Esa defensa de Ceuta quedaría incompleta si no incluyera una palabra de solidaridad hacia las personas llegadas desde Marruecos, muchas de ellas empujadas por la necesidad, el miedo o la esperanza de una vida mejor. Sería injusto convertirlas colectivamente en una amenaza. Los delitos, cuando los haya, tienen responsables concretos y deben perseguirse como tales, sin extender la culpa al conjunto. Los ceutíes han vuelto a responder con la generosidad de una sociedad abierta y plural, en cuya vida cotidiana conviven desde hace mucho tiempo las comunidades cristiana, musulmana, judía e hindú. Con todo, la voluntad de acogida, por amplia que sea, no vuelve inagotables las plazas disponibles, los recursos sanitarios ni los medios materiales de una ciudad de dimensiones reducidas. Se puede reconocer que sus servicios han quedado desbordados y, al mismo tiempo, preservar la dignidad de quienes llegan: exigir al Estado y a las instituciones competentes que asuman sus responsabilidades no tiene nada de xenófobo. Si en el origen de esta situación intervienen cálculos políticos o geopolíticos, habrá que esclarecerlos mediante hechos y datos, sin convertir a las personas más vulnerables en culpables de decisiones ajenas.
Quisiera, por ello, rendirle homenaje desde el terreno que mejor conozco, el de la historia intelectual del Jerez andalusí. Durante la Edad Media, la Sabta de las fuentes árabes formó parte del horizonte político, económico y cultural compartido por al-Andalus y el Magreb occidental. A través del Estrecho transitaban comerciantes y peregrinos, mientras libros, lecturas, licencias docentes, dictámenes jurídicos y cadenas de transmisión circulaban de una ciudad a otra. Las biografías de los ulemas vinculados a Šarīš, la actual Jerez, muestran hasta qué punto Ceuta fue lugar de estudio, ejercicio profesional, residencia y refugio.
El sistema docente del islam medieval no se articulaba en torno a universidades semejantes a las actuales, con planes de estudios uniformes y titulaciones expedidas por una institución. El alumno buscaba a los maestros que gozaban de mayor autoridad, leía con ellos determinadas obras, asistía a sus maŷālis o sesiones de enseñanza, copiaba sus dictados y obtenía, llegado el caso, una iŷāza, es decir, la autorización para transmitir lo aprendido. De ahí que la riḥla fī ṭalab al-ʿilm, el viaje en busca del saber, constituyera una parte esencial de la formación de muchos ulemas.
En aquel mapa intelectual, el Estrecho era más camino que frontera. Sevilla, Jerez, Algeciras, Ceuta, Fez, Marrakech o Bugía eran etapas posibles de un mismo itinerario, aunque cada ciudad contaba con sus propios círculos, especialidades y maestros. Ceuta no era una sencilla escala de paso hacia otra parte. Era una escuela. La ciudad que había dado figuras de la talla del cadí ʿIyāḍ mantuvo durante los siglos XII y XIII una vida intelectual capaz de atraer a estudiantes andalusíes y de proporcionar juristas y funcionarios a ciudades de la otra orilla.
Uno de los testimonios más expresivos es el de Abū l-Ḥasan ʿAlī b. Hišām, conocido también como Ibn Ḥaŷŷāŷ al-Šarīšī, fallecido en Jerez en 616/1219. Siendo todavía joven, emprendió en 568/1172-1173 un largo viaje que lo llevó a La Meca y Egipto, donde se especializó en las lecturas coránicas. Durante el regreso pasó por Bugía y se detuvo en Ceuta, ciudad en la que recibió las enseñanzas de Abū Muḥammad b. ʿUbayd Allāh, de quien transmitió abundantes conocimientos. A su vuelta se convirtió en una de las grandes autoridades jerezanas en las lecturas del Corán y el ḥadīṯ, y ejerció como imán y jatib de la mezquita aljama de Šarīš. Su trayectoria permite seguir el recorrido completo del saber: Oriente, el Magreb, Ceuta y, finalmente, Jerez, donde todo lo aprendido volvió a ponerse en circulación entre sus discípulos.
En Ceuta estudió asimismo Abū Bakr Ibn Rifāʿa al-Šarīšī, nacido en Jerez en 548/1153 y fallecido en la misma ciudad en 637/1239. Fue alfaquí, tradicionista, médico y hombre de letras, una combinación de saberes que hoy puede parecernos insólita, pero que encaja bien en la cultura erudita de su tiempo. Las fuentes señalan que tuvo como maestro en Ceuta al mismo Abū Muḥammad Ibn ʿUbayd Allāh. No indican qué materia concreta aprendió de él, por lo que no cabe atribuirle allí, sin más, su formación médica; lo importante es que la estancia ceutí formó parte de un aprendizaje mucho más amplio, iniciado en Jerez y enriquecido después mediante el contacto con otros centros y maestros.
