jueves, 23 de julio de 2026

Cuando encontremos Madīnat al-Nuḥās

En algún momento del cuarto milenio, una expedición internacional anunciará desde las Mesas de Asta el descubrimiento de Madīnat al-Nuḥās, la legendaria Ciudad de Cobre de la literatura árabe. Antes de que termine la mañana, el mismo lugar habrá sido identificado con Tarteso; a la hora del almuerzo, con la Atlántida; y, después del café, con el puerto desde el que partían los viajeros hacia las islas de Wāq-wāq. Habrá documentales, reconstrucciones digitales, congresos y rutas turísticas. Solo faltará una cosa: la prueba inequívoca

Árbol de Waqwaq en el Libro de las maravillas

El árbol de Wāq-wāq en el Kitāb al-bulhān o Libro de las maravillas, manuscrito conservado en la Bodleian Library de Oxford. De sus ramas cuelgan seres humanos o frutos antropomorfos que, según algunas tradiciones, gritaban el nombre de la isla al caer.

La noticia del año 3126

El 17 de julio del año 3126, el profesor Jonathan Peregrin Tookson compareció ante la prensa mundial en una carpa levantada sobre las Mesas de Asta. A su espalda podían distinguirse una pantalla de enormes dimensiones y un pequeño objeto verdoso colocado dentro de una vitrina. Tookson aguardó a que cesaran las conversaciones, señaló solemnemente hacia los trigales y anunció que su equipo acababa de localizar Madīnat al-Nuḥās, la Ciudad de Cobre recorrida por Mūsā b. Nuṣayr en una de las narraciones más extraordinarias de la literatura árabe medieval.

Las pruebas parecían concluyentes. En el yacimiento había aparecido un objeto de aleación de cobre; las prospecciones geofísicas mostraban varias formas curvas; el enclave se encontraba junto a antiguos esteros navegables; y el relato medieval hablaba de una ciudad amurallada, remota y llena de metales. La diferencia entre una pequeña pieza arqueológica y una ciudad revestida de cobre no inquietó excesivamente al director del proyecto, quien recordó que la corrosión, el expolio y más de mil años de agricultura habían reducido notablemente la monumentalidad del conjunto.

Un periodista preguntó si se había encontrado alguna inscripción que mencionara la Ciudad de Cobre. Tookson explicó que las inscripciones habían sido retiradas en época romana. Otro observó que el relato no situaba la ciudad en la campiña jerezana. El profesor respondió que la geografía de las fuentes medievales era simbólica y que, interpretadas correctamente, todas las rutas conducían hacia la Asṭa andalusí. La ausencia de referencias directas no debilitaba la hipótesis, sino que demostraba el cuidado con el que los antiguos habían protegido el secreto.

La excavación apenas había comenzado, pero el documental sobre el asunto ya estaba preparado. Se titulaba Hasta: la ciudad que la historia quiso ocultar, y mostraba murallas de metal, canales, templos circulares, elefantes, barcos fenicios y una avenida que terminaba ante un palacio vagamente inspirado en la Alhambra. Ninguna de aquellas estructuras había aparecido sobre el terreno, aunque el responsable de la reconstrucción aseguró que todas eran «históricamente posibles».

A media mañana, alguien advirtió que las formas curvas detectadas mediante georradar recordaban los anillos concéntricos descritos por Platón. La Ciudad de Cobre se convirtió inmediatamente en la Atlántida. Poco después, la presencia de materiales protohistóricos permitió identificarla también con Tarteso. El Ayuntamiento anunció aquella misma tarde la creación del Parque Tartésico-Atlante-Andalusí de la Ciudad de Cobre Hasta, cuyo logotipo reuniría un barco fenicio, una puerta árabe y un tridente.

Una ciudad verdadera bajo ciudades imaginarias

Paisaje de Mesas de Asta
Mesas de Asta, en Jerez de la Frontera. Bajo los terrenos de cultivo permanece una extensa secuencia arqueológica que abarca desde la protohistoria hasta el periodo andalusí. Fotografía: El Pantera / Wikimedia Commons.

Hasta reunía todas las condiciones necesarias para convertirse en escenario de cualquier civilización perdida. Era antigua, había ocupado una posición estratégica junto a un paisaje estuarino profundamente transformado, conservaba numerosas fases históricas y permanecía en gran medida bajo los trigales. Su secuencia arqueológica comprendía la protohistoria, la ciudad turdetana y romana de Hasta Regia y una importante ocupación andalusí.

Esa complejidad constituye precisamente su mayor inconveniente mediático. La historia verdadera del enclave no puede reducirse a una revelación única, porque está formada por construcciones, reformas, abandonos, incendios, reutilizaciones y cambios del paisaje. Para comprenderla es necesario separar cronologías, estudiar materiales, analizar estructuras y aceptar que una misma anomalía geofísica puede corresponder a periodos muy distintos.

Sin embargo, la pseudohistoria realiza la operación contraria: amontona todas las fases hasta fabricar una continuidad inexistente. La ocupación protohistórica convierte el enclave en Tarteso; la presencia romana confirma su fama universal; los materiales andalusíes lo transforman en la Ciudad de Cobre; y los antiguos esteros prueban el hundimiento de la Atlántida. Tres mil años de historia dejan de pertenecer a sociedades diferentes y pasan a formar parte de una única epopeya.

