lunes, 3 de agosto de 2026

¿Ceri o Šarīš?

La Jerez romana que sigue sin aparecer

Crónicas, monedas, columnas y arqueología 
en torno a los orígenes de la ciudad

Miguel Ángel Borrego Soto
Centro de Estudios Históricos Jerezanos

Reverso de una moneda de Ceri o Cerit conservada en el Museo Arqueológico Municipal de Jerez Alcázar de Jerez de la Frontera

Dos piezas del problema: a la izquierda, moneda con la leyenda conservada CER, de procedencia desconocida; a la derecha, el alcázar de la Šarīš andalusí. Fotografías: Museo Arqueológico Municipal de Jerez y Luis M. Portillo, Wikimedia Commons, CC BY-SA 4.0.

Durante cuatro siglos se ha buscado bajo Jerez una ciudad romana. Los nombres propuestos han sido numerosos —Xera, Ceret, Cerit, Seritium— y tampoco han faltado monedas, columnas, inscripciones perdidas o materiales romanos utilizados para completar el relato. La dificultad continúa siendo la misma: la arqueología urbana todavía no ha descubierto calles, edificios, viviendas o espacios públicos pertenecientes a aquella ciudad.

La campiña jerezana estuvo intensamente romanizada. Mesas de Asta y Gibalbín albergaron importantes núcleos antiguos, y por todo el término se conocen villae, alfares, necrópolis y explotaciones agrícolas. El problema comienza cuando esa realidad territorial se convierte, sin pruebas suficientes, en una ciudad romana situada bajo el casco histórico. Allí, la primera trama urbana que aparece con claridad continúa siendo la de Šarīš.

1. Una ciudad romana buscada antes de ser encontrada

La cuestión de los orígenes de Jerez de la Frontera presenta una anomalía historiográfica persistente. Durante siglos se ha buscado el nombre de una ciudad antigua que pudiera ser reconocida como antecedente directo de la población actual, cuando la investigación arqueológica todavía no había demostrado que bajo el recinto medieval existiese tal ciudad. El procedimiento se desarrolló, por tanto, en sentido inverso al habitual: primero se aceptó la necesidad de una fundación antigua y después se reunieron nombres, monedas, columnas, inscripciones y noticias dispersas para sostenerla.

El resultado ha sido una sucesión de identificaciones que, aunque incompatibles entre sí, han terminado formando un único relato acumulativo. Jerez habría sido Xera en época prerromana, Ceret o Cerit durante la romanización, Seritium en época visigoda, Šarīš bajo dominio islámico y Xerez después de la conquista castellana. Cada forma se presenta como eslabón de una continuidad secular, pese a que algunas de ellas son conjeturales, otras pertenecen a ciudades no localizadas y varias no están documentadas como nombres históricos de la actual Jerez.

La crítica de este relato no obliga a negar la presencia romana en el término jerezano. El territorio municipal contiene yacimientos de enorme importancia, entre ellos Mesas de Asta y la sierra de Gibalbín, además de villae, alfares, necrópolis, explotaciones agrícolas y asentamientos rurales. La campiña situada entre el Guadalete, el Guadalquivir y la bahía gaditana estuvo intensamente ocupada durante la Antigüedad. Lo que permanece sin demostrar es otra cosa mucho más concreta: que en el emplazamiento del casco histórico de Jerez hubiese una ciudad romana y que esa ciudad se llamara Cerit, Ceri, Ceret, Xera o de cualquier otro modo.

Esta distinción entre término municipal, territorio histórico y núcleo urbano resulta decisiva. Que hoy Mesas de Asta y Gibalbín pertenezcan administrativamente a Jerez no convierte sus ciudades antiguas en fases urbanas de la actual población. Del mismo modo, la presencia de una villa romana, una necrópolis o materiales dispersos en las proximidades del casco histórico tampoco equivale a la existencia de una civitas.

2. La fabricación erudita de una antigüedad: de Gonzalo de Padilla al siglo XIX

La historiografía jerezana del siglo XVI estuvo dominada por el relato de la conquista castellana, los linajes de la ciudad y las guerras de frontera. La Historia de Xerez atribuida a Gonzalo de Padilla, centrada en los siglos XIII al XVI, pertenece todavía a ese horizonte. La legitimidad de la ciudad se buscaba principalmente en su participación en la expansión castellana y en los servicios prestados por sus caballeros. El desplazamiento hacia una antigüedad prerromana y romana se produjo con mayor claridad durante el siglo XVII.

Martín de Roa organizó ya en 1617 una parte de su obra sobre los patronos de Jerez alrededor del “nombre, sitio y antigüedad” de la ciudad. Esta formulación anticipaba el núcleo del problema posterior: había que encontrar una denominación antigua, asignarle un emplazamiento y establecer una continuidad con la población contemporánea. Fray Esteban Rallón desarrolló después una historia de Jerez “desde su primera fundación”, conjugando noticias documentales con materiales procedentes de la erudición clásica y eclesiástica. La grandeza presente se proyectaba hacia un pasado remoto que debía explicar su rango, sus privilegios y, en algunos casos, sus aspiraciones episcopales.

Rallón merece, sin embargo, una lectura algo más detenida. Al tratar de explicar la presencia en Jerez de lápidas, aras, columnas, ídolos y fragmentos antiguos, atribuyó a los vándalos el traslado de Asta al emplazamiento de la ciudad actual y supuso que sus habitantes habían llevado consigo aquellos materiales. La mudanza, como hecho histórico concreto, descansaba en la tradición local y no puede probarse. Pero el cronista advirtió algo que sus sucesores tendieron a olvidar: las piezas romanas estaban dispersas y reutilizadas, mientras que no quedaba en la ciudad edificio alguno que pudiera reconocerse como romano. «No hay en Xerez palmo de edificio que huela a antigüedad romana», escribió después de examinar aquellas reliquias. Su solución fue trasladar Asta, sus pobladores y sus piedras; la observación previa era más valiosa que la explicación. Había antigüedades en Jerez, aunque no una ciudad antigua visible (Rallón, 1997: I, 79-80).

Portada del primer volumen de la Historia de Xerez de fray Esteban Rallón

Portada del primer volumen de la Historia de la ciudad de Xerez de la Frontera, de fray Esteban Rallón, edición de Ángel Marín y Emilio Martín. RODIN, Universidad de Cádiz, CC BY-NC-ND 4.0.

