1. El wādī Lakka
Las alusiones al río llamado wādī Lakka en las fuentes árabes, aparte de las que aparecen en las referidas a la conquista
musulmana de Hispania, son muy precisas con su localización, a pesar del debate sobre la misma iniciado en el siglo XIX. Así, el Muqtabis
de Ibn Ḥayyān (s. XI) refiere, por ejemplo, cómo en el año 282h. (=895), un
ejército enviado por el emir ʽAbd Allāh marchó hacia el ḥiṣn de Amrīqa situado sobre el wādī Lakka, de Šiḏūna, para combatir a
los rebeldes antes de acampar en Qalsāna, capital de la cora, y
dirigirse desde allí a la ciudad de Šarīš (Jerez).
Río Guadalete a su paso por La Corta.
Fotografía: Manu García
El geógrafo al-Zuhrī (s. XII), además de narrar que el encuentro entre Tāriq y Rodrigo tuvo lugar en el wādī Lakka, señala que este río se halla al oriente de Cádiz, que tuvo un puente de treinta arcos “según cuentan los cristianos en sus crónicas”, y bajaba “de los montes de Tākurūna” para desembocar en el Océano, después de recorrer cuarenta parasangas, por una boca llamada Šant Bāṭar (Sancti Petri). Según Ibn Saʽīd (s. XIII), el wādī Lakk (sic) era un hermoso río que, a su paso por Šarīš, se hallaba lleno de huertas y paisajes deliciosos, y venía a ser un compendio del río de Sevilla. En otras obras como las de Yāqūṭ (s. XIII) o el ya citado al-Ḥimyarī, comprobamos cómo la antigua capital de la cora de Šiḏūna, Qalsāna, se hallaba próxima a la confluencia de los ríos Lakka y Bīta/Būta.
A partir de estas descripciones, la identificación del wādī Lakka con el río Guadalete, y del Bīta/Būta con su afluente más importante, conocido por los nombres de Guadalcacín y Majaceite, que vierte sus aguas, efectivamente, cerca de las ruinas de Qalsāna, en la hoy llamada Junta de los Ríos, término de Arcos de la Frontera (Cádiz) es forzosa.
Algún texto de época meriní, como el Qirṭās de Ibn Abī Zarʽ, se refiere también al Guadalete en ese entorno cuando describe los asedios a los que el emir Abū Yūsuf sometía en el año 684 h. (=1285) a la ya cristiana Jerez, o cuando habla de las expediciones que el propio príncipe enviaba desde su campamento en las afueras de aquella hacia Carmona. En estas últimas, se describe cómo las tropas cruzaban en su camino un wādī Lakk que algunos investigadores han confundido con el Guadaíra, afluente del Guadalquivir que fluye por Morón de la Frontera, Alcalá de Guadaíra y Coria del Río, en la provincia de Sevilla, antes de desembocar en el Guadalquivir.
La mención wādī Lakk que acabamos de leer parece indicar la manera en que el Guadalete era conocido en el siglo XIII. Ya en el De rebus Hispaniae de Rodrigo Jiménez de Rada aparecía como Vedelac o Vadalac y, de un modo semejante, en parte de la documentación de Alfonso X, alternando Guadalec y Guadaleque con Guadalet y Guadalete. Esta sucesión de -c y -t finales en las transcripciones romanzadas de este nombre se deben, según Menéndez Pidal, a que en la grafía antigua esas letras son muy parecidas y, por ello, el Vedelac/Vadalac de Jiménez de Rada habría sido mal interpretado y difundido como Guadalet por la Primera Crónica General. Para Elías Terés, quien recoge y corrige esta hipótesis, Vedelac, Vadalac, Guadalec, Guadaleque y Guadalete, no son versiones del original wādī Lakka, sino del wādī Lakk que ya veíamos en Ibn Saʽīd, con posible pronunciación hispanoárabe wādī Lekk. Según el propio Terés, las formas con -c, o con -t finales de este hidrónimo son coetáneas, por lo cual posiblemente cabría ver una “variante combinatoria análoga” a la que se ha producido en otras voces árabes a partir de velar final, como en al-Qabdag > Capdaq > Caudec > Caudeque > Caudete, por ejemplo.
