localizan en el actual cortijo de Zarracatín (Sevilla), así como al-Aqwās, citado en las fuentes como castillo de la cora de Sidonia y cuyo emplazamiento se ha propuesto en Torres Alocaz (Sevilla), sin descartar su relación con otros enclaves del entorno de Gibalbín. Este entramado de aldeas, castillos y espacios agrarios configura un territorio coherente, articulado en torno a Asṭa, que desempeñó un papel clave en la organización del poblamiento y en el control de los ejes naturales de comunicación del sector noroccidental del término jerezano. Este marco territorial proporciona además un contexto idóneo para abordar uno de los debates más complejos y persistentes de la historiografía de la zona: la localización de Lascut / Lascuta. Lejos de tratarse de una cuestión aislada o puramente numismática, el problema de este topónimo debe analizarse a la luz de la coherencia espacial del ager hastensis, de las dinámicas de poblamiento heredadas de época romana y de su proyección en la organización territorial andalusí, dentro de la cual el entorno de Asṭa desempeñó un papel central.

La fuerza con la que se ha consolidado desde mediados del siglo XX la equiparación de Lakka con el entorno de Qalsāna y la Junta de los Ríos ha favorecido la pervivencia de una línea de interpretación que continúa influyendo en los planteamientos más recientes. Entre ellos se encuentra la hipótesis numismática planteada por Jordi Páez, basada en la relectura de una de las emisiones latinas vinculadas a la ceca de Lascut, con el propósito de fundamentar la localización de Lakka en ese entorno fluvial, frente a otras propuestas como la que venimos defendiendo. La tesis de Jordi Páez se apoya, en primer término, en la localización tradicional de Lascut (o Lascuta) en Alcalá de los Gazules (Cádiz) y, en particular, en el entorno de la cercana Mesa del Esparragal. Esta identificación descansa principalmente en el supuesto hallazgo allí del citado Bronce de Lascuta (189 a. C.), un decreto del pretor Lucio Emilio Paulo que concede la libertad a los servei Hastensium residentes en la turris Lascutana, y que deja claro que Lascut era una comunidad dependiente del territorio de Hasta Regia (el actual yacimiento de Mesas de Asta, a unos 15 km al noroeste de Jerez de la Frontera), articulada jurídicamente en torno a dicha turris. Lascut se ha vinculado así tanto al casco urbano de Alcalá de los Gazules —donde se han documentado importantes restos romanos, entre ellos una moneda de esa ceca— como a la Mesa del Esparragal, tradicionalmente identificada con la turris Lascutana. Sin embargo, las evidencias arqueológicas de este último enclave se reducen, por el momento, a un extenso asentamiento calcolítico, una alquería andalusí y una torre cristiana bajomedieval, lo que desplaza, en todo caso, el foco hacia la propia Alcalá de los Gazules. Con todo, y como desarrollaremos más adelante, la relación explícita establecida por el bronce entre Lascut / turris Lascutana y el territorio de Hasta Regia sugiere que la localización del núcleo romano —como ya adviertiera Mateos Gago y con independencia de su precisión topográfica— deba buscarse más próxima al ager hastensis, alrededor de los esteros del Guadalquivir, que a las sierras interiores de Alcalá.

Sobre esta base, Jordi Páez analiza una emisión monetaria concreta conservada en el Museo Nacional de Dinamarca (fig. 3), en la que el anverso muestra un busto masculino de perfil acompañado de la leyenda LASCVT, mientras que el reverso presenta la figura de un elefante avanzando hacia la derecha, flanqueada por dos elementos epigráficos que el autor interpreta como LAↃↃ(A) en la parte superior y MOPSI en el exergo. A partir de esta lectura, identifica el primero con el topónimo Lacca y el segundo con un cognomen de carácter heroico o divino, concretamente el del augur griego “Mopso”, y no con un nombre personal o magistratural, opción habitual en este tipo de emisiones. La moneda reflejaría así, en su opinión, un proceso de sinecismo mediante el cual el antiguo oppidum de altura, Lascut, habría quedado integrado en una nueva civitas fundada en el llano con el nombre de Lacca Mopsi, identificable con la posterior Lakka de las fuentes árabes y localizable en la Junta de los Ríos. La emisión funcionaría, de este modo, como una acuñación conmemorativa de la integración de Lascuta en Lacca y de la institucionalización de esta nueva ciudad estipendiaria, hipótesis que el autor refuerza mediante la supuesta dispersión de hallazgos monetarios de la ceca Lascut en la franja comprendida entre Jerez y Arcos.


