La localización de la batalla del 711 sigue siendo uno de los problemas más complejos y sugestivos de la historiografía altomedieval peninsular. En los últimos años el debate se ha reactivado con fuerza, especialmente a partir de propuestas que han tratado de situar el enfrentamiento bien en el entorno de La Janda, bien en el área de Guadarranque y la bahía de Algeciras. Frente a esas interpretaciones, también se ha planteado una lectura distinta del problema de Lakka y del wādī Lakka, basada en su inserción en la geografía histórica del ámbito jerezano, con Gibalbín como pieza central de la discusión y con una posible proyección del escenario bélico hacia los llanos de Caulina y el valle medio del Guadalete. Precisamente porque se trata de una cuestión de tanta importancia, conviene practicar también cierta autocrítica. No basta con señalar las debilidades de las hipótesis rivales; resulta igualmente necesario preguntarse por los límites de la propia, por sus puntos más sólidos y por aquellos otros que aún siguen abiertos a discusión.
Valle del Guadalete y comarca de La Janda en la actual provincia de Cádiz
La principal fortaleza de la propuesta que vincula Lakka con Gibalbín reside, sin duda, en su voluntad de atenerse con la mayor literalidad posible al tenor de las fuentes. Estas hablan de un wādī Lakka y lo sitúan en el ámbito de la cora de Šiḏūna. Además, la tradición latina y romance conserva formas como Vedelac o Vadalac, que parecen encajar mejor en el espacio jerezano que en una traslación hacia la laguna de La Janda o hacia el Campo de Gibraltar. Desde esa base, la hipótesis no pretende limitarse a negar otras localizaciones, sino ofrecer un encaje territorial de conjunto: topónimo, río, territorio y campo de batalla dentro de una misma lógica geográfica e histórica.
Uno de los aspectos más consistentes de esta línea interpretativa ha sido, además, la crítica a determinadas simplificaciones toponímicas. La identificación de Lakka con un simple lacus y su consiguiente vinculación automática con La Janda plantea dificultades serias. Del mismo modo, tampoco parece segura la equiparación entre Lakka y Lascut o Lascuta, aunque esta haya resultado sugerente para algunos planteamientos recientes. Una parte del debate, en efecto, se ha visto enturbiada por la tendencia a fundir topónimos distintos en una sola realidad o a forzar su sentido para hacerlos encajar en escenarios previamente elegidos.
Dicho esto, también conviene reconocer con claridad que el punto más delicado de esta hipótesis no se encuentra en la crítica de las demás, sino en el paso positivo que conduce a Gibalbín. Una cosa es mostrar que La Janda o Guadarranque presentan problemas serios; otra, más exigente, es demostrar de manera concluyente que Gibalbín fue Lakka y que el enfrentamiento tuvo lugar precisamente en el entorno de Caulina. Ahí es donde la propuesta, aunque siga resultando verosímil y bien orientada, debe formularse con prudencia.
La identificación de Gibalbín con Lakka se apoya en una convergencia de indicios filológicos, geográficos e históricos bastante sugerente, pero no en una prueba única, rotunda e incontestable. No se dispone de una inscripción que cierre el problema ni de una evidencia documental que resuelva por sí sola la cuestión. Lo que existe es una acumulación de indicios que, leídos de forma articulada, apuntan con bastante coherencia hacia ese lugar. Eso es mucho, sin duda, pero no autoriza todavía a dar la discusión por definitivamente zanjada.
Algo parecido ocurre en el terreno arqueológico. El marco formado por Gibalbín, Caulina y el valle medio del Guadalete ofrece un escenario muy plausible para repensar la batalla. Sin embargo, la evidencia material sigue sin ser concluyente. La topografía acompaña, las fuentes no desentonan y la lógica territorial es fuerte, pero todavía no puede afirmarse que la arqueología haya hablado de manera definitiva. Y mientras eso no ocurra, la prudencia sigue siendo necesaria.