El vínculo más sólido y fecundo es el de Abū l-ʿAbbās Aḥmad Ibn ʿAbd al-Muʾmin al-Šarīšī, autor del célebre comentario de las Maqāmāt de al-Ḥarīrī y el ulema jerezano de mayor proyección en el mundo árabe. Tras su primera formación en Jerez, completó sus estudios en Sevilla, Ceuta, Algeciras y Fez. Las fuentes conservan los nombres de seis maestros con los que aprendió en la ciudad del norte de África: Abū l-Ḥasan Ibn Jarūf; ʿAlī b. Muḥammad al-Ḥaḍramī, conocido como Ibn Ḫabbāza, ceutí y más tarde cadí de Jaén; el famoso viajero Ibn Ŷubayr, del que recibió en Ceuta la cadena de transmisión de las Maqāmāt; Abū l-Ṣabr Ayyūb; Abū l-ʿAbbās al-ʿAzafī, miembro de una de las familias más destacadas de la Ceuta medieval; y Abū l-ʿAbbās Ibn Ŷawhar al-Ḥaṣṣār.
La relación con este último fue especialmente estrecha. Al-Šarīšī escribió de su dictado mientras Ibn Ŷawhar ejercía como cadí de Ceuta, lo frecuentó durante largo tiempo y recibió de él el nombramiento para desempeñar la ḫiṭṭat al-manākiḥ, el oficio judicial encargado de los matrimonios. Merece la pena afinar aquí la terminología: las fuentes no permiten llamarlo, sin más, cadí de Ceuta, puesto que el cadí era Ibn Ŷawhar; al-Šarīšī ocupó una magistratura especializada dentro de la administración de justicia de la ciudad. Su paso por Sabta no consistió, por tanto, en una visita breve. Allí estudió, escribió al dictado de un maestro y asumió una responsabilidad pública antes de regresar a al-Andalus, donde ejercería su magisterio en su Jerez natal, Murcia y Valencia.
Junto a estas grandes figuras aparece otra biografía mucho más escueta, aunque igualmente reveladora: la del médico jerezano Abū Zayd ʿAbd al-Raḥmān al-ʿAššāb, que había aprendido en Jerez con Ibn Hišām y residió después en Ceuta. Murió en algún momento comprendido entre 640 y 650/1242-1253. Su presencia recuerda que esta circulación no se limitaba al derecho, el Corán o las bellas letras, pues alcanzaba también a la medicina y a otros saberes científicos.
La corriente se movía igualmente en sentido contrario. ʿAbd Allāh b. Muḥammad al-Nābulusī al-Tanŷī al-Magribī, natural de Tánger y experto en teología, estudió en Ceuta y Fez antes de ejercer como cadí de Jerez; sabemos que todavía vivía en 647/1249-1250. Su biografía, condensada en unas pocas líneas, coloca a Ceuta dentro del recorrido formativo de un jurista magrebí que acabó administrando justicia en Šarīš.
Algo semejante ocurrió con Abū l-Ḥasan ʿAlī b. ʿAbd Allāh al-Matīṭī —así debe leerse su nombre, derivado de Matīta, en el alfoz de Algeciras—. Se formó en Fez, se instaló después en Ceuta, donde frecuentó al cadí Abū Muḥammad y trabajó como secretario de otro juez, y pasó más tarde a Sevilla. El último destino de su carrera fue Jerez: allí ejerció como cadí y allí murió en 570/1175. Ceuta aparece en este caso como el lugar en el que un futuro juez jerezano amplió su formación y adquirió experiencia dentro de la propia administración judicial.
Todavía más itinerante fue ʿAlī Ibn Qaṭrāl, uno de esos ulemas cuya biografía desborda cualquier frontera política moderna. Nacido en 563/1167-1168, oyó en Ceuta a Abū Muḥammad Ibn ʿUbayd Allāh —el maestro que reaparece en varias de estas vidas— y ejerció como cadí en Úbeda, Játiva, Jerez, Córdoba, de nuevo Játiva, Ceuta y Fez. Murió en Marrakech en 651/1253. Que una misma persona administrara justicia en ciudades andalusíes y magrebíes muestra hasta qué punto ambas orillas compartían una cultura jurídica y unos procedimientos de selección de sus élites letradas.
Hay un detalle que resume mejor que cualquier formulación general la importancia docente de Sabta: las fuentes colocan a Ibn Ḥaŷŷāŷ, Ibn Rifāʿa e Ibn Qaṭrāl bajo la enseñanza, en Ceuta, de Abū Muḥammad Ibn ʿUbayd Allāh. La reiteración del mismo maestro en tres itinerarios diferentes permite entrever un círculo estable y prestigioso, capaz de atraer a lectores del Corán, juristas y hombres de ciencia procedentes de la otra orilla.