Fig. 3. Moneda de Lascut procedente del DNM Copenhague, SNG 43,118. Fuente: monedaiberica.org/v5/type/944

Aunque el planteamiento resulta sugerente, presenta varios problemas de fondo que obligan a recibirlo con cautela. En primer lugar, no se ajusta bien a lo que conocemos con mayor grado de certeza sobre Lascut. La ciudad está documentada con solidez por el Bronce de Lascuta, que la vincula explícitamente al territorio de Hasta Regia, ciudad situada a considerable distancia tanto de Alcalá de los Gazules como de la Junta de los Ríos. Desde este punto de partida, resulta difícil justificar un traslado masivo de población desde un oppidum de altura jurídicamente adscrito al ámbito hastense hacia un enclave fluvial alejado de dicho territorio, sin que exista hasta la fecha un correlato arqueológico urbano inequívoco en la Junta de los Ríos. La supuesta dispersión de hallazgos monetarios en la campiña entre Jerez y Arcos —argumento central en la propuesta de Páez— constituye un indicador fiable de circulación y consumo de numerario, pero no permite, por sí sola, identificar una civitas concreta ni postular la traslación de la comunidad lascutana a ese enclave. En todo caso, dicha dispersión reforzaría la cercanía funcional de Lascut con Hasta Regia más que con Alcalá de los Gazules (fig. 4).

 


Fig. 4. Ubicación del yacimiento de Mesas de Asta, Alcalá de los Gazules y la Junta de los Ríos en la actual provincia de Cádiz. Fuente: ign.es/iberpix/visor/

Por otra parte, la interpretación de la dualidad LASCVT / LAↃↃ MOPSI como resultado de un proceso de sinecismo, matizado mediante el término latino contributio, introduce un escenario histórico mucho más concreto y arriesgado —la fundación ex novo de una Lacca Mopsi en la Junta de los Ríos— para el que no existe un respaldo claro en las fuentes. En la tradición griega, el synoikismós alude a la unión institucional de varias comunidades próximas para formar una nueva polis, sin implicar necesariamente el abandono físico de los asentamientos preexistentes; en el ámbito romano, la contributio o adtributio designa una adscripción fiscal o jurídica que tampoco comporta de manera automática una refundación urbana en otro emplazamiento. En la hipótesis de Páez se advierte, por tanto, una cierta confusión entre ambos conceptos y su alcance histórico real.

Las bases filológicas y epigráficas del argumento tampoco resultan convincentes. La emisión monetaria en cuestión ha generado lecturas muy diversas a lo largo del tiempo —desde LASCVTA hasta SCVT o incluso C·CVTI, esta última interpretada como un nomen latino documentado en epígrafes de Sevilla, Utrera o Córdoba, en combinación con M. OPSI—, lo que pone de relieve la ambigüedad paleográfica del conjunto y convierte la lectura toponímica en una hipótesis, no en un dato firme. En este contexto, la introducción de un referente heroico griego como “Mopso” no resulta una solución necesaria desde el punto de vista explicativo, cuando el epígrafe puede resolverse de forma más económica como una secuencia onomástica local o magistratural, de las que hay otros ejemplos en la misma ceca y en la amonedación de la Hispania Ulterior.

Tras las dudas formuladas por Mateos Gago acerca de la localización tradicional de Lascut en Alcalá de los Gazules o en la Mesa del Esparragal, una revisión reciente de Luis Iglesias García ha venido a reforzar desde otros parámetros la fragilidad de ese encuadre. En su trabajo, este autor desplaza deliberadamente el foco hacia la evidencia arqueológica y numismática, subrayando la debilidad de una identificación asentada en tradiciones decimonónicas y en la atribución acrítica del hallazgo del Bronce de Lascuta, cuya procedencia exacta resulta imprecisa y obliga, por ello, a extremar las cautelas. De este modo, Iglesias García propone reconsiderar la búsqueda de Lascut y de la Turris Lascutana en un espacio más próximo a las marismas del Guadalquivir, donde se documenta una significativa dispersión de numerario atribuible a la ceca de Lascut, concentrada en el entorno del Cerro de Mojón Blanco, en las cercanías del yacimiento de Mesas de Asta. Este indicio, hasta ahora poco explotado, no solo se ajusta mejor a la lógica territorial del bajo Guadalete, sino que refuerza la necesidad de replantear la geografía de Lascut fuera de los marcos tradicionales.

Es precisamente en este punto donde la documentación árabe medieval adquiere un valor decisivo, al aportar una serie de testimonios toponímicos que permiten avanzar hacia una propuesta de identificación más acertada. Ibn Jaldūn menciona, en el marco de las campañas meriníes de finales del siglo XIII, la existencia de una fortaleza designada como ḥiṣn (A)sqūṭ o ḥiṣn S(a)qūṭ (حصن سقوط), situada cerca del campamento musulmán establecido junto a Šarīš (Jerez). La forma, transmitida sin vocalización, es compatible con distintas lecturas y puede entenderse como la adaptación árabe de un topónimo previo Lasqūṭ (لسقوط), susceptible de transformación gráfica a partir de la asimilación de la letra lām (ل) ante consonante solar, por una posible analogía con el artículo árabe (ال, “al-”), cuya realización oral /(A)sqūṭ/ o /S(a)qūṭ/, también con posible metátesis vocálica, pudo reducirse gráficamente a سقوط (Sqūṭ). A este testimonio se suma el de Ibn Abī Zarʿ, quien, al relatar el mismo episodio sitúa este enclave a doce millas (unos 22 km) de Šarīš, denominándolo burǧ Muntqūṭ (برج منتقوط), “torre de Muntqūṭ”, o bien مشقريط (Mšqryṭ), lectura que, pese a su deterioro gráfico, parece remontar a un hipotético منتشقوط (Muntšqūṭ)*, muy próximo formalmente al Sqūṭ de Ibn Jaldūn y coherente con la oscilación ortográfica de los manuscritos magrebíes.