La lectura detallada de las fuentes árabes nos hace rechazar, rotundamente, la filiación que desde el siglo XIX se viene haciendo del topónimo Lakka con al-Buḥayra (La Janda), y la de wādī Lakka con wādī Bakka o con Barbāṭ, el río Barbate. Todos aparecen perfectamente diferenciados en los textos históricos y geográficos, y su correcta adscripción ofrece pocas dudas. En el caso de la ciudad o región de al-Buḥayra, el único lugar del entorno con entidad suficiente para identificarse con ella sería la actual población de Vejer de la Frontera. Sin embargo, algunas fuentes árabes hablan indistintamente de al-Buḥayra y Bašīr (¿nombre derivado de la antigua Baesaro?), por ejemplo, el Qirṭās de Ibn Abī Zarʽ, donde encontramos los nombres de al-Buḥayra y Biḥīr (B.ŷ.r en uno de los manuscritos); y, sobre todo, el Tarṣī῾ de al-ʽUḏrī, en la que se diferencia claramente entre la fortaleza (ḥiṣn) de Bašīr, en la cora de Šiḏūna, y la ciudad (madīnat) de al-Buḥayra, en la cora de Algeciras.
Aparentemente,
Bašīr y sus probables variantes Biḥīr y B.ŷ.r, se refieren
a la actual Vejer de la Frontera,
mientras que al-Buḥayra parece aludir a la gran laguna de La Janda, hoy
desecada, pero conectada entonces con la albufera que aún hoy forma la
desembocadura del río Barbate, junto a la localidad homónima. En una de sus
orillas encontramos el topónimo Bujar, nombre del cerro opuesto al Puerto de
las Albuferas de la población de Barbate,
toda una región que habría que identificar con “las Albuheras” de la Crónica
de Sancho IV.
Hay que insistir en este punto en que el río Barbate (Barbāṭ) se
menciona siempre por su nombre en los textos, de ahí que resulte sospechosa la
confusión de algunos investigadores entre éste y el wādī Lakka.
En cuanto
a este último y el wādī Bakka (Salado de Conil) también aparecen perfectamente
diferenciados en las fuentes árabes. Sobre el wādī Lakka ya nos hemos
extendido lo suficiente, pero del segundo debemos aclarar que tomaba su nombre
de la población de Bakka, hoy Torre de Meca, ruinas sobre los actuales
Caños de Meca, citada por al-Idrīsī en la comarca de al-Buḥayra,
y por Ibn al-ʽArabī como un enclave costero que poseía una mezquita ruinosa
donde se detuvo a orar y tuvo un encuentro con el mismísimo al-Jadir antes de
su marcha al ribāṭ de Rota.
En el año 1273, el lugar es mencionado como “Cabo Beta” por el hermano Mauricio
y don Andrés Nicolás en el fragmento de su itinerario por la costa atlántica y
mediterránea, que afirma que allí daba comienzo la tierra que los antiguos
llamaban Bética y los modernos Frontarea.
Los importantes restos arqueológicos de época andalusí de este enclave fueron
estudiados hace algunas décadas por Juan Abellán y Francisco Cavilla.
2. Lakka y las ruinas de Gibalbín (Jerez de la Frontera)
Dice al-Ḥimyarī:
Lakka es una ciudad en Al-Ándalus, de la cora de Šiḏūna, antigua, construida por el césar Uktabyān (César Augusto, 63 a. C.-14 d. C.), y cuyos restos aún subsisten, con una de las mejores fuentes termales de Al-Ándalus. Junto al río de esta Lakka, se enfrentaron Rodrigo, rey de Al-Ándalus, con su ejército de no árabes, y Tāriq b. Ziyād, con el suyo de musulmanes, el domingo 28 de ramadán del año 92 de la hégira. La batalla entre ellos se prolongó hasta el domingo siguiente, cinco de šawwāl. Dios derrotó entonces a los paganos, de los que muchísimos fueron muertos, permaneciendo sus huesos en aquella tierra durante mucho tiempo. Los musulmanes se apoderaron de lo más valioso de su ejército, y reconocían a los nobles y reyes extranjeros por los anillos de oro que encontraban en sus dedos, a los de rango inferior por los de plata, y a sus siervos por los de bronce.
