domingo, 12 de abril de 2026

La Jerez andalusí (Šarīš) a partir del Libro del Repartimiento: 4. La collación de San Lucas

La collación de San Lucas es uno de los espacios más reveladores del Libro del Repartimiento de Jerez para comprender hasta qué punto la ciudad andalusí siguió viva tras la conquista castellana. Si en San Salvador se concentraba la antigua aljama y en San Mateo se hacía visible un barrio marcado por el mercado o la intensa producción de aceite, en San Lucas lo que aflora con fuerza es otra realidad igualmente interesante: la persistencia de una comunidad musulmana, la continuidad de sus oficios y la supervivencia de varias mezquitas, algunas reutilizadas y al menos una de ellas todavía activa. Todo ello en una collación que se sitúa en pleno interior de la medina y rodeada por otros barrios, lo que refuerza su carácter de espacio central y densamente urbano. Pocas collaciones ofrecen un cuadro tan expresivo. 

las mezquitas de San Lucas son de distinto tipo y estado. Una de ellas había sido ya convertida en bodega, señal inequívoca de reaprovechamiento cristiano de un antiguo espacio religioso islámico. Otra comparece sencillamente como mezquita en los linderos del barrio. Más adelante se menciona la mezquita de un tal Pedro López y, junto a una casa que fue horno, una mezquita pequeña. Pero el dato verdaderamente extraordinario llega cuando el texto habla sin rodeos de “una mezquita en que fazen los moros su oración”. Es decir: en el momento del reparto seguía existiendo en San Lucas una mezquita en uso por la población musulmana.

Todo ello confiere al barrio un valor excepcional. Nos hallamos ante un espacio donde la vida islámica seguía siendo todavía visible, y esa continuidad se refuerza en el propio documento con la presencia explícita de varios moros con carta del rey. En la collación aparecen los fijos de Aben Haym, Alhagir, unas casas que tiene “un moro con carta del Rey” y, de manera especialmente significativa, un alarife moro, de los albañiles, en un entorno donde se documenta también a Alfonso, albañil. La proximidad de ambos resulta particularmente reveladora, pues apunta a la pervivencia de oficios de la construcción y de saberes técnicos andalusíes en la ciudad recién conquistada. En varios casos, además, se registran compras de propiedades a musulmanes jurídicamente reconocidos, lo que muestra que la continuidad de la población andalusí no era una abstracción, sino una realidad social, profesional y legal bien concreta. En otras palabras: la Jerez cristiana se reorganizaba y se transformaba, en parte, con manos y conocimientos musulmanes.

El tejido urbano del barrio refuerza esta impresión de continuidad. Aparecen un adarve y también una calleja o callejuela, elementos muy característicos de la trama orgánica de la medina. Las casas se distribuyen en un parcelario apretado y flexible, rodeadas con frecuencia por calles desde varios lados, y acompañadas por corrales, establos, bodegas, un sobrado y un almacén. Todo ello habla de una ciudad densamente ocupada, lejos de cualquier traza regular o planificada desde cero. Y resulta significativo que, a diferencia de otras collaciones en las que el muro aparece como lindero, San Lucas no ofrezca en las partidas conservadas del repartimiento contacto explícito con la muralla. Esa ausencia refuerza la impresión de que nos hallamos ante una collación plenamente interior, inserta en el corazón mismo del caserío urbano andalusí.

También desde el punto de vista doméstico el barrio conserva huellas claras de su pasado islámico. El documento menciona dos parejuelos moriscos y, más adelante, tres pares moriscos integrados en una propiedad con almacén y corral. Estas casas moriscas no son un detalle menor: indican que la tipología de la vivienda andalusí seguía siendo visible y reconocible en el momento del reparto. A esto se suma la actividad económica del barrio. En San Lucas aparecen tiendas y un pequeño eje comercial reconocible por expresiones como “pasadas las tiendas” o por la simple mención de las tiendas como lindero. 


También hay hornos: una casa que fue horno, un horno citado como lindero y otro adosado a una pequeña mezquita. Ya hemos señalado que, como en otras ciudades islámicas y en el resto de collaciones analizadas, estos hornos debieron de formar parte de la vida cotidiana del barrio, probablemente como espacios de cocción vecinal donde los habitantes llevaban su pan. La presencia de establos, bodegas y almacenes refuerza además el perfil funcional de una collación muy viva y muy mezclada en sus usos. En ese mismo contexto destacan varios oficios urbanos de gran significación —albañiles, alarifes, alfayates, zapateros, herreros e incluso un aserrador—, que dibujan no un barrio especializado en una sola actividad, sino una collación central donde se superponen funciones diversas, propias de una medina intensamente habitada y todavía plenamente operativa.

San Lucas se dibuja así como una collación profundamente híbrida: cristianizada en lo político y en la distribución de la propiedad, pero todavía densamente andalusí en sus edificios, en su población y en su funcionamiento urbano. No parece el barrio de la mezquita mayor, pero sí uno de los lugares donde mejor puede observarse la continuidad de la Šarīš islámica dentro de la ciudad ya conquistada. Y no en un borde marginal del recinto, sino en un sector plenamente interior y central de la medina. Esa posición refuerza aún más el valor del barrio como testimonio de una ciudad islámica que que seguía latiendo en uno de sus espacios más densos y nucleares.

Esa centralidad plantea incluso una cuestión de mayor alcance: si San Lucas pudo corresponder no solo a un barrio interior de la medina, sino a uno de sus sectores más antiguos y consolidados, acaso vinculado a una fase temprana del urbanismo islámico de Jerez. El Repartimiento no basta por sí solo para demostrarlo, pero sí invita a formular la pregunta. Quizá esa sea la clave de San Lucas: aquí la ciudad andalusí no aparece solo como huella material, sino como una realidad que aún respira. Hay mezquitas convertidas y mezquitas activas, alarifes y albañiles musulmanes, hornos, tiendas, adarves, callejas, almacenes, establos y casas moriscas. En San Lucas, como en pocos otros barrios, la conquista no borró de golpe la ciudad anterior: la obligó a convivir, a transformarse y, durante un tiempo, a seguir latiendo dentro de la nueva Jerez cristiana.

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