domingo, 5 de abril de 2026

De Šarīš al Magreb: sabios jerezanos entre Fez, Ceuta, Salé, Mequinez y Marrakech

Tras regresar esta pasada Semana Santa de un viaje por Fez y Mequinez, y después de haber vuelto a recorrer con calma calles, zocos y espacios que tantas veces aparecen en las fuentes árabes, he sentido la necesidad de volver sobre una idea que, en realidad, ya estaba en los textos: la profunda conexión entre el Jerez andalusí —Šarīš— y el Magreb. Porque, aunque tendamos a mirar hacia Sevilla, Córdoba y otras de las principales urbes de al-Andalus, lo cierto es que ciudades como Fez, Ceuta, Salé, Mequinez o Marrakech formaban parte de un mismo horizonte cultural. Para muchos sabios vinculados a Jerez, la otra orilla no era un mundo lejano, sino una extensión natural de su espacio de formación, trabajo y vida.

Bab Boujloud. Fez

Sabios entre Jerez y el Magreb

Uno de los casos más claros es el de ʿAbd Allāh b. Muḥammad al-Nābulusī al-Magribī, activo hacia 647 H./1249-1250. Natural de Tánger, se formó en Ceuta y en Fez antes de ejercer como cadí en Jerez. Su trayectoria resume perfectamente ese itinerario intelectual entre ambas orillas.

En la misma línea encontramos a ʿAlī b. ʿAbd Allāh al-Matīʿī, que vivió en Fez, pasó a Ceuta y a Sevilla, y terminó sus días como cadí en Jerez, donde murió en 570 H./1174-1175.

Más aún, ʿAlī b. ʿAbd Allāh Ibn Qaṭrāl desarrolló una carrera verdaderamente transregional: fue cadí en Fez, Ceuta, Játiva, Córdoba y Jerez. Vivió entre 563 H./1167-1168 y 651 H./1253-1254, y encarna como pocos la movilidad de los ulemas en época almohade.

También el gran sabio jerezano Abū l-ʿAbbās Aḥmad al-Šarīšī (m. 619 H./1223), autor del célebre comentario de las Maqāmāt de al-Ḥarīrī, se formó con maestros de Fez y llegó a ejercer como cadí en Ceuta, antes de regresar a Jerez, donde desarrolló su magisterio.

No menos interesante es el caso de ʿAbd al-Raḥmān al-ʿAššāb, médico jerezano que residió en Ceuta y murió hacia 650 H./1252-1253. Su figura recuerda que esta red no fue solo jurídica o religiosa, sino también científica, y que el tránsito entre ambas orillas afectó a distintos ámbitos del saber.

La relación con el norte de África no fue únicamente formativa. Algunos sabios jerezanos desarrollaron su carrera directamente en ciudades magrebíes. Así, Abū l-ʿAbbās Aḥmad b. Muḥammad al-Šarīšī, natural de Jerez, fue cadí de Mequinez y de Salé, donde acabó estableciéndose. Murió a comienzos de 611 H./1214-1215, en plena época almohade.

Bab Mansour. Mequinez

A su entorno pertenece Aḥmad b. Muḥammad al-Šarīšī, Tāŷ al-Dīn, nacido hacia 583 H./1187-1188, probablemente ya en Salé, donde su familia se había asentado. Su trayectoria lo llevó más lejos aún, hasta El Cairo, donde murió en 640 H./1242 tras dedicarse al estudio del sufismo.

El fenómeno no afecta solo a individuos, sino también a linajes completos. Es el caso de Abū ʿAlī al-Šarīšī al-Bakkāy, de origen jerezano pero natural de Salé, que vivió en Marrakech, donde fue considerado uno de sus habitantes más destacados por su religiosidad. Su vida transcurre entre los siglos XII y XIII.

Igualmente, Abū ʿĪsà Yūsuf b. ʿĪsà b. Lubb al-Šarīšī, también vinculado a Salé, forma parte de esa diáspora jerezana asentada en el Magreb.

Una red entre dos orillas

Todo ello permite dibujar una imagen distinta de la habitual. Jerez no aparece como un espacio periférico, sino como un nodo activo dentro de una red que conectaba ambas orillas del Estrecho. Durante la época almohade (siglos XII–XIII), esta red alcanza su máxima intensidad: Fez como centro de formación, Ceuta como puente, Salé y Mequinez como destinos profesionales, y Marrakech como lugar de asentamiento.

No deja de ser significativo que, junto a estas trayectorias humanas, aparezcan también huellas materiales de esa misma conexión, como los dirhemes almohades acuñados en Fez hallados en Jerez, testimonio de un mismo espacio económico y político.