Algunos autores localizan las ruinas de esta Lakka en el entorno de Qalsāna, por la presencia
allí de restos de origen romano, la cercanía de un manantial de aguas
sulfurosas y, también, por la proximidad del río Guadalete, el wādī Lakka,
en cuyas orillas se atestiguan vestigios de alfares romanos que pudieron fabricar
las mencionadas ánforas Dressel 20 que aparecieron en el monte Testaccio de
Roma rotuladas con la inscripción Lacc/Lacca. Acerca de la producción de
estas cerámicas fuera de los talleres del Guadalquivir y el Genil, en el
triángulo formado por las capitales de tres conventus de la
Bética: Hispalis, Corduba y Astigi,
no hay unanimidad en la investigación más reciente. Por un lado, están los autores
que defienden que estos cacharros con los epígrafes Lacc/Lacca sólo
pueden proceder de statios vinculadas a las ciudades citadas;
y por otro, quienes aseveran que las Dressel 20 no eran exclusivas de esas
zonas, sino que se extendían a las áreas de expedición de aceite de las cabeceras del
Guadalete-Majaceite y del Guadalhorce (controles fiscales de Ad Portum, Lacca
y Malaka), localizando a Lacca en el conventus gaditanus, y sus
ruinas junto a la Qalsāna andalusí, a orillas del Guadalete, como
propone Chic García.
Sin
embargo, las fuentes árabes no hablan de vestigios de época romana en Qalsāna
o sus alrededores, y los que hay, no parecen evidencias de
una ciudad con las características que menciona al-Ḥimyarī en su descripción de
Lakka, lugar sobre el que, además, en ningún momento se afirma que estuviera
contiguo a Qalsāna. De hecho, tampoco en las descripciones de esta
última se señala que se encontrara junto a la antigua Lakka o que ésta
fuera su antecesora.
En cuanto a Gigonza, debemos descartar también que en este enclave se hallara Lakka,
como quería Francisco Javier Simonet, pues el geógrafo al-ʽUḏrī nombra a Šagunša
en el camino que unía Qalsāna con Algeciras.
A unos veinte kilómetros al norte de la actual Jerez de la Frontera, y dentro de su término municipal, se alza la sierra de Gibalbín, una estribación montañosa de algo más de cuatrocientos metros sobre el nivel del mar, que alberga un yacimiento arqueológico, aún por excavar, con importantes restos de una urbe romana de época imperial de gran envergadura y nombre desconocido. Desde antiguo, el sitio, enclavado en una elevación de 341 m, llamó la atención de propios y extraños, y pronto los eruditos jerezanos lo incluyeron en las descripciones del territorio circundante de Jerez. Así, leemos en Juan de Espínola, poeta e historiador del siglo XVII, que
quatro leguas de Xerez á la parte del Settentrión está un eminente sitio […] hoy Gibralbin […] cuyas grandiosas ruynas aun oy descubren en muros, baños y anfiteatros algo de lo mucho que fue […].
En esa misma centuria, Esteban Rallón afirmaba también que
por los años de 1615 y los siguientes, hubo noticias participadas de África que en este sitio había un gran tesoro; y con su codicia se comenzó a cavar en él; y fueron tantas y tan extraordinarias las piedras, adobes, ladrillos y rejas antiguas que se sacaron, los cimientos, paredes y bóvedas que se descubrieron, que califican haber sido ruinas de edificios insignes y de población principalísima […].
