domingo, 19 de abril de 2026

Aproximación a la judería de Jerez de la Frontera desde el Libro del Repartimiento y otros documentos

Las líneas que siguen son un resumen de carácter divulgativo —y, en cierto modo, un adelanto— de un trabajo mucho más amplio sobre la judería de Jerez de la Frontera que pronto verá la luz. Lo que aquí se presenta reúne, de manera sintética, los datos fundamentales que ofrecen el Libro del Repartimiento, las noticias publicadas por Isidore Loeb, Fidel Fita, autores locales como Muñoz y Gómez, Sancho de Sopranis o Juan Félix Bellido, algunas actas capitulares del siglo XV y otros documentos que hemos tenido ocasión de estudiar directamente en relación con la delimitación de la aljama jerezana a fines de la Edad Media.


La historia de la judería medieval de Jerez se nos presenta, como ocurre tantas veces con los textos bajomedievales, más llena de sombras que de luces. No conservamos una crónica continua de aquella comunidad hebrea, ni una descripción completa de su vida cotidiana, aunque sí una pieza excepcional: el capítulo de la judería incluido en el Libro del Repartimiento de Jerez, redactado en el siglo XIII y conocido gracias a una copia municipal de 1338. Este documento permite asomarnos a la organización de la judería jerezana inmediatamente después de la incorporación de la ciudad al dominio castellano. A pesar de que la cronología de Jerez entre los años 1261 y 1267 es compleja —conquista inicial, protectorado, revuelta mudéjar, presencia benimerín y conquista definitiva—, el Repartimiento conserva la memoria de una comunidad judía asentada en la ciudad con sus espacios comunitarios, sinagogas y cementerio propios, que probablemente existía antes de la llegada de los cristianos.

El documento del Repartimiento describe las casas de la judería una tras otra mediante partidas que suelen incluir tres datos fundamentales: una breve referencia a la casa, sus linderos o confrontaciones —la casa anterior, la siguiente y la situada por detrás e incluso en frente— y los nombres de cada beneficiario. Isidore Loeb ya advirtió de que estos últimos aparecen muchas veces deformados por el redactor o por los copistas, y que algunas personas citadas como colindantes no aparecen como propietarios. Esto hace pensar en omisiones, errores de copia o simples dificultades derivadas de una trama urbana muy densa y enmarañada, ya que la judería no era un espacio regular, trazado a escuadra, sino un conjunto de calles, recodos, grupos de casas y solares que debieron de formar un pequeño laberinto dentro del otro gran laberinto de la medina y ciudad medievales.

La aljama jerezana contenía unas noventa y tres viviendas, sin contar solares ni establos, lo que demuestra que la presencia judía en la ciudad no era anecdótica, sino una comunidad numerosa, estable y suficientemente organizada. Junto a esas casas aparecen varias propiedades comunitarias de enorme interés: dos sinagogas, una casa de la merced —es decir, una casa de beneficencia o asistencia comunitaria— y una alhóndiga de la harina. La judería de Jerez era, por tanto, un verdadero barrio con instituciones religiosas, económicas y asistenciales.

Uno de los datos más valiosos del Repartimiento es la mención de dos sinagogas. Loeb interpretó que una se encontraba en el extremo exterior de uno de los grupos de casas y otra en otro sector hacia el interior de la judería. No resulta posible reconstruir con total seguridad su localización exacta, porque las referencias del documento son internas —casa junto a casa, solar junto a solar— y no siempre permiten trasladarlas con precisión al plano urbano actual. Sin embargo, la tradición historiográfica jerezana ha situado la judería en el entorno de las actuales calles Judería, San Cristóbal, Poca Sangre, callejuela del Muro o Huévar, Lecheras hoy Alvar López, Compás de las Monjas, y otras callejuelas a espaldas de la actual calle Tornería y zonas próximas a la Puerta de Sevilla, siempre dentro de la collación de San Dionisio. 

