Este artículo, publicado en https://www.alandalushispania.es/articulo/12, analiza la problemática de la localización de la antigua Lascut/Lascuta y su posible pervivencia en época andalusí. A partir de la revisión crítica de las propuestas tradicionales y del análisis combinado de la evidencia numismática, arqueológica y textual, el estudio incorpora los testimonios de las fuentes árabes medievales —especialmente Ibn Jaldūn e Ibn Abī Zarʿ— que mencionan una fortificación denominada Ḥiṣn (A)sqūṭ o Sqūṭ en el entorno de Šarīš (Jerez). El examen filológico y geográfico de estas formas, junto a su correlación con la dispersión monetaria y la lógica territorial del bajo Guadalete, permite proponer su identificación con el área del cortijo de Monteagudo, próxima a Mesas de Asta (Hasta Regia), como pervivencia medieval del topónimo Lascut.
Abstract
This article examines the historiographical problem of the location of ancient Lascut / Lascuta and its possible survival in the Andalusi period. Through a critical reassessment of traditional hypotheses and a combined analysis of numismatic, archaeological, and textual evidence, the study highlights medieval Arabic sources —particularly Ibn Khaldūn and Ibn Abī Zarʿ— which mention a fortress called Ḥiṣn (A)sqūṭ or Sqūṭ near Šarīš (Jerez). Philological and geographical analysis of these toponyms, correlated with coin dispersal patterns and the territorial logic of the lower Guadalete region, supports the identification of this site with the area of Monteagudo, near Mesas de Asta (Hasta Regia), as a medieval continuity of Lascut.
Palabras clave / Keywords
Tras las dudas formuladas por Mateos Gago acerca de la localización tradicional de la romana Lascut en Alcalá de los Gazules o en la Mesa del Esparragal, una revisión reciente de Luis Iglesias García ha venido a reforzar desde otros parámetros la fragilidad de ese encuadre. En su trabajo, este autor desplaza deliberadamente el foco hacia la evidencia arqueológica y numismática, subrayando la debilidad de una identificación asentada en tradiciones decimonónicas y en la atribución acrítica del hallazgo del Bronce de Lascuta, cuya procedencia exacta resulta imprecisa y obliga, por ello, a extremar las cautelas. De este modo, Iglesias García propone reconsiderar la búsqueda de Lascut y de la Turris Lascutana en un espacio más próximo a las marismas del Guadalquivir, donde se documenta una significativa dispersión de numerario atribuible a la ceca de Lascut, concentrada en el entorno del Cerro de Mojón Blanco, en las cercanías del yacimiento de Mesas de Asta. Este indicio, hasta ahora poco explotado, no solo se ajusta mejor a la lógica territorial del bajo Guadalete, sino que refuerza la necesidad de replantear la geografía de Lascut fuera de los marcos tradicionales.
A este testimonio se suma el de Ibn Abī Zarʿ, quien, al relatar el mismo episodio, sitúa este enclave a doce millas (unos 22 km) de Šarīš, denominándolo burŷ Muntqūṭ (برج منتقوط), “torre de Muntqūṭ”, o bien مشقريط (Mšqryṭ), lectura que, pese a su deterioro gráfico, parece remontar a un hipotético منتشقوط (Muntšqūṭ), muy próximo formalmente al Sqūṭ de Ibn Jaldūn y coherente con la oscilación ortográfica característica de los manuscritos magrebíes. No deja de resultar sugestivo que la designación burŷ, “torre”, aplicada a este enclave, evoque —al menos en el plano conceptual— la turris Lascutana mencionada en el célebre Bronce de Lascuta. Aunque media entre ambos testimonios un dilatado arco cronológico y contextos políticos radicalmente distintos, la coincidencia tipológica (burŷ / turris) podría estar señalando la pervivencia de un hito fortificado singular en el paisaje, cuya memoria toponímica habría experimentado transformaciones fonéticas a lo largo de los siglos. En este sentido, la forma Sqūṭ / Muntšqūṭ documentada en las fuentes árabes no sería necesariamente una creación ex novo, sino quizá la adaptación, ya arabizada, de un topónimo anterior vinculado a una estructura defensiva de larga duración. Naturalmente, esta relación no puede afirmarse de manera concluyente en ausencia de pruebas arqueológicas directas; con todo, la convergencia entre la tradición epigráfica romana y la terminología árabe invita, al menos, a contemplar la hipótesis de una continuidad espacial del enclave fortificado.
La convergencia de todas estas formas —Sqūṭ, Muntqūṭ, Muntšqūṭ, Muntiqūṭ—, aplicadas a una fortificación del entorno jerezano, dibuja un hilo toponímico difícilmente atribuible al azar. Si se tiene en cuenta, además, que la localización de este lugar, como ya advirtiera el propio Luis Iglesias García, coincide con la posición estratégica del actual cortijo de Monteagudo, a una distancia de Jerez idéntica a la indicada por Ibn Abī Zarʿ y próxima a las Mesas de Asta, solar de la antigua Hasta Regia, y al mencionado Cerro de Mojón Blanco, resulta verosímil reconocer en este espacio la pervivencia medieval —fonética, geográfica y funcional— de la antigua Lascut.

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