En las últimas décadas, el conocimiento de la Jerez andalusí (Šarīš) se ha enriquecido gracias a aportaciones cada vez más relevantes que han tomado el Libro del Repartimiento como fuente privilegiada para reconstruir la topografía urbana heredada por los castellanos tras la conquista definitiva de la ciudad. El punto de partida ineludible es, por supuesto, la edición que de este texto realizaron Manuel González Jiménez y Antonio González Gómez, hasta el momento la única completa de este texto fundamental y base indispensable de cualquier aproximación seria a la ciudad islámica de Jerez.

Antes incluso de la explotación sistemática del Libro del Repartimiento como fuente urbana, José Luis Repetto Betes ofreció en 1987 una primera síntesis global sobre el Jerez musulmán que, aunque hoy resulta claramente superada en no pocos aspectos, tuvo el mérito de llamar la atención sobre la necesidad de integrar ese largo periodo en la historia de la ciudad. Su obra no se construye propiamente a partir del Repartimiento, pero sí recurre a él en el capítulo dedicado al casco urbano y cita expresamente el estudio de González Jiménez y González Gómez, apoyándose en sus observaciones para abordar la entidad y morfología de la ciudad conquistada. Se trata, en cualquier caso, de una obra de carácter esencialmente recopilador, muy dependiente de bibliografía clásica y de traducciones antiguas, útil como precedente historiográfico, pero alejada del tipo de lectura filológica y crítica de las fuentes árabes que hoy resulta imprescindible.
En ese mismo año, y sobre el cimiento de la edición de González Jiménez y González Gómez, se asentó el trabajo de Paz Fernández, que llamó la atención sobre la riqueza del Repartimiento para el estudio de la población musulmana, la red de mezquitas, los servicios urbanos y la tipología de la vivienda, además de subrayar la fuerte centralidad mercantil de San Dionisio. Posteriormente, Laureano Aguilar formuló una hipótesis urbanística de mayor alcance, al proponer la existencia de un recinto primitivo en el sector de San Dionisio y San Marcos, ampliado después hacia el sur en época almohade, e identificar además en San Dionisio la posible sede de una primera aljama.
Más recientemente, David Caramazana ha desarrollado y matizado ese modelo, prestando especial atención a los espacios comerciales e industriales de la medina y reforzando la idea de una expansión meridional o suroccidental que habría acabado absorbiendo sectores artesanales antes periféricos, como el de las curtidurías.
Frente a estas propuestas, el estudio de Miguel Ángel Borrego Soto y José María Gutiérrez López ha replanteado críticamente el problema de los espacios de culto, defendiendo la continuidad de la mezquita mayor en la actual plaza de la Encarnación, subrayando el papel articulador del eje alcázar–aljama y afirmando expresamente que la collación de San Salvador, junto con la de San Lucas, debió de corresponder al núcleo primitivo de la medina.
A este estado de la cuestión se suma, además, el reciente trabajo de Fernando López Vargas-Machuca, centrado específicamente en la mezquita aljama de Šarīš, que ofrece un útil balance historiográfico y vuelve sobre los restos de la Casa del Abad y la documentación moderna relativa a la antigua colegial; con todo, se trata de una aportación que, aun siendo valiosa para el debate, se mueve en no pocos puntos en el terreno de la hipótesis y de la reflexión provisional, por lo que sus propuestas deben manejarse con cautela y confrontarse siempre con la evidencia arqueológica y documental disponible.
Sobre este panorama conviene, no obstante, introducir algunas precisiones. La ciudad que refleja el Libro del Repartimiento no debe entenderse sin más como una simple “Šarīš almohade”, fijada en un momento inmóvil, sino como el resultado de una larga evolución urbana y política. A comienzos de la década de 1230 el poder almohade había desaparecido prácticamente en Jerez, que pasó a constituirse como taifa bajo Ibn Abī Jālid; entre 1261 y 1264 la ciudad vivió una situación de protectorado castellano, con guarnición cristiana en el Alcázar y población musulmana todavía asentada en la medina; y, tras la revuelta de 1264, quedó bajo dominio meriní hasta octubre de 1267, cuando aparece como señor de Jerez Abū Ṯābit ʽĀmir b. Idrīs b. ʽAbd al-Ḥaqq. El Repartimiento refleja, por tanto, una ciudad andalusí tardía, de configuración en gran parte almohade, pero transformada en sus últimos decenios por un contexto político mucho más complejo.
También conviene recordar que los recuentos de mezquitas, alhóndigas, hornos u otros elementos urbanos no coinciden siempre de manera exacta entre unos autores y otros. Esa discrepancia no debe entenderse como una simple cuestión de acierto o error absolutos, sino como resultado de criterios distintos de lectura. En un documento como el Repartimiento, una misma mezquita puede aparecer como adjudicación, como lindero, como edificio ya transformado o como dependencia integrada en otra propiedad; algo semejante ocurre con alhóndigas, atahonas, tiendas o casas moriscas. Algo parecido sucede con términos como corral y corralejo, que no deben entenderse de forma unívoca: en unos casos pudieron designar simples espacios abiertos de servicio vinculados a la vivienda y, en otros, especialmente cuando aparecen asociados a mezquitas, podrían reflejar la pervivencia de patios o ámbitos abiertos de la organización islámica del espacio. De ahí que una cifra ofrecida en una visión de conjunto no tenga por qué coincidir exactamente con la que resulte de una revisión collación por collación, atenta a las repeticiones, a la identidad o diferencia entre inmuebles y al contexto topográfico de cada mención. Por ello, la edición de González Jiménez y González Gómez debe seguir considerándose la base textual indispensable, pero una relectura analítica de las partidas permite matizar algunos de sus cómputos —y de los derivados de ellos— y precisar mejor la distribución real de los elementos urbanos andalusíes en el interior de la medina.

