La utilización de textos árabes medievales para reconstruir la historia antigua de la península ibérica exige una serie de precauciones elementales.
Antes de extraer de una noticia cualquier conclusión histórica, es necesario determinar la naturaleza de la obra en que aparece, la época de su redacción, las fuentes utilizadas por el autor, el grado de dependencia respecto de tradiciones anteriores, las variantes de la transmisión manuscrita y el valor preciso del vocabulario empleado. Una genealogía legendaria no puede leerse como una crónica contemporánea de los acontecimientos; un relato de maravillas no equivale a una descripción geográfica; y una semejanza entre dos nombres no constituye por sí misma una relación etimológica.
Estas consideraciones resultan pertinentes al examinar los trabajos de Georgeos Díaz-Montexano, autor que se presenta como representante de una «atlantología histórico-científica» y que recurre con frecuencia a fuentes árabes para defender la existencia de una tradición oriental acerca de una Atlántida situada junto a las costas de Iberia y Marruecos. Mi propósito no es valorar aquí el conjunto de su producción, que se extiende por terrenos tan diversos como la epigrafía paleohispánica, el egipcio, el acadio, el arameo, el púnico, la cartografía antigua y la arqueología prehistórica. Me limitaré a varios argumentos construidos a partir de textos árabes y andalusíes, pues es en ese ámbito donde sus procedimientos pueden ser sometidos a una comprobación filológica directa.
La cuestión principal no reside en que Díaz-Montexano defienda una hipótesis minoritaria ni en que desarrolle su labor fuera de las instituciones universitarias. La investigación académica no se decide por el lugar de trabajo o por el currículum de quien formula una propuesta. Se decide por la calidad de los argumentos, la transparencia de las fuentes y la posibilidad de que otros especialistas comprueben cada paso del razonamiento. El problema de la obra estudiada es más profundo: los textos árabes suelen aparecer subordinados a una conclusión establecida de antemano y son obligados a decir bastante más de lo que realmente contienen.
De al-Andaluš a los atlantes
Uno de los argumentos recurrentes de Díaz-Montexano parte de ciertas tradiciones árabes sobre los primeros pobladores de al-Andalus. En uno de sus textos afirma que al-Rāzī habría transmitido la noticia de que unos antiguos Andališ o Andliš, descritos como magos o adoradores del fuego, habitaron Iberia después del Diluvio; añade que al-Ṭabarī habría identificado a Andaluš con el Atlante de los griegos y que Ibn Jaldūn habría relacionado a aquellos pobladores con Atlas. A partir de estos materiales concluye que los Andališ, Andaluš o «Andales» serían los atlantes supervivientes de la catástrofe narrada por Platón. La conclusión llega a calificarse como «más que evidente».
Conviene empezar por el pasaje de Ibn ʿIḏārī que el propio Díaz-Montexano aduce. La noticia suele transmitirse en términos semejantes a estos:
وقيل إن أول من نزل الأندلس بعد الطوفان قوم يعرفون بالأندلش، فسميت بهم الأندلس
Literalmente: «Y se dijo que los primeros que se establecieron en al-Andalus después del Diluvio fueron unas gentes conocidas como al-Andaluš, y por ellos recibió al-Andalus su nombre».
El texto contiene varios elementos que un filólogo no puede pasar por alto. El primero es la fórmula impersonal qīla, «se dijo» o «se cuenta». Ibn ʿIḏārī no presenta la noticia como un hecho establecido mediante documentación antigua, sino como una de las versiones legendarias que circulaban acerca del origen del topónimo. El segundo es que el pasaje propone una explicación epónima: el país habría recibido su nombre de un pueblo llamado al-Andaluš. Este tipo de etimologías narrativas es común en las historiografías medievales y convierte topónimos oscuros en nombres derivados de patriarcas, reyes o pueblos fabulosos.
El pasaje no menciona a Atlas, a los atlantes ni a la Atlántida. Tampoco establece ninguna relación entre el Diluvio de Noé y la catástrofe platónica. Esas identificaciones no pertenecen a Ibn ʿIḏārī: las introduce el intérprete moderno. Entre la noticia árabe y la conclusión atlántica hay, por tanto, un espacio argumental que no ha sido cubierto mediante pruebas, sino mediante equivalencias afirmadas.
