En un trabajo reciente publicado en la Revista de Historia de Jerez, José María Gutiérrez López y quien escribe estas líneas propusimos una lectura distinta del desarrollo urbano de Šarīš entre los siglos X y XIII. Frente a la idea de que el entorno de San Lucas, San Salvador, la plaza de la Encarnación y sus inmediaciones habría ocupado una posición periférica dentro de la medina primitiva, defendíamos que precisamente ahí debía buscarse uno de los espacios fundamentales de la ciudad andalusí: su núcleo más antiguo, articulado en torno al eje formado por el alcázar, la mezquita aljama y las collaciones que después serían conocidas como San Salvador y San Lucas.
No se trataba de una intuición lanzada al aire, sino de una hipótesis construida a partir de indicios convergentes: las fuentes árabes, la documentación castellana posterior a la conquista, el Libro del Repartimiento, la distribución de las mezquitas, la topografía histórica, la relación entre el alcázar y la aljama, y los restos materiales conservados o documentados en distintos puntos de la ciudad. En ese marco, la zona de San Lucas y Belén no aparecía como un borde tardío, sino como parte de un espacio urbano vivo, denso y estructuralmente relevante desde los primeros siglos de la Jerez islámica.
La aparición de materiales andalusíes en el Palacio de Montegil no “demuestra” por sí sola toda esa reconstrucción, ni sería serio presentarla así, pero añade una pieza más a un mosaico que empieza a resultar difícil de ignorar. Si en ese sector se documentan restos emirales o altomedievales, si aparecen materiales de los siglos IX-XII, si la arqueología vuelve a señalar la antigüedad de la ocupación islámica en torno a San Lucas y plaza Belén, entonces la vieja imagen de una ciudad que sólo habría incorporado plenamente este espacio en época almohade necesita, al menos, ser revisada.
La ciudad andalusí no nació de golpe con la gran monumentalización almohade. Como ocurre en tantas medinas del Occidente islámico, Šarīš debió de crecer por fases, adaptándose al terreno, a los cursos de agua, a los espacios de poder, a las actividades artesanales y a los lugares de culto. La muralla almohade que todavía condiciona nuestra imagen del Jerez medieval no fue necesariamente el primer gesto urbano de la ciudad, sino la culminación de un proceso más largo. Antes de esa gran cerca, antes de las reformas del siglo XII, debió de existir una Šarīš más antigua, emiral, califal y taifa, cuyos contornos vamos reconociendo de forma fragmentaria.
Uno de los puntos centrales de nuestra propuesta era precisamente ese: no entender la ciudad andalusí únicamente desde su última fase, la más visible o monumental, sino desde una secuencia histórica más amplia. El Jerez de época almohade no surgió de la nada. Se apoyó sobre una ciudad previa, con mezquitas, defensas, zonas artesanales, caminos, arroyos y áreas residenciales que habían ido configurando durante siglos una verdadera medina.
En este sentido, el entorno de Montegil resulta especialmente sugestivo. No estamos hablando de un solar cualquiera, sino de una zona situada entre San Lucas, la plaza Belén, la plaza de la Encarnación y el ámbito del antiguo San Salvador, es decir, en las cercanías del espacio que hemos vinculado con la mezquita mayor y con el corazón religioso e institucional de la Šarīš andalusí. Muy cerca se encontraba también el eje del alcázar, pieza esencial del poder político y militar. Todo ello dibuja una topografía urbana de enorme densidad histórica.
Por eso, lo que aparece ahora bajo el Palacio de Montegil no debe verse como una simple curiosidad arqueológica, ni como una nota pintoresca añadida a la historia de un edificio nobiliario. Es mucho más que eso. Es una ventana abierta a la ciudad que precedió al palacio, a la ciudad que precedió a las casas de los Adorno, a la ciudad que precedió a la plaza moderna, al convento, a la cárcel, al colegio y a las sucesivas transformaciones de este sector. Bajo la arquitectura señorial y bajo los estratos de la ciudad cristiana y moderna, vuelve a asomar la Šarīš islámica.
Y lo hace, además, en un momento en que Jerez necesita reconciliarse con su propio subsuelo. Durante décadas, la historia andalusí de la ciudad ha sido tratada con frecuencia como un periodo borroso, reducido a la muralla, al alcázar y a algunas referencias dispersas. Sin embargo, cada intervención arqueológica rigurosa demuestra que la medina islámica fue mucho más compleja, más antigua y más rica de lo que permitían suponer ciertos esquemas heredados.
El caso de Montegil invita, por tanto, a una lectura serena pero ambiciosa. No se trata de proclamar descubrimientos definitivos antes de que los especialistas publiquen sus resultados completos, sino de entender que la arqueología está dialogando con hipótesis históricas que ya venían planteándose desde el análisis documental y urbanístico. Y cuando fuentes, topografía y materiales empiezan a señalar en una dirección parecida, lo sensato no es abrir el debate con más fuerza.
La restauración del Palacio de Montegil tiene, además, otro valor añadido: demuestra que la recuperación patrimonial y la investigación arqueológica pueden ir de la mano. El futuro edificio permitirá conservar y hacer visible una parte de la memoria histórica que ha ido apareciendo durante las obras. Esa es la mejor noticia: que la ciudad no solo se restaure por fuera, sino que se conozca por dentro. Montegil nos recuerda que Jerez sigue siendo una ciudad estratificada, que la plaza Belén no es únicamente un espacio urbano contemporáneo ni un entorno noble de la Edad Moderna. Es también una zona donde late, bajo los pavimentos y los muros, una memoria andalusí de largo recorrido. Una memoria que tal vez nos obligue a desplazar el foco y a devolver al sector de San Lucas y San Salvador el papel que pudo tener en los primeros siglos de Šarīš.
Los hallazgos de Montegil no cierran una discusión: la enriquecen. Pero sí parecen recordarnos algo que cada vez resulta más evidente: el origen de la Jerez andalusí quizá no estaba donde algunos lo buscaron, sino precisamente en este entorno vivo, antiguo y central, junto al alcázar, la aljama, San Salvador y San Lucas. A veces la ciudad tarda siglos en contestar. Pero cuando lo hace, habla desde su lado más profundo. Enhorabuena a todos los que esta vez lo han hecho posible.

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