Ceuta fue también lugar de residencia para sabios cuya vida había comenzado en el entorno jerezano. Muḥammad b. Ibrāhīm Ibn Yarbūʿ al-Kalbī al-Šarīšī al-Sabtī, historiador y nieto materno de Ibn Rifāʿa, aprendió de su propio abuelo, de Ibn al-Fajjār y de Abū Isḥāq al-Būnasī. Se estableció en Ceuta y allí murió en 694/1294-1295. Su biografía es muy valiosa porque prolonga en la ciudad una cadena de maestros nacida en Jerez. No demuestra que al-Būnasī viajara personalmente a Sabta, dato que ninguna fuente de las revisadas permite afirmar; sí acredita que su enseñanza llegó hasta un discípulo asentado en Ceuta y se integró en aquel ambiente intelectual.
El avance de las conquistas castellanas convirtió además a las ciudades del Estrecho y del Magreb en espacios de acogida para muchos andalusíes. El gramático sevillano Abū l-Ḥusayn Ibn Abī l-Rabīʿ, nacido en 599/1203, se refugió durante un tiempo en Jerez tras la conquista de Sevilla y pasó luego a Ceuta, donde enseñó hasta su muerte en 688/1289. En esta trayectoria, la ciudad dejó de ser únicamente una etapa del viaje de estudios: se convirtió en hogar, lugar de trabajo y refugio ante la desaparición de buena parte de al-Andalus.
La literatura ofrece, por último, una imagen especialmente hermosa de esa ruta. Hacia 634/1236-1237, el poeta sevillano Ibn Sahl se habría detenido en Jerez cuando marchaba hacia Ceuta y habría compuesto allí dos panegíricos dedicados al señor local Abū ʿAmr Ibn Abī Jālid. Aunque Ibn Sahl no era jerezano ni puede incluirse estrictamente entre los ulemas de la ciudad, su paso enlaza de forma casi física ambos espacios: Jerez aparece como una parada en el camino hacia una Ceuta cuya corte reunía entonces a sabios, secretarios, poetas y hombres de letras.
Estas biografías no forman una relación anecdótica de viajeros. Leídas en conjunto, revelan una estructura intelectual compartida. Ceuta formó a quienes luego ocuparon la judicatura de Jerez; acogió a médicos y gramáticos procedentes de Šarīš; dio maestros al autor jerezano más universal de época andalusí; permitió que este ejerciera una función judicial; y recibió, a través de discípulos y familias, libros y cadenas de transmisión nacidas al otro lado del Estrecho. Jerez, por su parte, aportó a ese circuito lectores del Corán, juristas, médicos, historiadores y literatos.
Por eso, cuando recordamos hoy a Ceuta, no estamos expresando una solidaridad dirigida hacia un territorio extraño o distante. Estamos reconociendo a una ciudad que forma parte de nuestra propia historia, aunque demasiadas veces una mirada excesivamente peninsular y la actuación de los gobiernos la hayan relegado a los márgenes. Ceuta necesita recursos, protección institucional y una respuesta humana y eficaz a los problemas que soporta; necesita ser atendida cada día y no únicamente cuando la actualidad obliga a mirar hacia ella. Sirvan estas líneas como homenaje de un jerezano a una ciudad hermana, hermosa y resistente, que durante siglos comunicó mundos sin pertenecer a la periferia de ninguno.
Para saber más
Miguel Ángel Borrego Soto, «Sabios musulmanes de Jerez (siglos IX-XIV)», Al-Andalus–Magreb, 11 (2004), pp. 7-66.
Miguel Ángel Borrego Soto, «Poetas del Jerez islámico», Al-Andalus–Magreb, 15 (2008), pp. 41-78.
Miguel Ángel Borrego Soto, «El sabio jerezano Abū Isḥāq al-Būnasī», Revista de Historia de Jerez, 14-15 (2008-2009), pp. 331-334.
Miguel Ángel Borrego Soto, «Semblanza del sabio jerezano Ibn ʿAbd al-Muʾmin al-Šarīšī en el VIII centenario de su muerte», Revista de Historia de Jerez, 26 (2023), pp. 341-347.
Miguel Ángel Borrego Soto, «Ibn Ḥaŷŷāŷ al-Šarīšī y su almona de jabón», Šarīš Šiḏūna, 15 de octubre de 2025.
Miguel Ángel Borrego Soto, «De Šarīš al Magreb: sabios jerezanos entre Fez, Ceuta, Salé, Mequinez y Marrakech», Šarīš Šiḏūna, 5 de abril de 2026.
Miguel Ángel Borrego Soto, «La conquista de Jerez y la revuelta mudéjar (1261-1267)», sobre el paso de Ibn Sahl por Jerez camino de Ceuta.
Sobre la situación actual: Pablo Linde, «Gastroenteritis, tuberculosis, sarna: las enfermeras denuncian un “colapso sanitario sin precedentes” en Ceuta», El País, 19 de agosto de 2026.