La tendencia alcanzó su formulación extrema durante el siglo XVIII. Francisco de Mesa Xinete reunió en una sola genealogía urbana los nombres de Tarteso, Turdeto, Xera, Carteia, Asta Regia, Asido Caesariana, Asidonia, Jerez Sidonia y Jerez de la Frontera. El propio título de su Historia sagrada y política constituye un catálogo de identificaciones sucesivas. El mecanismo permitía apropiarse de cualquier nombre prestigioso conocido en la región y convertirlo en una etapa de la misma ciudad.

La discusión sobre Asta ocupa aquí un lugar central. Bartolomé Gutiérrez publicó en 1754 una Reflexión sobre la opinión admitida por el M. R. P. Mro. Fr. Enrique Flórez, que niega la identidad de Asta con Xerez de la Frontera. El título muestra que la identificación no era un dato recibido, sino una controversia. Gutiérrez necesitaba refutar a Flórez porque este separaba la ciudad antigua de la Jerez moderna. La localización arqueológica de Hasta/Asta en Mesas de Asta terminaría dando la razón al planteamiento que distinguía ambos núcleos.

Miguel Casiri introdujo otra vía al relacionar Jerez con la ciudad persa de Shiraz o Xiraza. La propuesta tuvo cierta fortuna porque explicaba aparentemente la forma árabe Šarīš, pero carecía de una base histórica y fonética suficiente. En el siglo XIX, Adolfo de Castro volvió a reunir en una narración continua las etapas romana, visigoda, islámica y castellana de Jerez y utilizó como argumento la inscripción conocida después como CIL II 1305, transmitida con una lectura que parecía mencionar al pueblo de un municipio ceretano. La pieza, perdida y de procedencia discutida, no permite situar aquel municipio bajo Jerez (Castro, 1845). Luis de Grandallana y Zapata creyó reconocer todavía en 1885 restos de fábricas, morteros y construcciones romanas entre los monumentos de la ciudad, atribuciones que no han resistido el posterior estudio arqueológico. Manuel Bertemati, al estudiar en 1883 las historias y los historiadores locales, permitió advertir hasta qué punto los autores anteriores se copiaban, corregían y acumulaban unos sobre otros.

A esta tradición se sumó la noticia de una moneda de Ceri(t) descubierta en la plaza del Mercado, atribuida generalmente a Gerónimo de Estrada y repetida después por la erudición local, hasta llegar a Agustín Muñoz y Gómez a comienzos del siglo XX. Las versiones no coinciden en la fecha ni ofrecen una descripción arqueológica del hallazgo; tampoco ha llegado hasta nosotros la pieza que permitiría examinar su lectura, autenticidad y estado de conservación. En aquella misma plaza se situaron restos, fábricas y materiales considerados romanos, de nuevo sin planos, estratigrafía ni posibilidad de comprobar las circunstancias en que aparecieron. Es posible que una moneda antigua fuese hallada allí. Lo que no sabemos es si procedía de un nivel romano, de tierras de relleno, de una colección perdida o de cualquiera de los movimientos de materiales sufridos por aquel sector durante siglos. La noticia debe conservarse, pero no puede transformarse en la localización de una ceca.

La persistencia de una afirmación en esta tradición no aumenta automáticamente su valor documental. Cuando una noticia de Rallón pasa a Gutiérrez, de este a Mesa Xinete y después a un historiador decimonónico, no poseemos cuatro testimonios independientes. Tenemos una transmisión historiográfica cuya fuente inicial puede ser una conjetura, una lectura incorrecta o un intento de ennoblecer el pasado de la ciudad.

3. Hasta, Asta y Asṭa

El estudio reciente de José Antonio Correa Rodríguez permite ordenar uno de los problemas que más confusión ha causado. La forma antigua mejor documentada no es Asta, sino Hasta. Así aparece en el decreto de Lucio Emilio Paulo del año 189 a. C., que menciona a los Hastensium seruei, y en los vasos de Vicarello. Las formas sin h aparecen también en autores latinos y griegos, pero responden a la pérdida de la aspiración y a la historia gráfica del latín.

Paisaje de Mesas de Asta, emplazamiento de la antigua Hasta Regia

Mesas de Asta, emplazamiento de la antigua Hasta Regia, una ciudad con historia propia que no puede trasladarse bajo el casco urbano de Jerez. Fotografía: El Pantera, Wikimedia Commons, CC BY-SA 4.0.

Correa concluye que Hasta representa la latinización de un topónimo indígena, probablemente perteneciente al estrato tartesoturdetano, mientras que Asta es una creación latina secundaria producida por la desaparición fonética de la aspiración. No existe un proceso histórico verosímil AstaHasta; la evolución razonable es la contraria. También deben rechazarse las relaciones antiguamente propuestas con el sustantivo latino hasta, “lanza”, o con el griego ásty, “ciudad”. Son aproximaciones formales que no explican los testimonios más antiguos.

La forma árabe Asṭah, estudiada también en relación con Mesas de Asta, representa la continuidad medieval de aquel núcleo. En un trabajo anterior defendimos que las variantes transmitidas por las fuentes árabes —AṣṭahAsṭa, Iṣṭabba, Astibar— debían analizarse a partir de la historia real del asentamiento y de los problemas de transmisión manuscrita, evitando convertir cada grafía en una población diferente. La arqueología de Mesas de Asta muestra, además, una ocupación que alcanza el periodo andalusí.

De todo ello se desprende que Hasta/Asta/Asṭa posee una historia propia. Su territorio acabó integrado en el enorme término de Jerez, pero su nombre no explica Šarīš y su núcleo urbano no se encontraba bajo la ciudad actual. La vieja hipótesis del traslado de sus habitantes a Jerez después de una destrucción ocurrida durante la fitna del califato podría explicar parcialmente una reorganización del poblamiento, pero no convierte a ambas poblaciones en una misma ciudad ni demuestra que Jerez existiera ya en época romana.

4. De Xera a Seritium: eslabones sin documentación

Otro de los nombres incorporados a la genealogía local fue Xera, ciudad mencionada por Teopompo y recogida posteriormente por Esteban de Bizancio. La noticia se limita a situarla en las proximidades de las Columnas de Heracles. Esta referencia geográfica es demasiado amplia para localizarla en Jerez y no proporciona información arqueológica, histórica o itineraria suficiente. La semejanza entre Xera y Xerez impulsó la identificación, pero la semejanza gráfica entre dos nombres separados por más de un milenio no establece por sí misma una continuidad.