La Crónica del moro Rasis (s. X) ya nos habla de que en la demarcación de Xerez Sadunia había un monte
que a nombre Montebur (Montebir en la versión de la Crónica de 1344); et yaze este monte sobre Saduña (o Saduna/Suduña, y Xudula en la Crónica de 1344) et sobre Terretarne (Tereçune en la Crónica de 1344); et este monte ha fuentes que echan muchas aguas et a y muchos buenos prados et mui buenos. Et dende nasce un rio que llaman Let (Les/Lea en alguna copia); et yazen en él mui buenos molinos […] e en la su majada [de Saduña] yaze una villa a que llaman Santa. E en Santa aportaron vnas gentes a que los cristianos llaman erejes, e estos fizieron en España grant daño, mas en cabo todos y murieron.
En la
versión de la Crónica de 1344, a esa ciudad de Santa se la
denomina, curiosamente, Saca, lo que da que pensar si al-Rāzī no se está
refiriendo realmente a nuestra Lakka, y que el copista castellano del
siglo XV reprodujo mal su nombre al confundir la -l inicial del manuscrito
original portugués del XIV con la -s llamada de bastón, cuyas formas se asemejan
mucho. Además, el episodio parece aludir a la conquista de Hispania por los
musulmanes (vnas gentes a que los cristianos llaman erejes) y,
probablemente, a la batalla contra las tropas de Rodrigo, que allí en Saca
(=¿Lakka?) fueron derrotadas (mas en cabo todos y murieron).
A partir de esta descripción, en 1741, el también jerezano Gerónimo de Estrada reflexionaba sobre las palabras de al-Rāzī afirmando que
Montebur es Montevir, ó Gibelvir”, y “Montebur no es […] sino Gibelvín, que hoy decimos, y coincide mucho con Gibelbur, que es en Razis su monte señalado; a lo que conduce otra lección […] y es Montebir que es Gibervir en el idioma árabe […]. Tengo otra confirmación de este discurso o conjetura (y es digna de atención) en esta misma versión toledana, que vio nuestro Roa, y consta en el lugar citado. Se dice que este Montebir (que como diximos es la misma voz que Gibelvir) yace sobre Xudula. Hoy vemos a las vertientes de Gibelvir a la parte del camino de Xerez a Arcos el pago de los Cortijos de Xédula mayor y menor.
Varios folios más adelante, este mismo autor repetirá lo dicho por sus paisanos años atrás, afirmando que
la hermosa altura que llamamos hoy sierra de Givelbir, y Razis Gibelvir o Gibelbur […] según Gamaza es su situación aquí proporcionada para el dominio y señorío de este país turdetano y como su corazón: los vestigios y ruinas que aquí se registran de gran ciudad, de muros, de portadas, baños, sepulcros y catacumbas dice Rallón (y en él Spínola) que visitó el lugar, que no lo dejarán de duda a quien lo registrare y apeare. El año de mil seiscientos quince con noticia de gran tesoro, rebolvió la codicia allí los senos de la tierra; y quanto se encontró fueron sólo los dichos vestigios, que voceaban ser sepulcro de ciudad principalísima. Como ciento y veinte años después (tan vividora en esta hambre de oro), poco después de 1730, se renovó este conato por algunos genios deseosos de ser ricos, a costa de poco trabajo, sin respeto a justificadas contrarias leyes, de los que vimos resultar de grave daño y escándalo.
En los
años setenta del pasado siglo XX, una excursión arqueológica tomó nota de todo
lo que, por entonces, aún seguía viéndose de aquellas ruinas. Se documentaron y
plasmaron sobre plano restos de un edificio destinado a termas, parte del
graderío de un teatro, un posible arco conmemorativo, estructuras que se
corresponden con un templo, una gran cisterna o alberca de recreo, muros de
edificios defensivos e, incluso, una necrópolis con ajuares de época
hispano-visigoda (s. VII), y en lo alto de la sierra, una pequeña fortaleza con
murallas y torres en tapial de origen andalusí.
Como apuntan Rosalía González y Diego Ruiz Mata, a pesar de que se atestigua en
el lugar la presencia de cerámica ibérica pintada y cerámica bruñida, “su momento
de máximo esplendor debió de corresponder a época romana”. De ese período son
las estructuras visibles descritas, así como las inscripciones de carácter
funerario halladas a fines del siglo XIX, una cabeza en mármol blanco de mujer,
o una escultura representando al dios Pan.