La inserción de pueblos y territorios en genealogías descendientes de Noé y de sus hijos era un procedimiento habitual en la historiografía universal medieval. Permitía ordenar la diversidad humana dentro del marco bíblico y coránico y dotar a cada comunidad de un antepasado remoto. No constituye una memoria transmitida desde la Edad del Bronce, sino una forma medieval de explicar los orígenes, establecer parentescos y construir identidades. Los estudios sobre la genealogía y la etnogénesis en al-Andalus han mostrado precisamente la función política, cultural y narrativa de estas filiaciones.
Leer a un supuesto Andaluš, descendiente de Jafet, como recuerdo histórico de Atlas supone confundir la genealogía medieval con la paleografía de un archivo milenario. Que Jafet se corresponda en la tradición grecolatina con Jápeto no convierte automáticamente a todos sus descendientes en personajes de la mitología griega. El sistema genealógico permitía incorporar pueblos conocidos a una historia universal; no certificaba que las figuras reunidas en él fueran idénticas entre sí.
La semejanza gráfica no es etimología
La identificación de Andaluš con Atlas o con los atlantes presenta además dificultades lingüísticas importantes. Las formas árabes الأندلس, al-Andalus, y الأندلش, al-Andaluš, contienen una secuencia consonántica diferente de la de Atlas, cuyo nombre se representa en árabe de manera transparente como أطلس, Aṭlas. La existencia de cierto parecido visual entre Andalus, Andaluš, Andlas, Antlas y Atlas no basta para establecer que todas esas formas procedan de un mismo étimo.
Una propuesta etimológica requiere explicar mediante correspondencias regulares cada modificación fonética: la aparición o desaparición de la nasal, la relación entre /d/, /t/ y /ṭ/, la vocalización, la posición de las consonantes y la cronología de las formas documentadas. También debe determinarse la dirección del préstamo, la lengua intermediaria y el contexto histórico que permitió la transmisión. No es aceptable construir una serie tomando de cada manuscrito o lengua la variante que más se aproxima al resultado buscado.
Díaz-Montexano no presenta una historia fonética completa que conduzca desde Ἄτλας o Ἀτλαντίς hasta al-Andalus. En su lugar, yuxtapone formas parecidas y las considera manifestaciones de un mismo nombre. El método es circular: la semejanza prueba la identidad porque se parte de que los nombres designan la misma realidad, y la supuesta identidad confirma después que la semejanza no puede ser casual.
Es cierto que el origen del topónimo al-Andalus continúa siendo debatido y que algunos arabistas de reconocido prestigio han defendido una posible relación con el Atlántico o con antiguas tradiciones sobre Occidente. Esta circunstancia debe reconocerse con claridad. Sin embargo, una hipótesis etimológica acerca del nombre de al-Andalus no demuestra la existencia histórica de la Atlántida, del mismo modo que relacionar un topónimo con Atlas no prueba que el territorio así denominado fuese la isla descrita por Platón. La bibliografía especializada distingue entre la discusión lingüística sobre el topónimo y la transformación de esa discusión en prueba arqueológica de una civilización sumergida. La identificación geográfica de Ŷazīrat al-Andalus con la península ibérica está bien documentada en las descripciones de los geógrafos árabes.
El espejismo de Ŷazīrat al-Andalus
Otro punto débil consiste en traducir Ŷazīrat al-Andalus de modo que la expresión parezca contener la clave de la Atlántida. El sustantivo árabe ŷazīra significa «isla», pero también puede designar una península o una tierra delimitada en gran parte por las aguas. El ejemplo más evidente es Ŷazīrat al-ʿArab, la península arábiga. Los geógrafos aplicaron Ŷazīrat al-Andalus al conjunto peninsular ibérico sin necesidad de imaginar una isla desaparecida ni una memoria cartográfica de la Atlántida.
La expresión significa, en su uso histórico, «la península de al-Andalus». Convertirla en «isla de Atlas», «isla de Atlante» o «isla Atlántida» exige haber demostrado previamente que Andalus es una forma de Atlas. No puede utilizarse la traducción para probar la etimología y después la etimología para probar la traducción. Hacerlo equivale a incluir la conclusión en las premisas.
Además, un topónimo puede mantenerse durante siglos después de que su etimología haya dejado de ser transparente para quienes lo usan. Los autores árabes no necesitaban saber cuál era el origen de al-Andalus para emplear el nombre. Las genealogías que lo hacían derivar de un personaje llamado Andaluš son precisamente indicio de que su significado original ya resultaba oscuro y generaba explicaciones competidoras.