También se repitieron las formas Seritium y Xeritium como supuestas denominaciones visigodas. No contamos, sin embargo, con textos visigodos, inscripciones, monedas o documentos contemporáneos que las apliquen a Jerez. En muchos casos parecen latinización retrospectiva del nombre medieval Xerez, creada para rellenar el espacio existente entre la Antigüedad y Šarīš. Su función dentro del relato es evidente: permiten que la cadena fonética parezca ininterrumpida. Su realidad histórica no lo es.

La historiografía tradicional ha empleado estas formas con un criterio acumulativo. Si Xera se parecía a Xerez, Cerit podía acercarse a Šarīš y Seritium parecía ocupar el lugar intermedio, el conjunto terminaba considerándose una demostración. En realidad, cada identificación depende de la anterior, y ninguna resuelve la cuestión arqueológica.

5. Cerit, Ceri, Seriensis y el origen de Šarīš

La discusión sobre Cerit es más compleja porque aquí sí existe una base antigua: una ceca hispánica que acuñó moneda con una leyenda leída tradicionalmente como Cerit, aunque determinadas emisiones y ejemplares incompletos han dado lugar a lecturas como Ceri o, simplemente, CER. La existencia de la ceca puede aceptarse; lo que no conocemos con seguridad es su emplazamiento.

La moneda conservada en el Museo Arqueológico de Jerez posee procedencia desconocida. La propia ficha del museo describe en su reverso la secuencia CER entre dos espigas. Un objeto sin contexto de hallazgo no permite situar la ceca, y menos todavía debajo de la ciudad donde acabó ingresando en una colección. La circulación monetaria, el comercio, el coleccionismo y los desplazamientos modernos de piezas impiden convertir el lugar de conservación en lugar de acuñación. 

En nuestro trabajo de 2005-2006 examinamos la posibilidad de relacionar Ceri(t) con la forma árabe Šarīš y con la posterior Xerez. José Antonio Correa revisó esta hipótesis en Toponimia antigua de Andalucía. Si la pronunciación tardoantigua de Cerit hubiese sido aproximadamente [ĉéret] o [ĉére], no resulta sencillo explicar el desplazamiento del acento ni el final de la forma árabe Šarīš. El paso desde Šarīš a Xerez y después a Jerez no plantea dificultades comparables; el problema se encuentra antes, entre Cerit y Šarīš.

Correa retomó la cuestión en su artículo de 2024, “Origen de los topónimos (H)Asta y Jerez (de la Frontera)”. Parte correctamente de la forma más antigua documentada para Jerez, el árabe Šarīš, con acentuación final. La inicial árabe /š/ fue adaptada mediante la x castellana medieval y evolucionó después hasta la actual /j/. En posición final se produjo una disimilación que explica las grafías Xeres, Xerez y Jerez. La historia ŠarīšXerezJerez es, pues, lingüísticamente consistente.

El paso directo desde Cerit resulta mucho menos probable. Correa admite que una forma hipotética Cerītem podría explicar la posición del acento y algunos cambios vocálicos. También sería posible la transformación de la consonante inicial tardolatina en la /š/ árabe. Falta, sin embargo, un proceso que justifique el cambio de la -t final a . Esa dificultad impide presentar CeritŠarīš como una evolución demostrada.

Correa examina además otras propuestas. A partir de Xera podría imaginarse un adjetivo toponímico Serense(m), que habría evolucionado hacia una forma próxima a Šarīš, pero la hipótesis necesitaría el respaldo arqueológico de una ciudad antigua en Jerez. Más sólida le parece la explicación propuesta por Joaquín Pascual Barea a partir del latín seriae, las grandes vasijas destinadas al almacenamiento. De esta palabra se habría formado un adjetivo Seriensis, convertido después en nombre de lugar. Correa concluye que, si Jerez es un topónimo latino o romance anterior a su adaptación al árabe, la vía más probable pasa por un adjetivo en -ensis.

Esta conclusión permite introducir la observación recogida en la nota 117 de nuestro trabajo sobre Lakka y wādī Lakka. Si la forma de la ceca hubiera sido realmente Ceri, como parecen indicar algunas emisiones, o si la -t de Cerit hubiese desaparecido durante la Antigüedad tardía, la relación con Šarīš podría buscarse mediante un adjetivo gentilicio o toponímico. La forma regular esperable a partir de un topónimo terminado en -i sería Ceritanus. Este dato obliga a revisar la asociación automática entre Ceri y los agri Ceretani de Columela. No obstante, no debe excluirse por completo una formación Ceriensis. En ese caso, el proceso fonético hacia la forma árabe resultaría posible (Borrego Soto, 2024: 34, n. 117).

La formulación precisa debe conservar los distintos grados de responsabilidad de cada propuesta. Correa considera plausible la estructura derivativa mediante un adjetivo latino en -ensis, ejemplificada especialmente por Seriensis. Borrego Soto aplica esa posibilidad a una base hipotética Ceri y plantea Ceriensis como vía que no debe descartarse. No estamos ante una forma epigráficamente documentada, sino ante una reconstrucción lingüística que resuelve algunas dificultades del paso CeritŠarīšLa hipótesis CeriCeriensisŠarīš merece ser considerada porque ofrece una explicación mejor articulada que la cadena tradicional CeretSeritiumSherish. Ahora bien, una etimología posible no determina el emplazamiento de la población que originó el nombre. Un topónimo puede sobrevivir como denominación territorial, trasladarse a un nuevo asentamiento o ser conservado por una comunidad desplazada. Incluso si Šarīš procediera de Ceriensis, seguiría siendo necesario demostrar dónde estuvo Ceri y cuál fue su relación histórica con el núcleo andalusí.

6. Los campos ceretanos y la ciudad que se dedujo de ellos

Columela menciona unos campos ceretanos vinculados a la producción agrícola y vitivinícola. La situación del autor, natural de Gades y relacionado con propiedades del entorno gaditano, ha llevado a localizar esos campos en la actual campiña de Jerez. Eugenio Vega Geán y Francisco Antonio García Romero estudiaron la ocupación del denominado ager Ceretanus, mientras que Jesús Montero Vítores trató de reconstruir su organización territorial y la posible localización de Cerit. Ambos trabajos aparecieron en el número 6 de la Revista de Historia de Jerez, dedicado en buena medida al problema.