Dirham con ceca Fez

Después de haber caminado estos días por Fez y Mequinez, uno comprende mejor lo que dicen las fuentes. No se trata solo de nombres en diccionarios biográficos, sino de vidas que cruzaron el Estrecho, de maestros que enseñaron a uno y otro lado, de familias que echaron raíces lejos de su lugar de origen.

Lejos de ser una ciudad encerrada en sí misma, Šarīš fue también una ciudad abierta al sur. Y quizá convenga recordarlo: porque, en cierto modo, parte de su historia sigue latiendo todavía al otro lado del Estrecho.


martes, 17 de marzo de 2026

Entre Gibalbín, La Janda y Guadarranque: notas para un debate

La localización de la batalla del 711 sigue siendo uno de los problemas más complejos y sugestivos de la historiografía altomedieval peninsular. En los últimos años el debate se ha reactivado con fuerza, especialmente a partir de propuestas que han tratado de situar el enfrentamiento bien en el entorno de La Janda, bien en el área de Guadarranque y la bahía de Algeciras. Frente a esas interpretaciones, también se ha planteado una lectura distinta del problema de Lakka y del wādī Lakka, basada en su inserción en la geografía histórica del ámbito jerezano, con Gibalbín como pieza central de la discusión y con una posible proyección del escenario bélico hacia los llanos de Caulina y el valle medio del Guadalete. Precisamente porque se trata de una cuestión de tanta importancia, conviene practicar también cierta autocrítica. No basta con señalar las debilidades de las hipótesis rivales; resulta igualmente necesario preguntarse por los límites de la propia, por sus puntos más sólidos y por aquellos otros que aún siguen abiertos a discusión.

Valle del Guadalete y comarca de La Janda en la actual provincia de Cádiz

La principal fortaleza de la propuesta que vincula Lakka con Gibalbín reside, sin duda, en su voluntad de atenerse con la mayor literalidad posible al tenor de las fuentes. Estas hablan de un wādī Lakka y lo sitúan en el ámbito de la cora de Šiḏūna. Además, la tradición latina y romance conserva formas como Vedelac o Vadalac, que parecen encajar mejor en el espacio jerezano que en una traslación hacia la laguna de La Janda o hacia el Campo de Gibraltar. Desde esa base, la hipótesis no pretende limitarse a negar otras localizaciones, sino ofrecer un encaje territorial de conjunto: topónimo, río, territorio y campo de batalla dentro de una misma lógica geográfica e histórica.

Uno de los aspectos más consistentes de esta línea interpretativa ha sido, además, la crítica a determinadas simplificaciones toponímicas. La identificación de Lakka con un simple lacus y su consiguiente vinculación automática con La Janda plantea dificultades serias. Del mismo modo, tampoco parece segura la equiparación entre Lakka y Lascut o Lascuta, aunque esta haya resultado sugerente para algunos planteamientos recientes. Una parte del debate, en efecto, se ha visto enturbiada por la tendencia a fundir topónimos distintos en una sola realidad o a forzar su sentido para hacerlos encajar en escenarios previamente elegidos.

Dicho esto, también conviene reconocer con claridad que el punto más delicado de esta hipótesis no se encuentra en la crítica de las demás, sino en el paso positivo que conduce a Gibalbín. Una cosa es mostrar que La Janda o Guadarranque presentan problemas serios; otra, más exigente, es demostrar de manera concluyente que Gibalbín fue Lakka y que el enfrentamiento tuvo lugar precisamente en el entorno de Caulina. Ahí es donde la propuesta, aunque siga resultando verosímil y bien orientada, debe formularse con prudencia.

La identificación de Gibalbín con Lakka se apoya en una convergencia de indicios filológicos, geográficos e históricos bastante sugerente, pero no en una prueba única, rotunda e incontestable. No se dispone de una inscripción que cierre el problema ni de una evidencia documental que resuelva por sí sola la cuestión. Lo que existe es una acumulación de indicios que, leídos de forma articulada, apuntan con bastante coherencia hacia ese lugar. Eso es mucho, sin duda, pero no autoriza todavía a dar la discusión por definitivamente zanjada.

Algo parecido ocurre en el terreno arqueológico. El marco formado por Gibalbín, Caulina y el valle medio del Guadalete ofrece un escenario muy plausible para repensar la batalla. Sin embargo, la evidencia material sigue sin ser concluyente. La topografía acompaña, las fuentes no desentonan y la lógica territorial es fuerte, pero todavía no puede afirmarse que la arqueología haya hablado de manera definitiva. Y mientras eso no ocurra, la prudencia sigue siendo necesaria.