Joaquín Portillo, en el siglo XIX, señalaba que una de estas dos sinagogas se localizaba en el entorno de lo que en el XVIII se convirtió en un trabajadero de tonelería detrás de las casas que los Gordon y Beigbeder poseían en la Tornería. Gracias al relato de Benito de Cárdenas, sabemos que el edificio, que era el único que por aquel entonces mantenían como lugar de oración los judíos jerezanos, se derrumbó el 13 de febrero de 1479, aunque debió de ser reconstruido, pues vuelve a mencionarse en un documento dos años despuésEl otro templo, tal vez el más antiguo, y que a raíz de los pogromos de 1391 que afectaron de lleno a la judería de Jerez, debió de abandonarse, se localiza secularmente en el entorno de la calle Alvar López, antigua de Lecheras, aunque hasta el momento no hay evidencias claras de su exacta ubicación.

El Repartimiento deja entrever algo de la vida social y económica de la comunidad tras la llegada cristiana: aparecen referencias a un alfayate —sastre—, a un carnicero y, al menos en un caso, a un labrador. También se mencionan hasta tres rabinos o doctores de la ley talmúdica, lo que habla de una comunidad con cierta entidad religiosa y cultural. Los nombres conservados —aunque a veces deformados como ya hemos dicho más arriba— permiten intuir la diversidad interna de la aljama. Algunos aparecen como propietarios; otros, como colindantes. En conjunto, forman una especie de mapa humano de la judería, una nómina fragmentaria pero viva de familias, casas, relaciones de vecindad y espacios comunes. También es significativa la presencia de una alhóndiga de la harina, vinculada a uno de los grupos de casas. Este dato sugiere actividad económica, almacenamiento y circulación de productos básicos. La judería no vivía aislada del resto de la ciudad: participaba de la economía urbana, de su abastecimiento y de las redes fiscales del Jerez bajomedieval.

Uno de los capítulos mejor documentados es el del cementerio hebreo, llamado en los textos fonsario viejo de los judíos. Se conservan  varias actas capitulares de 1459 y 1460 relacionadas con intentos de ocupar o ceder solares dentro de ese espacio. El acta del 2 de julio de 1459 muestra al concejo de Jerez concediendo a Bartolomé Fernández de la Catalana un solar situado “al salido de la puerta del Real”, en la collación y arrabal de San Miguel, entre dos caminos: uno que iba al fonsario y otro al monasterio de Santo Domingo. Las confrontaciones permiten situar el cementerio extramuros, frente a la judería, entre la Puerta del Real y la Puerta de Sevilla. Fita lo relacionó con el entorno de la actual calle Honsario, entre las zonas de calle Larga, Bizcocheros, Calderón, Plaza Quemada y calle de Arcos.

Dos días después, el 4 de julio de 1459, la aljama reaccionó. Sus procuradores, Yuçef de Paredes y Samuel Corcós, comparecieron ante el cabildo y protestaron contra la cesión de solares en el cementerio. El texto que presentaron es de enorme valor, porque afirma que la aljama poseía desde antiguo aquel enterramiento, situado cerca de los muros de la ciudad, entre la Puerta del Real y la Puerta de Sevilla, “de tanto tiempo acá que memoria de omes non es en contrario”. La expresión no sólo reivindica una propiedad, sino su memoria, antigüedad y continuidad. El fonsario no era para la aljama un terreno vacío, sino un espacio sagrado, ocupado por generaciones de difuntos que había que respetar. Los procuradores presentaron además una carta de Enrique IV, dada en Córdoba el 28 de mayo de 1455 y trasladada en Ávila el 12 de diciembre del mismo año, en la que el rey ordenaba que no se tomasen a las aljamas sus sinagogas, casas de oración, posesiones ni enterramientos. El mandato regio protegía expresamente estos bienes frente a abusos de concejos, prelados, comunidades religiosas o poderosos. El cabildo jerezano, tras recibir la protesta, acabó revocando el 6 de julio de 1459 la merced hecha a Bartolomé de la Catalana, al reconocer que perjudicaba a los judíos y vulneraba la posesión que tenían del fonsario.