La expresión de Columela demuestra la existencia de un espacio conocido mediante el adjetivo Ceretanus. No demuestra que hubiese bajo la actual Jerez una ciudad llamada Ceret. La denominación de un territorio puede proceder de una ciudad situada en otro punto, de una comarca, de un grupo de población o de una tradición administrativa. Tampoco el reconocimiento de una campiña romana intensamente explotada exige la presencia de su centro urbano en el emplazamiento de la ciudad medieval.

La propuesta Ceri/Ceriensis introduce, además, una dificultad morfológica: si la base fuera Ceri, la formación esperable sería Ceritanus, no Ceretanus. La relación entre la ceca y los campos de Columela deja así de ser automática. Pueden existir conexiones históricas que todavía no conocemos, pero no podemos utilizar cada término para demostrar el otro.

Es preferible separar tres cuestiones que con frecuencia se han confundido: la existencia de una importante zona agrícola romana en la campiña; la localización de la ceca de Ceri(t); y el origen del topónimo Šarīš. Las tres pueden estar relacionadas, pero ninguna relación se encuentra demostrada por el simple parecido de los nombres.

7. Un territorio romano no equivale a una Jerez romana

Los estudios arqueológicos han documentado una ocupación romana densa en el actual término de Jerez. Mesas de Asta albergó una ciudad antigua de primer orden. Gibalbín conserva los restos de otro núcleo urbano romano cuya identificación continúa abierta. En Romanina, La Corta, Bolaños, Torrox, Caulina y otros puntos se conocen asentamientos rurales, materiales arquitectónicos, hornos, necrópolis y elementos vinculados a la explotación agropecuaria.

Este paisaje encaja en la estructura territorial de la Bética. Las ciudades controlaban espacios agrarios ocupados por villae, pequeñas explotaciones, alfares y establecimientos relacionados con las vías terrestres y fluviales. El Guadalete, los esteros y los paleocauces facilitaban el transporte de productos hacia la bahía gaditana y el Guadalquivir.

Viñedos de la campiña de Jerez

Viñedos de la campiña de Jerez. La intensa explotación agraria del territorio ayuda a comprender la expresión agri Ceretani de Columela, pero no sitúa por sí misma una ciudad romana bajo Jerez. Fotografía: El Pantera, Wikimedia Commons, CC BY-SA 4.0.

Nada de ello obliga a situar una ciudad romana en el casco histórico de Jerez. La falacia consiste en pasar de “el territorio de Jerez estuvo romanizado” a “la ciudad de Jerez fue romana”. La primera afirmación dispone de un amplio respaldo arqueológico. La segunda necesita estructuras urbanas localizadas bajo la ciudad actual.

8. Columnas sin ciudad

Los fustes, capiteles, basas y fragmentos marmóreos conservados o reutilizados en edificios jerezanos han ejercido una poderosa atracción. Su aspecto antiguo parece ofrecer una prueba visible de la ciudad romana perdida. Sin embargo, un elemento arquitectónico descontextualizado no permite reconstruir el edificio del que procedía ni el lugar donde estuvo levantado.

La reutilización de materiales antiguos fue habitual durante toda la Edad Media. Columnas y sillares podían transportarse desde ciudades abandonadas, villae, necrópolis o edificios en ruinas. Mesas de Asta se encuentra a una distancia perfectamente salvable para el acarreo de materiales valiosos, y lo mismo sucede con otros yacimientos del entorno. Algunos elementos pudieron llegar también a Jerez durante reformas modernas, a través del coleccionismo nobiliario o de compras destinadas a palacios y edificios religiosos.

Para convertir una columna en prueba de un edificio romano bajo Jerez sería necesario conocer su contexto estratigráfico, su posición original, la cimentación asociada y la relación con otros elementos constructivos. Una columna colocada en un patio medieval o moderno demuestra reutilización, no continuidad urbana.

Esta exigencia no resta valor a las piezas. Al contrario, obliga a estudiarlas mediante análisis petrográficos, tipológicos y métricos que puedan determinar su cantera, cronología y posibles paralelos. Lo que no puede hacerse es convertirlas en restos de templos, foros o edificios públicos cuya existencia se presupone precisamente a partir de esas mismas columnas.

Columna reutilizada en la Casa del Abad Fuste de columna conservado en la Casa del Abad

Columna y fuste reutilizados en la Casa del Abad, relacionados posiblemente con la mezquita aljama de Jerez. Fotografías: Miguel Ángel López Barba, ATARAL, inventario 262_i04 y 262_i05. Reproducidas con indicación de autoría y procedencia para fines de investigación y divulgación histórica.

En nuestro estudio de 2025 sobre Šarīš entre los siglos X y XIII examinamos también dos columnas conservadas en el interior de la Casa del Abad, bajo la plaza de la Encarnación. Ambas se hallan rematadas por capiteles de decoración geométrica muy sobria y fueron reutilizadas en obras de época moderna. Su posible pertenencia a una construcción andalusí temprana, acaso a la sala de oración de la mezquita aljama, debe mantenerse abierta, pues son elementos desplazados de su posición original y faltan análisis que permitan fijar su cronología y procedencia. Tienen cabida en esta discusión precisamente por eso: aun cuando pudieran relacionarse con un edificio medieval bien localizado, no autorizan a reconstruir otro romano bajo la ciudad. Las estructuras descubiertas desde 2019 en la Casa del Abad se comprenden dentro de la historia de la aljama y de la colegiata levantada sobre ella, es decir, en la evolución de la Šarīš andalusí y la Xerez castellana (Borrego Soto y Gutiérrez López, 2025: 36; véase también López Vargas-Machuca, 2024: 28-29).

9. Inscripciones que no sitúan una ciudad

La epigrafía presenta problemas semejantes. El corpus de inscripciones latinas relacionadas con Jerez contiene piezas procedentes de distintos lugares del término municipal, noticias de objetos desaparecidos, copias antiguas y materiales sin procedencia suficientemente precisa. Su estudio es indispensable para conocer la romanización regional, pero no todas las inscripciones pueden incorporarse al plano urbano de Jerez.

