sábado, 11 de abril de 2026

La Jerez andalusí (Šarīš) a partir del Libro del Repartimiento: 2. La collación de San Salvador

La collación de San Salvador es, probablemente, uno de los espacios más elocuentes para reconstruir la Jerez andalusí inmediatamente después de la conquista castellana. No solo porque todo apunta a que aquí estuvo la antigua mezquita aljama, luego convertida en iglesia de San Salvador, sino porque el propio Libro del Repartimiento conserva en este sector una cantidad extraordinaria de elementos urbanos, religiosos, hidráulicos y productivos que permiten asomarse a la vida real de la Šarīš islámica. No deja de ser significativo, además, que San Salvador aparezca como la collación más extensa y con mayor número de mezquitas, lo que refuerza su peso residencial, religioso y urbano dentro de la medina.

La noticia según la cual, tras la toma de la ciudad, se hizo donación “de su mezquita” a San Salvador refuerza la identificación de este espacio con la antigua mezquita mayor. Pero el valor de la collación no se limita a ese dato. San Salvador no aparece como un recinto religioso aislado, sino como un barrio densamente articulado en relación con el Alcázar. La imagen que resulta es la de un auténtico corazón urbano, donde el poder, la religión y la vida cotidiana se entrecruzaban estrechamente. La plaza del Alcázar que se menciona en el texto referido a esta collación debió de ser, muy probablemente, la explanada o anteplaza de acceso al recinto fortificado desde la ciudad, situada en la pendiente que ascendía hacia su puerta principal. La propia topografía del sector, con el Alcázar dominando en alto sobre la medina, hace innecesario suponer de entrada una segunda línea de muralla que separara este espacio del resto del barrio. Más bien parece tratarse de un ámbito abierto y funcional, articulado en torno al acceso al conjunto palatino, quizá complementado por el corral del Alcázar también citado en el reparto, como piezas próximas de una misma área de centralidad política y urbana. 

No han faltado, con todo, interpretaciones que han querido ver en este ámbito algún tipo de cierre o antemuro, incluso una barbacana, a partir de noticias mucho más tardías sobre la existencia de un muro en la zona. Entre ellas destaca la propuesta de David Caramazana, que tiende a reconstruir un recinto o línea defensiva vinculada al acceso al Alcázar y a ponerla en relación con la mezquita aljama, situada más abajo. Sin embargo, la base documental de esa hipótesis parece débil: la mera mención de un muro en fuentes de época muy posterior no permite identificar sin más su función ni su cronología, y menos aún convertirlo en prueba de una articulación monumental entre Alcázar y aljama. La idea resulta sugerente, sobre todo por comparación con otros contextos andalusíes como el de la Sevilla almohade, pero en el caso de Jerez, al menos por ahora, debe mantenerse en el terreno de la conjetura.

Desde el punto de vista del urbanismo, San Salvador conserva una fisonomía inequívocamente andalusí. El texto menciona varias veces la muralla, el arroyo y, sobre todo, espacios como el adarveio, es decir, el adarve o callejón cerrado, tan característico del parcelario islámico. La red de calles, callejuelas y adarves, unida a la continua aparición de casas rodeadas por calles por varias partes, revela una trama orgánica, densa y nada ortogonal. No es una ciudad rehecha desde cero por los cristianos, sino una medina heredada y redistribuida. 

En este barrio aparecen además varios elementos ligados al agua. El arroyo funciona como eje real del sector, y su importancia queda reforzada por la documentación de un baño y de la annora del banno, es decir, la noria del baño. No estamos, por tanto, ante una referencia simple, sino ante la de un sistema hidráulico en pleno funcionamiento. Y no deja de ser significativo que el entorno de la antigua collación de San Salvador siga siendo conocido hasta hoy como el barrio del Arroyo, conservando en la toponimia una memoria que enlaza directamente con la ciudad medieval.

El paisaje económico de San Salvador es también muy rico. En la collación aparecen hornos, una atahona del Rey, un almazén, un buen almacén de aceite, tiendas, casas que fueron tiendas, una alfondiguilla y la alfóndiga de don Çuleyma. Todo ello muestra un barrio bien dotado para el abastecimiento y la circulación de mercancías. Conviene recordar, además, que horno y atahona no son lo mismo: el horno sirve para cocer el pan; la atahona, para moler el grano. Es decir, San Salvador conservaba parte esencial de la cadena urbana del alimento.

Como en muchas ciudades del Magreb actual, los hornos debieron de funcionar en muchos casos como hornos públicos de barrio, adonde los vecinos llevaban la masa preparada en casa para cocerla. El propio Ibn Lubbāl al-Šarīšī pudo servirse de uno de estos hornos, según leemos en su biografía, lo que encaja perfectamente con el paisaje urbano que describe el Repartimiento: un barrio donde el pan se elaboraba y cocía dentro de una economía cotidiana compartida. Esta imagen se refuerza, además, por la presencia simultánea de horno, atahona, tiendas y almacenes en una misma collación.