La protección, sin embargo, fue breve. En marzo de 1460, Juan Buñuelo, adalid de la ciudad, pidió al concejo un solar para hacer casas también en el "fonsario de los judíos”. El cabildo aceptó en principio la petición, siempre que no perjudicase a nadie y, al día siguiente, 27 de marzo de 1460, el regidor Alfonso Núñez fue al fonsario acompañado del alarife Alfonso Martínez. Allí acudieron también Yuçaf de Paredes, Samuel Corcós y Jacob Francés, en nombre de la aljama. La escena es reveladora, pues los representantes judíos aceptaron la entrega de un solar concreto a Juan Buñuelo, pero con la condición de que la ciudad no concediera en adelante otros solares dentro del fonsario y que los favoreciera con justicia. Es decir, la aljama intentaba salvar lo esencial aceptando una cesión puntual. No era una victoria, sino una negociación a la defensiva. Sin embargo, poco después, el 2 de mayo de 1460, volvía a aparecer Bartolomé de la Catalana reclamando el solar que la ciudad le había concedido en el fonsario. El cabildo, esta vez, declara que se le guarde la merced. La situación parece haber cambiado: la capacidad de resistencia de la aljama disminuye y el viejo cementerio empieza a verse como espacio disponible para intereses particulares. Gutiérrez recoge además una noticia de 1469, según la cual el rey hizo merced a Martín de Vera del sitio del fonsar viejo de los judíos, desde la huerta de San Francisco hasta la de Santo Domingo. El cabildo jerezano habría ordenado quemar públicamente lo perteneciente a esta merced, un gesto llamativo que muestra hasta qué punto el asunto del fonsario seguía siendo conflictivo.

Antes de la expulsión de los judíos andaluces de 1483, hubo décadas de presión, conflictos por propiedades, deterioro institucional y pérdida progresiva de los espacios comunitarios. El caso del fonsario viejo de Jerez lo muestra con especial claridad, pues aunque primero parece progerse, termina convirtiéndose finalmente en objeto de mercedes y disputas. A todos estos datos debe añadirse una referencia fundamental: las actas capitulares del año 1481 conservadas en un manuscrito anónimo de la Biblioteca Nacional de España, que recogen tres sesiones del Concejo de Jerez referidas directamente a la aljama jerezana. Estos documentos son especialmente valiosos porque permiten conocer con mucha mayor precisión la ubicación, límites internos y edificios principales de la judería en vísperas de la expulsión.

El contexto era el cumplimiento de las disposiciones aprobadas por los Reyes Católicos en las Cortes de Toledo de 1480, por las que se ordenaba el apartamiento efectivo de judíos y musulmanes en barrios separados. En Jerez, los representantes de la aljama —Mayr Aben Sancho, Mosén Aben Semerro y Mosén Cohen— acudieron al cabildo para pedir que se les señalase oficialmente la judería, con el fin de evitar sanciones y cumplir la orden real. Su petición resulta de enorme interés, porque en ella afirmaban poseer su “judería antigua” desde tiempo inmemorial (“que memoria de omes non es en contrario”), y sostenían que aquella había sido siempre “judería pública e tenida e conoçida por tal” en la ciudad, donde aún residían sin que viviera entre ellos ningún cristiano. La fórmula recuerda, de forma muy llamativa, la empleada en 1459 para defender el fonsario viejo: tanto el cementerio como la propia judería son presentados por la aljama como espacios antiguos, reconocidos y amparados por una memoria colectiva que no admitía contradicción.

La visita posterior de los delegados del Concejo permite reconstruir el espacio de la judería con una precisión excepcional. En 1481, la aljama no parece conservar ya la extensión amplia que algunos autores antiguos le atribuyeron, sino que se concentraba fundamentalmente en la manzana por la que discurre la actual calle Judería, con una superficie algo superior a una hectárea. Sus límites quedarían marcados por la muralla entre la Puerta de Sevilla y la entrada hacia la actual calle Eguilaz; por el tramo de esta calle junto al antiguo hospital de Zurita, luego convento de San Cristóbal y hoy plaza del Banco; por la zona de la plazoleta del Clavo; y por la parte de la actual Tornería que conducía hacia la Puerta de Sevilla. 