3. El Badalejo o Salado de Caulina
De Gibalbín nacen también arroyos y otros caudales de agua, siendo el más importante de ellos el Salado de Caulina, también denominado arroyo Badalejo o Albadalejo, el mayor afluente del Guadalete tras el Guadalcacín o Majaceite. Acerca de este arroyo, el mencionado Juan de Espínola afirma lo siguiente:
[…]
dice el maestro [Pedro de] Medina que los moros llamaron á nuestro río Baladac,
pero yo juzgo que no lo dieron sino al grande arroyo que entra en él cerca de
Cartuja llebando las aguas de la famosa fuente del Baladejo”.
Sobre este particular, también Gerónimo Estrada repetía, una centuria después,
que “el río que aquí nace es Baladexo, y salado llamado Badalac
en que duran hoy los molinos que dize Razis. El riachuelo que nace en Gibelvir
se dice Baladexo, que es en dialecto árabe Guadalexo, ó Guadaleque,
oy suma como si dixéramos en diminutivo Guadaletejo”;
y más adelante hace hincapié en que de “Gibelvín nace el riachuelo, o
salado, que cree un erudito que es Lec o Badalac de los árabes, y
entra en Guadalete. El salado es Vadalejo o Guadalejo, es decir,
chico Vadalec ó Guadalec”.
Hace
apenas unos años, el investigador Alberto Cuadrado Román, en un artículo
titulado “Los canales de Jerez”, aportaba un interesante plano del entorno de
la ciudad de Jerez elaborado en el siglo XVIII por el citado erudito local
Bartolomé Gutiérrez, en el que este arroyo Badalejo aparece con la leyenda:
“Río y puentes del Badalac”.
Según Cuadrado Román, “existe una evolución del topónimo Badalac a Badalejo,
en la que la palabra Badalac tiene su origen en el árabe wādī y
el vocablo “lac”, de la raíz latina lacus (lago)”. Para este autor, por
tanto, Badalac era el wādī Lakka de las fuentes árabes, “el
río del lago” que, según el propio Cuadrado, no era sino un antiguo estero que supuestamente
unía el paleoestuario del Guadalete con un golfo marino que ocupaba en la
antigüedad toda la zona de los llanos de Caulina (fig. 6). Este pequeño golfo,
afirma este mismo investigador, se fue colmatando con el paso de los siglos para
convertirse en una zona lacustre y pantanosa ya en época árabe, el wādī Lakk
(sic).
Creemos
con Alberto Cuadrado que, en efecto, el nombre de este arroyo Badalac se
corresponde con el wādī Lakka que mencionan los relatos de la
conquista islámica de Hispania, pues conserva fosilizada su primitiva
nomenclatura, o la del río principal en el que desemboca, el Guadalete. No
obstante, y a diferencia de lo propuesto por Cuadrado Román, pensamos que este
hidrónimo Badalac deriva directamente del nombre de la ciudad de Lakka,
enclave que identificamos con los restos arqueológicos de la Sierra de Gibalbín,
donde nace el Badalac del mapa de Bartolomé Gutiérrez, o Salado de
Caulina, y en la que hasta hace apenas un siglo eran famosas sus aguas termales,
como las que nombra al-Ḥimyarī, en torno a las cuales aún se aprecian las
ruinas del balneario que frecuentaban los lugareños a finales del siglo XIX y
principios del XX. Es cierto que,
a pesar de que la descripción que este autor hace de Lakka se ajusta
perfectamente a lo que vemos en Gibalbín, no existe aún una evidencia
epigráfica o documental que nos permita afirmar, o rechazar, con rotundidad, la
hipótesis de que esas ruinas se corresponden con aquélla.