Madīnat al-Nuḥās: una ciudad para leer, no para excavar

La Ciudad de Cobre, Madīnat al-Nuḥāsمدينة النحاس—, forma parte de una extensa tradición narrativa árabe y alcanzó su versión más conocida en Las mil y una noches. En varias versiones, la expedición está dirigida por Mūsā b. Nuṣayr, personaje histórico vinculado a la conquista del norte de África y al-Andalus. La presencia de un protagonista real, de lugares aproximadamente reconocibles y de una misión atribuida al califa proporciona al relato una apariencia cronística, aunque su desarrollo pertenezca claramente al territorio de lo maravilloso.

Los viajeros atraviesan desiertos, encuentran estatuas e inscripciones y llegan ante una ciudad amurallada e inaccesible. Cuando logran entrar, descubren calles, comercios, palacios y habitantes que parecen conservar la postura de los vivos, aunque todos están muertos. Los tesoros permanecen intactos junto a quienes fueron incapaces de llevárselos a la tumba. La ciudad funciona así como una advertencia sobre la caducidad del poder, la riqueza y la gloria humana.

La Ciudad de Cobre en Las mil y una noches
La Ciudad de Cobre en una ilustración de Albert Letchford para una edición de Las mil y una noches de 1897. Wikimedia Commons, dominio público.

El sentido de la historia desaparece cuando intentamos convertirla en un plano topográfico. Las ruinas no hablan para ofrecer coordenadas, sino para recordar que incluso los imperios más poderosos terminan convertidos en nada. Madīnat al-Nuḥās no invita a buscar una muralla metálica en el Magreb o al-Andalus, del mismo modo que la presencia de Mūsā b. Nuṣayr no convierte el relato en una crónica de campaña.

La literatura emplea constantemente personajes históricos para dar verosimilitud a sucesos extraordinarios. Que Mūsā existiera no prueba la existencia de la Ciudad de Cobre, de la misma manera que la realidad histórica de Carlomagno no confirma cada una de las aventuras que la tradición épica atribuyó a su corte. La historia ayuda a la ficción a parecer verdadera; la pseudohistoria interpreta esa apariencia como una certificación documental.

Wāq-wāq y la geografía de los confines

Wāq-wāq ofrece un caso diferente, pero igualmente revelador. El nombre aparece en fuentes árabes medievales aplicado a una isla, un archipiélago o una región situada en los extremos del mundo habitado. Algunos autores la aproximaron a África oriental; otros la llevaron hacia el océano Índico, el Sudeste Asiático, China o Japón. Su geografía se formó mediante noticias de comerciantes, relatos de viajeros, nombres mal interpretados y motivos maravillosos transmitidos durante siglos.

Entre las historias asociadas a Wāq-wāq figura la existencia de árboles cuyos frutos adoptaban forma humana y gritaban el nombre de la isla al desprenderse de las ramas. En otras versiones, el país estaba gobernado por una reina y habitado por mujeres. Nada obliga a pensar que todos los autores creyeran literalmente en estas maravillas ni que cada referencia al lugar tuviera el mismo origen. Wāq-wāq es una geografía móvil, compuesta por capas de información real, incertidumbre y creación literaria.

Tras el nombre pudieron esconderse noticias vagas sobre territorios verdaderos del océano Índico. Admitir esa posibilidad no significa aceptar también la existencia de árboles humanos ni salir a excavar el primer bosque donde una rama adopte forma vagamente antropomorfa. El trabajo histórico consiste precisamente en separar las rutas comerciales, las tradiciones textuales y los motivos fabulosos, no en fundirlos hasta construir una isla que jamás fue descrita del mismo modo por dos autores.

Los descubridores del año 3126 no tendrían tales reparos. Como Hasta estuvo relacionada con antiguas rutas marítimas, lo convertirían en el puerto occidental desde el que partían las expediciones hacia Wāq-wāq. Una figurilla junto a restos vegetales probaría la presencia del árbol maravilloso. Si alguien recordase que las fuentes sitúan la isla mucho más al este, se afirmaría que los geógrafos árabes habían invertido deliberadamente los puntos cardinales.

La Atlántida llega a Asṭa

La identificación con la Atlántida se construye mediante mecanismos semejantes. Platón describió en el Timeo y el Critias una gran potencia situada más allá de las Columnas de Heracles, enriquecida por los metales y organizada alrededor de anillos de tierra y agua. Hasta se encontraba en el extremo occidental, estuvo vinculada a un medio estuarino y conserva estructuras todavía poco conocidas. Bastaría seleccionar esas coincidencias y omitir las diferencias para anunciar que el problema había quedado resuelto.

La Atlántida platónica posee genealogías, medidas, canales, templos y ejércitos. Esa abundancia de detalles ha llevado a tratar el relato como una memoria arqueológica incompleta. Sin embargo, la precisión interna de una narración no demuestra su realidad exterior. Platón utilizó el mito para reflexionar sobre el poder, la corrupción, la virtud política y el enfrentamiento entre una Atenas ideal y un imperio dominado por la ambición.