Una inscripción hallada en una finca del término puede pertenecer a una villa, una necrópolis rural o una ciudad distinta. Para demostrar la existencia de Ceri(t) bajo Jerez sería especialmente valiosa una inscripción encontrada en estratigrafía urbana que mencionara el nombre de la comunidad, sus magistrados, sus habitantes o una institución municipal. Ese documento no ha aparecido.

En Gibalbín, por el contrario, se conoce un fragmento epigráfico que acredita la condición municipal del asentamiento, aunque no conserva el nombre de la ciudad. El dato confirma que allí existió una entidad urbana romana importante, pero deja abierta su identificación. Se han propuesto Cappa, Regina, Ceri(t), Vrgia/Ugia y otras denominaciones. La epigrafía demuestra la categoría urbana; todavía no proporciona el nombre.

10. La moneda de Ceri(t) y el problema de la procedencia

Las monedas de una ceca constituyen testimonios históricos de primer orden, pero su capacidad para localizar el taller depende de la existencia de conjuntos arqueológicos controlados. Una concentración obtenida mediante hallazgos casuales, colecciones particulares o búsquedas sin registro estratigráfico tiene un valor mucho menor.

La atribución de Ceri(t) a Gibalbín se ha apoyado repetidamente en la supuesta abundancia de monedas de esta ceca en la sierra. Villaronga propuso aquella localización y fue seguido por Sáez Bolaño y Blanco Villero, Montero Vítores y Chaves Tristán. Esta última distinguió en 2015 dos grupos monetales: uno con leyenda CERIT, en el que las letras finales aparecen ligadas, y otro con una I clara sin ligadura de T, esto es, CERI. La diferencia no es secundaria, pues afecta a la forma antigua de la que debería partir cualquier explicación de Šarīš (Chaves Tristán, 2015). La moneda del Museo Arqueológico de Jerez no resuelve el problema: conserva únicamente CER y carece de procedencia conocida.

El problema, señalado en nuestro trabajo sobre Lakka, es que no se ha publicado un conjunto arqueológico controlado que permita comprobar la concentración de estas monedas en Gibalbín. La reiteración de noticias orales o de referencias a colecciones particulares no sustituye al registro de procedencia. Las piezas pueden ser auténticas y haber aparecido realmente en la comarca; aun así, su distribución no podrá estudiarse mientras no conozcamos cada ejemplar y las circunstancias de su hallazgo.

A estas referencias se añaden testimonios orales sobre monedas de Ceri(t) aparecidas en las proximidades de Arcos y Villamartín. Son noticias que conocemos y que no hay razón para silenciar, pero tampoco podemos asignarles una coordenada exacta ni un contexto arqueológico mientras no se documenten. Si se confirmaran, ampliarían la dispersión hacia el curso medio del Guadalete y obligarían a valorar si existe realmente una concentración excepcional en Gibalbín o si estamos ante una moneda de circulación comarcal. Para resolverlo habría que comparar su distribución con la de otras cecas contemporáneas y tener en cuenta la desigual intensidad de las búsquedas, especialmente acusada en un yacimiento tan expoliado como Gibalbín.

La misma limitación afecta a las monedas conservadas en Jerez. Que una pieza ingresara en una colección local no prueba que fuera encontrada en el casco urbano. Tampoco la presencia de numerario de una ceca en una excavación aislada identificaría necesariamente la ciudad, pues las monedas circulan. Haría falta una convergencia de ceca, epigrafía, urbanismo y estratigrafía.

La antigua noticia de la plaza del Mercado debe valorarse con el mismo criterio. Montero Vítores admitió que una moneda de Ceri(t) pudo llegar hasta Jerez dentro de su radio normal de circulación, pero llegó a plantear también la posibilidad de que alguien hubiera ocultado deliberadamente un tesorillo en el siglo XVII para proporcionar a la ciudad la antigüedad romana que se le buscaba (Montero Vítores, 2000: 82-83). Nada permite demostrar semejante operación. La falta de contexto debilita el hallazgo; no autoriza a sustituirlo por un fraude del que desconocemos autor, fecha y depósito. Entre ambas posibilidades quedan explicaciones bastante más sencillas: tierras de acarreo, una pérdida antigua o moderna, una pieza procedente de una colección o una noticia deformada durante su transmisión.

11. De Gibalbín al llano: alcance y límites de la propuesta de Montero Vítores

Jesús Montero Vítores formuló en 2000 la interpretación moderna más elaborada de Ceret. Tras revisar las fuentes, la numismática, la organización del conventus Gaditanus y los asentamientos antiguos de la comarca, propuso situar la ceca en Gibalbín, donde creía reconocer una secuencia desde el mundo ibérico hasta época altoimperial y la presencia de monedas ceretanas. Su conclusión separaba expresamente Ceret de Jerez: la ciudad actual sería una fundación islámica, precedida por un primer asentamiento califal, y no la continuación urbana del núcleo romano de la sierra (Montero Vítores, 2000: 81-83).

Al final de su trabajo introdujo, sin embargo, una posible relación demográfica entre ambos lugares. Durante el Bajo Imperio, la población de Ceret, Hasta y otros centros abandonados se habría ruralizado y dispersado por la campiña. Alguno de aquellos grupos pudo establecerse en los alrededores del emplazamiento jerezano y participar, siglos después, en la formación del núcleo islámico; a ellos se unirían habitantes procedentes de Hasta cuando esta población perdió definitivamente su condición urbana. Montero habló de un «embrión rural» e insistió en que aquella relación no podía demostrarse. La imagen, repetida después, de una ciudad que baja desde Gibalbín hasta el llano simplifica bastante su argumento. Lo que propuso fue la dispersión de sus habitantes y una concentración posterior de cronología abierta, no el traslado organizado de una civitas con sus instituciones y su nombre.

Entendida de este modo, la hipótesis posee un fundamento histórico razonable. La desarticulación de antiguos núcleos urbanos, la ruralización de sus poblaciones y la concentración de comunidades campesinas en nuevos asentamientos fueron procesos frecuentes durante la Antigüedad tardía y la Alta Edad Media. Tampoco sería extraño que la Šarīš de los siglos IX y X recibiera población de Mesas de Asta, Gibalbín, las riberas del Guadalete y las numerosas explotaciones de la campiña. La arqueología no obliga a imaginar que los habitantes de una ciudad medieval surgieran en el mismo lugar donde después se levantaron sus murallas.