Batalla del Guadalete. Mariano Barbasán Lagueruela (1864-1924)

También sería injusto negar los aciertos de quienes defienden otras localizaciones. En el caso de José Beneroso Santos, resulta legítimo subrayar su insistencia en la importancia de la geografía militar, de los itinerarios y del valor estratégico del área del Estrecho en los primeros compases de la invasión. Su lectura de la Crónica mozárabe de 754 y su atención al problema de los transductinis promonturiis introducen preguntas pertinentes que no pueden ser desatendidas. Asimismo, su empeño en recordar la necesidad de conectar cualquier hipótesis con el registro arqueológico constituye una exigencia metodológica razonable.

Sin embargo, la propuesta de Guadarranque presenta una dificultad de fondo: desplaza el centro de gravedad del problema hacia el ámbito algecireño a costa de tensar excesivamente la localización de Lakka en la cora de Šiḏūna que transmiten las fuentes. La lógica del desembarco y de los primeros movimientos musulmanes puede sugerir escenarios posibles, pero no basta por sí sola para resolver el problema toponímico principal.

Algo parecido puede decirse de la línea defendida por José Soto Chica y su equipo, aunque con matices propios. Su propuesta tiene la virtud de haber reabierto el debate con vigor y de haber incorporado a la discusión elementos de reconstrucción militar, logística, paisaje y clima que enriquecen considerablemente el análisis. Se trata, por tanto, de una propuesta trabajada y ambiciosa, no de una simple ocurrencia.

No obstante, la principal objeción que sigue suscitando es que ese modelo reconstructivo, por sugerente que resulte, parece exigir demasiadas reinterpretaciones toponímicas para llevar la batalla hacia La Janda. La dificultad no estriba tanto en que ese escenario sea imposible desde el punto de vista militar como en que parece menos fiel a la literalidad de las fuentes y al marco geográfico que estas dibujan.

Dicho de manera franca, la impresión que deja hoy el estado de la cuestión es esta: la crítica a las identificaciones de Lakka con La Janda o con escenarios del Campo de Gibraltar parece más fuerte, por el momento, que la demostración positiva definitiva de Gibalbín como solución cerrada al problema. Pero eso no invalida la hipótesis. Más bien la sitúa en el lugar que debería ocupar toda propuesta histórica seria: el de una interpretación coherente, razonada y abierta, no el de una certeza proclamada con exceso de rotundidad.

Sigue siendo perfectamente defendible, por tanto, que una relectura de las fuentes árabes y latinas desde la geografía histórica de la cora de Šiḏūna conduce con más naturalidad hacia Gibalbín, el valle medio del Guadalete y los llanos de Caulina que hacia La Janda o Guadarranque. Pero precisamente por eso resulta aún más necesario defender esa propuesta sin dogmatismos, con plena conciencia de que el debate permanece abierto y de que solo una combinación más afinada de filología, topografía, historia militar y arqueología permitirá acercarse algo más a la solución.

En cuestiones como esta, tan cargadas de tradición interpretativa y de entusiasmo polémico, quizá la mejor actitud no sea la de levantar trincheras, sino la de seguir afinando preguntas: qué dicen exactamente las fuentes, qué topónimos distinguen realmente, qué espacio describen, qué itinerarios permiten reconstruir y qué puede aportar todavía la arqueología. Solo así, con paciencia y sin prisas por clausurar el problema, podrá avanzarse de verdad.

Bibliografía esencial

Beneroso Santos, J. (2020a), “Debate historiográfico e interpretativo en cuanto al enfrentamiento entre Tariq y Rodrigo. La batalla del río Guadarranque (I)”, Almoraima. Revista de Estudios Campogibraltareños, 52, pp. 9–16.

Beneroso Santos, J. (2020b), “Debate historiográfico e interpretativo en cuanto al enfrentamiento entre Tariq y Rodrigo. La batalla del río Guadarranque (II)”, Almoraima. Revista de Estudios Campogibraltareños, 53, pp. 19–26.

Beneroso Santos, J. (2023), “Sobre la controversia del hidrónimo Guadarranque y su identificación con el Wadi-lakko (río del Lago) de las fuentes árabes”, Almoraima. Revista de Estudios Campogibraltareños, 58, pp. 29–36.

Beneroso Santos, José (2025), Guadarranque versus La Janda. A propósito del debate suscitado tras la publicación colectiva «Guadalete y la caída de la Hispania visigoda» en la revista Desperta Ferro (n.º 86, noviembre de 2024), Tarifa, Imagenta.