La Ciudad de Cobre convertida en Atlántida
El segundo gran grupo de argumentos procede de la tradición de Madīnat al-Nuḥās, la Ciudad de Cobre o de Bronce. Díaz-Montexano sostiene que las fuentes árabes sitúan esta ciudad en Ŷazīrat al-Andalus y considera que «no podría ser otra» que la misma ciudad de la Atlántida, pues ambas aparecen asociadas al cobre, a otros metales y a un Occidente remoto.
La Ciudad de Cobre pertenece a una larga tradición de relatos maravillosos que terminó incorporándose a Las mil y una noches. En algunas versiones la expedición está dirigida por Mūsā b. Nuṣayr, personaje histórico ligado a la conquista del Magreb y de al-Andalus. La acción se sitúa en un Occidente remoto, poblado por ruinas, estatuas, genios encerrados en recipientes y ciudades inaccesibles. La investigación sobre el relato ha estudiado su transmisión, sus variantes, su relación con la literatura de ʿaŷāʾib y su dimensión moral, escatológica y sapiencial.
La presencia de Mūsā b. Nuṣayr no convierte el relato en una crónica de campaña. El personaje histórico funciona como anclaje de verosimilitud y como héroe de una expedición hacia los confines. El relato no pretende conservar el acta de descubrimiento de una ciudad prehistórica, sino presentar un itinerario de maravillas y una meditación sobre la muerte, el poder y la inutilidad de las riquezas acumuladas.
Incluso si una versión sitúa la Ciudad de Cobre en al-Andalus o en los desiertos occidentales, ese emplazamiento pertenece a la geografía literaria del relato. No demuestra que existiera una ciudad revestida de metal ni que esa ciudad fuese la Atlántida. La coincidencia del cobre es un motivo demasiado general para sostener una identificación. Ciudades metálicas, estatuas de bronce, puertas de cobre y tesoros salomónicos forman parte de un amplio repertorio narrativo difundido por la literatura árabe medieval.
El razonamiento de Díaz-Montexano elimina las diferencias de género, cronología y función. Platón compone un relato filosófico situado en una antigüedad remota; las tradiciones árabes desarrollan una ciudad maravillosa vinculada al ciclo de Salomón, los genios y las conquistas de Mūsā; el autor moderno selecciona el metal común a ambos y concluye que se refieren al mismo lugar. La semejanza temática sustituye a la demostración histórica.
Una filología sin aparato crítico
La debilidad metodológica se advierte también en el modo de citar las fuentes. En el texto sobre los supuestos magos antediluvianos, las referencias a al-Rāzī, al-Ṭabarī, Ibn ʿIḏārī e Ibn Jaldūn no se acompañan de una presentación sistemática de los pasajes árabes. En algún caso la referencia bibliográfica se reduce a un título genérico; en otro, a un volumen y una página de una antigua edición de Būlāq. No se proporciona siempre la cita árabe completa, no se identifican las variantes manuscritas ni se distingue con suficiente claridad entre la traducción del texto, la paráfrasis y las adiciones del propio autor.
En filología, esa distinción es decisiva. Cuando se afirma que una fuente árabe identifica a Andaluš con Atlas, debe reproducirse la frase árabe exacta donde se establece tal equivalencia. Debe indicarse la edición utilizada, el volumen, la página, el capítulo y, si la lectura depende de una variante, los manuscritos que la transmiten. Después debe ofrecerse una traducción literal, diferenciada de la interpretación histórica. Sin ese procedimiento, el lector no puede saber dónde termina la fuente y dónde comienza la reconstrucción.
La acumulación de nombres prestigiosos no sustituye al texto. Citar a al-Ṭabarī o a Ibn Jaldūn produce una impresión de autoridad, pero esa autoridad desaparece si el pasaje no dice lo que se le atribuye o si se trata de una genealogía legendaria transmitida con fórmulas de reserva. La tarea del filólogo no consiste en obtener de la fuente la respuesta deseada, sino en impedir que nuestras expectativas suplanten sus palabras.
Segmentación arbitraria y confirmación retrospectiva
Un ejemplo especialmente revelador aparece en sus interpretaciones de inscripciones paleohispánicas. El propio Díaz-Montexano reconoce que, ante la ausencia de separadores, la segmentación de las secuencias puede ser «arbitraria» y depender del criterio del investigador y de la hipótesis lingüística adoptada. Inmediatamente después propone dividir una secuencia de modo que pueda compararse con vocablos acadios y arameos y traducirse como «ciudad», «palacio», «trono» o «morada de cobre». Esa lectura se relaciona después con la Ciudad de Cobre y, finalmente, con la Atlántida.