El problema aparece cuando una posibilidad general se convierte en una filiación concreta. No conocemos una secuencia de asentamientos que permita seguir a un grupo ceretano desde Gibalbín hasta Jerez, ni necrópolis, ajuares, producciones cerámicas o formas de poblamiento que individualicen ese desplazamiento. Entre el abandono del núcleo altoimperial propuesto por Montero y la consolidación de Šarīš transcurren varios siglos. Que parte de la población antigua se dispersara es probable; que algunos de sus descendientes acabaran integrados en el territorio de Jerez es posible; que ese grupo procediera específicamente de Ceri(t), conservara su identidad y transmitiera su nombre al nuevo asentamiento continúa sin probarse. Cada afirmación añade una dificultad distinta y necesita su propio testimonio.

La vía CeriCeriensisŠarīš podría explicar, en el terreno lingüístico, la conservación o el traslado de una denominación territorial. Pero tampoco demuestra el movimiento de la población. Un adjetivo toponímico puede sobrevivir aplicado a una comarca, una explotación o una comunidad sin continuidad urbana con la ciudad que lo originó. De igual forma, un desplazamiento humano no implica necesariamente la transmisión del nombre antiguo. La hipótesis demográfica de Montero y la propuesta filológica de Ceriensis pueden ser compatibles, aunque ninguna prueba a la otra.

12. Lo que la arqueología urbana sí muestra

Las intervenciones realizadas en el recinto histórico han documentado una secuencia arqueológica compleja. Existen estructuras calcolíticas, materiales de otros periodos y, en Manuel María González, restos in situ de un alfar romano de escasa entidad; en el núcleo actual y su periferia se conocen además necrópolis, establecimientos productivos y explotaciones rurales. Ninguno de estos hallazgos ha dibujado una ciudad antigua. La primera trama urbana reconocible pertenece al periodo andalusí: silos, viviendas, espacios artesanales, sistemas defensivos y niveles de ocupación permiten seguir la transformación de Šarīš desde un asentamiento prealmohade hasta la extensa medina conquistada por Castilla en el siglo XIII (González Rodríguez et al., 2008: 92-99).

Un caso especialmente revelador procede de la intervención realizada en el amplio solar de los números 6-12 de la calle San Blas, próximo a la Puerta de Rota y a la plaza del Mercado. En la UE 18, una pequeña fosa situada bajo el muro de tapial almohade UE 17 y aparentemente libre de intrusiones posteriores, se recuperaron quince fragmentos de ánforas —asas, bordes y galbos— atribuidos por los excavadores al grupo Dressel 9-11, además de un fragmento de tegula. El conjunto fue fechado de manera general en el siglo I d. C. Otros fragmentos anfóricos y algunas tegulae aparecieron desplazados en rellenos almohades y modernos. Nos encontramos, por tanto, ante una presencia romana estratigráficamente mejor fundada que la ofrecida por las antiguas noticias de hallazgos casuales, aunque de entidad muy reducida (Benítez Mota et al., 2020: 26-27).

La excavación de San Blas: el informe completo, con los dibujos y fotografías de los materiales romanos y andalusíes, puede consultarse en el repositorio TABULA de la Junta de Andalucía: Intervención arqueológica calle San Blas núm. 6, 10-12 en Jerez de la Frontera, Cádiz.

La publicación presenta dos perfiles cerámicos sin pie explicativo junto al plano de emplazamiento y una fotografía final de los materiales de la fase romana, pero no establece la correspondencia entre dibujos, piezas y unidades estratigráficas, ni proporciona diámetros, descripción de pastas o número mínimo de individuos. La atribución general a envases anfóricos béticos del siglo I d. C. resulta razonable; la documentación publicada no permite distinguir con seguridad cada una de las formas comprendidas entre Dressel 9 y Dressel 11. Tampoco sabemos si los quince fragmentos pertenecieron a varias ánforas o a uno o dos recipientes rotos. Los propios excavadores rechazaron que los materiales probaran la existencia de un asentamiento importante y propusieron relacionarlos con una ocupación rural o con actividades productivas desarrolladas en las proximidades. Ambas interpretaciones son posibles, pero la fosa no define por sí misma una explotación agrícola y el predominio de envases anfóricos tampoco demuestra la presencia de un alfar. Para sostener esta última posibilidad harían falta hornos, fallos de cocción, piezas deformadas, acumulaciones de desechos o análisis de pastas que relacionaran los fragmentos con un centro productor determinado. La UE 18 confirma una actividad romana en este sector o en sus inmediaciones; no contiene edificio alguno ni forma parte de una trama urbana. San Blas constituye así uno de los testimonios romanos más claros encontrados dentro del recinto histórico y, al mismo tiempo, uno de los mejores ejemplos de la distancia que separa una presencia romana de escasa entidad de una verdadera ciudad. Los materiales romanos localizados en contextos posteriores pueden proceder de ocupaciones rurales próximas, del desplazamiento de tierras o del acarreo de elementos constructivos. Para hablar de una ciudad romana deberían aparecer niveles coherentes: calles, redes de saneamiento, cimentaciones de edificios, viviendas, espacios públicos, necrópolis organizadas y una secuencia estratigráfica acorde con una ocupación urbana prolongada. La ausencia de esas estructuras no permite afirmar que ningún romano habitara jamás el lugar. Pudo existir una explotación, un pequeño asentamiento, una instalación agrícola o una ocupación de entidad reducida. Lo que impide es llamar ciudad a una realidad que todavía no ha sido documentada. La Carta arqueológica municipal y la síntesis de González Rodríguez y Ruiz Mata siguen siendo referencias esenciales para valorar esta diferencia entre hallazgos romanos y entidad urbana. Los propios autores señalaron que los restos cerámicos, marmóreos y de otro tipo aparecidos en Jerez no prueban la existencia de una ciudad antigua en el emplazamiento.

13. La formación de la ciudad andalusí

La hipótesis de un origen andalusí explica mejor los datos disponibles. En La ciudad andalusí de Jerez. Síntesis histórica (siglos VIII-XIII) estudiamos la consolidación de Šarīš a partir de las fuentes árabes, la arqueología urbana y la organización territorial. La documentación permite seguir con claridad creciente una población integrada en la cora de Sidonia, dotada de mezquita aljama, alcázar, murallas, barrios, espacios productivos y una comunidad de ulemas y funcionarios.