Borrego Soto, Miguel Ángel (2024), “Y habiendo llegado al río que se llama ‘Vedelac’…”. Lakka y Wādī Lakka: nueva hipótesis de ubicación, Revista de Historia de Jerez, 27, pp. 9-45.

Borrego Soto, Miguel Ángel (2026), “Releer la conquista del 711. Lakka, Lascuta y el problema del wādī Lakka”, Hesperia. Culturas del Mediterráneo, pp. 41-64.

Soto Chica, José et alii (2023a), “La batalla de los montes Transductinos: ubicación y reconstrucción de los itinerarios de la batalla que decidió la suerte del reino visigodo”, Atenea. Revista de la Asociación Española de Historia Militar, 1 (1), pp. 79-96.

Soto Chica, José et alii (2023b), “La batalla de los montes Transductinos: tropas, logística, estrategia, desarrollo, paisaje y clima”, Atenea. Revista de la Asociación Española de Historia Militar, 1 (2), pp. 97-119.

domingo, 8 de marzo de 2026

Las almojábanas de Jerez: un dulce andalusí con casi mil años de historia

Hace unos novecientos años, un autor andalusí dejó escrito un retrato muy vivo de Jerez en el que no hablaba de sus murallas o su paisaje. Hablaba de su gente, de sus mercados… y también de sus dulces. El testimonio procede de un autor andalusí del siglo XII, al-Hiŷārī, y fue transmitido siglos después por el historiador magrebí al-Maqqarī en su célebre obra Naf al-īb. Lo verdaderamente sugerente es la forma en que introduce el tema. El pasaje aparece encabezado con una expresión muy reveladora que muestra cómo en la tradición historiográfica medieval este dulce formaba parte de la identidad de la ciudad: شريش ومجبناتها, Jerez y sus almojábanas

Para entender bien este pasaje debemos imaginar el Jerez de los siglos XII y XIII. La ciudad, conocida en árabe como Šarīš, era un núcleo importante dentro del territorio andalusí. Estaba situada en una zona agrícola extraordinariamente fértil, rodeada de campos productivos, viñas, olivares y huertas. El autor describe la ciudad con estas palabras:

وقال الحجاري: إن مدينة شريش بنت إشبيلية، وواديها ابن واديها، ما أشبه سعدى بسعيد، وهي مدينة جليلة ضخمة الأسواق، لأهلها همم، وظرف في اللباس، وإظهار الرفاهية، وتخلق بالآداب، ولا تكاد ترى بها إلا عاشقاً ومعشوقاً، ولها من الفواكه ما يعم ويفضل، ومما اختصت به إحسان الصنعة في المجبنات، وطيب جبنها يعين على ذلك، ويقول أهل الأندلس: من دخل شريش ولم يأكل بها المجبنات فهو محروم. والمجبنات: نوع من القطائف يضاف إليها الجبن في عجنها، وتقلى بالزيت الطيب.

La ciudad de Šarīš es hija de Sevilla, y su río hijo del río de ésta. ¡Qué parecido hay entre Suʿdā y Saʿīd! Es una ciudad ilustre, de grandes mercados; sus habitantes poseen ambición, refinamiento en el vestir, ostentación de bienestar y cultivo de las buenas maneras. Apenas se ve en ella sino a un amante y a un amado. Tiene frutas en abundancia y de calidad sobresaliente. Y entre las cosas por las que se distingue está la excelente elaboración de las almojábanas, a lo que contribuye la calidad de su queso. Por eso dicen los andalusíes: Quien entra en Šarīš y no come allí almojábanas es un desdichado. Las almojábanas son una especie de qaāʾif a cuya masa se añade queso y que se fríen en buen aceite.

* (La comparación “¡Qué parecido hay entre Suʿdā y Saʿīd! (ما أشبه سعدى بسعيد) constituye un pequeño juego literario característico de la prosa culta andalusí. Ambos nombres comparten la misma raíz árabe س-ع-د  (s-ʿ-d), relacionada con la idea de felicidad o buena fortuna, y establecen además una oposición femenina y masculina. En el contexto del pasaje, este paralelismo refuerza la metáfora introducida previamente por el autor: Šarīš (Jerez) aparece como “hija” de Išbīliya (Sevilla). La comparación entre Suʿdā y Saʿīd subraya así la relación de filiación y semejanza entre ambas ciudades, es decir, que Jerez se parece a Sevilla como un hijo se parece a su madre. Este tipo de juegos onomásticos, basados en nombres bien conocidos en la tradición poética árabe —Suʿdā, Laylā, Lubnā o Suʿād, eran un recurso habitual en la literatura de adab y aportaban al texto un matiz elegante y culto reconocible para el lector medieval).