La investigación de las últimas décadas se ha esforzado en darle nombre a la ciudad que se alzaba en aquel solar. Así, mientras Genaro Chic cree que fue Cappa, citada por Plinio entre las ciudades estipendiarias del Conventus Gaditanus, para Ramón Corzo, “la gran ciudad del cerro de Gibalbín pudo ser el enclave tartésico originario de Hasta, que cedería importancia en época romana al puerto comercial situado en los esteros”, y que cambiaría su nombre por el de Regina, también mencionada en la obra de Plinio dentro de la jurisdicción de Gades. Sin embargo, a raíz de los supuestos hallazgos en la zona de monedas del siglo I a. C. con la leyenda Ceri(t), algunos autores se inclinan por situar allí a la ciudad de ese nombre, topónimo del que podría derivarse el de la Šarīš andalusí y la posterior Xerez cristiana y actual Jerez. Del mismo modo, el descubrimiento de un fragmento de bronce con la inscripción MVN. \[...] llevó también a sostener que aquella urbe se corresponde con una de las dos Vrgia mencionadas por Plinio y otras fuentes griegas y latinas en el tramo de la vía Augusta entre Gades (Cádiz) e Hispalis (Sevilla). Ninguna de estas hipótesis es concluyente, y todo apunta a que las ruinas de Gibalbín pertenecen a la antigua ciudad de Lakka descrita por al-Ḥimyarī.
El nombre de esta urbe se debe, probablemente, bien a que se alzaba sobre los esteros de las amplias desembocaduras del Guadalete y del Guadalquivir, cuya apariencia en la Antigüedad era la de grandes lagos (Avieno, por ejemplo, llama Lacus Ligustinus a la enorme entrada en el mar del río Betis en su poema Ora Maritima); o bien a su directa relación con el agua. Ya nos hemos referido a la enorme cantidad de torrentes y arroyos que nacen de su entorno, y a los restos de enormes construcciones relacionadas con termas, albercas y cisternas que en ella se levantan. El topónimo Gibalbín, con el que se conoce secularmente al monte en el que Lakka se alzaba, proviene del árabe ŷabal al-bi’r, el “monte del pozo”, posible alusión a esas construcciones, o traducción directa del antiguo nombre de la preeminente ciudad, similar al del río sobre el que se alzaba, el wādī Lakka de los árabes, denominación que ha quedado directamente fosilizada en uno de sus principales afluentes, el Badalejo, que atraviesa los Llanos de Caulina al nordeste de Jerez, y en cuyas orillas pudo darse la famosa batalla entre Rodrigo y Tāriq del verano de 711. Cobra entonces mayor sentido nuestra hipótesis de localizar la ciudad de Šiḏūna en el yacimiento de Doña Blanca en la Sierra de San Cristóbal, pues cuentan las crónicas que los musulmanes la tomaron tras la victoria ante los cristianos, o inmediatamente después de la de Istiŷa/Astiŷa, la primera en conquistarse en al-Andalus, afirman, topónimo este último referido a Écija, pero que en algunos textos parece aludir, realmente, a Asṭa, la antigua Hasta Regia, al oeste de Gibalbín y los Llanos de Caulina. Sobre esta posibilidad, López y López considera que en la biografía del ulema Tamīm Ibn ῾Alā’ b. ῾Āṣim al-Tamīmī (Ibn al-Faraḍī, Ta᾽rīj, I, p. 87, n.º 304), debe leerse que su lugar de procedencia era Asta, y no Écija, error que también se produce, en su opinión, en la traducción de al-Zuhrī de Bramón (1991. p. 163. Acerca de Asta y la confusión de su nombre también con el de Estepa, vid. Borrego Soto, 2017-2018).
Cauce del Arroyo del Salado de Caulina (Badalac, Badalejo) (T.M. de Jerez de la Fra.) desde su nacimiento (Gibalbín) hasta su desembocadura en el Guadalete con los yacimientos arqueológicos principales (Prehistoria – Medieval), en Raquel Martínez Romero, 2021
***
Textos extraídos de: BORREGO SOTO, M. Á. (2024), "Y habiendo llegado al río que se llama 'Vedelac'… Lakka y wadi Lakka: nueva hipótesis de ubicación", en Revista de Historia de Jerez, n.º 27, pp. 10-45.