Los trabajos arqueológicos sobre el asentamiento prealmohade, la muralla islámica y el sistema defensivo muestran que la ciudad experimentó varias fases de expansión. Las investigaciones más recientes han propuesto incluso la existencia de un recinto primitivo anterior al gran perímetro almohade. David Caramazana-Malia ha reconstruido una evolución urbana medieval basada en el parcelario, las fuentes, la iconografía, la toponimia viaria y los restos conservados. Su estudio no necesita recurrir a una muralla romana para explicar la forma de la ciudad: las fases conocidas responden a procesos internos de la medina andalusí. La misma intervención de la calle San Blas muestra con bastante claridad la transformación de este sector suroccidental. Después del reducido depósito romano y de un prolongado hiato, la fase de los siglos XII-XIII ofreció muros de tapial y aparejo mixto, canalizaciones, silos, fosas, áreas de combustión y una vivienda organizada alrededor de un patio con alberca y andén pavimentado. Los desechos de alfar, los atifles y los birlos indican además que en el solar o en sus proximidades se desarrolló una actividad de producción cerámica. La estructura circular UE 299, colmatada por cenizas y rodeada por un cordón de tierra quemada, pudo funcionar como hornera, aunque la ausencia de parrilla, cámara superior y materiales en su interior impide identificarla con seguridad como horno cerámico (Benítez Mota et al., 2020: 19-25).

La situación del solar, en la vía que comunicaba la Puerta de Rota con la plaza del Mercado, permite reconocer un espacio donde convivieron las viviendas y las actividades artesanales. Este paisaje responde bien a un barrio integrado en la gran expansión de la medina durante los siglos XII-XIII. La ausencia de niveles emirales o califales en una sola parcela no permite trazar el límite de la ciudad prealmohade, pero sí indica que el sector no conoció una ocupación urbana prolongada desde la Antigüedad. La secuencia de San Blas no enlaza una ciudad romana con la Šarīš medieval: documenta una actividad romana muy tenue, en 0un hiato cercano al milenio y, finalmente, una realidad urbana plenamente formada en época andalusí.

Nuestro citado trabajo de 2025 sobre Šarīš entre los siglos X y XIII refuerza esta interpretación. La transformación urbana y la evolución de sus espacios de culto pueden seguirse dentro de la historia islámica de la ciudad. El artículo de Ceretanum de 2023 y este estudio posterior muestran una secuencia cada vez más consistente entre el asentamiento prealmohade, la gran expansión de los siglos XII-XIII y la ciudad recibida por los conquistadores castellanos.

Fachada de la Casa del Abad con restos de las arquerías del patio de la mezquita aljama de Jerez

Fachada de la Casa del Abad, con restos de las arquerías del ṣaḥn o patio de la mezquita aljama de Jerez. Fotografía: Miguel Ángel Borrego Soto, ATARAL, inventario 262_i01.

Una fundación o consolidación urbana andalusí no implica que el territorio estuviera vacío anteriormente. Significa que la ciudad que podemos reconocer arqueológica y documentalmente se formó entonces. Los materiales romanos pudieron integrarse en su construcción, del mismo modo que se reutilizaron elementos antiguos en numerosas medinas de al-Ándalus.

14. Gibalbín entre Cerit y Lakka

La sierra de Gibalbín constituye uno de los puntos fundamentales del problema. Allí existió una ciudad romana de categoría municipal, situada en una posición estratégica entre las vías terrestres, los esteros del Guadalquivir y el valle del Guadalete. Su riqueza arqueológica ha permitido identificarla sucesivamente con varias ciudades antiguas. Ninguna propuesta ha alcanzado una demostración definitiva.

Jerez y la sierra de Gibalbín al fondo, vistos desde La Canaleja

Jerez y la sierra de Gibalbín al fondo, vistos desde La Canaleja. La distancia entre ambos emplazamientos recuerda que una posible identificación de la ciudad de Gibalbín con Ceri(t) no convierte sus ruinas en una fase antigua del casco urbano jerezano. Fotografía: El Pantera, Wikimedia Commons, CC BY-SA 3.0.

Montero Vítores volvió sobre la cuestión en 2019 a partir de las coordenadas de Ptolomeo y trató de distinguir los topónimos Ugia/Vrgia transmitidos por las fuentes, planteando la posible coexistencia o sucesión de Ceret y Vrgia Castrum Iulium en el entorno de Gibalbín. El fragmento de bronce con la secuencia MVN. V[---] estudiado por Julián González Fernández permite atribuir condición municipal al asentamiento, pero no conserva el nombre. La categoría jurídica del núcleo parece, pues, mejor fundada que cualquiera de las identificaciones propuestas. La localización de Ceri(t) en Gibalbín resulta razonable como hipótesis de trabajo, especialmente si pudiera confirmarse la concentración de sus monedas. No obstante, la ausencia de contextos numismáticos publicados y de una inscripción con el nombre de la ciudad impide considerarla probada.

En nuestro artículo de 2024 planteamos otra identificación: Gibalbín podría corresponder a la ciudad de Lakka descrita por al-Ḥimyarī. La propuesta se apoya en las fuentes árabes, la posición del yacimiento y la hidronimia. El antiguo wādī Lakka habría dejado huellas en el topónimo Badalac y en el sistema formado por el Salado de Caulina y el Guadalete. Esta reconstrucción permite devolver la batalla de 711 al entorno del Guadalete y a la cora de Sidonia, frente a las localizaciones modernas en La Janda o el Barbate. La identificación con Lakka tampoco debe presentarse como certeza epigráfica. Es una hipótesis construida mediante fuentes geográficas, toponimia e interpretación territorial. Su valor consiste en explicar conjuntamente el yacimiento de Gibalbín, el río de la batalla y la descripción de al-Ḥimyarī. Necesita todavía confirmación arqueológica o documental. Las propuestas Cerit y Lakka compiten por un mismo lugar, aunque no son absolutamente incompatibles si se admite un cambio de nombre entre la Antigüedad y la Edad Media. Para sostener esa continuidad haría falta demostrarla. Mientras no aparezca una inscripción, una serie monetal contextualizada o un documento inequívoco, Gibalbín debe seguir apareciendo como una ciudad romana de nombre desconocido y como una posible Lakka andalusí. Esta discusión tiene una consecuencia directa para la supuesta Jerez romana. Si Ceri(t) estuvo en Gibalbín, no estuvo bajo la ciudad actual. Si Gibalbín fue Lakka, la localización de Ceri(t) vuelve a quedar abierta. En ninguno de los dos casos las ruinas de la sierra pueden trasladarse historiográficamente al casco urbano de Jerez.