Las almojábanas

La palabra procede de la palabra ŷubn, que significa queso. Literalmente, las al-muŷabbanāt serían, por tanto, “las que llevan queso”. Se trataba de una masa elaborada con harina y queso que después se freía en aceite y se servía normalmente bañadas en miel o algún jarabe dulce. El propio texto de al-Hiŷārī subraya algo muy concreto: la calidad del queso de Jerez, que contribuía al prestigio de este dulce.

Un siglo después encontramos una referencia aún más interesante en un manuscrito culinario del siglo XIII que describe cómo se preparaban las almojábanas. Dice así: 

Sepas que la almojábana no se compone de un queso solo, sino de dos, es a saber, de vaca y de oveja… La base para hacerlo es que se liguen los dos quesos y que haya un cuarto de leche de vaca y tres cuartos de oveja… Así lo hace la gente de nuestra tierra en el Oeste de al-Andalus, como en Córdoba y Sevilla, Jerez y otras del país de Occidente.

Es decir, no se trataba de una receta aislada, sino de una tradición culinaria extendida por el occidente de al-Andalus.

La repostería andalusí

Si observamos bien estas recetas vemos que muchos dulces medievales combinaban tres ingredientes fundamentales: harina, aceite y miel. Como hemos señalado, la masa se preparaba con harina y queso, se freía en aceite de oliva y después se servía con miel o con jarabes dulces. Ese mismo esquema culinario sigue presente hoy en muchos dulces tradicionales: pestiños, buñuelos, rosquillas, torrijas, etc. Cuando probamos esos dulces, sin saberlo, estamos conectando con una tradición culinaria que tiene siglos de historia. En la cocina andalusí también se utilizaban distintos endulzantes. Durante mucho tiempo el más común fue la miel, aunque también se empleaba azúcar, obtenido de la caña cultivada en las zonas cálidas del sur de al-Andalus.

Tras la conquista castellana de Jerez en el siglo XIII, la población musulmana abandonó la ciudad. Es probable que muchas tradiciones culinarias viajaran con ellos. Hoy las almojábanas se conservan sobre todo en algunas zonas del Levante español, donde se consumen en fechas señaladas. Esto demuestra cómo las recetas viajan con las personas y pueden sobrevivir durante siglos.

Un dulce que vuelve a casa

Curiosamente, este dulce medieval vuelve a aparecer en la ciudad. Gracias a la iniciativa de la pastelería jerezana La Rosa de Oro, desde hace unos años probamos de nuevo en Jerez las almojábanas, casi mil años después de que las mencionara al-Hiŷārī. Y eso es algo extraordinario: saborear hoy un dulce que ya se comía aquí hace nueve siglos, cuando las almojábanas eran ya uno de los dulces más famosos de Jerez. y no era una simple receta doméstica, sino algo por lo que la ciudad era conocida en al-Andalus. El propio autor medieval lo decía con una frase que casi parece un lema gastronómico: Quien entra en Jerez y no come allí almojábanas es un desdichado.

Durante siglos esa tradición se perdió o se diluyó. Pero si este dulce fue una vez una especialidad de la ciudad, si aparece en nuestras fuentes históricas y forma parte de nuestra memoria gastronómica, tal vez haya llegado el momento de reivindicarlo plenamente. Que las almojábanas no sean sólo una curiosidad ocasional, que no se encuentren únicamente en un lugar concreto. Sería maravilloso que todas las pastelerías de Jerez las elaboraran, que aparecieran en las vitrinas junto a nuestros dulces tradicionales, que los restaurantes de la ciudad las ofrecieran como postre, que formaran parte natural de nuestra cocina. Porque ahora mismo Jerez vive un momento especial: este año 2026 somos capital española de la gastronomía; y aspiramos a convertirnos en capital cultural europea en 2031. Jerez está de moda, y qué mejor manera de celebrarlo que recuperando uno de los sabores que ya definían la ciudad hace ocho siglos. 