Pero San Salvador no era solo un espacio de consumo y comercio. También era un espacio de producción industrial y artesanal. El texto documenta varias tenerías, y una lectura cuidadosa deja ver incluso el término cor[ti]dor, es decir, curtidor. Esto es decisivo, porque confirma la existencia de una actividad especializada ligada al tratamiento de pieles. La localización de estas tenerías junto al arroyo responde a una lógica urbana perfectamente andalusí: el curtido requería agua abundante y generaba residuos, de modo que tendía a situarse en contacto con ese tipo de cauces. Por ello, resulta muy verosímil situar estas curtidurías en el entorno de la actual calle Curtidores, aprovechando el curso hoy cubierto del arroyo que, precisamente, dio nombre a ese sector del barrio y que parece nacer bajo la actual basílica de El Carmen. 

Si se quisiera evocar para este ámbito artesanal una denominación árabe hipotética, la más adecuada sería ḥārat al-dabbāgīn (حارة الدبّاغين), esto es, “barrio de los curtidores”, o bien sūq al-dabbāgīn (سوق الدبّاغين), “zoco de los curtidores”, a partir del término al-dabbāgīn (الدبّاغين), “los curtidores”. Naturalmente, no se trata de un nombre documentado para Jerez, sino de una reconstrucción verosímil a partir de la función productiva que el propio Repartimiento deja entrever en este sector.

La vida doméstica también aparece con gran claridad. Hay corrales, corralejos, un palomar, bodegas, establías y varias referencias explícitas a casas moriscas. Los corrales y corralejos debieron de funcionar en muchos casos como patios o espacios abiertos anexos o dentro de las viviendas, destinados a usos domésticos, de servicio o incluso productivos. Todo ello muestra la continuidad material del hábitat islámico: viviendas subdivididas, patios internos, anexos productivos y un parcelario muy flexible. No se trataba, sin embargo, de un espacio homogéneo ni socialmente plano. Al contrario: la centralidad del barrio, su proximidad al Alcázar y a la antigua aljama, y el hecho de que en esta collación reciban propiedades personajes relevantes del entorno regio castellano invitan a pensar que San Salvador fue también, al menos en parte, una zona noble o socialmente destacada. Más que un barrio aristocrático en sentido uniforme, en la época andalusí se perfila como un espacio central y complejo, donde convivían funciones religiosas, residenciales, artesanales, comerciales y formas de habitación de alto nivel. En este contexto cobra especial interés la mención de una alcoba. No parece tratarse aquí de una simple dependencia doméstica, sino de una construcción singular y fácilmente reconocible dentro de la trama urbana, quizá una pequeña cámara abovedada o un pabellón residual perteneciente originariamente a una casa de cierto relieve. Más que un cuarto en sentido estricto, pudo ser el resto visible de una propiedad distinguida, luego descompuesta en parcelas menores. Cabe pensar, por ello, en una estructura comparable a una qubba de uso residencial o representativo; en cambio, su interpretación como mausoleo parece menos verosímil, ya que el Repartimiento no la vincula aquí a ningún contexto funerario.

También aparecen musulmanes en la collación de San Salvador. El texto menciona expresamente a Mahomad Aluyor, Mahomad Aliar, Abrahem Algobiz —o Aliabiz—, Mahomad Ajayar —o Aljayar—, Alí, moro del Rey, y también a Abén Heldén y Abalhaqim. Ahora bien, la onomástica musulmana transmitida por el Repartimiento presenta oscilaciones gráficas evidentes, debidas probablemente tanto a la dificultad del escribano cristiano para reproducir con precisión nombres árabes como a la propia inestabilidad de la transmisión manuscrita. Por ello, no puede excluirse que algunas formas aparentemente distintas correspondan en realidad a un mismo individuo, como podría ocurrir con algunas de las variantes citadas. En cualquier caso, la presencia de estos nombres demuestra que la continuidad andalusí no fue solo estructural, sino también humana. La ciudad islámica seguía latiendo no solo en sus edificios, sino en parte de sus propios habitantes.

La red religiosa del barrio es, además, particularmente densa. En San Salvador aparecen varias mezquitas menores: una mezquita dada por mandado del rey a Simón Pérez, otra junto al forno de Ali, la mezquita de Garçía Pérez, unas casas que fueron mezquita con corralejo y otra mezquita con su corral, es decir, con sus patios más o menos grandes. A ellas hay que sumar la antigua mezquita mayor transformada en iglesia de San Salvador, lo que explica que la historiografía cuente aquí seis mezquitas, aunque no todas comparezcan del mismo modo en el texto. Por su parte, la del Alcázar ya aparece plenamente cristianizada como Santa María del Alcázar.

En conjunto, San Salvador no puede entenderse como un simple solar monumental cristianizado. Es mucho más que eso. Es el lugar donde se cruzan la antigua aljama, el arroyo de los curtidores, el baño documentado con su noria, los hornos, la atahona, las alhóndigas, las tiendas, las tenerías, los adarves, las casas moriscas y la presencia todavía visible de algunos musulmanes tras la conquista. Es, en suma, un barrio donde la Šarīš andalusí no había desaparecido, sino que seguía siendo reconocible en toda su complejidad.


Y quizá esa sea la verdadera clave de San Salvador: no la de un espacio puramente noble o clerical, sino la de un corazón urbano donde se concentraban, al mismo tiempo, la religión, el trabajo, el agua, el pan, el cuero y la vida diaria de la ciudad. Si el área donde, como veremos, se creó la collación de San Dionisio aparece como el gran motor mercantil, San Salvador se dibuja, en cambio, como la zona más amplia, más densamente habitada y más cargada de centralidad religiosa y poder de toda la medina.

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