La convergencia de todas estas formas —SqūṭMuntqūṭMuntšqūṭMuntiqūṭ—, aplicadas a una fortificación del entorno jerezano, dibuja un hilo toponímico difícilmente atribuible al azar. Si se tiene en cuenta, además, que la localización de este lugar, como ya advirtiera el propio Luis Iglesias García, coincide con la posición estratégica del actual cortijo de Monteagudo, a una distancia de Jerez idéntica a la indicada por Ibn Abī Zarʿ y próxima a las Mesas de Asta, solar de la antigua Hasta Regia, y al mencionado Cerro de Mojón Blanco, resulta verosímil reconocer en este espacio la pervivencia medieval —fonética, geográfica y funcional— de la antigua Lascut (fig. 5). 


Fig. 5. Ubicación del cortijo de Monteagudo con respecto del yacimiento de Mesas de Asta (Hasta Regia)

4. Conclusión

El conjunto de datos arqueológicos, textuales y toponímicos analizados permite restituir a Asṭa —el yacimiento de Mesas de Asta— el papel central que le corresponde dentro de la organización urbana, territorial e intelectual de la cora de Sidonia entre los siglos IX y XII. Lejos de tratarse de un asentamiento residual o de una simple pervivencia del solar romano de Hasta Regia, Asṭa fue una auténtica medina andalusí, dotada de mezquita aljama, élites religiosas bien documentadas y un alfoz amplio y articulado, plenamente integrada en las dinámicas políticas, culturales y económicas del suroeste de al-Andalus. La riqueza y calidad del registro material, junto a la evidencia proporcionada por las fuentes árabes, permiten corregir definitivamente interpretaciones heredadas que confundían su trayectoria con la de Šarīš y relegaban su papel a un estadio previo o subordinado.

En este marco, la trayectoria de la familia de los Banū Gālib aporta una dimensión humana e intelectual decisiva, al mostrar cómo Asṭa funcionó como foco de formación y transmisión del saber religioso, en estrecha conexión con Sidonia, Córdoba y, más tarde, Jerez. La continuidad generacional de alfaquíes, imanes y teólogos vinculados al linaje confirma la existencia de una comunidad urbana sólida, capaz de sostener instituciones religiosas estables y de proyectar su influencia más allá del ámbito local, incluso tras el progresivo desplazamiento del centro de gravedad urbano hacia Šarīš.

La reconstrucción del alfoz de Asṭa refuerza esta imagen de centralidad territorial, al situar la medina en el corazón de un espacio coherente que integraba antiguos núcleos romanos, castillos andalusíes y áreas agrarias estratégicas. Es precisamente desde esta coherencia espacial —heredera del ager hastensis romano y proyectada en la organización territorial andalusí— desde donde cobra pleno sentido el replanteamiento de la localización de Lascut / Lascuta. El análisis crítico de la hipótesis numismática que identifica Lacca con la Junta de los Ríos pone de relieve los límites de una lectura excesivamente dependiente de interpretaciones epigráficas ambiguas y de modelos históricos poco ajustados a las realidades documentadas.

Frente a ello, la convergencia entre la dispersión del numerario, la lógica territorial del bajo Guadalete y, sobre todo, los testimonios de la geografía histórica árabe —con las formas Sqūṭ, Muntqūṭ o Muntšqūṭ— permite avanzar una identificación más verosímil de la antigua Lascut en el entorno inmediato de Mesas de Asta, probablemente en el área de Monteagudo y el Cerro de Mojón Blanco. Esta propuesta no solo se ajusta mejor a las fuentes, sino que devuelve coherencia histórica a un territorio cuyo eje articulador fue, durante siglos, Asṭa.

En definitiva, la recuperación de la Asṭa andalusí como medina plenamente funcional y la reconsideración de su territorio asociado obligan a revisar en profundidad la geografía histórica del noroeste del término jerezano. Lejos de ser un problema aislado, la cuestión de Lascut se inserta así en una reflexión más amplia sobre la continuidad del poblamiento, la persistencia de los topónimos y la adaptación de las estructuras territoriales romanas en al-Andalus. Un panorama que, aún abierto a nuevas aportaciones arqueológicas, invita a abandonar inercias interpretativas y a mirar el paisaje histórico con una perspectiva más coherente.

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