Sin embargo, la propuesta de Guadarranque presenta una dificultad de fondo: desplaza el centro de gravedad del problema hacia el ámbito algecireño a costa de tensar excesivamente la localización de Lakka en la cora de Šiḏūna que transmiten las fuentes. La lógica del desembarco y de los primeros movimientos musulmanes puede sugerir escenarios posibles, pero no basta por sí sola para resolver el problema toponímico principal.
Algo parecido puede decirse de la línea defendida por José Soto Chica y su equipo, aunque con matices propios. Su propuesta tiene la virtud de haber reabierto el debate con vigor y de haber incorporado a la discusión elementos de reconstrucción militar, logística, paisaje y clima que enriquecen considerablemente el análisis. Se trata, por tanto, de una propuesta trabajada y ambiciosa, no de una simple ocurrencia.
No obstante, la principal objeción que sigue suscitando es que ese modelo reconstructivo, por sugerente que resulte, parece exigir demasiadas reinterpretaciones toponímicas para llevar la batalla hacia La Janda. La dificultad no estriba tanto en que ese escenario sea imposible desde el punto de vista militar como en que parece menos fiel a la literalidad de las fuentes y al marco geográfico que estas dibujan.
Dicho de manera franca, la impresión que deja hoy el estado de la cuestión es esta: la crítica a las identificaciones de Lakka con La Janda o con escenarios del Campo de Gibraltar parece más fuerte, por el momento, que la demostración positiva definitiva de Gibalbín como solución cerrada al problema. Pero eso no invalida la hipótesis. Más bien la sitúa en el lugar que debería ocupar toda propuesta histórica seria: el de una interpretación coherente, razonada y abierta, no el de una certeza proclamada con exceso de rotundidad.
Sigue siendo perfectamente defendible, por tanto, que una relectura de las fuentes árabes y latinas desde la geografía histórica de la cora de Šiḏūna conduce con más naturalidad hacia Gibalbín, el valle medio del Guadalete y los llanos de Caulina que hacia La Janda o Guadarranque. Pero precisamente por eso resulta aún más necesario defender esa propuesta sin dogmatismos, con plena conciencia de que el debate permanece abierto y de que solo una combinación más afinada de filología, topografía, historia militar y arqueología permitirá acercarse algo más a la solución.
En cuestiones como esta, tan cargadas de tradición interpretativa y de entusiasmo polémico, quizá la mejor actitud no sea la de levantar trincheras, sino la de seguir afinando preguntas: qué dicen exactamente las fuentes, qué topónimos distinguen realmente, qué espacio describen, qué itinerarios permiten reconstruir y qué puede aportar todavía la arqueología. Solo así, con paciencia y sin prisas por clausurar el problema, podrá avanzarse de verdad.
Bibliografía esencial
Beneroso Santos, José (2025), Guadarranque versus La Janda. A propósito del debate suscitado tras la publicación colectiva «Guadalete y la caída de la Hispania visigoda» en la revista Desperta Ferro (n.º 86, noviembre de 2024), Tarifa, Imagenta.
Borrego Soto, Miguel Ángel (2024), “Y habiendo llegado al río que se llama ‘Vedelac’…”. Lakka y Wādī Lakka: nueva hipótesis de ubicación, Revista de Historia de Jerez, 27, pp. 9-45.
Borrego Soto, Miguel Ángel (2026), “Releer la conquista del 711. Lakka, Lascuta y el problema del wādī Lakka”, Hesperia. Culturas del Mediterráneo, pp. 41-64.
Soto Chica, José et alii (2023a), “La batalla de los montes Transductinos: ubicación y reconstrucción de los itinerarios de la batalla que decidió la suerte del reino visigodo”, Atenea. Revista de la Asociación Española de Historia Militar, 1 (1), pp. 79-96.
Soto Chica, José et alii (2023b), “La batalla de los montes Transductinos: tropas, logística, estrategia, desarrollo, paisaje y clima”, Atenea. Revista de la Asociación Española de Historia Militar, 1 (2), pp. 97-119.

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