Quizá dentro de unos años podamos decir que las almojábanas han vuelto definitivamente a casa y, entonces, la vieja frase medieval seguirá teniendo sentido: Quien entre en Jerez y no pruebe las almojábanas… se lo está perdiendo.



domingo, 1 de marzo de 2026

Cortijo de Monteagudo (Sanlúcar de Barrameda). Ḥiṣn (A)sqūṭ o Ḥiṣn S(a)qūṭ (حصن سقوط)


Bronce de Lascuta, expuesto actualmente en el Museo del Louvre, París

Este artículo, publicado en https://www.alandalushispania.es/articulo/12, analiza la problemática de la localización de la antigua Lascut/Lascuta y su posible pervivencia en época andalusí. A partir de la revisión crítica de las propuestas tradicionales y del análisis combinado de la evidencia numismática, arqueológica y textual, el estudio incorpora los testimonios de las fuentes árabes medievales —especialmente Ibn Jaldūn e Ibn Abī Zarʿ— que mencionan una fortificación denominada Ḥiṣn (A)sqūṭ o Sqūṭ en el entorno de Šarīš (Jerez). El examen filológico y geográfico de estas formas, junto a su correlación con la dispersión monetaria y la lógica territorial del bajo Guadalete, permite proponer su identificación con el área del cortijo de Monteagudo, próxima a Mesas de Asta (Hasta Regia), como pervivencia medieval del topónimo Lascut.


Enlace al artículo y cómo citarlo: BORREGO SOTO, M. Á., 2026: «Cortijo de Monteagudo (Sanlúcar de Barrameda). Ḥiṣn (A)sqūṭ o Ḥiṣn S(a)qūṭ (حصن سقوط)», alandalushispania.es [en línea], https://www.alandalushispania.es/articulo/126 [consulta: 1 de marzo de 2026].

Tras las dudas formuladas por Mateos Gago acerca de la localización tradicional de la romana Lascut en Alcalá de los Gazules o en la Mesa del Esparragal, una revisión reciente de Luis Iglesias García ha venido a reforzar desde otros parámetros la fragilidad de ese encuadre. En su trabajo, este autor desplaza deliberadamente el foco hacia la evidencia arqueológica y numismática, subrayando la debilidad de una identificación asentada en tradiciones decimonónicas y en la atribución acrítica del hallazgo del Bronce de Lascuta, cuya procedencia exacta resulta imprecisa y obliga, por ello, a extremar las cautelas. De este modo, Iglesias García propone reconsiderar la búsqueda de Lascut y de la Turris Lascutana en un espacio más próximo a las marismas del Guadalquivir, donde se documenta una significativa dispersión de numerario atribuible a la ceca de Lascut, concentrada en el entorno del Cerro de Mojón Blanco, en las cercanías del yacimiento de Mesas de Asta. Este indicio, hasta ahora poco explotado, no solo se ajusta mejor a la lógica territorial del bajo Guadalete, sino que refuerza la necesidad de replantear la geografía de Lascut fuera de los marcos tradicionales.

Moneda de Lascut procedente del DNM Copenhague, SNG 43,118. Fuente: https://monedaiberica.org/v5/type/944

Es precisamente en este punto donde la documentación árabe medieval adquiere un valor decisivo, al aportar una serie de testimonios toponímicos que permiten avanzar hacia una propuesta de identificación más acertada. Ibn Jaldūn menciona, en el marco de las campañas meriníes de finales del siglo XIII, la existencia de una fortaleza designada como ḥiṣn (A)sqūṭ o ḥiṣn S(a)qūṭ (حصن سقوط), situada cerca del campamento musulmán establecido junto a Šarīš (Jerez). La forma, transmitida sin vocalización, es compatible con distintas lecturas y puede entenderse como la adaptación árabe de un topónimo previo Lasqūṭ (لسقوط), susceptible de transformación gráfica a partir de la asimilación de la letra lām (ل) ante consonante solar, por una posible analogía con el artículo árabe (ال, “al-”), cuya realización oral /(A)sqūṭ/ o /S(a)qūṭ/, también con posible metátesis vocálica, pudo reducirse gráficamente a سقوط (Sqūṭ).