Mapa imaginario de la Atlántida
Mapa imaginario de la Atlántida publicado por Athanasius Kircher en el siglo XVII. En la orientación original, el norte se encuentra en la parte inferior. Wikimedia Commons, dominio público.

Las reconstrucciones de la Atlántida han cambiado según las expectativas de cada época. Algo semejante sucede, en un ámbito deliberadamente ficticio, con los mapas de Númenor, la gran isla de los relatos de Tolkien que acaba destruida por una catástrofe. Algunas representaciones modernas de ambas islas pueden producir una impresión visual parecida: territorios aislados, ciudades centrales, costas ordenadas y una destrucción final. La semejanza pertenece a la imaginación cartográfica y al motivo literario de la isla perdida; no demuestra una relación histórica entre Platón y Tolkien ni convierte sus mapas en documentos geográficos.

El problema comienza cuando el investigador pregunta de manera razonable si Platón pudo recoger recuerdos de inundaciones, terremotos o ciudades destruidas y termina afirmando que una formación concreta es la Atlántida. Los datos favorables se leen literalmente; los contrarios se vuelven simbólicos. Las cronologías incompatibles se atribuyen a errores de copia, las dimensiones se recalculan y la ausencia de materiales se explica mediante una catástrofe que eliminó todas las pruebas salvo las necesarias para el documental.

La acumulación de parecidos

La identificación de Asta con Tarteso, la Atlántida, la Ciudad de Cobre y el puerto de Wāq-wāq se apoyaría en un razonamiento elemental: Asta fue importante; Tarteso debió de poseer una ciudad principal; la Atlántida era importante; y Madīnat al-Nuḥās también. Todas estaban relacionadas con agua, metales, murallas o riquezas. Por consiguiente, debían de ser la misma.

El procedimiento acumula semejanzas débiles hasta que su número produce la apariencia de una demostración. No importa que cada elemento proceda de una época, un género literario o un contexto diferente. La cantidad de parecidos sustituye a la calidad de la prueba, mientras que las diferencias se atribuyen a copistas, catástrofes, expolios o conspiraciones académicas.

Aplicado a otros casos, el método revela su fragilidad. Cualquier ciudad junto al agua puede convertirse en la Atlántida; cualquier fortificación con objetos de cobre, en Madīnat al-Nuḥās; y cualquier isla distante, en Wāq-wāq. La identificación no depende de los datos, sino de la habilidad con la que se seleccionan y presentan.

La reconstrucción digital desempeña un papel decisivo. Una anomalía geofísica termina convertida en un palacio; una línea sumergida, en una muralla; y una pequeña pieza de metal, en la puerta de una ciudad. El público recuerda el edificio reconstruido y olvida que nunca fue excavado. La imagen creada para explicar una hipótesis acaba ocupando el lugar de la prueba que debería demostrarla.

La historia que merece Hasta

Hasta no necesita ser la Atlántida ni la Ciudad de Cobre para constituir uno de los grandes yacimientos del suroeste peninsular. Su interés reside en la extraordinaria duración de su poblamiento, en su relación con el antiguo paisaje estuarino, en su importancia durante la protohistoria y la Antigüedad y en la continuidad o reocupación del enclave durante el periodo andalusí.

Las futuras excavaciones podrán aclarar el papel que desempeñó dentro del mundo tartésico, la organización de Hasta Regia y la naturaleza de la ocupación islámica. Esos descubrimientos serán más lentos que encontrar una civilización perdida y quizá menos rentables para una productora, pero resultarán bastante más importantes para la historia.

La Ciudad de Cobre puede seguir brillando en la literatura como una meditación sobre la caducidad de los imperios. Wāq-wāq puede permanecer en los confines variables de la geografía medieval. La Atlántida puede continuar interrogándonos sobre el poder, la ambición y la caída de las sociedades. No es necesario convertir ninguno de esos relatos en una dirección postal.

Hasta, en cambio, está realmente allí, bajo los trigales. Su mayor peligro no es que continúe enterrada, sino que quede sepultada bajo todas las ciudades imaginarias que proyectamos sobre ella. Cada vez que la convertimos en la respuesta definitiva a un misterio universal, perdemos la oportunidad de formular las preguntas que nacen de su historia concreta.

La literatura puede conservar recuerdos, paisajes y nombres, pero cuando un relato se transforma en mapa, cada parecido se vuelve coordenada, cada silencio se interpreta como encubrimiento y cada piedra acaba convertida en prueba. En ese momento dejamos de investigar el pasado y comenzamos a escribir una novela sin reconocer que estamos escribiéndola. Toda novela necesita un autor, aunque algunos prefieran firmarla como descubrimiento arqueológico.


Imágenes: árbol de Wāq-wāq, Kitāb al-bulhān, Bodleian Library; Mesas de Asta, fotografía de El Pantera; Ciudad de Cobre, ilustración de Albert Letchford, 1897; mapa imaginario de la Atlántida de Athanasius Kircher, siglo XVII. Imágenes alojadas en Wikimedia Commons. 

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