Las XXXI Jornadas de Historia de Jerez, organizadas por el Centro de Estudios Históricos Jerezanos en el Museo Arqueológico Municipal, han estado dedicadas este año a Manuel Esteve Guerrero, bajo el título El arqueólogo Manuel Esteve Guerrero. Su legado cincuenta años después. La cita, celebrada en la Sala Julián Cuadra del 18 al 22 de mayo, un año más con gran éxito de ponencias y público, ha servido para volver sobre una figura decisiva de la arqueología jerezana y sobre uno de los grandes escenarios históricos de nuestro término municipal: Mesas de Asta. El programa incluyó, además de las conferencias, una visita guiada al Museo Arqueológico, centrada en las piezas más representativas recuperadas o estudiadas en tiempos de Esteve.
Esteve llegó a Mesas de Asta persiguiendo, como tantos investigadores de su tiempo, la ciudad antigua: la Hasta turdetana, romana, acaso el eco remoto de Tartessos. Sin embargo, bajo los olivos, sobre los niveles romanos y entre restos de una larga ocupación anterior, apareció una ciudad andalusí. Y ahí está, precisamente, una de las grandes lecciones de su trabajo, porque Esteve pudo haber considerado aquellos restos islámicos como un estorbo, como una capa intermedia que había que atravesar para alcanzar lo “verdaderamente importante”. Lo que encontró lo excavó, lo describió y lo conservó. En su primera campaña dejó claro que los hallazgos debían permanecer en la Colección Arqueológica Municipal de Jerez, cerca del lugar donde habían aparecido, siguiendo el principio de que el patrimonio arqueológico no debía alejarse innecesariamente de su territorio. Esa idea, que hoy nos parece elemental, no siempre fue tan evidente en la práctica arqueológica de su época.
La sorpresa fue mayúscula. Las campañas dirigidas por Manuel Esteve durante las décadas de 1940 y 1950 sacaron a la luz piezas cerámicas, marmóreas y arquitectónicas que confirmaban el esplendor antiguo de Hasta, pero también mostraron algo que no se esperaba: un importante asentamiento andalusí levantado sobre los restos de la ciudad anterior. Hasta entonces no se tenía noticia clara de que Mesas de Asta hubiese albergado una población islámica de entidad. Leopoldo Torres Balbás lo expresó con claridad en 1946: en la primera campaña de excavación no apareció nada que permitiera identificar Mesas de Asta con la mítica Tartessos, pero desde los primeros golpes de azadón surgieron construcciones musulmanas “con las que no se había contado”. Aquello cambiaba el enfoque. La Mesas de Asta andalusí entraba, de pronto, en la historia arqueológica del Jerez medieval.
La quinta campaña, desarrollada en 1957-1958, confirmó la fuerza de ese nivel andalusí. En el sector de “La Cantera”, situado entre las zonas de campañas anteriores, Esteve anotó la presencia de un “nivel claramente árabe”, con muros que conservaban incluso su revestimiento exterior. El material era abundantísimo: cerámica vidriada, candiles de barro cocido, piezas decoradas, cazuelas meladas, fragmentos con verde y manganeso, epigrafía árabe. En algunos sectores, el primer estrato arqueológico era el árabe y alcanzaba casi dos metros antes de llegar al nivel romano.
Entre las piezas más llamativas destacan los fragmentos de cerámica califal decorada en verde y manganeso, algunos con inscripción cúfica. La relación con el mundo de Madīnat al-Zahrāʼ resulta inevitable, tanto por la técnica como por el lenguaje visual. La leyenda al-mulk, “el poder”, presente en una botella o limeta de cuerpo cilíndrico, remite al universo simbólico del califato omeya y a una producción de prestigio vinculada a la afirmación del poder político. No estamos, por tanto, ante cerámica vulgar de un asentamiento menor, sino ante piezas capaces de situar a Asṭa dentro de las redes de prestigio, circulación y representación del siglo X andalusí.
Otra pieza extraordinaria es el ataifor con la inscripción ʽāfiya, “salud”, en cuerda seca total, con decoración epigráfica y motivos florales. Su calidad técnica, su estado de conservación y su valor epigráfico hacen de él una de las piezas más singulares del conjunto. La palabra ʽāfiya, de sentido propiciatorio, pertenece a ese mundo de fórmulas breves que no solo adornan los objetos, sino que los cargan de deseo, protección y buen augurio.
Todo esto nos obliga a mirar Mesas de Asta de otra manera. Durante demasiado tiempo, el yacimiento ha sido leído casi siempre desde la Antigüedad: Asta Regia, los turdetanos, Roma, el problema de Tartessos, el Bronce de Lascuta, la vieja ciudad citada por los autores clásicos. Todo eso es fundamental, por supuesto. Pero no agota el lugar. Sobre la Asta antigua hubo también una Asṭa andalusí, una población viva, materialmente rica, integrada en la geografía histórica de la cora de Sidonia.