A este testimonio se suma el de Ibn Abī Zarʿ, quien, al relatar el mismo episodio, sitúa este enclave a doce millas (unos 22 km) de Šarīš, denominándolo burŷ Muntqūṭ (برج منتقوط), “torre de Muntqūṭ”, o bien مشقريط (Mšqryṭ), lectura que, pese a su deterioro gráfico, parece remontar a un hipotético منتشقوط (Muntšqūṭ), muy próximo formalmente al Sqūṭ de Ibn Jaldūn y coherente con la oscilación ortográfica característica de los manuscritos magrebíes. No deja de resultar sugestivo que la designación burŷ, “torre”, aplicada a este enclave, evoque —al menos en el plano conceptual— la turris Lascutana mencionada en el célebre Bronce de Lascuta. Aunque media entre ambos testimonios un dilatado arco cronológico y contextos políticos radicalmente distintos, la coincidencia tipológica (burŷ / turris) podría estar señalando la pervivencia de un hito fortificado singular en el paisaje, cuya memoria toponímica habría experimentado transformaciones fonéticas a lo largo de los siglos. En este sentido, la forma Sqūṭ / Muntšqūṭ documentada en las fuentes árabes no sería necesariamente una creación ex novo, sino quizá la adaptación, ya arabizada, de un topónimo anterior vinculado a una estructura defensiva de larga duración. Naturalmente, esta relación no puede afirmarse de manera concluyente en ausencia de pruebas arqueológicas directas; con todo, la convergencia entre la tradición epigráfica romana y la terminología árabe invita, al menos, a contemplar la hipótesis de una continuidad espacial del enclave fortificado.


La convergencia de todas estas formas —SqūṭMuntqūṭMuntšqūṭMuntiqūṭ—, aplicadas a una fortificación del entorno jerezano, dibuja un hilo toponímico difícilmente atribuible al azar. Si se tiene en cuenta, además, que la localización de este lugar, como ya advirtiera el propio Luis Iglesias García, coincide con la posición estratégica del actual cortijo de Monteagudo, a una distancia de Jerez idéntica a la indicada por Ibn Abī Zarʿ y próxima a las Mesas de Asta, solar de la antigua Hasta Regia, y al mencionado Cerro de Mojón Blanco, resulta verosímil reconocer en este espacio la pervivencia medieval —fonética, geográfica y funcional— de la antigua Lascut.


Ubicación del cortijo de Monteagudo con respecto del yacimiento de Mesas de Asta (Hasta Regia)


domingo, 15 de febrero de 2026

Entre murallas y mezquitas: dos lecturas sobre el origen urbano de Šarīš

Una aportación necesaria al estudio de la ciudad andalusí

La reciente publicación de un artículo de David Caramazana sobre las murallas de Jerez y la evolución urbana de la ciudad andalusí constituye, ante todo, una magnífica noticia para quienes nos dedicamos al estudio del pasado islámico de Šarīš. Siempre es motivo de satisfacción comprobar cómo nuevos estudios vienen a enriquecer el conocimiento histórico de la ciudad, ampliando perspectivas, revisando hipótesis y aportando lecturas renovadas sobre su configuración medieval.

Vista de Jerez de la Frontera por Hoefnagel (s. XVI). Detalle con el alcázar

El artículo destaca por el manejo de la evidencia arqueológica —aunque se echa en falta la cita a informes recientes sobre el sistema defensivo jerezano—, la atención prestada a la evolución del recinto amurallado y el esfuerzo por integrar sus distintas fases constructivas en un relato evolutivo coherente. Comparto con el autor la necesidad de analizar la ciudad andalusí desde parámetros dinámicos, entendiendo la medina como un organismo en transformación.

Aportaciones sugerentes: murallas, estructuras y red hidráulica

Entre las propuestas más estimulantes del trabajo se encuentran algunas interpretaciones que, aun abiertas a debate, amplían notablemente el campo de estudio. Es el caso de la posible identificación de estructuras murarias en el entorno de la calle Manuel María González, que el autor pone en relación tanto con fases de la cerca islámica como con episodios bélicos posteriores por parte de los mudéjares en la revuelta de 1264 descritos en las Cantigas de Santa María. Se trata de hipótesis que, a falta de confirmación arqueológica más concluyente, invitan a seguir profundizando en la materialidad defensiva de la ciudad.

Especialmente sugerente resulta también la atención prestada a las corrientes de agua y a la red hidrográfica urbana como elemento estructurador del crecimiento de la medina. La lectura de la ciudad a partir de sus cauces y condicionantes hidráulicos introduce una variable de análisis poco explorada hasta ahora en el caso jerezano, y abre una línea interpretativa de gran interés para comprender la relación entre topografía, parcelario y organización de actividades productivas.

El debate sobre el centro originario de la medina

Es en la interpretación del núcleo primitivo de la ciudad donde nuestras propuestas divergen con mayor claridad. Siguiendo planteamientos ya formulados por Laureano Aguilar, Caramazana sitúa el centro originario en el eje Plaza Plateros–San Dionisio–San Marcos, localizando allí la mezquita aljama y planteando desde ese foco la expansión urbana hacia el sur.