El documento menciona además edificios y puntos esenciales de la vida comunitaria: la carnicería de los judíos, la sinagoga, la “calleja angosta” que salía hacia el muro y los lugares donde debían colocarse arcos, puertas y postigos para cerrar el barrio. Es decir, no estamos ya ante una judería abierta y difusa, sino ante una aljama sometida al proceso final de segregación bajomedieval, convertida en un espacio delimitado, controlado y cerrado. La noticia resulta aún más valiosa porque confirma la ubicación tradicional de la sinagoga en el entorno de la actual calle Tornería y de la plaza Rivero, a espaldas de la antigua casa número 2 de dicha plaza, bajo el solar del antiguo trabajadero de tonelería de John David Gordon, ocupado hoy por los jardines de un hotel. En esa finca, los trabajos arqueológicos desarrollados por Toboso Suárez y Bejarano Gueimúndez documentaron restos de viviendas de los siglos XIV-XV y yeserías mudéjares compatibles con la existencia allí de la sinagoga. 

Este testimonio de 1481 permite matizar, además, la imagen que ofrece el Repartimiento del siglo XIII. El barrio judío pudo haber tenido una extensión mayor antes de los pogromos de 1391, quizá alcanzando sectores próximos a la calle Huévar o “callejuela del Muro”, donde el propio Libro del Repartimiento menciona el “muro de la judería” como lindero entre la aljama y el barrio del Algarve. No obstante, a finales del siglo XV, tras conversiones masivas, ventas de propiedades, presiones fiscales, conflictos por el cementerio y segregación legal, la judería aparece reducida a un núcleo más compacto, aunque todavía plenamente reconocido por sus habitantes como la antigua aljama pública de Jerez. También resulta significativo que en el entorno inmediato de esta judería documentada en 1481 vivieran o ejercieran su actividad varias familias judeoconversas, como Diego González Pichón o Pedro de Fez. Este dato no demuestra por sí solo que estuvieran ocupando espacios abandonados por la antigua aljama tras los sucesos de 1391, pero sí permite intuir una continuidad social y económica en torno a aquel sector urbano. Allí permanecían talleres, casas, servicios y relaciones de vecindad vinculadas al mundo judío y judeoconverso jerezano. Por tanto, la documentación de 1481 no solo completa la información procedente del Repartimiento y de las actas sobre el fonsario. También nos permite ver la última imagen documental de la judería viva: una comunidad que aún conserva representantes, memoria jurídica, sinagoga, carnicería y conciencia de antigüedad, pero que se encuentra ya encerrada en el umbral de su desaparición.


El Libro del Repartimiento permite ver la judería de Jerez en su momento de organización inicial bajo dominio castellano: un barrio con más de noventa casas, dos sinagogas y estructuras comunitarias propias. Las actas del siglo XV, por su parte, nos muestran una comunidad que aún conserva memoria, representantes y capacidad legal, pero que se ve obligada a defender sus bienes frente a una presión creciente. Entre ambos extremos —el Repartimiento del siglo XIII, los conflictos por el fonsario en el siglo XV y la delimitación oficial de la judería en 1481— se dibuja la historia de una aljama profundamente arraigada en la ciudad, pero sometida cada vez más a presión hasta su desaparición definitiva tras el decreto de 1483.

Hoy apenas quedan restos visibles, pero los nombres de las calles, la memoria del fonsario, las noticias sobre la sinagoga y los documentos conservados permiten reconstruir parte de aquel mundo desaparecido. La judería de Jerez no fue un simple rincón pintoresco del casco histórico. Fue un espacio vivo, jurídico, religioso, económico y humano. Y su estudio nos recuerda que la ciudad medieval fue mucho más plural, compleja y mestiza de lo que a veces deja ver la memoria monumental. Este texto no pretende agotar el tema. Al contrario, quiere servir como una nueva aproximación y como adelanto de un estudio más amplio sobre la judería jerezana que verá la luz próximamente, donde se analizarán con mayor detalle sus límites, sus documentos, su evolución urbana, sus espacios religiosos y funerarios, y la memoria de una comunidad que formó parte esencial del Jerez medieval.

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