15. La obsesión por la continuidad

La búsqueda de una Jerez romana responde en parte a una concepción antigua de la historia urbana. Se suponía que una ciudad importante debía haber sido fundada por fenicios, romanos o héroes míticos y que su rango dependía de la antigüedad de su origen. La fundación medieval parecía menos prestigiosa y obligaba a aceptar discontinuidades, desplazamientos de población y reorganizaciones territoriales. Esta forma de pensar explica que los cronistas reunieran bajo Jerez los nombres de Tarteso, Xera, Asta, Asido y Cerit. También explica la resistencia posterior a abandonar una cadena etimológica atractiva. La arqueología se utilizó entonces para confirmar una narración previa: una columna se convirtió en templo, una moneda en ceca local y un fragmento de mármol en edificio público.

La investigación histórica debe operar en sentido contrario. Cada objeto ha de estudiarse desde su contexto, y cada nombre desde sus testimonios. Si varias líneas independientes convergen, podremos formular una identificación sólida. Si no convergen, el lugar debe permanecer sin nombre y el nombre sin lugar. No existe desdoro alguno en aceptar que Jerez se consolidó como ciudad en época andalusí. Šarīš fue una medina extensa, un centro político y económico de la cora de Sidonia y una ciudad de notable actividad cultural. Su historia documentada es suficientemente relevante sin necesidad de prolongarla artificialmente hasta Tarteso o Roma.

16. Qué haría falta para demostrar una ciudad romana

La hipótesis de una ciudad romana bajo Jerez podría ser revisada si aparecieran evidencias nuevas. Entre ellas cabría señalar una trama viaria antigua, edificios romanos conservados en cimentación, niveles domésticos extensos, infraestructuras hidráulicas, una necrópolis vinculada al núcleo, epígrafes cívicos o una secuencia estratigráfica continua entre la Antigüedad y la Alta Edad Media. También sería determinante una inscripción que mencionase a Ceri, Cerit, los Cerienses o sus magistrados dentro de un contexto urbano. Una concentración numismática bien excavada y publicada permitiría avanzar en la localización de la ceca. Los análisis petrográficos de las columnas reutilizadas podrían establecer su procedencia y comprobar si fueron transportadas desde Mesas de Asta, Gibalbín u otro yacimiento. Mientras esas pruebas no aparezcan, la existencia de la ciudad romana continuará siendo una posibilidad abstracta, no una realidad histórica demostrada. La ausencia reiterada de estructuras urbanas en un casco sometido a numerosas intervenciones arqueológicas posee valor argumental, aunque nunca pueda convertirse en una negación metafísica de cualquier ocupación romana.

17. Conclusión

La historia antigua del territorio jerezano es extraordinariamente rica. Hasta Regia, cuya forma primitiva fue Hasta y no Asta, constituyó uno de los grandes núcleos del bajo Guadalquivir. Gibalbín albergó una ciudad romana de condición municipal cuya identificación permanece abierta. La campiña estuvo ocupada por villae, alfares, explotaciones agrícolas y vías de comunicación. Los campos ceretanos mencionados por Columela pueden formar parte de este paisaje histórico, aunque su relación con la ceca de Ceri(t) y con la actual Jerez requiera una revisión más exigente. La excavación de la calle San Blas permite precisar esta conclusión. Una pequeña fosa con fragmentos anfóricos y una tegula del siglo I d. C. demuestra actividad romana en el solar o en su entorno, pero carece de cualquier estructura urbana asociada. En el mismo lugar, los muros, las canalizaciones, la vivienda con patio y alberca y las instalaciones artesanales aparecen muchos siglos después, dentro del horizonte de los siglos XII-XIII. Pocas secuencias muestran con tanta claridad la diferencia entre la presencia de materiales romanos y la formación de una ciudad.

El origen de Jerez debe estudiarse desde la forma árabe Šarīš. Correa ha mostrado que la evolución desde Šarīš hasta Xerez y Jerez es clara, mientras que el paso directo desde Cerit plantea dificultades fonéticas, especialmente en la consonante final. Su propuesta de un adjetivo latino en -ensis, probablemente Seriensis, ofrece una explicación mejor estructurada. La posibilidad desarrollada en nuestra nota de 2024 —CeriCeriensisŠarīš— permite mantener abierta una relación remota con la ceca, siempre que se admita una lectura Ceri o la pérdida antigua de la -t. El proceso es lingüísticamente posible, pero continúa siendo hipotético. Tampoco sitúa por sí mismo a Ceri bajo Jerez. El topónimo pudo pertenecer a otro asentamiento y transmitirse después como adjetivo territorial o como nombre trasladado. 

La propuesta de identificar Gibalbín con Lakka introduce una alternativa que debe incorporarse al debate. Obliga a reconocer que las identificaciones Cappa, Regina, Vrgia, Ceri(t) y Lakka no pueden darse simultáneamente por demostradas. La investigación futura deberá decidir entre ellas mediante arqueología, epigrafía y análisis territorial. La hipótesis de Montero Vítores acerca de la dispersión rural de las poblaciones antiguas ofrece un marco histórico posible para explicar cómo habitantes procedentes de distintos lugares de la campiña participaron, con el paso del tiempo, en la formación de Jerez. No demuestra, sin embargo, que la comunidad de Ceri(t) bajara desde Gibalbín, se estableciera en el llano y transmitiera su nombre a Šarīš. Entre la desarticulación de los núcleos antiguos y la formación de la ciudad andalusí queda todavía un intervalo de varios siglos que ninguna secuencia arqueológica permite recorrer de manera continua.

Por ahora, la conclusión continúa siendo firme: conocemos una campiña romana, varias ciudades antiguas dentro del actual término municipal y materiales romanos llegados al casco histórico por vías diversas; no conocemos una ciudad romana excavada bajo Jerez. Las columnas no forman un foro, las monedas sin procedencia no localizan una ceca y una etimología posible no sustituye a la estratigrafía. La ciudad que aparece en las fuentes y en la arqueología urbana es Šarīš. La Jerez romana, buscada durante cuatro siglos, sigue sin aparecer.

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