El procedimiento invierte el orden de la demostración. La segmentación no se obtiene de reglas internas establecidas para la lengua de las inscripciones, sino que se selecciona porque permite hallar palabras en varias lenguas semíticas. Entre numerosos cortes posibles y múltiples valores léxicos se eligen aquellos que producen un significado útil para la hipótesis atlántica. La traducción resultante se presenta después como confirmación independiente de la misma hipótesis que ha guiado la segmentación.
La comparación lingüística exige correspondencias sistemáticas, no coincidencias ocasionales extraídas de diccionarios de varias lenguas. Cuantas más lenguas se incorporan a la búsqueda y mayor es la libertad para separar los signos, más fácil resulta encontrar secuencias parecidas a alguna palabra conocida. Este aumento de posibilidades no fortalece la lectura: multiplica el riesgo de coincidencia casual.
De la heterodoxia a la pseudofilología
Ignacio Rodríguez Temiño ha estudiado el caso de Díaz-Montexano dentro de su análisis de las relaciones entre arqueología y pseudoarqueología. Su inclusión no se debe simplemente a que defienda la existencia de la Atlántida, sino al modo en que una conclusión previa organiza la selección y reinterpretación de materiales heterogéneos. El lenguaje técnico, la abundancia documental y la voluntad de intervenir en debates académicos pueden conferir al discurso apariencia científica sin garantizar que se respeten los mecanismos de control propios de cada disciplina.
Desde el punto de vista de la filología árabe, el problema puede definirse con mayor precisión. No estamos ante una simple lectura discutible de un pasaje, sino ante un sistema interpretativo que borra las fronteras entre crónica, genealogía, mito, relato de maravillas, etimología y documento arqueológico. Una tradición postdiluviana se convierte en memoria de la Edad del Bronce; un epónimo medieval, en Atlas; una península, en isla sumergida; una ciudad maravillosa, en metrópolis atlante; y una semejanza léxica, en correspondencia histórica.
El sistema resulta difícilmente refutable porque cualquier discrepancia puede explicarse mediante errores de copistas, deformaciones de la tradición, traducciones sucesivas, pérdidas documentales o catástrofes. Los datos favorables se consideran literales; los desfavorables, alterados. Una hipótesis capaz de sobrevivir a cualquier resultado no es especialmente sólida: es inmune a la comprobación.
Conclusión
No hay fundamento para afirmar, a partir de los textos árabes citados por Díaz-Montexano, que los historiadores y geógrafos musulmanes conservaran una tradición histórica según la cual al-Andalus fuese la Atlántida, sus primeros habitantes fueran atlantes supervivientes o la Ciudad de Cobre constituyera la metrópolis descrita por Platón. Las fuentes transmiten genealogías etiológicas, relatos de maravillas y explicaciones medievales sobre topónimos cuyo origen se desconocía. Todo ello posee un enorme interés para estudiar el imaginario geográfico, la historiografía universal y la literatura árabe, pero no puede transformarse sin más en documentación de la prehistoria peninsular.
La principal deficiencia de la obra examinada no es su audacia, sino la ausencia de una separación rigurosa entre fuente e interpretación. Díaz-Montexano comienza con la Atlántida y regresa siempre a ella. Los textos no actúan como pruebas capaces de confirmar o refutar la hipótesis, sino como un repertorio del que se extraen nombres, metales, catástrofes y ciudades para incorporarlos a una narración ya construida.
La filología no consiste en hacer que varias palabras se parezcan, sino en explicar históricamente por qué se parecen. Tampoco consiste en citar autores antiguos, sino en establecer qué escribieron, en qué contexto y con qué grado de autoridad. Cuando se omiten esos controles, las transliteraciones, las raíces semíticas y los nombres de los cronistas dejan de ser instrumentos de conocimiento y se convierten en elementos decorativos de un relato pseudohistórico.
El resultado puede ser imaginativo, sugerente y eficaz para un documental. No es, sin embargo, una reconstrucción histórica acreditada por las fuentes árabes. Es una interpretación moderna que utiliza el prestigio de esas fuentes para conferir apariencia documental a una conclusión que ellas nunca formularon.
Bibliografía orientativa
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Rodríguez Temiño, Ignacio. «Arqueología y pseudoarqueología: distintas pero revueltas». Cuadernos de Prehistoria y Arqueología de la Universidad de Granada 33 (2023).
Weber, Edgar. «La ville de cuivre, une ville d’al-Andalus». Sharq al-Andalus 6 (1989): 43-81.
Zakharia, Katia. «Signs of Scripture in “The City of Brass”». Journal of Qur’anic Studies 8.1 (2006): 88-118.

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