lunes, 13 de abril de 2026

La Jerez andalusí (Šarīš) a partir del Libro del Repartimiento: 7. La collación de San Dionisio

San Dionisio debió de ser, con toda probabilidad, el espacio más intensamente urbano, comercial y articulado de cuantos describe el Libro del Repartimiento de Jerez. Pocas collaciones ofrecen una concentración semejante de edificios y dependencias ligados al intercambio, al almacenamiento, a la producción y al control de las mercancías. No se trata solo de un barrio con tiendas o con algunos oficios dispersos, sino de un verdadero núcleo de centralidad económica, donde convergen funciones que en otros sectores aparecen más fragmentadas.

Basta repasar el repertorio de inmuebles que menciona el texto para advertirlo. En San Dionisio aparecen varias alhóndigas, entre ellas la alhóndiga de la harina junto a la judería, además de otras menores, casas que antiguamente lo habían sido e incluso una alhóndiga arruinada, señal de una red de almacenamiento y redistribución de notable entidad. A ello se suman diversas atahonas y hornos, esto es, instalaciones ligadas a la molienda y a la cocción, que completan una cadena económica básica para el abastecimiento cotidiano de la ciudad. El barrio no solo vendía: también recibía, transformaba, almacenaba y redistribuía.

Pero el perfil de San Dionisio no se reduce a esa infraestructura de abastecimiento. La presencia de la aduana y de la alcaicería sitúa esta collación en un nivel todavía más alto dentro de la organización urbana. La aduana remite al control fiscal y a la supervisión de la circulación de bienes; la alcaicería, por su parte, nos coloca en el corazón mismo del comercio más especializado y valioso. No estamos, por tanto, ante una simple zona de mercado local, sino ante un espacio donde se cruzaban la actividad mercantil, la fiscalidad y la administración urbana. San Dionisio parece haber sido, en este sentido, uno de los grandes centros neurálgicos de la Šarīš andalusí heredada por los castellanos tras la conquista. A esa densidad económica se suma, además, una notable complejidad social. El texto deja ver un barrio donde convivían realidades muy diversas y estrechamente imbricadas: comerciantes, artesanos, minorías urbanas, propietarios de cierta entidad y, más tarde, beneficiarios del reparto castellano. 

La judería ocupaba aquí un lugar especialmente significativo. No aparece como un apéndice marginal, sino integrada en el tejido vivo de la collación, delimitada por su muro, relacionada con la alhóndiga de la harina y dotada de instituciones propias. El Repartimiento permite reconocer en ella no solo un ámbito residencial, sino un sector internamente articulado, con un par de sinagogas, cada uno asociado a su respectivo rabino, además de un carnicero y de otros elementos que revelan una vida comunitaria organizada. Desconocemos si este espacio existía ya exactamente en la misma forma antes de la conquista cristiana, pero todo induce a pensar que la presencia judía en este sector no fue una simple creación ex novo del repartimiento castellano, sino la continuación y reorganización de una realidad anterior.

Otro de los rasgos más llamativos de San Dionisio es la persistencia del paisaje islámico. El texto menciona hasta cuatro mezquitas en la collación: una junto a un arroyo que cruzaba la zona, otra descrita como buena mezquita con sobrados, huerta y corral, otra con patio y establo en el barrio de francos, y otra más en el sector del Algarve. Su mera acumulación ya resulta expresiva. No solo indica una antigua densidad de poblamiento musulmán, sino que demuestra hasta qué punto, tras la conquista, la ciudad seguía mostrando de forma visible la trama religiosa y urbana de época andalusí. 

En este mismo marco de concentración patrimonial destaca también el gran conjunto atribuido a don Çuleyma. A su nombre se asocian casas grandes, una antigua atahona, un corral enorme, varios pares de casas, dependencias para escribanos, una buena mezquita, sobrados, una huerta y una posición inmediata respecto a tiendas y a la cárcel. El conjunto recuerda casi un pequeño barrio o complejo señorial dentro de la ciudad. Que don Çuleyma no aparezca en el tramo de la judería no impide su posible identificación como judío, pues nada obliga a pensar que la población hebrea estuviera encerrada de forma rígida dentro de aquel recinto. Al contrario, todo sugiere una ciudad más compleja y permeable, donde también podían existir propietarios judíos o vinculados a minorías urbanas fuera del perímetro estricto de la judería. En cualquier caso, lo verdaderamente relevante es que esta concentración de bienes revela la existencia de élites urbanas poderosas, capaces de reunir en un mismo sector propiedades de notable entidad económica y funcional.

Y dentro de esa complejidad merece una atención particular el llamado barrio de francos, que vuelve a aparecer aquí como un sector de marcada especialización económica. Igual que en San Juan y en San Marcos, el Repartimiento documenta en él alhóndigas y una concentración llamativa de oficios: correeros, zapateros, herreros, herradores, alfayates o sastres, odreros, vaineros, peineros, silleros, carreteros y mercaderes. A ello se añaden una atahona, una mezquita con patio y establo y otras dependencias ligadas al trabajo. Todo esto dibuja un espacio eminentemente funcional, organizado en torno a la producción artesanal, la transformación de materiales y la venta.

Más que un enclave aislado, el barrio de francos debió de constituir una franja urbana continua, prolongada desde las collaciones de San Juan y San Marcos hasta San Dionisio, probablemente a lo largo del eje de la actual calle Francos. Aunque el repartimiento lo distribuya entre varias collaciones, todo sugiere que se trataba de una misma realidad económica y artesanal, cortada sobre el papel por divisiones administrativas que no interrumpían la continuidad efectiva del tejido urbano. Cambiaba la adscripción parroquial o registral, pero no el carácter del barrio, ni la sucesión de talleres, tiendas y oficios afines que le daban su identidad.

Visto en conjunto, San Dionisio se nos aparece así como una collación excepcionalmente densa: lugar de mercado y de fiscalidad, de almacenamiento y transformación, de convivencia entre comunidades distintas, de fuerte continuidad del paisaje islámico y de articulación con uno de los principales ejes artesanales de la ciudad. Pocas zonas del Jerez del Repartimiento expresan tan bien como ésta la complejidad de la ciudad conquistada: una ciudad que había cambiado de poder, pero que seguía conservando de forma abrumadora la estructura, los edificios y muchas de las lógicas urbanas de la Šarīš andalusí.

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