En este sentido, el plano de las collaciones resulta especialmente revelador. Más allá de las interpretaciones particulares de cada autor, su simple contemplación permite advertir que San Salvador destaca de inmediato por su gran extensión, por su contacto directo con el Alcázar y por su apertura al espacio del Arroyo, lo que refuerza su importancia como amplio sector residencial, religioso y funcional de la medina. San Dionisio, por el contrario, aparece como una collación de menor tamaño, pero situada de manera estratégica, en contacto con la judería, el Algarve y las puertas orientales de la ciudad, lo que encaja perfectamente con su perfil de núcleo mercantil y fiscal. El plano deja ver también con claridad una ciudad articulada por varios sectores y no por un único foco simple: un eje central formado por San Lucas, San Juan y San Marcos; una gran collación meridional en San Salvador, ligada al Alcázar y al Arroyo; y un San Dionisio más comprimido, pero muy bien situado para canalizar intercambios, fiscalidad y circulación. Esta disposición general invita a distinguir con más claridad entre centralidad comercial y centralidad religiosa: una cosa es que San Dionisio concentrara buena parte del dinamismo económico urbano; otra distinta, que ello obligue a identificarlo sin más con el origen mismo de la ciudad o con la sede primitiva de la aljama.
A ello se suma un detalle nada desdeñable del propio orden del Repartimiento. No parece irrelevante que el documento se abra con la collación de San Salvador y concluya con la de San Dionisio y la judería. Aunque este orden pueda obedecer también a razones prácticas o itinerarias de los repartidores, no deja de resultar sugerente que el reparto se inicie precisamente en el sector de la antigua aljama y del Alcázar, es decir, en el principal núcleo simbólico de la ciudad conquistada, mientras que el gran ámbito mercantil de San Dionisio quede relegado al final. Sin constituir por sí solo una prueba concluyente, este orden parece reflejar una percepción de la ciudad en la que San Salvador ocupaba un lugar central desde el punto de vista político y religioso, mientras que San Dionisio, pese a su enorme importancia económica, comparece como un sector distinto y terminal dentro del recorrido documental.
A ello se añade una cuestión de fondo que no conviene perder de vista: las collaciones cristianas no debieron de surgir sobre un espacio indiferenciado, sino sobre una ciudad previamente articulada en sectores reconocibles. Aunque no siempre conozcamos los nombres árabes de esos barrios ni pueda afirmarse sin más una correspondencia exacta entre collación cristiana y barrio andalusí anterior, la lectura del Repartimiento sugiere con claridad que los repartidores trabajaron sobre unidades urbanas ya existentes, estructuradas en torno a mezquitas, mercados, hornos, baños, adarves, zonas artesanales y espacios mercantiles bien definidos. En este sentido, la parroquialización cristiana parece haberse apoyado en una red previa de barrios o sectores funcionales de la medina islámica. No sería extraño, por ello, que algunas de las nuevas collaciones recogieran, al menos en parte, antiguas centralidades de barrio, quizá articuladas en torno a mezquitas principales secundarias o a ámbitos de especialización económica cuyos nombres originarios hoy ignoramos.
Desde esta perspectiva, la centralidad mercantil de San Dionisio, visible en la concentración de alcaicería, aduana, alfóndigas, tiendas del rey y otros equipamientos económicos, no implica necesariamente que allí debiera situarse el núcleo originario de la Šarīš islámica como se ha venido defendiendo. Del mismo modo, la absorción intramuros de las curtidurías del Arroyo no tiene por qué explicarse solo mediante una expansión urbana hacia el sur-suroeste en época almohade. Cabe defender, con igual o mayor verosimilitud, una ampliación de la ciudad desde el siglo XI hacia el norte, de modo que sectores artesanales ya existentes acabaran incorporados dentro de un perímetro urbano progresivamente más amplio. Esta hipótesis permite armonizar mejor la centralidad del eje alcázar–aljama con la densidad mercantil de San Dionisio y con la persistencia de áreas productivas dentro de la ciudad en vísperas de la conquista definitiva.
En definitiva, la historiografía sobre la Šarīš andalusí ha pasado de una primera fase de explotación descriptiva del Repartimiento a formulaciones urbanísticas cada vez más complejas, desde la edición fundacional de González Jiménez y González Gómez y la lectura pionera de Paz Fernández hasta las hipótesis evolutivas de Aguilar, su desarrollo económico y espacial por Caramazana y la revisión crítica reciente de Borrego Soto y Gutiérrez López. Sobre ese recorrido, una lectura collación por collación del documento permite hoy no solo integrar esas aportaciones, sino también corregir algunas simplificaciones y distinguir con mayor claridad entre centralidad comercial, centralidad religiosa, fases de expansión urbana y persistencia diferencial de población mudéjar. Solo así puede comprenderse en toda su complejidad la ciudad conquistada en 1267: una medina donde convivían todavía la memoria de sus poderes islámicos, la densidad de sus calles y de su red de mezquitas, la vitalidad de sus espacios mercantiles y artesanales y la persistencia visible —aunque desigual— de una población musulmana que el Repartimiento deja aún entrever.
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