Una aportación necesaria al estudio de la ciudad andalusí
La reciente publicación de un artículo de David Caramazana sobre las murallas de Jerez y la evolución urbana de la ciudad andalusí constituye, ante todo, una magnífica noticia para quienes nos dedicamos al estudio del pasado islámico de Šarīš. Siempre es motivo de satisfacción comprobar cómo nuevos estudios vienen a enriquecer el conocimiento histórico de la ciudad, ampliando perspectivas, revisando hipótesis y aportando lecturas renovadas sobre su configuración medieval.
Aportaciones sugerentes: murallas, estructuras y red hidráulica
Entre las propuestas más estimulantes del trabajo se encuentran algunas interpretaciones que, aun abiertas a debate, amplían notablemente el campo de estudio. Es el caso de la posible identificación de estructuras murarias en el entorno de la calle Manuel María González, que el autor pone en relación tanto con fases de la cerca islámica como con episodios bélicos posteriores por parte de los mudéjares en la revuelta de 1264 descritos en las Cantigas de Santa María. Se trata de hipótesis que, a falta de confirmación arqueológica más concluyente, invitan a seguir profundizando en la materialidad defensiva de la ciudad.
Especialmente sugerente resulta también la atención prestada a las corrientes de agua y a la red hidrográfica urbana como elemento estructurador del crecimiento de la medina. La lectura de la ciudad a partir de sus cauces y condicionantes hidráulicos introduce una variable de análisis poco explorada hasta ahora en el caso jerezano, y abre una línea interpretativa de gran interés para comprender la relación entre topografía, parcelario y organización de actividades productivas.
El debate sobre el centro originario de la medina
Es en la interpretación del núcleo primitivo de la ciudad donde nuestras propuestas divergen con mayor claridad. Siguiendo planteamientos ya formulados por Laureano Aguilar, Caramazana sitúa el centro originario en el eje Plaza Plateros–San Dionisio–San Marcos, localizando allí la mezquita aljama y planteando desde ese foco la expansión urbana hacia el sur.
Frente a ello, en el estudio que publicamos José María Gutiérrez López y un servidor —centrado en la transformación urbana de Šarīš y su red de espacios de culto— defendemos que el eje originario debe situarse en el entorno San Lucas–San Salvador, articulado frente al alcázar y en conexión directa con la mezquita mayor, cuya ubicación proponemos en la actual Plaza de la Encarnación desde época califal. Desde esta lectura, el corazón institucional y religioso de la medina no estaría en el sector de Plateros, sino en el frente alcázar-aljama, entendido como núcleo generador del primer desarrollo urbano.
Es precisamente esta distinta localización del centro simbólico y funcional de la ciudad la que explica la divergencia entre ambos modelos interpretativos. Mientras que la propuesta de Caramazana articula la evolución urbana a partir de la lógica del recinto defensivo y sus ampliaciones, la nuestra concede un papel estructurador a la red de espacios de culto y a la polaridad alcázar-mezquita mayor como eje organizador del tejido urbano primitivo.
Ambos enfoques —el defensivo y el articulado en torno a los espacios religiosos— no son excluyentes, sino potencialmente complementarios, y probablemente la lectura más ajustada de la evolución urbana de Jerez deba surgir de su integración. La coincidencia cronológica en la publicación de ambos trabajos, aparecidos prácticamente de forma simultánea, no hace sino poner de relieve la vitalidad actual del debate historiográfico sobre Šarīš y la existencia de líneas de investigación que, aun transitando caminos distintos, convergen en un mismo objetivo: comprender mejor la génesis de la ciudad andalusí.
Curtidurías y dirección de la expansión urbana
La divergencia en la localización del núcleo originario de la medina tiene, además, consecuencias directas en la interpretación de otros espacios funcionales de la ciudad, entre ellos las curtidurías y los barrios artesanales asociados a actividades productivas de carácter insalubre.
Mientras que Caramazana plantea su integración intramuros como resultado de una expansión hacia el sector sur, nuestra propuesta invierte el sentido del crecimiento: consideramos que estos espacios artesanales pudieron situarse ya en el extrarradio de la medina califal primitiva —ubicada en el eje San Lucas–San Salvador–Alcázar— quedando incorporados al recinto tras ampliaciones posteriores iniciadas en época taifa.
Esta diferencia no es meramente puntual, sino que afecta al modelo general de crecimiento urbano. En su planteamiento, la ciudad se expande hacia el sur desde el eje Plateros–San Marcos; en el nuestro, ese sector meridional formaría parte del núcleo más antiguo, produciéndose la expansión en sentido contrario. De ahí que advirtiéramos del riesgo de identificar sin matices la ciudad conquistada en el siglo XIII —o la del XV— con la medina del siglo X, realidades urbanas separadas por procesos de transformación profundos y prolongados en el tiempo.
Un debate abierto y necesario
Más allá de estas discrepancias —naturales y, en última instancia, enriquecedoras en toda disciplina histórica— considero que el trabajo de David Caramazana supone una aportación valiosa y estimulante. Su estudio reactiva cuestiones fundamentales sobre la morfogénesis urbana de Šarīš, dialoga con propuestas previas e incorpora variables de análisis novedosas —como la atención a la red hidráulica urbana— que amplían el marco interpretativo disponible.
La aparición prácticamente simultánea de ambos trabajos no hace sino reflejar el momento de especial vitalidad que atraviesan los estudios sobre la Jerez andalusí, en el que distintas líneas de investigación convergen, desde perspectivas metodológicas diversas, en un mismo objetivo: comprender mejor la génesis y evolución histórica de la ciudad.
Porque, en definitiva, todo nuevo trabajo sobre Šarīš es siempre bienvenido. La construcción del conocimiento histórico es una tarea colectiva, hecha de avances, revisiones y contrastes interpretativos. Y es precisamente en ese diálogo —crítico, pero siempre respetuoso— donde nuestra comprensión de la ciudad medieval continúa creciendo.
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