Porque eso fue precisamente lo que sucedió. Durante un largo tramo, Santo Domingo dejó de ser el verdadero centro de la conferencia. Su lugar lo ocupó una extensa descalificación de mis trabajos y, progresivamente, de otros investigadores, publicaciones e instituciones vinculados de una u otra forma con posiciones que Fernando López Vargas-Machuca considera equivocadas. No se trató simplemente de una refutación académica severa. Eso habría sido absolutamente legítimo. Las hipótesis históricas están para ser discutidas, revisadas y, cuando los argumentos lo permiten, desmontadas. Lo que presenciamos fue algo muy diferente.
Hubo una deformación sistemática de posiciones ajenas, reducidas en varios momentos a versiones que no se corresponden con lo publicado y que, una vez simplificadas o exageradas, resultaban mucho más fáciles de ridiculizar ante el auditorio. Hubo afirmaciones falsas acerca de lo que sostengo en mis trabajos; reconstrucciones atribuidas a mí que jamás he formulado; insinuaciones sobre cómo habría llegado a determinadas conclusiones; y hasta representaciones gráficas presentadas como propias de mi hipótesis que no aparecen en ninguno de mis artículos. Quien desee comprobarlo no necesita aceptar mi palabra. Ahí están las dos grabaciones de la conferencia y ahí está mi artículo publicado en la revista Ceretanum que edita la Real Academia de San Dionisio de Jerez. Basta comparar unas cosas con otras.
El problema, además, no fue únicamente de contenido. La exposición estuvo acompañada durante ese tramo por expresiones burlescas, reiteradas elevaciones del volumen de voz, forzados y falaces gestos de incredulidad, risas, comentarios despectivos y comparaciones cuya finalidad evidente era presentar determinadas propuestas como intelectualmente disparatadas. La discusión sobre textos de los siglos XVII y XVIII, edificios desaparecidos, topónimos históricos y restos arqueológicos de cronología debatida llegó a compararse con defender que la Tierra es plana. Eso no es contundencia académica. Eso es ridiculización.
Un investigador puede afirmar que otro se equivoca. Puede demostrar que ha interpretado mal una fuente. Puede incluso concluir que una determinada hipótesis carece por completo de fundamento. Lo que no debería hacer es construir ante un público la imagen de que quien discrepa se encuentra intelectualmente en el terreno del terraplanismo. La situación se volvió todavía más grave cuando se dejó abierta ante los asistentes la posibilidad de que uno de los supuestos errores cometidos en mi trabajo pudiera ser voluntario. En ese punto se había abandonado ya la crítica de una interpretación histórica. Se estaba introduciendo una sospecha sobre la propia conducta intelectual de quien había publicado esa interpretación.
Tampoco quedó al margen la revista Ceretanum. El hecho de que mi artículo hubiese sido publicado allí fue presentado con un grado de sorpresa y desaprobación que alcanzaba inevitablemente a quienes consideraron legítimo aceptarlo en su momento. Y tampoco fui yo el único incorporado a aquella extraña relación de agravios. Apareció Diego Bejarano, no simplemente como arqueólogo relacionado con determinada documentación, sino asociado a antiguas discrepancias personales con el conferenciante. Apareció David Caramazana, sobre quien se formularon consideraciones acerca de una supuesta voluntad de descalificar a López Vargas-Machuca y se especuló acerca de conversaciones, coincidencias y afinidades entre investigadores. Apareció el Centro de Estudios Históricos Jerezanos y volvió a recordarse que no había contado con él para unas jornadas celebradas en 2022, dejando incluso abierta la posibilidad de que cada cual imaginara las razones de aquella decisión.
De este modo, lo que había comenzado como una conferencia sobre Santo Domingo terminó dibujando un sorprendente panorama en el que alrededor del conferenciante parecían acumularse investigadores que lo cuestionan, revistas que publican trabajos discrepantes e instituciones que, en determinadas ocasiones, no han contado con él. Nada de eso sirve para fechar un muro. Nada de eso identifica una qubba. Nada de eso demuestra la existencia de un ribat. Nada de eso pertenece al problema histórico que había convocado al público aquella noche.
Pero quizá el momento que mejor resume la deriva de la conferencia llegó al final de la misma. Después de dedicar una cantidad extraordinaria de tiempo a desacreditar mis investigaciones, López Vargas-Machuca decidió anticipar ante el auditorio cuál sería mi reacción posterior, afirmando que vivo de la polémica e imaginando públicamente los insultos, acusaciones e incluso posibles acciones legales con los que supuestamente yo respondería.
Es difícil imaginar una construcción retórica más conveniente. Primero se presenta al discrepante de manera despectiva ante un auditorio. Después se anuncia, antes de que pueda decir una sola palabra, que cualquier respuesta que formule demostrará precisamente su carácter conflictivo. Si responde, queda confirmada la acusación. Si calla, permanecen sin contestación las falsedades y caricaturizaciones pronunciadas sobre él. Eso no es una discusión científica. Es una forma de desacreditar preventivamente al interlocutor.
Y mientras todo esto ocurría, estaba el público. Personas que habían ido a escuchar una conferencia sobre historia de Jerez terminaron asistiendo durante demasiado tiempo a una controversia personal que probablemente muchos ni conocían ni tenían el menor interés en conocer. El resultado fue visible en la propia sala: sorpresa, incomodidad, decepción, enfado en algunos asistentes y un progresivo abandono de la sala antes de que terminara el acto.