Frente a ello, en el estudio que publicamos José María Gutiérrez López y un servidor —centrado en la transformación urbana de Šarīš y su red de espacios de culto— defendemos que el eje originario debe situarse en el entorno San Lucas–San Salvador, articulado frente al alcázar y en conexión directa con la mezquita mayor, cuya ubicación proponemos en la actual Plaza de la Encarnación desde época califal. Desde esta lectura, el corazón institucional y religioso de la medina no estaría en el sector de Plateros, sino en el frente alcázar-aljama, entendido como núcleo generador del primer desarrollo urbano.

Es precisamente esta distinta localización del centro simbólico y funcional de la ciudad la que explica la divergencia entre ambos modelos interpretativos. Mientras que la propuesta de Caramazana articula la evolución urbana a partir de la lógica del recinto defensivo y sus ampliaciones, la nuestra concede un papel estructurador a la red de espacios de culto y a la polaridad alcázar-mezquita mayor como eje organizador del tejido urbano primitivo.

Ambos enfoques —el defensivo y el articulado en torno a los espacios religiosos— no son excluyentes, sino potencialmente complementarios, y probablemente la lectura más ajustada de la evolución urbana de Jerez deba surgir de su integración. La coincidencia cronológica en la publicación de ambos trabajos, aparecidos prácticamente de forma simultánea, no hace sino poner de relieve la vitalidad actual del debate historiográfico sobre Šarīš y la existencia de líneas de investigación que, aun transitando caminos distintos, convergen en un mismo objetivo: comprender mejor la génesis de la ciudad andalusí.

Recreación del posible acceso a la mezquita aljama de Šarīš

Curtidurías y dirección de la expansión urbana

La divergencia en la localización del núcleo originario de la medina tiene, además, consecuencias directas en la interpretación de otros espacios funcionales de la ciudad, entre ellos las curtidurías y los barrios artesanales asociados a actividades productivas de carácter insalubre.

Mientras que Caramazana plantea su integración intramuros como resultado de una expansión hacia el sector sur, nuestra propuesta invierte el sentido del crecimiento: consideramos que estos espacios artesanales pudieron situarse ya en el extrarradio de la medina califal primitiva —ubicada en el eje San Lucas–San Salvador–Alcázar— quedando incorporados al recinto tras ampliaciones posteriores iniciadas en época taifa.

Esta diferencia no es meramente puntual, sino que afecta al modelo general de crecimiento urbano. En su planteamiento, la ciudad se expande hacia el sur desde el eje Plateros–San Marcos; en el nuestro, ese sector meridional formaría parte del núcleo más antiguo, produciéndose la expansión en sentido contrario. De ahí que advirtiéramos del riesgo de identificar sin matices la ciudad conquistada en el siglo XIII —o la del XV— con la medina del siglo X, realidades urbanas separadas por procesos de transformación profundos y prolongados en el tiempo.

Un debate abierto y necesario

Más allá de estas discrepancias —naturales y, en última instancia, enriquecedoras en toda disciplina histórica— considero que el trabajo de David Caramazana supone una aportación valiosa y estimulante. Su estudio reactiva cuestiones fundamentales sobre la morfogénesis urbana de Šarīš, dialoga con propuestas previas e incorpora variables de análisis novedosas —como la atención a la red hidráulica urbana— que amplían el marco interpretativo disponible.

La aparición prácticamente simultánea de ambos trabajos no hace sino reflejar el momento de especial vitalidad que atraviesan los estudios sobre la Jerez andalusí, en el que distintas líneas de investigación convergen, desde perspectivas metodológicas diversas, en un mismo objetivo: comprender mejor la génesis y evolución histórica de la ciudad.

Porque, en definitiva, todo nuevo trabajo sobre Šarīš es siempre bienvenido. La construcción del conocimiento histórico es una tarea colectiva, hecha de avances, revisiones y contrastes interpretativos. Y es precisamente en ese diálogo —crítico, pero siempre respetuoso— donde nuestra comprensión de la ciudad medieval continúa creciendo.

Vista de Jerez de la Frontera por Hoefnagel (s. XVI). Detalle de la muralla desde el suroeste

Enlace a los artículos citados: 

- Borrego Soto, M. Á. & Gutiérrez López, J. M. (2025). Šarīš (Jerez) entre los siglos X y XIII: transformación urbana y evolución de sus espacios de culto. Revista de Historia de Jerez, 28, 9–57. https://www.cehj.es/app/download/11685399/9-57.pdf

- Caramazana-Malia, D. (2025). Las murallas de Šarīš Šiḏūna. Nueva hipótesis para la evolución urbana medieval de Jerez de la Frontera. Al-Qanṭara, 46(2), 874. https://doi.org/10.3989/alqantara.2025.874