Las fuentes árabes, aunque parcas, ayudan a completar la imagen. Un pasaje del Muqtabis de Ibn Ḥayyān, relativo a las defensas del suroeste de al-Andalus frente al ataque normando de 844-845, permite distinguir entre Asṭa y Šarīš. Es decir, Asta y Jerez no eran la misma ciudad, sino dos núcleos coetáneos al menos desde mediados del siglo IX. Esta precisión es importante, porque desmonta una vieja confusión historiográfica: la de identificar Asta con el antiguo Jerez o explicar el nacimiento de Šarīš como simple traslado de la población astense. La cuestión se vuelve aún más interesante con la noticia de un alfaquí procedente de un lugar llamado Iṣṭabba o Aṣṭabba, en realidad mala transcripción o interpretación del topónimo Asṭa. Ibn al-Faraḍī menciona a ʽUṯmān b. Saʽīd al-Lajmī, personaje de linaje árabe que ejercía como alfaquí y dirigía la oración en la mezquita aljama de ese enclave, donde murió entre los años 983 y 984. Al-Ḥimyarī, por su parte, sitúa Asṭa a unas veinticinco millas de Qalšāna, capital de la cora de Sidonia. Aunque la transmisión del topónimo plantea problemas —Asṭa(h), Aṣṭabba, Iṣṭabba, Astibar—, el conjunto de indicios apunta claramente hacia las Mesas de Asta, una población de entidad por aquel entonces, con mezquita aljama, vida jurídica y presencia de ulemas.
Aquí se entiende mejor la intuición de Esteve. Lo que la arqueología mostraba —muros, pavimentos, cerámicas de lujo, epigrafía, niveles de ocupación— empezaba a encontrar eco en las fuentes árabes. No era una simple alquería perdida en la campiña. Tampoco una sombra secundaria de Jerez. Era otra pieza del poblamiento andalusí del Bajo Guadalete y de la antigua cora de Sidonia. Y conviene insistir en esto: Asṭa y Jerez fueron ciudades distintas. Esteve ya lo defendió frente a la tradición que confundía ambos núcleos. La vieja idea de que Hasta/Asṭa fue, sin más, el “antiguo Jerez” no se sostiene bien cuando se ponen juntos los datos arqueológicos y textuales. Es posible que existieran relaciones entre ambas poblaciones, cambios de jerarquía, traslados parciales, continuidad de gentes o de aprovechamientos del territorio. Pero eso es muy distinto de identificar una con otra. La Asṭa andalusí tuvo su propio lugar en el mapa.
Por eso resulta tan oportuno volver ahora a Mesas de Asta desde la figura de Manuel Esteve. Su mérito no fue solo excavar, fue también saber detenerse ante lo inesperado. Buscaba una ciudad antigua y se encontró con una medieval. Buscaba quizá una respuesta para Tartessos y acabó abriendo una pregunta nueva para al-Andalus. La arqueología, cuando se practica con honradez, tiene estas cosas: no premia siempre la obsesión inicial, sino la capacidad de escuchar al yacimiento.
Mesas de Asta sigue siendo uno de los grandes asuntos pendientes de la arqueología jerezana. No por falta de importancia, sino precisamente por lo contrario. Allí se superponen tiempos larguísimos: poblamiento prehistórico, ciudad turdetana, urbe romana, ocupación tardoantigua, medina andalusí, despoblado bajomedieval, tierra agrícola, horizonte patrimonial en suma. Reducirlo a una sola etapa es empobrecerlo. Y reducirlo únicamente a la búsqueda de Tartessos sería volver a cometer el mismo error que Esteve, con buen criterio, evitó. La Asṭa andalusí nos habla de otra historia: la de las ciudades que no siempre aparecen en los grandes relatos; la de los enclaves que las fuentes citan poco, pero que la cerámica, los muros y la epigrafía devuelven al mapa; la de un territorio donde Jerez no nació en el vacío, sino en diálogo con otras poblaciones, caminos, marismas, alquerías, madinas y espacios de poder.
Quizá por eso, al cerrar estas Jornadas dedicadas a Manuel Esteve, conviene mirar de nuevo hacia Mesas de Asta. No solo hacia la Hasta/Asta de los autores clásicos, ni hacia la Asta soñada por quienes buscaban Tartessos. También hacia Asṭa, la ciudad andalusí bajo los olivos. La que apareció cuando nadie la esperaba. La que Esteve no quiso borrar. La que todavía espera, callada pero no muda, a que sepamos leerla del todo.


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