Naturalmente, nadie puede atribuir una misma opinión a todas las personas presentes ni asegurar las razones particulares por las que cada una decidió marcharse. Pero tampoco tiene sentido fingir que nada ocurrió. El ambiente se volvió incómodo y el desconcierto fue perceptible. Varios asistentes manifestaron después su indignación por la manera en que había transcurrido aquel larguísimo tramo, y esto resulta especialmente injusto con la propia Hermandad, que había organizado una actividad cultural y terminó ofreciendo involuntariamente el escenario para algo que difícilmente podía imaginar cuando cursó la invitación.
Hasta tal punto se desvió la conferencia de su programa que una parte del contenido previsto tuvo que grabarse posteriormente. Ese dato, por sí solo, resulta bastante elocuente. No se agotó el tiempo porque Santo Domingo exigiera una explicación histórica especialmente extensa. Se consumió una parte considerable de la sesión en una refutación personal que terminó desplazando el contenido que supuestamente constituía el objeto de la charla.
Por eso esta respuesta no pretende reproducir aquí la polémica científica. Quien esté interesado en saber quién dijo qué, quién interpretó correctamente a Rallón, qué significa el Llano de San Sebastián, dónde estaba el antiguo molino, qué cronología puede tener el arco de herradura o si la gran fortificación pudo funcionar como rábita o ribat dispone de todos los materiales necesarios. Puede ver las grabaciones. Puede leer mi artículo de Ceretanum. Puede consultar las publicaciones de López Vargas-Machuca. Y puede sacar sus propias conclusiones.
Lo que aquí se denuncia es otra cosa. Se denuncia una forma de utilizar una conferencia pública para desacreditar a quienes discrepan. Se denuncia la deformación de posiciones ajenas para hacerlas más fáciles de ridiculizar. Se denuncian las medias verdades y las afirmaciones falsas atribuidas a otros autores. Se denuncia la utilización de la burla, la exageración, las elevaciones de voz y las comparaciones descalificadoras como recursos de una supuesta refutación científica. Se denuncia que se introduzcan sospechas sobre la intencionalidad de los errores de un investigador sin aportar prueba alguna. Se denuncia que antiguas desavenencias personales con colegas e instituciones sean trasladadas a una conferencia histórica que nada tenía que ver con ellas. Y se denuncia que, después de todo eso, se desacredite preventivamente cualquier posible respuesta del aludido presentándolo ante el público como alguien que vive de la polémica.
No todo vale. La discrepancia científica no autoriza la humillación pública. La seguridad con la que alguien defienda una hipótesis no convierte las demás en ridículas. El hecho de que otros investigadores cuestionen una propuesta no los convierte en enemigos. Que una revista publique una interpretación distinta no constituye ninguna anomalía. Que una institución invite o deje de invitar a un investigador tampoco forma parte del método histórico. Y convertir una conferencia en el escenario donde confluyen todos esos agravios no engrandece la hipótesis que se pretendía defender. La empequeñece.
Aquella noche podría haberse celebrado una magnífica conferencia sobre uno de los problemas más interesantes de la historia medieval de Jerez. No fue eso lo que ocurrió durante una parte demasiado extensa del acto. Lo que ocurrió fue bochornoso. Fue esperpéntico por momentos. Y fue, sobre todo, profundamente impropio de la serenidad, el respeto y el rigor que deben presidir cualquier discusión académica.
No fue vergonzoso el hecho de que Fernando López Vargas-Machuca discrepara de otros investigadores. Fue vergonzosa la manera en que decidió hacerlo. Porque también de esto trata el trabajo académico: de aceptar que las propias hipótesis puedan ser cuestionadas, discutidas e incluso refutadas. Nadie que publique una interpretación histórica adquiere sobre ella un derecho de propiedad ni puede esperar que los demás investigadores se limiten a confirmarla. Una propuesta se somete a discusión desde el mismo instante en que se hace pública.
Y cuando otro investigador la cuestiona, la respuesta no puede ser el enfado, el agravio personal ni el intento de ridiculizar a quien discrepa. La respuesta debe estar en las fuentes, en los documentos, en la arqueología, en la bibliografía y en la fuerza de los argumentos. Si una hipótesis resiste, se mantiene; si los datos obligan a corregirla, se corrige. Eso es debatir. Lo contrario —convertir al discrepante en adversario personal, atribuirle intenciones, deformar sus planteamientos, ridiculizarlos ante un público o presentar como una afrenta el hecho mismo de que otros investigadores no compartan nuestras conclusiones— no fortalece ninguna hipótesis. Solo revela una manera profundamente equivocada de entender la discusión científica.
A todos nos pueden discutir un trabajo y a todos nos pueden demostrar que estábamos equivocados. Forma parte del oficio. Precisamente por eso resulta tan grave reaccionar ante la discrepancia intentando desacreditar al colega que la formula. La discrepancia no es una provocación y la refutación no es una afrenta personal. Por eso señalar públicamente lo sucedido aquella noche no es alimentar ninguna polémica. Es reclamar que las controversias académicas vuelvan al lugar del que nunca deberían haber salido: las fuentes, las pruebas y los argumentos.
Quien no acepta que sus propias hipótesis puedan ser discutidas difícilmente puede reclamar para sí las reglas del debate científico. Porque debatir no es humillar. Refutar no es ridiculizar. Y discrepar de un colega no convierte a ese colega en un enemigo al que haya que desacreditar ante un auditorio. Eso fue lo verdaderamente bochornoso y esperpéntico de aquella conferencia. Y eso es, precisamente, lo que no debería normalizarse jamás como debate científico.





